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La Cuaresma es el tiempo litúrgico de conversión, que marca la Iglesia para prepararnos a la gran fiesta de la Pascua. Es tiempo para arrepentirnos de nuestros pecados y de cambiar algo de nosotros para ser mejores y poder vivir más cerca de Cristo.

La Cuaresma dura 40 días; comienza el Miércoles de Ceniza y termina antes de la Misa de la Cena del Señor del Jueves Santo. A lo largo de este tiempo, sobre todo en la liturgia del domingo, hacemos un esfuerzo por recuperar el ritmo y estilo de verdaderos creyentes que debemos vivir como hijos de Dios.

El color litúrgico de este tiempo es el morado que significa luto y penitencia. Es un tiempo de reflexión, de penitencia, de conversión espiritual; tiempo de preparación al misterio pascual.

En la Cuaresma, Cristo nos invita a cambiar de vida. La Iglesia nos invita a vivir la Cuaresma como un camino hacia Jesucristo, escuchando la Palabra de Dios, orando, compartiendo con el prójimo y haciendo obras buenas. Nos invita a vivir una serie de actitudes cristianas que nos ayudan a parecernos más a Jesucristo, ya que por acción de nuestro pecado, nos alejamos más de Dios.

Por ello, la Cuaresma es el tiempo del perdón y de la reconciliación fraterna. Cada día, durante toda la vida, hemos de arrojar de nuestros corazones el odio, el rencor, la envidia, los celos que se oponen a nuestro amor a Dios y a los hermanos. En Cuaresma, aprendemos a conocer y apreciar la Cruz de Jesús. Con esto aprendemos también a tomar nuestra cruz con alegría para alcanzar la gloria de la resurrección.

40 días

La duración de la Cuaresma está basada en el símbolo del número cuarenta en la Biblia. En ésta, se habla de los cuarenta días del diluvio, de los cuarenta años de la marcha del pueblo judío por el desierto, de los cuarenta días de Moisés y de Elías en la montaña, de los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto antes de comenzar su vida pública, de los 400 años que duró la estancia de los judíos en Egipto.

En la Biblia, el número cuatro simboliza el universo material, seguido de ceros significa el tiempo de nuestra vida en la tierra, seguido de pruebas y dificultades.

La práctica de la Cuaresma data desde el siglo IV, cuando se da la tendencia a constituirla en tiempo de penitencia y de renovación para toda la Iglesia, con la práctica del ayuno y de la abstinencia. Conservada con bastante vigor, al menos en un principio, en las iglesias de oriente, la práctica penitencial de la Cuaresma ha sido cada vez más aligerada en occidente, pero debe observarse un espíritu penitencial y de conversión.

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Dios acababa de dar a la tierra un Salvador y en los brazos de Maria en éxtasis, los Ángeles adoran al Verbo encarnado. ¡Que lección para nuestra fe! El tiempo no disminuye la profundidad del misterio; los siglos pasan por delante de este pesebre bendito, el cual nos conserva y nos transmite el recuerdo del nacimiento de Jesucristo, sublime y encantadora prueba del amor de Dios hacia nosotros! Si vosotros no podéis olvidar vuestra madre, vuestra familia, vuestra patria, cristianos no olvidéis al que ha nacido para salvarnos.

Oración. Dios Todo Poderoso, que derramáis hoy sobre nosotros la nueva luz de vuestro Verbo encarnado, haced que la fe de este misterio se infunda también en nuestros corazones. Señor y Dios nuestro, haced del mismo modo, te lo rogarnos, que celebrando con alegría la Natividad de N. S. Jesucristo, merezcamos, por una vida digna de El, gozar de su presencia.

Dulce Niño de Belén, haz que penetremos con toda el alma en este profundo misterio de la Navidad. Pon en el corazón de los hombres esa paz que buscan, a veces con tanta violencia, y que tú sólo puedes dar. Ayúdales a conocerse mejor y a vivir fraternalmente como hijos del mismo Padre.

Descúbreles también tu hermosura, tu santidad y tu pureza. Despierta en su corazón el amor y la gratitud a tu infinita bondad. Únelos en tu caridad. Y danos a todos tu celeste paz. Amén

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Lecturas 1) Act. 1, 12—14 ; 2) Lc. 2,l (Lc.2,19).

Queridos hermanos propongo meditar juntos a propósito de estos dos textos bíblicos:

— María en oración con los Apóstoles en el Cenáculo;
— María, guardando y meditando en su corazón los misterios de su Hijo.

En otras palabras: reflexionemos sobre la plegaria de María o sobre María orante.

1) El preludio

Si levantamos el telón de esta historia en el momento de le Encarnación del Verbo, contemplemos previamente, como preludio, cómo era la oración de María antes de la Anunciación.

• La simplicidad y el encanto de la piedad de María niña;
• La pureza y la belleza de le plegaria de María adolescente, capaces de embelezar y conquistar el corazón de Dios...
• Espíritu filial, oración de hija de Dios Padre.. ;
• Lo mejor de todo el Antiguo Testamento y como condensándolo en la plegaria — Salmo viviente— de espera ansiosa del Redentor...;
• Ella era la Inmaculada, la sin pecado. María estaba en tensión hacia Dios y sin posibilidad alguna de que cualquier creatura desviara la dirección orante de su vida...;
• Ella era la plena de gracia Y si la gracia corre paralela a la oración, el grado de oración de María debió ser desde el principio muy alto. Y sin embargo siempre creciente. como la gracia, que poseía en plenitud relativa...

2) Primer acto: María orante en la vida oculta.

Cuando el ángel se presentó a María (Lc. 1,26-38), ¿no es verosímil pensar que la encontrara orando?. Y en el éxtasis de aquella oración, EL VERBO SE HIZO CARNE... (Jn.l,14).

La oración de María a partir de entonces será también oración de Esposa al Dios Espíritu Santo y oración de madre respecto de Dios Hijo.
Y el “Fiat” de la Anunciación es el signo de la autenticidad de la oración de María. Porque una oración es auténtica cuando se traduce en humilde docilidad y obediencia a la voluntad de Dios.

¡Pensemos en los diálogos misteriosamente orantes de María y Jesús presente en su seno durante los nueve meses de gestación! Un sagrario viviente y toda Ella hecha plegaria allá adentro.

La VISITACION (Lc. 1,39-56) es la oración traducida en caridad fraterna y servicio, otro signo de autenticidad. El Magnificat es la oración hecha poesía y hecha canto. Es la tipología de la oración de acción de gracias.

El NACIMIENTO de Jesús. Su madre lo da a luz como en un éxtasis. Y se une a los ángeles para cantar la primera gloria de la primera Navidad y a los magos en su plegaria adorante.

Y el Verbo humanado se hace sensible, visible, cercano. Los besos, abrazos y cuidados de María prefiguran toda la unión de los místicos con el Señor.

Oración de la vida oculta de María hecha

• De gozos presentes y dolores futuros preanunciados,
• De presencias y ausencias de Cristo, como en el episodio de la pérdida y hallazgo en el templo (Lc.2,4l-50)...
• Inspirada en cada palabra o cada gesto de Jesús niño, adolescente o joven.

Y siempre Ella guardando y meditando todo en su corazón (Lc.2, 51).
Eran los MISTERIOS GOZOSOP DE MARÍA.

3) Segundo acto: María orante en la vida pública de Jesús.
Desde el comienzo, en Caná, intercede por nosotros: (Jn.2,3)

¡Cómo habrán resonado en el almo contemplativa de María aquellas palabras de Su hijo acerca de la oración!:

• (Mat. 6, 9 ss.)
• (Mt. 7,7 ss.)
• (Lc.11,42)

Y aquellos ejemplos de Jesús:

• De oración en el desierto o en lo montaña (Mt 14,23…)
• A solas o con sus discípulos, como en la Transfiguración (Mt .17, l-8)
• Antes de la elección de los apóstoles y antes de los milagros…

Y, aunque a la distancia, siempre guardaba todo en su corazón. Como la tierra fértil de la parábola del sembrador (Lc. 8, 4-15). Por algo el evangelista Lucas pone inmediatamente después de esta parábola el relato de aquel episodio de su Madre buscándolo: (Lc. 8,21). Es la tierra buena de la parábola. Es el corazón de María guardando y meditándolo todo (Lc.2,19.51).

Con la Pasión de Cristo viene el sacrificio de la cruz, que es le oración perfecta y los MISTERIOS DOLOROS de María. Son las noches oscuras más terribles del alma y de la oración de María.

Pero justamente aquí es donde Ella se muestra más sublime y más excelsa. Stabat mater.

4) El Epílogo
Resurrección. Ascensión. Pentecostés. María en oración con los Apóstoles. Asunción. Coronación. Los misterios gloriosos de María. Y María siempre orante a través de los misterios, a la vez de Cristo y de María, gozosos, dolorosos y gloriosos. Su vida es el primer rosario. Un Rosario viviente. Y para nosotros el Rosario será:

— contemplar los misterios de Cristo desde María
— desde el corazón orante que todo lo guardaba y meditaba...

Los misterios gloriosos son un epílogo que aún está presente porque no acaba más. Porque la mujer orante ha sido fijada para siempre como intercesora y mediadora junto a su Hijo.

Pero la orante, como una madre que enseña a rezar a sus hijos, es para la Iglesia MAESTRA DE ORACION.

— lo fue para los santos y los místicos de todos los tiempos desde aquel Pentecostés;
— lo debe ser para nosotros...

Queridos hermanos, creo que este misterio de la plegaria de María que hoy meditamos nos tiene que poner a todos en crisis. Debemos dejarnos interpelar por una pregunta que debe emerger en todos nosotros:

¿Rezo? ¿Rezo suficiente? ¿Cómo rezo? ¿Cuánto rezo? Un cristiano que no reza es un contrasentido, es un chiste. Un alma que busca la perfección y no reza es un mentiroso. La oración no puede casarse con el pecado mortal. O dejo de rezar o dejo el pecado. La oración no puede casarse con la imperfección, con los pecados veniales: o dejo de rezar o corrijo mis defectos y adelanto de veras hacia la santidad.

Queridos hermanos, seamos hombres de oración. Emulémonos mutuamente a la plegaria. Y recen sobre todo por nosotros sacerdotes pare que no sólo prediquemos acerca de la oración sino que la vivamos de verdad. Amén.

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Aquella mañana no fue igual que las anteriores. En medio de la tarea cotidiana alguien muy especial se dirigió a unos cuantos hombres y dijo a cada uno: “Ven y sígueme”.
No utilizó grandes discursos, ni grandes argumentaciones. Simplemente dijo dos verbos en imperativo con la suficiente fuerza y contenido como para cambiar la vida de aquellos que serían sus futuros discípulos.
También hoy, Jesús sigue realizando esta llamada a muchos jóvenes para que, como aquellos primeros compañeros de camino, sean pregoneros de la Buena Nueva y trasmisores del gran mensaje de amor del Padre.
Jesús sigue llamando a muchos jóvenes porque necesita mensajeros de su Reino que lleven cada día su Palabra a un mundo que necesita, aunque no sé de cuenta, de Dios. Jesús sigue llamando y… ¿Quién sabe? ¿Tal vez quiere dirigirse a ti?...
Por eso ahora, a solas contigo mismo y con Dios, prepara tu corazón, tu oído… Escucha y deja que el te hable. Solo así podrás sentir si té está hablando con esas palabras que un día dirigió a sus discípulos: “Ven y sígueme”

A la luz del Evangelio...

Al día siguiente, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. Fijándose en Jesús que pasaba, dice: “He ahí el Cordero de Dios”. Los dos discípulos le oyeron hablar así i siguieron a Jesús. Jesús se volvió, y al ver que le seguían les dice: “¿Qué buscáis?” Ellos le respondieron: “Maestro, ¿Dónde vives? Les respondió: “Venid y lo veréis”. Fueron, pues, vieron donde vivía y se quedaron con él aquel día.

Jn. 2,35-39a.

Salió de nuevo por la orilla del mar, toda la gente acudía a él, y él les enseñaba. Al pasar, vio a Leví, el de Alfeo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: “Sígueme”. Él se levantó y le siguió.

Mc. 2,13-14.

Reflexión

Cuando Jesús vino a los suyos solo los pobres le recibieron. Los ricos, como tenían de todo, no necesitaban escucharle. En cambio, los pobres, los que carecían de lo más necesario, si le recibieron. Así era también el grupo de seguidores de Jesús: unos pescadores de Galilea; gente que no se podía permitir grandes lujos, y que por tener un corazón generoso, no les importo seguir al Maestro.

Por eso, para responder a la llamada de Jesús e incluso seguirle en la vida cotidiana, hay que estar desprendido de muchas cosas, porque seguir a Jesús es dar un paso en él vacío; ofrecerle la mano sabiendo que no se adonde me llevará; dejar a un lado las seguridades humanas y poner mi seguridad en Dios.

Solo quien confía a ciegas en el proyecto de Dios sin pensar que será de su futuro, está preparado para dar el gran paso.

En este sentido, los discípulos nos dan ejemplo con su vida. Ellos no piden explicaciones a Jesús; no le preguntan él porque de esa elección y para que; no se preocupan por dejar lo que estaban haciendo para seguirle; ni siquiera piensan en el futuro que les espera o en el pasado que dejan. En ellos no hay ni palabras ni dudas. Solo hay una respuesta, un hecho, una actitud: escuchan la llamada de Jesús y, al momento, lo abandonan todo por seguirle. Enseguida y sin dudarlo un instante.

Lee esto y pregúntale al Corazón de Cristo que desea de ti...

Hoy, Señor, me presento ante ti
con todo lo que soy y lo que tengo.
Acudo a ti como persona sedienta, necesitada…
Porque sé que en ti encontrare respuesta.
Siento que no puedo vivir con la duda todo el tiempo
y que se acerca el momento de tomar una decisión.

Deseo ponerme ante ti con un corazón abierto
como el de María,
con los ojos fijos en ti esperando
que me dirijas tu Palabra.
Deseo ponerme ante ti como Abraham,
con el corazón lleno de tu esperanza,
poniendo mi vida en tus manos.
Deseo ponerme ante ti como Samuel,
con los oídos y el corazón dispuestos
a escuchar tu voluntad.

Aquí me tienes, Señor,
con un deseo profundo de conocer tus designios.
Quisiera tener la seguridad
de saber lo que me pides en este momento;
quisiera que me hablases claramente,
como a Samuel.
Muchas veces vivo en la eterna duda.
Vivo entre dos fuerzas opuestas
que me provocan indecisión
y en medio de todo no acabo de ver claro.

Sácame, Señor, de esta confusión en que vivo.
Quiero saber con certeza
el camino que tengo que seguir.
Quiero entrar dentro de mí mismo
y encontrar la fuerza suficiente
para darte una respuesta sin excusas, sin pretextos.
Quiero perder tantos miedos
que me impiden ver claro
el proyecto de vida que puedas tener sobre mi.

¿Qué quieres de mi Señor?
¡Respóndeme!
¿Quieres que sea un discípulo tuyo
para anunciarte en medio de este mundo?
Señor, ¿qué esperas de mí? ¿por qué yo y no otro?
¿Cómo tener la seguridad de que es este mi camino y no otro?

En medio de este enjambre de dudas
quiero que sepas, Señor,
que haré lo que me pidas.
Si me quieres para anunciar tu Reino,
cuenta conmigo, Señor.

Si necesitas mi colaboración
para llevar a todas las personas con las que
me encuentre hacia ti,
cuenta conmigo, Señor.

Si me llamas a ser testigo tuyo de una forma más radical
como consagrado en medio de los hombres,
cuenta conmigo, Señor.
Y si estas con deseos
de dirigir tu Palabra a mi oídos y a mi corazón,
habla, Señor, que tu siervo escucha.

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Ven, Espíritu Santo,
y envía del Cielo
un rayo de tu luz.

Ven, padre de los pobres,
ven, dador de gracias,
ven luz de los corazones.

Consolador magnífico,
dulce huésped del alma,
su dulce refrigerio.

Descanso en la fatiga,
brisa en el estío,
consuelo en el llanto.

¡Oh luz santísima!
llena lo más íntimo
de los corazones de tus fieles.

Sin tu ayuda,
nada hay en el hombre,
nada que sea bueno.

Lava lo que está manchado,
riega lo que está árido,
sana lo que está herido.

Dobla lo que está rígido,
calienta lo que está frío,
endereza lo que está extraviado.

Concede a tus fieles,
que en Ti confían
tus siete sagrados dones.

Dales el mérito de la virtud,
dales el puerto de la salvación,
dales la felicidad eterna.

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La parábola de la cizaña que se mezcla con el trigo nos invita a reflexionar en una actitud equivocada que podemos tener respecto de los errores de los demás.
Jesucristo habla del campo en el que la cizaña ha despuntado junto al trigo y explica a sus discípulos el porqué del mal. El sueño de la pereza ha sido aprovechado por el enemigo de Dios y del hombre. Ante el ofrecimiento de arrancar esa mala hierba, Jesús responde que no, no sea que un celo mal orientado destruya también el trigo. Hay aquí una llamada a no descalificar a nadie, a evitar que una reacción impulsiva, animada de buena intención pero que divide equivocadamente a las personas en buenas y malas, organice un destrozo. Jesús quiere que sus discípulos eviten el celo temperamental y la condena impetuosa de los malos, porque Él quiere que los hombres cambien.

Es un llamado a recordar que en todo lugar donde se reúnan los hombres, se dejarán notar la grandeza y la miseria humanas y que no somos nosotros quienes debemos juzgar el interior de nadie. El Señor nos pide que frente a los errores y caídas de nuestros hermanos nos comportemos como Él se comportó: firme e intransigente respecto del pecado pero benigno y comprensivo con el pecador, buscando que se convierta y viva. Ésta es la actitud de un verdadero cristiano.

Puede, incluso, darse el caso que, al juzgar temerariamente acerca de la conducta de alguien, lo comentemos a los demás y los llevemos a pensar equivocadamente de aquella persona. En este caso, no sólo estaríamos produciendo frutos malos, sino que, incluso, nos comportaríamos como aquellos que esparcen la cizaña, convirtiéndonos así, no en sembradores de la Buena Semilla del Evangelio, sino en sembradores del mal, del pecado y de la división.

Tengamos, pues, para con nuestro prójimo los mismos sentimientos de Cristo y las entrañas del Padre con el hijo pródigo. Que el hermano caído encuentre en nosotros siempre la mano tendida de Cristo para volverse a levantar.
Así sea.

1. ¿A qué nos invita a reflexionar la parábola del trigo y la cizaña?
2. ¿Qué es lo que debemos evitar respecto de los errores de nuestro prójimo?
3. ¿Qué es lo que espera Jesús de los pecadores?
4. ¿Cómo podemos convertirnos también nosotros en sembradores de cizaña?
5. ¿Qué pasos concretos darás esta semana para fortalecer en ti la actitud correcta frente a nuestro prójimo que nos pide el Señor?

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Se repite la historia una y otra vez somos la Samaritana que esta hambrienta de Amor y como le dijo el mismo Jesús con su diálogo cada vez más profundo: Ya tuviste seis maridos... No te das cuenta que Yo vengo como el séptimo; es decir el perfecto amor que has estado buscando?

Nos dice el texto en el verso 6 que Jesús se sentó, cansado, del camino. Que fácil hubiese sido para él haber usado su poder para salvar la distancia como lo hiciera la vez que caminó sobre las aguas. Que fácil hubiera sido para él hacer aparecer la comida como lo hiciera con los panes y los peces. Sin embargo el se cansó caminando y envió a comprar comida, en lugar de hacer un milagro. Estamos viviendo la época de la religión espectacular; con mucho ruido y con gente que se cae, con milagros y con grandes multitudes. Sin embargo lo importante no es lo espectacular: solo siete milagros se relatan en el evangelio de Juan. También vemos que el Señor predicó este hermoso sermón, no a una multitud sino a una solitaria mujer de Samaria. Hermanos, ¿estamos siguiendo con perseverancia a Jesucristo? Entonces no nos desanimemos si no vemos cosas espectaculares en nuestra vida y en nuestra iglesia. ¡Mejor es mover montañas de pecado que montañas de piedra!

El Señor Jesucristo dijo a esa mujer: "Dame de beber"… El iba a darle una gran lección sobre la sed del alma y sobre el agua de la vida y para ello comienza hablando de la sed natural y del agua natural. ¡Que contraste con el lenguaje inflado que muchas veces oímos en estos tiempos! Aquella Samaritana tenía una gran sed en su alma. Había tenido cinco maridos...

Jesús le dijo: "si conocieras…" ¡Cuántas cosas nos perdemos por no conocerlas! Miles de jóvenes piensan que ir tras una vida de diversión y placer satisface más que seguir y obedecer a Jesucristo. ¡Esto es porque no lo conocen!. Miles de adultos piensan que la paz y la felicidad están en el dinero los negocios y el consumo de bienes materiales. ¡Esto es porque no conocen a Jesús! Le dijo: "Si conocieras el Don de Dios…" Él es el regalo maravilloso de Dios. Es la manifestación de la verdad y la Gracia de Dios. Cristo está al alcance del hombre y de la mujer, del joven del niño y del anciano, porque Él es el regalo de Dios.

¡Cuán distinto nos resulta algo cuando nos pertenece!. Quizá podemos ver un hermoso auto deportivo estacionado en la calle y pensaremos ¡Qué hermoso auto! Pero muy posiblemente no pasemos de ahí. Ahora si viniera un señor muy rico y nos regalara el mismo auto, y tuviéramos un papel que acredita la propiedad de ese auto, las cosas serían diferentes. Quisiéramos andar y probarlo y averiguar todas sus cualidades y quizá a la noche no podríamos dormir porque estaríamos gozosos y ansiosos y expectantes.

Si conocieras el Don de Dios y quién es el que te dice…Este es el punto crucial de la vida de todo hombre y también de la mía y la tuya. ¿Quién es Cristo para ti?

Letra:

Ha sido largo el viaje pero al fin llegué.
La luz llegó a mis ojos aunque lo dudé.
Fueron muchos valles de inseguridad los que crucé.
Fueron muchos días de tanto dudar, pero al fin llegué, llegué a entender.

CORO.
Que para esta hora he llegado, para este tiempo nací, en sus propósitos eternos yo me vi.
Para esta hora he llegado, aunque me ha costado creer, entre sus planes para hoy me encontré.

Y nunca imaginé que dentro de su amor.
Y dentro de sus planes me encontrara yo.
Fueron muchas veces que la timidez, me lo impidió.
Fueron muchos días de tanto dudar, pero al fin llegué, y ya te amé.

CORO

Ha sido largo el viaje pero al fin llegué...

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 HIMNO SACERDOTAL

Brota de mi corazón un himno ardiente
cuajado en el manantial del ser:
Jesús Martí, yo te elijo, vente,
yo te llamo: Jesús Martí Ballester.

Cogiste mi corazón de niño
con ternura delicada y paternal,
me sedujeron tu afecto y tu cariño
y me dejé cautivar.

Yo escuché tu llamada gratuita
sin saber la complicación que me envolvía,
me enrolé en tu caravana de tu mano
sin pensar ni en las espinas ni en los cardos.

Te fui fiel, aunque a girones
fui dejando en mi camino pedazos de corazón,
hoy me encuentro con un cáliz rebosante de jazmines que potencian mis anhelos juvenilesy me acercan más a Dios.

En el ocaso de la carrera de mi vida
siento el gozo de la inmolación a Tí.
Tienes todos los derechos de exigirme,
puedes pedir si me ayudas a decir siempre que ¡Sí!.

Necesitaste y necesitas de mis manos
para bendecir, perdonar y consagrar;
quisiste mi corazón para amar a mis hermanos, pediste mis lágrimas y no me ahorré el llorar.

Mis audacias yo te di sin cuentagotas,
mi tiempo derroché enseñando a orar,
gasté mi voz predicando tu palabra
y me dolió el corazón de tanto amar.

A nadie negué lo que me dabas para todos.
Quise a todos en su camino estimular.
Me olvidé de que por dentro yo lloraba,
y me consagré de por vida a consolar.

Muchos hombres murieron en mis brazos,
ya sabrán cuánto les quise en la inmortalidad, me llenarán de caricias y de flores el regazo, migajas de los deleites de su banquete nupcial.

Pediste que te prestara mis pies
y te los ofrecí sin protestar,
caminé sudoroso tus caminos,
y hasta el océano me atreví a cruzar.

Cada vez que me abrazabas lo sentía
porque me sangraba el corazón,
eran tus mismas espinas las que me herían
y me encendían en tu amor.

Fui sembrando de hostias el camino
inmoladas en la cenital consagración:
más de treinta mil misas ofrecidas
han actualizado la eficacia de tu redención.

No me pesa haber seguido tu llamada,
estoy contento de ser latido en tu Getsemaní;
sólo tengo una pena escondida allá en el alma: la duda de si Tú estás contento de mí.

Mi gratitud hoy te canto, ¡Cristo de mi sacerdocio!
Mi fidelidad te juro, Jesucristo Redentor.
Ayúdame a enriquecer con jardines a tu Iglesia, que florezcan y sonrían aún en medio del dolor.

Sean esos jardines para tu recreo y mi trabajo, multiplica tu presencia por los campos hoy en flor,
que lo que comenzó con la pequeñez de un pájaro, se convierta en muchas águilas que roben tu Corazón.

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1. Ovejas y Pastores

1.1 Recuerdo haber visitado una página web de un hombre que se manifestaba ateo. Un tipo muy inteligente y muy versado en asuntos de ciencia, filosofía e historia. Parecía tener un arsenal inagotable de recursos de todo tipo para demostrar cuán absurda y perniciosa es la idea de creer en un Dios. Como conclusión de todas sus invectivas terminaba diciendo: "sólo necesita un pastor el que se cree oveja." Según su opinión, ahí estaba el resumen de la religión: las limitaciones de nuestro ser humano nos hacen proclives a buscar un consuelo y una explicación afuera de nosotros, o, como decía Feuerbach: "no es Dios el que ha creado al hombre, sino el hombre el que ha creado a Dios."
1.2 Las historias y posturas de estos ateos sirven de punto de reflexión sobre lo que significa tener un pastor. Aquel hombre de la página web publica lo suyo y quiere que algunos estén de acuerdo con él, pues de otro modo no gastaría tiempo en decir nada. Quiere guiar a otros; quiere ser pastor de otros.

1.3 Por otra parte, ese mismo hombre sigue lo que él considera que es una luz, una luz grande, una luz definitiva. Para él, la ciencia moderna es su gran luz. Está convencido de que las respuestas están ahí, incluso las respuestas para las preguntas que no nos hemos hecho todavía. Él piensa que todas las preguntas ya fueron hechas o que lo las que no se han hecho se podrán responder de la mejor manera siguiendo esa luz de la razón científica. Es un acto de confianza que se parece mucho a la oveja que sigue a su pastor, porque en efecto se refiere no a las certezas que uno tiene sino a las que uno supone que tendrá.

1.4 Leyendo cosas como la de este ateo cibernético o las de Feuerbach veo cuánto acierto hay en la perspectiva que nos presenta Pedro en la segunda lectura de este domingo: ovejas somos, así nos descarriemos. Al fin y al cabo, una oveja descarriada sigue siendo oveja, sólo que una oveja atraída por algún pasto sabroso, o un paisaje ameno, o un arroyo fresco, o tal vez por otra oveja.

1.5 El mensaje cristiano, entonces, puede escribirse así: "Como ser humano, irás detrás de alguna luz, algún apetito, algún pastor. Todo radica en que escojas al pastor correcto, que no sea uno que te destruya y se aproveche de ti, sino uno que te ame y defienda. Esas son las credenciales con las que se ha presentado Cristo: recíbelo, pues, como tu pastor y señor de tu vida."

2. ¡Pónganse a Salvo!

2.1 El apóstol Pedro exhorta de diversos modos a sus oyentes a que se arrepientan y añade un llamado final: "¡Póngase a salvo de esta generación!" Esto se parece lo que acabamos de decir sobre escoger el pastor correcto.

2.2 La expresión "esta generación" es un poco difícil de entender porque el griego original, "genea" alude tanto al tiempo como incluso la nación. Parece que alude ante todo al entorno, la atmósfera que nos envuelve e induce de muchos modos a actuar de determinadas maneras. El sentido de las palabras de Pedro no es entonces: "apártense de estas personas" sino "sepan ser libres del ambiente que les rodea." Exhortación que todos vemos como muy saludable no sólo para el siglo I sino para el XXI, y los que vengan.

2.3 Hay que saber ser libres del ambiente porque hay muchas voces y hay muchísimos pastores. Demasiadas personas quieren llevarnos detrás de sus propuestas y muchas de esas propuestas conducen a la muerte. Son voces de los falsos pastores, los "ladrones y bandidos" de que nos habla el evangelio en este día. Pedro, pues, nos llama a tener los oídos atentos a la voz del verdadero y buen pastor, y no dejarnos confundir por nada ni por nadie. Así se cumplirán en nosotros las palabras de Cristo: "Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia."

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Evangelio:

Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran. Él les dijo: «¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?» Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?» Él les dijo: «¿Qué cosas?» Ellos le dijeron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería Él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían queÉl vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron». Él les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?» Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras. Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante.
Pero ellos le forzaron diciéndole: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado». Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan (Lucas 24, 13-35 )

Reflexión

El último capítulo del “Evangelio de la misericordia” nos narra un acontecimiento que se ha repetido en prosa y en cantos, que ha inspirado a las obras de arte más conocidas, que ha suscitado conversiones e inspirado a los cristianos en el camino a la santidad.

Comienza con dos discípulos desencantados, que están abandonando la causa por la cual, tres años antes, habían dejado todo. Pero ahora, después de tres días de esperar al Maestro en el que habían creído, se habían convencido de su tontería, y partían para tratar de reconstruir las vidas que habían dejado atrás. En un fin de semana se les había escapado el único ideal que había llenado sus corazones jóvenes.

En su camino se les aparece Cristo, pero aunque lo veían, algo les impedía reconocerle. Aquí nos tenemos que preguntar, ¿por qué? ¿Por qué no reconocen su rostro después de haberlo seguido por tres años? ¿Por qué no reconocen su voz después de haber dejado todo el día que escucharon su llamada? ¿Por qué no reconocen sus palabras después de haberlo oído predicar?

Tal vez es porque, como ellos mismos admiten, Él ha desilusionado las esperanzas que tenían, de que Él fuera el libertador de la nación de Israel. El obstáculo no es que no tengan a Jesús al lado, caminando con ellos, es que ellos esperan ver a alguien diferente. Así nunca verán a Jesús, por más claro que se les aparezca. ¡La esperanza que ellos habían tenido, pequeña y a su medida, no les deja aceptar la gloria y el gozo de la resurrección!

Pero Jesús no los deja alejarse. Quiere conquistárselos para siempre. Hace la finta de seguir adelante para que lo inviten a cenar. Y ahí, en la intimidad de un pequeño cuarto, se les revela al entregarse en la Eucaristía. Eufóricos, corren hasta Jerusalén bajo la luz de las estrellas. ¡Ha resucitado, y vive con ellos para siempre! Se dejaron conquistar por la esperanza que les ofrece Jesús, y en la Eucaristía lo llevan consigo para siempre.

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Arduos y pesados han sido los días que preceden a la Resurrección: días de la Pasión y Muerte del Señor. Días de dolor, de pena, de angustia. Días que no tienen sentido para los cristianos, si no se ven de cara a la Resurrección.

Pues, ¿para qué tanto sufrimiento, tanto dolor, tantos actos de amor? No tienen sentido, no sirven para nada, si la Resurrección del Señor no está presente. La vida del cristiano ha de estar orientada hacia la vida eterna, hacia el encuentro amoroso con Dios, con Jesucristo. Cristo vino al mundo para abrirnos las puertas del Cielo, para devolvernos la amistad con Dios.

Todo ello se logra el día de la Resurrección. Alegrémonos, pues, de la Resurrección del Señor.

¡Cristo a Resucitado! ¡El Señor venció a la muerte! ¡El pecado ha sido aniquilado!. ¡Por fin Cristo triunfó! Desde que se hizo hombre en el seno de María, estuvo esperando con ansiedad este momento. Momento de triunfo y de gozo.

Recordemos que Cristo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, se hizo hombre para rescatarnos del pecado original, para abrirnos las puertas del Cielo, para pagar la ofensa tan grande que Adán y Eva, nuestros primeros padres habían cometido. Se encarnó para rescatarnos del pecado y de la muerte, para devolvernos la amistad con Dios y ser nuevamente sus hijos. ¡Sí! Para todo ello Jesucristo se hizo hombre. Y lo hizo únicamente por amor a nosotros, a cada uno de sus hijos. Desde que habitó entre nosotros dentro del seno de María, esperaba el momento de pagar esa terrible deuda y devolvernos la amistad con Dios. Esperaba, desde entonces, este momento: la Resurrección. Después de su muerte en la cruz, donde la deuda quedaría cancelada, donde el pecado sería vencido, donde el amor reinaría, Jesucristo resucita de entre los muertos. Él, que es el Señor de la Vida, pues es Dios mismo, cumple su palabra: el que crea en mí, tendrá la vida eterna; quien coma de mi cuerpo y beba de mi sangre tendrá vida eterna y yo lo resucitaré. Y Él mismo resucita, pues no es Dios de muertos, sino de vivos; es Dios vivo.

¡Qué alegría tan grande ha de nacer en nuestros corazones, pues Jesús nos ha devuelto la amistad con Dios! Gracias a su Muerte y a su Resurrección, podemos llamarnos y ser nuevamente, hijos de Dios. ¡Qué felicidad! ¡Nosotros, amigos de Dios, hijos de Dios, herederos del Cielo!

Además, al saber que Jesucristo ha resucitado para no volver a morir, nuestra alma se ha de llenar de tranquilidad y confianza pues sabemos que Dios está con nosotros, se encuentra presente todos los días a nuestro lado. Él nos espera con los brazos abiertos al final de nuestra vida en el mundo, que es el nacimiento a la vida eterna.

Ante esta maravillosa noticia, la buena nueva de la Resurrección del Señor, sería conveniente que nos preguntemos:
¿Creemos en su resurrección? ¿Creemos verdaderamente que Él está junto a nosotros, en nuestra vida de todos los días?
¿Nos interesa de verdad el vivir de acuerdo a sus enseñanzas para que alcancemos voluntariamente la vida eterna?
O, tristemente, por el contrario, ¿no nos interesa su Resurrección? ¿Acaso no creemos en la vida eterna? ¿Despreciamos el amor de Dios por nosotros?

Muchos cristianos decimos con nuestras palabras que amamos a Dios, que creemos en Él, que deseamos llegar a la vida eterna. Pero, en verdad vivimos como si negáramos todo esto, pues vivimos cometiendo pecados, pecados que ofenden a Dios, pecados que lo llevaron a morir en la cruz.

A aceptarlo a Él en nuestras vidas y comportarnos como sus hijos. Recordemos que hace dos mil años Dios se hizo hombre para liberarnos del pecado, de la condenación de nuestras almas, de la muerte eterna. Sin embargo, esto no significa que ya estemos salvados. Cada uno de nosotros, voluntariamente, ha de buscar su salvación y a ayudar a los demás a hacerlo. ¿Tú quieres realmente salvarte? ¿Quieres en verdad aceptar las enseñanzas y mandatos amorosos de Jesús para hacerlos vida de tu vida? ¿Crees verdaderamente que Jesús es Dios? ¿Amas a tu prójimo como Él quiere que lo hagas?

Hoy que Jesucristo nos invita personalmente a vivir su Resurrección, volvamos nuestro corazón, nuestra mente, nuestros intereses, nuestras fuerzas hacia Él, porque Él está vivo y nos invita a vivir con Él esa vida. Descubrámoslo en cada uno de nuestros hermanos, en nuestros familiares, en nuestros hijos y cónyuge, en nuestros padres y parientes, en los pobres, en todas y cada una de las personas con que nos topemos.

Cristo ha resucitado, anda caminando en las calles de todas las ciudades, pueblos y comunidades del mundo. Se esconde en el rostro de los niños, de los enfermos, de los necesitados.

Cristo resucitado te anda buscando a ti, para que lo conozcas y lo ames. Quiere darte su amor, su amistad, su ternura. Quiere invitarte a la vida eterna, a compartir con Él el Reino de su Padre; te busca para decirte que eres heredero de Dios, que eres su hijo, que te espera para darte la vida eterna. Cristo resucitado te busca para decirte que no te angusties en el mundo, que no te sientas triste, solo y abandonado. Él está vivo y quiere que tú lo encuentres y que lo invites a tu lado. Él te busca amorosamente; busca únicamente tu bien; quiere acompañarte todos los días, y a todas horas. Cristo resucitado te anuncia que ya has sido liberado de las garras del pecado, de la muerte, del odio. Cristo resucitado te espera con los brazos abiertos.

Cristo resucitado únicamente te pide una cosa, sin la cual de nada servirá todo lo que Él sufrió, todo el esfuerzo que hizo para que tú puedas estar con Él: te pide, nos pide, que amemos a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo. Es decir, que no permitamos que el pecado llegue a nuestras vidas, que es lo que nos separa de Dios; y que amemos a todos los que tenemos junto como Él mismo nos ama: hasta la muerte.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que la Resurrección de Jesús es la verdad que cierra toda nuestra fe en Cristo. Los primeros cristianos, hace dos mil años, creían en la Resurrección del Señor como la verdad central de la fe. Además vivían su vida cotidiana iluminada por su Resurrección.

¿Tomamos en cuenta en nuestra vida de todos los días que Jesús ha resucitado? Los primeros cristianos sí lo hacían. Y dieron un testimonio tan profundo, que muchas personas creyeron en Cristo sólo por la alegría con la que los cristianos vivían su fe.

La salvación de nuestra alma ha de ser lo más importante en nuestras vidas, junto con la salvación de los demás. Un buen cristiano, fiel hijo de Dios, redimido y salvado por Jesucristo debe vivir su vida de todos los días con la alegría de saber que Jesús resucitó, que está cerca de nosotros y que nos espera ansioso con los brazos abiertos.

El pecado, el peor enemigo de Dios, ha de ser desterrado de nuestras vidas, pues es lo único que nos puede separar irremediablemente de Dios. Seamos enemigos declarados del pecado.

La salvación de los hombres no depende nada más de la Muerte y Resurrección de Jesús. Se necesita que cada uno de nosotros quiera ser salvado y, así, vivir una vida de acuerdo a los mandatos del Señor.

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Evangelio:

Juan 20, 19-31

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré». Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros». Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío». Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído». Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.

Reflexión:

Hace tiempo tuve la oportunidad de asistir, en Roma, a una exposición de la obra pictórica de Caravaggio. Y de entre todos los cuadros, verdaderamente geniales, recuerdo uno que me llamó mucho la atención: la profesión de fe del apóstol Tomás ante Cristo resucitado. Nuestro Señor, vuelto a la vida después del Viernes Santo, se aparece en el Cenáculo a sus discípulos, con los signos evidentes de la crucifixión en sus manos y en sus pies. Y en esta pintura, Jesús resucitado muestra a Tomás su costado abierto por la lanza del soldado, invitándolo a meter su mano en el pecho traspasado. El apóstol, totalmente fuera de sí, acerca su dedo y su mirada confundida para contemplar de cerca las señales de la pasión de su Maestro y comprobar, de esta manera, la veracidad de su resurrección.

Personalmente, cuando yo leo el Evangelio de este domingo, me parece excesiva y empedernida la incredulidad de Tomás: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos –dice—, ni no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no creeré”. ¡Demasiadas condiciones y exigencias para dar el paso de la fe!

Y, sin embargo, nuestro Señor, con su infinita bondad y comprensión, como siempre, condesciende con su apóstol incrédulo. Él no estaba obligado a complacer las exigencias y el capricho de su apóstol, pero lo hace para darle más elementos para creer. Le presenta las manos, los pies, el costado, y permite incluso que meta su dedo en la herida de su corazón. ¡A ver si así termina de convencerse! Ante la evidencia de los signos y la gran misericordia de su Maestro, Tomás queda rendido y conquistado, y concluye con una hermosísima profesión de fe, proclamando la divinidad de Jesús: “¡Señor mío y Dios mío!”.

Esta fe, aunque grandiosa en su profesión, está muy lejos de ser perfecta, al haber sido precedida de tantas evidencias. Pero el Señor acepta, igualmente, su acto de fe y aprovecha para felicitar y bendecir a todos aquellos que creerían en Él sin haberlo visto.

Nosotros, como Tomás, somos duros, pragmáticos, rebeldes. Tomás es un perfecto representante del hombre de nuestro tiempo. De todos los tiempos. De cada uno de nosotros. ¡Cuántas pruebas exigimos para creer! ¡Cuántas resistencias interiores y cuánto empedernimiento antes de doblegar nuestra cabeza y nuestro corazón ante nuestro Señor! Exigimos tener todas las pruebas y evidencias en la mano para dar un paso hacia adelante. Si no, como Tomás, ¡no creemos! Como se dice vulgarmente, “no damos un paso sin huarache”.

Creemos a nuestros padres porque son nuestros padres y porque sabemos que ellos no nos pueden engañar; creemos al médico en el diagnóstico de una enfermedad, aun cuando no estamos seguros de que acertará; creemos a los científicos o a los investigadores porque saben más que nosotros y respetamos su competencia respectiva, aunque muchas veces se equivocan. Y, sin embargo, nos sentimos con el derecho y la desfachatez de oponernos a Dios cuando no entendemos por qué Él hace las cosas de un determinado modo… ¿Verdad que somos ridículos y tontos?

Nosotros nos comportamos muchas veces como el bueno de Tomás. Tal vez su incredulidad y escepticismo eran fruto de la crisis tan profunda en la que había caído. ¡En sólo tres días habían ocurrido cosas tan trágicas, tan duras y contradictorias que le habían destrozado totalmente el alma! Su Maestro había sido arrestado, condenado a muerte, maltratado de una manera bestial, colgado de una cruz y asesinado. Y ahora le vienen con que ha resucitado… ¡Demasiado bello para ser verdad! Seguramente habría pensado que con esas cosas no se juega y les pide que lo dejen en paz. Había sido tan amarga su desilusión como para dar crédito a esas noticias que le contaban ahora sus amigos…

A nosotros también nos pasa muchas veces lo mismo. Nos sentimos tan decepcionados, tan golpeados por la vida y tan desilusionados de las cosas como para creer que Cristo ha resucitado y realmente vive en nosotros. Nos parece una utopía, una ilusión fantástica o un sueño demasiado bonito para que sea verdad. Y, como Tomás, exigimos también nosotros demasiadas pruebas para creer.

Nuestra incredulidad es también fruto de la mentalidad materialista, mecanicista y fatuamente cientificista de la educación técnica y pragmática del mundo moderno, que se resiste a todo lo que no es empíricamente verificable. Exactamente igual que Tomás.

Pero la fe es, por definición, creer lo que no vemos y dar el libre asentimiento de nuestra mente, de nuestro corazón y de nuestra voluntad, a la palabra de Dios y a las promesas de Cristo, aun sin ver nada, confiados sólo en la autoridad de Dios, que nos revela su misterio de salvación. Esto nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica. Es lo que aprendimos desde niños. Es lo que nos dice también el capítulo 11 de la carta a los Hebreos. Y, sin embargo, ¡cuánto nos cuesta a veces confiar en Cristo sin condiciones!

Pero sólo Cristo resucitado tiene palabras de vida eterna y el poder de darnos esa vida eterna que nos promete. ¡Porque es Dios verdadero y para Él no hay nada imposible!

Acordémonos, pues, del apóstol Tomás y de la promesa de Cristo: “Dichosos los que crean sin haber visto”. La fe es un don de Dios que transforma totalmente la existencia y la visión de las cosas. Pidámosle, pues, a nuestro Señor que nos conceda la gracia de ser dignos de esa bienaventuranza. Con la fe, nuestra vida será inmensamente dichosa, serena, sencilla y feliz. ¡Con Cristo resucitado!

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El lavatorio de los pies

El Evangelio de Juan (13,1-20) es el único que nos relata este gesto simbólico de Jesús en la Última Cena y anticipa el sentido más profundo del "sinsentido" de la cruz.

Un gesto inusual para un Maestro, propio de los esclavos, se convierte en la síntesis de su mensaje da a los apóstoles una clave de lectura para enfrentar lo que vendrá.

En una sociedad donde las actitudes defensivas y las expresiones de autonomía se multiplican, Jesús humilla nuestra soberbia y nos dice que abrazar la cruz, su cruz, hoy, es ponerse al servicio de los demás. Es la grandeza de los que saben hacerse pequeños, la muerte que conduce a la vida

REFLEXION:

En este jueves santo nuestra atención quiere centrarse en la pregunta que Jesús dirige a sus discípulos después del lavatorio de los pies: ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?. Esta pregunta se refiere, desde luego, a la acción que Jesús acababa de ejecutar al ceñirse la toalla y ponerse de rodillas ante sus apóstoles para lavarles los pies. Sin embargo, esta pregunta va más allá y atraviesa toda la economía de la salvación: ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros y por vosotros?

Es decir, ¿comprendéis que Dios amó a los hombres y envió a su Hijo en propiciación por sus pecados (1 Jn 4,10)? ¿Comprendéis que el Padre me ha envidado para que vosotros tengáis vida? Nos encontramos a punto de iniciar “la hora de Jesús”, el momento de su testimonio definitivo de amor por el Padre y los hombres. ¡De qué manera tan profunda cobran significado los ritos de la cena de pascua que nos narra el libro del Éxodo en la primera lectura: la familia judía se reunía para celebrar la alianza del Señor, para recordar de generación en generación que el amor de Dios es eterno.

Pablo en la carta a los corintios recoge el relato más antiguo de la Eucaristía: ¡con qué veneración lo considera y lo transmite: aquello que yo he recibido, que procede del Señor, os lo transmito. Hoy, por tanto, todo nos invita a una reflexión profunda sobre el amor eterno que Dios nos ha tenido en su Hijo Jesucristo.

Algunas Ideas:

1. El amor de Cristo. La liturgia de la cena pascual, que se describe detalladamente la primera lectura, es prefiguración del sacrificio del sacrificio de Cristo que se ofrece en rescate “por muchos”, es decir, por todos, como nos explica san Pablo en la primera carta a los corintios. Por eso, el evangelio de hoy más que narrar los hechos de la última cena, se concentra en describir el amor de Cristo, en describir los sentimientos de su corazón: El Señor, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo. Meditar en los acontecimientos del jueves santo es introducirse en el amor de Cristo, en el amor del Padre de las misericordias que nos envía a su Hijo para rescatar a los que nos habíamos perdido.

El amor de Cristo es lo que se percibe esta tarde con tanta intensidad, que apenas hay lugar para algún otro sentimiento. Pablo que había hecho experiencia viva del amor del Señor llega a exclamar: 35 ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?, 36 como dice la Escritura: Por tu causa somos muertos todo el día; tratados como ovejas destinadas al matadero. 37 Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó. 38 Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades 39 ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro. Rm 8,35-39.

Si, en ocasiones, somos presa del desaliento, de la tentación, de la angustia es porque nos olvidamos del amor de Cristo. Es porque nos olvidamos que hemos sido eternamente amados por Dios en su Hijo. La primera carta de san Pedro nos amonesta a vivir sabiendo que hemos sido rescatados del pecado, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, la del cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo. (Cfr. 1 Ped 1,18-19).

Santa Teresa de Jesús, que tenía un gran amor por la humanidad de Jesucristo, exclamaba de forma muy singular: “¡Oh qué buen amigo eres, Señor! Cómo sabes esperar a que alguien se adapte a tu modo de ser, mientras tanto Tú toleras el suyo. Tomas en cuenta los ratos que te demuestra amor, y por una pizca de arrepentimiento olvidas que te ha ofendido. No comprendo por qué el mundo no procura llegar a Ti por esta amistad tan especial.

Los malos hemos de llegarnos a Ti para nos hagas buenos, pues por el poco tiempo que aceptamos estar en tu compañía, aunque sea con mil deficiencias y distracciones, Tú nos das fuerzas para triunfar de todos nuestros enemigos. La verdad es que Tú, Señor, que das la vida a todo, no la quitas a ninguno de los que se fían de Ti.” (Santa Teresa de Jesús, El libro de la vida Cap. 8, 9).

Así pues, vuelve a nuestra mente la pregunta de Jesús: ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros (por vosotros)? ¡Quién nos diera comprender lo que Dios en Cristo ha hecho por nosotros! ¡Quién nos diera comprender el misterio de la encarnación del Verbo! ¡Quién nos diera comprender lo que está sucediendo en esta última cena cuando Jesús toma el pan y el vino y pronuncia unas palabras solemnes! Que esta Misa vespertina, que esta procesión con el santísimo, que esta adoración nocturna nos ayuden a dar un paso en la comprensión de este amor.

2. El amor a Cristo. El amor lleva al amor. Quien experimenta el amor de Cristo no queda igual, no puede quedar igual. Los apóstoles en la última cena son testigos del amor de Cristo y de la inmensa responsabilidad que queda en sus manos. De ahora en adelante son más conscientes, por una parte, de su propia miseria, como hombres y pecadores, pero, por otra parte, son más conscientes de los tesoros infinitos que Dios ha depositado en su alma. Ellos reciben el cuerpo y la sangre de Cristo, y reciben, además, el poder de consagrar y el mandato de “hacerlo en memoria del Señor”. El sacerdote ha nacido allí, en el cenáculo, en la Eucaristía. El Papa Juan Pablo II se dirigía a los sacerdotes el jueves santo de 1982 en estos términos:

«El jueves santo es el día del nacimiento de nuestro sacerdocio. Es en este día en el que todos nosotros sacerdotes hemos nacido. Como un hijo nace del seno de su madre, así hemos nacido nosotros, Oh Cristo, de tu único y eterno sacerdocio.

Hemos nacido en la gracia y en la fuerza de la nueva y eterna alianza del Cuerpo y de la Sangre de tu sacrificio redentor: del “Cuerpo que es entregado por nosotros” (cf. Lc 22,19), y de la Sangre, que “por todos nosotros se ha derramado” )cfr. Mt 26,28).

Hemos nacido en la última cena y, al mismo tiempo, a los pies de la cruz sobre el calvario; allí, donde se encuentra la fuente de la nueva vida y de todos los sacramentos de la Iglesia, allí está también el inicio de nuestro sacerdocio».

Pero no sólo los sacerdotes experimentan hoy el amor de Cristo. Cualquier fiel contemplando los misteriosos acontecimientos de esta noche, escuchando las palabras de Jesús y viendo sus gestos al lavar sus pies y distribuir la comunión, puede repetir con san Pablo: Dilexit me et tradidit semetipsum pro me (Gal 2,20). “Me amó y se entregó a sí mismo por mí”.

Salgamos de este cenáculo dispuestos a amar más y mejor; a amar en lo grande y en lo pequeño; a amar en la prosperidad y en la adversidad; porque nosotros hemos sido amados e invitados a participar del amor de Dios.

Sugerencias pastorales

1. La comunión frecuente. Quizá nunca se insistirá lo suficiente sobre el valor de la vida eucarística en la vida cristiana. En realidad, el camino es superior a nuestras fuerzas; tenemos necesidad de la gracia de Dios, tenemos necesidad de su perdón en el sacramento de la penitencia y de su fuerza en el sacramento de la Eucaristía. Invitemos a nuestros fieles a acercarse, con las debidas disposiciones, a la mesa eucarística. Sabemos que uno de los problemas pastorales que debemos afrontar es el de algunas personas que se acercan a la Eucaristía sin una debida preparación en el sacramento de la Penitencia.

Esto puede obedecer a que sinceramente no encuentran en su conciencia nada que les impida acercarse al sacramento. Pero también puede ser síntoma de una menor sensibilidad en la conciencia de los fieles. ¡Este es un gran desafío para la acción pastoral! (Cfr. Carta Domicae Cenae del Papa Juan Pablo II a todos los obispos sobre el misterio y culto de la Eucaristía 1980 No. 11). Ayudemos a todos a tener una gran veneración por la Eucaristía, ayudarlos a prepararse debidamente y a recibir frecuentemente el sacramento.

La liturgia de san Juan Crisóstomo reza así: “Hazme comulgar hoy en tu cena mística, oh Hijo de Dios. Porque no diré el secreto a tus enemigos ni te daré el beso de Judas. Sino que, como el buen ladrón, te digo: Acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.”.

2. Los frutos de la comunión frecuente. Mucho nos ayudará poner a la vista de los fieles los frutos de una comunión frecuente. Convendría resaltar los siguientes:

• Se acrecienta nuestra unión con Cristo, pues lo tenemos sacramentalmente en nuestro pecho en nuestro corazón:

"La verdad es que esta presencia de Jesús no es representación de nuestra imaginación como cuando estamos orando. Él está allí, con toda verdad en nuestro interior, de suerte que no hay que ir a buscar más lejos. Ahora bien, si cuando andaba en el mundo el simple contacto con su ropa sanaba a los enfermos, ¿qué duda cabe de que hará milagros estando tan dentro de nosotros _ si tenemos fe _ y nos dará lo que le pidamos, puesto que viene a nuestra casa? Por cierto que no suele pagar mal la posada si se le da buen hospedaje". (Santa Teresa de Jesús, Camino de Perfección Cap. 34, 4).

• La comunión nos separa del pecado. El Cuerpo de Cristo que recibimos en la comunión es "entregado por nosotros", y la Sangre que bebemos es "derramada por muchos para el perdón de los pecados". Por eso la Eucaristía no puede unirnos a Cristo sin purificarnos al mismo tiempo de los pecados cometidos y preservarnos de futuros pecados. La Eucaristía borra los pecados veniales y nos preserva de futuros pecados mortales. (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica 1394-1395).

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Puede que tú no me conozcas, pero Yo conozco todo sobre ti… Salmos 139,1
Yo sé cuando te sientas y cuando te levantas… Salmos 139,2
Todos tus caminos me son conocidos… Salmos 139,3
Aun todos los pelos de tu cabeza están contados… Mateo 10,29-31
Porque tú has sido hecho a mi imagen… Génesis 1,27
En mí tú vives, te mueves y eres… Hechos 17,28
Porque tú eres mi descendencia… Hechos 17,28
Te conocí aun antes de que fueras concebido… Jeremías 1,4-5
Yo te escogí cuando planeé la creación… Efesios 1,11-12
Tú no fuiste un error, porque todos tus días están escritos en mi libro… Salmos 139,15-16
Yo he determinado el tiempo exacto de tu nacimiento y donde vivirías… Hechos 17,26
Tú has sido creado de forma maravillosa… Salmos 139,14
Yo te formé en el vientre de tu madre… Salmos 139,13
Yo te saqué del vientre de tu madre el día en que naciste… Salmos 71,6
Yo he sido mal representado por aquellos que no me conocen… Juan 8,41-44
Yo no estoy enojado y distante, soy la manifestación perfecta del amor… 1 Juan 4,16
Y es mi deseo gastar mi amor en ti simplemente porque tú eres mi hijo y Yo tu padre… 1 Juan 3,1
Te ofrezco mucho más que lo que tu padre terrenal podría darte… Mateo 7,11
Porque Yo soy el Padre Perfecto… Mateo 5,48
Cada dádiva que tú recibes viene de mis manos… Santiago 1,17
Porque Yo soy tu proveedor quien suple tus necesidades… Mateo 6,31-33
El plan que tengo para tu futuro está siempre lleno de esperanza… Jeremías 29,11
Porque Yo te amo con amor eterno… Jeremías 31,3
Mis pensamientos sobre ti son incontables como la arena en la orilla del mar… Salmos 139,17-18
Me regocijo sobre ti con cánticos… Sofonías 3,17
Yo nunca pararé de hacerte bien… Jeremías 32,40
Porque tú eres mi tesoro más precioso… Éxodo 19,5
Yo deseo afirmarte dándote todo mi corazón y toda mi alma… Jeremías 32,41
Y Yo quiero mostrarte cosas grandes y maravillosas… Jeremías 33,3
Si me buscas con todo tu corazón, me encontrarás… Deuteronomio 4,29
Deleítate en Mí y te concederé las peticiones de tu corazón… Salmos 37,4
Porque Yo soy el que produce tus deseos… Filipenses 2,13
Yo puedo hacer por ti mucho más de lo que tú podrías imaginar… Efesios 3,20
Porque Yo soy tu mayor alentador… 2 Tesalonicenses 2,16-17
Yo también soy el Padre que te consuela durante todos tus problemas… 2 Corintios 1,3-4
Cuando tu corazón está quebrantado, Yo estoy próximo a ti… Salmos 34,19
Así como el pastor carga a un cordero, Yo te cargo a ti cerca de mi corazón… Isaías 40,11
Un día Yo te enjugaré cada lágrima de tus ojos y quitaré todo el dolor que hayas sufrido en esta tierra… Apocalipsis 21,3-4
Yo soy tu Padre, y te he amado como a mi hijo, Jesús… Juan 17,23
Porque en Jesús, mi amor hacía ti ha sido revelado… Juan 17,26
Él es la representación exacta de lo que Yo soy… Hebreos 1,3
Él ha venido a demostrar que Yo estoy contigo, no contra ti… Romanos 8,31
Y también a decirte que Yo no estaré contando tus pecados… 2 Corintios 5,18-19
Porque Jesús murió para que tú y Yo pudiéramos ser reconciliados… 2 Corintios 5,18-19
Su muerte ha sido la última expresión de mi amor hacía ti… 1 Juan 4,10
Por mi amor hacía ti haré cualquier cosa que gane tu amor… Romanos 8,31-32
Si tú recibes el regalo de mi Hijo Jesús, tú me recibes a Mí… 1 Juan 2,23
Y ninguna cosa te podrá a ti separar otra vez de mi amor… Romanos 8,38-39
Vuelve a casa y participa de la mayor fiesta celestial que nunca has visto… Lucas 15,7
Yo siempre he sido Padre, y por siempre seré Padre… Efesios 3,14-15
La pregunta es… ¿quieres tú ser mi hijo?… Juan 1,12-13
Yo estoy esperando por ti… Lucas 15,11-32
Con amor… tu Padre Omnipotente, Dios

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LA ORACIÓN

Te ruego que seas nuestros ojos y cuides nuestro camino...
Ayúdanos a ser sabios, cuando los tiempos sean difíciles...
¡Que sea esta nuestra oración, cuando perdamos el camino!
¡Llévanos a la meta! ¡Guíanos con tu Gracia a ese lugar donde seremos libres!

¡Que encontremos tu Luz! ¡Y la mantengamos en nuestro corazón!
¡Que esa Luz nos recuerde, cuando las estrellas salgan de noche,
que eres Tú la Estrella Eterna!
¡Que sea esta nuestra oración, cuando las sombras invadan nuestras vidas!
¡Llévanos a la meta! ¡Guíanos con tu Gracia!
¡Danos Fe y Esperanza y alcanzaremos la Victoria!

Soñamos un mundo sin violencia...
Un mundo de justicia y de esperanza...
¡Donde cada uno pueda dar la mano a su vecino!
¡Como símbolo de fraternidad y de verdadera paz!

Oramos porque la vida sea buena para todos,
y Tú nos cuides desde el cielo...
Oramos porque cada uno encontremos el amor,
dentro y fuera de nosotros mismos...
¡Que sea esta nuestra oración!

¡Somos pequeños y frágiles!
¡Pero ansiamos alcanzar nuestras metas!
¡Guíanos con tu Gracia!
¡Danos Fe y Esperanza y alcanzaremos la Victoria!
¡Fe, Esperanza y Espíritu de Lucha!
¡Hasta alcanzar la Victoria!

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Cántico de Simeón (Lucas 2, 29-32)

Ahora, Señor, según tu promesa,
puedes dejar a tu siervo irse en paz.

Porque mis ojos han visto a tu Salvador,
a quien has presentado ante todos los pueblos:

luz para alumbrar a las naciones
y gloria de tu pueblo Israel.

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"Arrepiéntanse, porque el Reino de los cielos está cerca"

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 3, 1-12

En aquel tiempo, comenzó Juan el Bautista a predicar en el desierto de Judea, diciendo: “Arrepiéntanse, porque el Reino de los cielos está cerca”. Juan es aquel de quien el profeta Isaías hablaba, cuando dijo: Una voz clama en el desierto: Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos.

Juan usaba una túnica de pelo de camello, ceñida con un cinturón de cuero, y se alimentaba de saltamontes y de miel silvestre. Acudían a oírlo los habitantes de Jerusalén, de toda Judea y de toda la región cercana al Jordán; confesaban sus pecados y él los bautizaba en el río.

Al ver que muchos fariseos y saduceos iban a que los bautizara, les dijo: “Raza de víboras, ¿quién les ha dicho que podrán escapar al castigo que les aguarda? Hagan ver con obras su arrepentimiento y no se hagan ilusiones pensando que tienen por padre a Abraham, porque yo les aseguro que hasta de estas piedras puede Dios sacar hijos de Abraham. Ya el hacha está puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé fruto, será cortado y arrojado al fuego.

Yo los bautizo con agua, en señal de que ustedes se han arrepentido; pero el que viene después de mí, es más fuerte que yo, y yo ni siquiera soy digno de quitarle las sandalias. Él los bautizará en el Espíritu Santo y su fuego. El tiene el bieldo en su mano para separar el trigo de la paja. Guardará el trigo en su granero y quemará la paja en un fuego que no se extingue”.

Meditación

La liturgia nos habla de San Juan Bautista, cuya vida estuvo totalmente orientada a Cristo. Fue el precursor, la “voz” que Dios envió para preparar la venida de su Hijo. De Jerusalén y de todas las partes de Judea la gente acudía para escuchar a Juan Bautista y para hacerse bautizar por él en el río, confesando sus pecados.

De este modo, el Evangelio de hoy nos da pie para meditar en la necesidad de la penitencia, de la frecuente confesión y de la mortificación. El espíritu de conversión es algo concreto que se debe manifestar en nuestra forma de vivir, en las pequeñas mortificaciones que podamos hacer cada día para abstenernos no sólo de lo malo, sino de pequeñas cosas, incluso buenas de las que nos podemos desprender.

En realidad nuestros deberes diarios son el campo principal en el que nos podemos mortificar. El orden, la puntualidad en el trabajo, la concentración, la atención a los detalles, la perfección en el cumplimiento de nuestro deber... Igualmente el trato con los demás nos da inumerables oportunidades para crecer en mortificación, por ejemplo, dando el primer lugar a los otros, buscando comprender, perdonar, escuchar, servir, más que ponernos primero a nosotros mismos. Todas estas actitudes nos ayudarán a poner en práctica las enseñanzas de Juan Bautista, el más grande de los profetas.

Reflexión

Juan Bautista predicaba la inminente llegada del Mesías e invitaba a todos a la conversión. Hoy, como entonces, su mensaje vuelve a nosotros. Acojámoslo y hagamos un programa de preparación a la Navidad con propósitos concretos.

Propósito

Ponerme tres propósitos que me preparen para la Navidad. Los revisaré todos los días al comenzar el día para no olvidarlos y trabajar en ellos.

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Lucas 19, 1-10

En aquel tiempo, Jesús, habiendo entrado en Jericó, atravesaba la ciudad. Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos, y rico. Trataba de ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la gente, porque era de pequeña estatura. Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, pues iba a pasar por allí. Y cuando Jesús llegó a aquel sitio, alzando la vista, le dijo: «Zaqueo, baja pronto; porque conviene que hoy me quede yo en tu casa». Se apresuró a bajar y le recibió con alegría. Al verlo, todos murmuraban diciendo: «Ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador». Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: «Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo». Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abraham, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido».

Reflexión

La escena que el Evangelio nos presenta es una evocación del misterio que ha cambiado nuestras vidas: la Encarnación. Dios que quiso venir a visitar la casa de los hombres, el mundo que Él mismo creó. Le necesitábamos, y no dudó en venir para traernos la salvación.

La historia de Zaqueo se repite cada día. Es nuestra misma historia. Somos hombres que buscamos a Dios porque somos débiles. Una multitud que quiere ver en su vida a Cristo cerca y alberga ese profundo deseo en el corazón. Personas que, a pesar de nuestra baja estatura en el espíritu, nos atrevemos a subir a un árbol, porque a toda costa queremos encontrarnos con Él.

Y Cristo no se hace rogar. Sale al encuentro, pasa por el camino, fija su honda mirada en nuestros ojos, que brillan de ilusión. Y nos dice: “Hoy quiero quedarme en tu casa”. ¡Y nuestra alma se inunda de gozo! Hemos encontrado lo que buscábamos, la fuerza para nuestra debilidad, la paz y la felicidad para nuestras vidas.

El Señor cambia nuestras vidas. Zaqueo dio a los pobres la mitad de sus bienes. Nosotros, que también buscamos con anhelo a Cristo, saldremos transformados de ese encuentro y le daremos la totalidad de nuestro ser.

Esto te va a gustar:

http://www.youtube.com/watch?v=kqC47pzIbQY

[PLAY]
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Sabias que comenzó cantándole a Dios?

...ves, asi como el, todos le debemos mucho a Dios!

NO HAY NECESIDAD DE DESESPERARSE, NI DARSE POR VENCIDO
NO PODEMOS ESPERAR SANTIFICARNOS INSTANTANEAMENTE

Es un Paso Cada Vez ...

Las Tinieblas

Las personas son inducidas a creer que en el momento de encontrarse a Dios se convierten automáticamente en santos, y pasarán por la vida sin jamás volver a cometer pecado alguno. Esto no tiene validez alguna, y además, es teológicamente incorrecto. Esta es una las muchas armas que el maligno usa para desalentarnos en nuestra relación con Dios. Por falta de luz nos damos por vencidos prácticamente sin siquiera intentarlo.

¡La Luz!

Abran las ventanas del alma y permitan que el sol brille en ella . ¿Por qué? Aquí tenemos muy buenas noticias: Dios no juzga al hombre basándose en su nivel de santidad. Él nos juzga basándose primordialmente en nuestros esfuerzos en la jornada de santificación.

Considere este paralelo: Un padre tiene dos hijos; uno tiene el don genético de una buena constitución física. Solamente tiene que hacer ejercicio en el gimnasio una hora por semana para mantener la buena forma.

El otro hijo es delgado y físicamente subdesarrollado. Este hijo reconoce que, físicamente hablando, no es un buen especimen de hombre. También sabe que si verdaderamente quisiera, podría mejorar su apariencia física.

Con el amor, estímulo y apoyo de su padre, el segundo hijo se matriculó en un Gimnasio y comenzó un programa intenso de culturismo. Dicho programa consistía en ejercicios durante 18 horas semanales, así como mantener una dieta especial que no permitía los productos alimenticios [mala alimentación] preferidos por los jóvenes de hoy.

Las semanas pasaron a meses, y los meses a años. Hubo algún progreso, pero también retrocesos y desalientos, pero, con el estímulo de su padre, el segundo hijo desarrolló su físico a tal punto que haría lucir a la famosa escultura "David" [de Miguel Angel Buonarroti] imperfecta.

¿Cuál de los dos hijos va a obtener la mayor admiración de sus padres, de su familia y amigos? ¿A cual de los dos hijos daría empleo si usted necesitara un empleado de confianza, emprendedor y tenaz? Claro que al segundo hijo.

Ahora bien, considere que el alma es como nuestro cuerpo espiritual. Si somos persistentes en "ejercitar" (moldear) nuestras almas de acuerdo con las enseñanzas de Dios, finalmente lograremos el nivel de "belleza", es decir, perfección espiritual, que Dios espera que alcancemos. Ciertamente, en el camino habrán caidas, tentaciones, desalientos y abatimientos, pero Dios siempre va estar con nosotros caminando, paso a paso, como nuestro propio "entrenador"; alentándonos y dándonos la fuerza que necesitamos para alcanzar nuestras metas, físicas y espirituales.

¿Piensa que esta es una historia fantástica? Hasta habrá algunos que desafiantemente afirmarán: "Sin fundamento Bíblico."

La Prueba

Felizmente dicho paralelo tiene amplio fundamento Bíblico. Si usted lee la parábola del Hijo Pródigo en las Sagradas Escrituras [S.Lucas, Capítulo 15 Versículo 11 al 32], se asombrará. Esta Parábola es una de las peor interpretadas o entendidas del Nuevo Testamento, y probablemente contiene la mayor consolación para la raza humana mientras viajamos a través de este verdadero valle de lágrimas, el cual llamamos "Vida", hacia la Eternidad.

En los versículos 17-19 leemos que el Hijo Pródigo entra en razón y comprende que había actuado equivocadamente. Decidió entonces regresar a su padre, con "sombrero en mano", es decir, humildemente, para servirle, no como un hijo, sino como uno de sus obreros. En los versículos 20 al 24 leemos:

"Se puso en camino y fue a casa de su padre. Cuando aún estaba lejos, su padre lo vió y, conmovido, fue corriendo, se echó al cuello de su hijo y lo cubrió de besos. El hijo comenzó a decir: 'Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de llamarme hijo tuyo.' Pero el padre dijo a sus criados : 'Sacad inmediatamente el traje mejor y ponédselo; poned un anillo en su mano y sandalias en sus pies. Traed el ternero cebado, matadlo y celebremos un banquete, porque este hijo mío habia muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido encontrado.' Y se pusieron todos a festejarlo."

El Consuelo

Aquí esta la magnífica clave consoladora: "Cuando aún estaba lejos, su padre lo vió y, conmovido, fue corriendo (a su encuentro)..."

El padre no se sentó a esperar a que su hijo hiciera, sin su ayuda, el largo viaje de regreso a casa, ni tampoco ignoró la caida de su hijo. ¿Qué fue lo que el padre hizo? "...fue corriendo..." hacia su hijo para entonces caminar de regreso a su hogar con él, paso a paso. ¿Hogar? ¿Cuál hogar? La casa de su padre; el Cielo, el Paraíso Eterno!

¿Qué más podemos pedir?

¡Animo, mis queridos hermanas y hermanos! Rectifiquemos nuestras ofensas a nuestro Padre; todos cometemos errores y Lo ofendemos, rechazando su amor al violar Sus Leyes.

Tratemos de vivir correctamente. Tratemos de alcanzar el cielo en la tierra, lo cual es una paz que sólo Dios puede dar; y después, una vida sobrenatural con Él en la Eternidad. El caminará contigo paso a paso, tome el tiempo que tome, y Él se asegurará de que llegues a tu casa, que es Su casa; nuestra casa!

No te olvides, Dios no te preguntará por cuantas cosas hiciste mas por cuanto amor pusiste en lo que hiciste!

Que no te desanimen los fracasos o errores. Jesús no nos dijo que siempre ibamos a ser triunfadores a la manera de los del mundo (para eso tendríamos que mentir, pisar a otros, ser injustos, caer en pecado). Es normal detenerse un momento en las tgrincheras de la guerra espiritual diaria. Lo que sí prometió J3esús es que podemos llegar a ser experyos luchadores, eso si: LUCAHDORES!

Como David, hermano (a) preparemonos a enfrentar a todos los Goliats que se nos presenten. Recordemos lo que penso David de Goliat cuando este gigante enfrento al ejercito Israel y a Dios: te atreves a enfrentarte a los ejercitos de Dios? (que como sabemos no era muy numeroso el ejercito de Israel en ese momento histórico) David se refería a toda la milicia angelical y a todos los santos y al mismo Dios. Dios esta siempre del lado de los que estamos en gracia. Si ÉL venció en la cruz, lo haremos tambien nosotros junto con Él!

..."Sin mí no podeis hacer nada"...
..."Para el hombre es imposible, pero nada es imposible para Dios"...

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Mi querido Orugario:

Lo más alarmante de tu último informe sobre el paciente es que no está tomando ninguna de aquellas confiadas resoluciones que señalaron su conversión original. Ya no hay espléndidas promesas de perpetua virtud, deduzco; ¡ni siquiera la expectativa de una concesión de la "gracia" para toda la vida, sino sólo una esperanza de que se le dé el alimento diario y horario para enfrentarse con las diarias y horarias tentaciones! Esto es muy malo.

Sólo veo una cosa que hacer, por el momento. Tu paciente se ha hecho humilde: ¿le has llamado la atención sobre este hecho? Todas las virtudes son menos formidables para nosotros una vez que el hombre es consciente de que las tiene, pero esto es particularmente cierto de la humildad. Cógele en el momento en que sea realmente pobre de espíritu, y métele de contrabando en la cabeza la gratificadora reflexión: "¡Caramba, estoy siendo humilde!", y casi inmediatamente el orgullo —orgullo de su humildad— aparecerá. Si se percata de este peligro y trata de ahogar esta nueva forma de orgullo, hazle sentirse orgulloso de su intento, y así tantas veces como te plazca. Pero no intentes esto durante demasiado tiempo, no vayas a despertar su sentido del humor y de las proporciones, en cuyo caso simplemente se reirá de ti y se irá a la cama.

Pero hay otras formas aprovechables de fijar su atención en la virtud de la humildad. Con esta virtud, como con todas las demás, nuestro Enemigo quiere apartar la atención del hombre de sí mismo y dirigirla hacia Él, y hacia los vecinos del hombre. Todo el abatimiento y el autoodio están diseñados, a la larga, sólo para este fin; a menos que alcancen este fin, nos hacen poco, daño, e incluso pueden beneficiarnos si mantienen al hombre preocupado consigo mismo; sobre todo, su autodesprecio puede convertirse en el punto de partida del desprecio a los demás y, por tanto, del pesimismo, del cinismo y de la crueldad.
En consecuencia, debes ocultarle al paciente la verdadera finalidad de la humildad. Déjale pensar que es, no olvido de sí mismo, sino una especie de opinión (de hecho, una mala opinión) acerca de sus propios talentos y carácter. Algún talento, supongo, tendrá realmente. Fija en su mente la idea de que la humildad consiste en tratar de creer que esos talentos son menos valiosos de lo que él cree que son. Sin duda son de hecho menos valiosos de lo que él cree, pero no es ésa la cuestión. Lo mejor es hacerle valorar una opinión por alguna cualidad diferente de la verdad, introduciendo así un elemento de deshonestidad y simulación en el corazón de lo que, de otro modo, amenaza con convertirse en una virtud. Por este método, a miles de humanos se les ha hecho pensar que la humildad significa mujeres bonitas tratando de creer que son feas y hombres inteligentes tratando de creer que son tontos. Y puesto que lo que están tratando de creer puede ser, en algunos casos, manifiestamente absurdo, no pueden conseguir creerlo, y tenemos la ocasión de mantener su mente dando continuamente vueltas alrededor de sí mismos, en un esfuerzo por lograr lo imposible. Para anticiparnos a la estrategia del Enemigo, debemos considerar sus propósitos. El Enemigo quiere conducir al hombre a un estado de ánimo en el que podría diseñar la mejor catedral del mundo, y saber que es la mejor, y alegrarse de ello, sin estar más (o menos) o de otra manera contento de haberlo hecho él que si lo hubiese hecho otro. El Enemigo quiere, finalmente, que esté tan libre de cualquier prejuicio a su propio favor que pueda alegrarse de sus propios talentos tan franca y agradecidamente como de los talentos de su prójimo... o de un amanecer, un elefante, o una catarata. Quiere que cada hombre, a la larga, sea capaz de reconocer a todas las criaturas (incluso a sí mismo) como cosas gloriosas y excelentes. Él quiere matar su amor propio animal tan pronto como sea posible; pero Su política a largo plazo es, me temo, devolverles una nueva especie de amor propio: una caridad y gratitud a todos los seres, incluidos ellos mismos; cuando hayan aprendido realmente a amar a sus prójimos como a sí mismos, les será permitido amarse a sí mismos como a sus prójimos. Porque nunca debemos olvidar el que es el rasgo más repelente e inexplicable de nuestro Enemigo: Él realmente ama a los bípedos sin pelo que Él ha creado, y siempre les devuelve con Su mano derecha lo que les ha quitado con la izquierda.

Todo su esfuerzo, en consecuencia, tenderá a apartar totalmente del pensamiento del hombre el tema de su propio valor. Preferiría que el hombre se considerase un gran arquitecto o un gran poeta y luego se olvidase de ello, que dedicase mucho tiempo y esfuerzo a tratar de considerarse uno malo. Tus esfuerzos por inculcar al paciente o vanagloria o falsa modestia serán combatidos consecuentemente, por parte del Enemigo, con el obvio recordatorio de que al hombre no se le suele pedir que tenga opinión alguna de sus propios talentos, ya que muy bien puede seguir mejorándolos cuanto pueda sin decidir su preciso lugar en el templo de la Fama. Debes tratar, a cualquier costo, de excluir este recordatorio de la conciencia del paciente. El Enemigo tratará también de hacer real en la mente del paciente una doctrina que todos ellos profesan, pero que les resulta difícil introducir en sus sentimientos: la doctrina de que ellos no se crearon a sí mismos, de que sus talentos les fueron dados, y de que también podrían sentirse orgullosos del color de su pelo. Pero siempre, y por todos los medios, el propósito del Enemigo será apartar el pensamiento del paciente de tales cuestiones, y el tuyo consistirá en fijarlo en ellas. Ni siquiera quiere el Enemigo que piense demasiado en sus pecados: una vez que está arrepentido, cuanto antes vuelva el hombre su atención hacia afuera, más complacido se siente el Enemigo.
Tu cariñoso tío,

ESCRUTOPO

Mi querido Orugario:

Me parece que necesitas demasiadas páginas para contar una historia muy simple. En resumidas cuentas, que has dejado que ese hombre se te escurra entre los dedos de la mano. La situación es muy grave, y, realmente, no veo motivo alguno por el que debiera tratar de protegerte de las consecuencias de tu ineficiencia. Un arrepentimiento y una renovación de lo que el otro llama "gracia" de la magnitud que tú mismo describes, suponen una derrota de primer orden. Equivale a una segunda conversión... y, probablemente, más profunda que la primera.
Como debieras saber, la nube asfixiante que te impidió atacar al paciente durante el paseo de regreso del viejo molino es un fenómeno muy conocido. Es el arma más brutal del Enemigo, y generalmente, aparece cuando Él se hace directamente presente al paciente, bajo ciertas formas aún no completamente clasificadas. Algunos humanos están permanentemente envueltos en ella, y nos resultan, por tanto, totalmente inaccesibles.

Y ahora veamos tus errores. En primer lugar según tú mismo dices, permitiste que tu paciente leyera un libro del que realmente disfrutaba, no para que hiciese comentarios ingeniosos a costa de él ante sus nuevos amigos, sino meramente porque disfrutaba de ese libro. En segundo lugar, le permitiste andar hasta el viejo molino y tomar allí el té: un paseo por un campo que realmente le gusta, y encima a solas. En otras palabras: le permitiste dos auténticos placeres positivos. ¿Fuiste tan ignorante que no viste el peligro que entrañaba esto?

Lo característico de las penas y de los placeres es que son inequívocamente reales y, en consecuencia, mientras duran, le proporcionan al hombre un patrón de la realidad. Así, si tratases de condenar a tu hombre por el método romántico —haciendo de él una especie de Childe Harold o Werther, autocompadeciéndose de penas imaginarias—, tratarías de protegerle, a cualquier precio, de cualquier dolor real; porque, naturalmente, cinco minutos de auténtico dolor de muelas revelarían la tontería que eran sus sufrimientos románticos, y desenmascararían toda tu estratagema. Pero estabas intentando hacer que tu paciente se condenase por el Mundo, esto es, haciéndole aceptar como placeres la vanidad, el ajetreo, la ironía y el tedio costoso. ¿Cómo puedes no haberte dado cuenta de que un placer real era lo último que debías permitirle? ¿No previste que, por contraste, acabaría con todos los oropeles que tan trabajosamente le has estado enseñando a apreciar? ¿Y que el tipo de placer que le dieron el libro y el paseo es el más peligroso de todos? ¿Que le arrancaría la especie de costra que has ido formando sobre su sensibilidad, y le haría sentir que está regresando a su hogar, recobrándose a sí mismo? Como un paso previo para separarle del Enemigo, querías apartarle de sí mismo, y habías hecho algunos progresos en esa dirección. Ahora, todo eso está perdido. Sé, naturalmente, que el Enemigo también quiere apartar de sí mismos a los hombres, pero en otro sentido. Recuerda siempre que a Él le gustan realmente esos gusanillos, y que da un absurdo valor a la individualidad de cada uno de ellos. Cuando Él habla de que pierdan su "yo". Se refiere tan sólo a que abandonen el clamor de su propia voluntad. Una vez hecho esto, Él les devuelve realmente toda su personalidad, y pretende (me temo que sinceramente) que, cuando sean completamente Suyos, serán más "ellos mismos" que nunca. Por tanto, mientras que Le encanta ver que sacrifican a su voluntad hasta sus deseos más inocentes, detesta ver que se alejen de su propio carácter por cualquier otra razón. Y nosotros debemos inducirles siempre a que hagan eso. Los gustos y las inclinaciones más profundas de un hombre constituyen la materia prima, el punto de partida que el Enemigo le ha proporcionado. Alejar al hombre de ese punto de partida es siempre, pues, un tanto a nuestro favor; incluso en cuestiones indiferentes, siempre es conveniente sustituir los gustos y las aversiones auténticas de un humano por los patrones mundanos, o la convención, o la moda. Yo llevaría esto muy lejos: haría una norma erradicar de mi paciente cualquier gusto personal intenso que no constituya realmente un pecado, incluso si es algo tan completamente trivial como la afición al cricket, o a coleccionar sellos, o a beber batidos de cacao. Estas cosas, te lo aseguro, de virtudes no tienen nada; pero hay en ellas una especie de inocencia, de humildad, de olvido de uno mismo, que me hacen desconfiar de ellas; el hombre que verdadera y desinteresadamente disfruta de algo, por ello mismo, y sin importarle un comino lo que digan los demás, está protegido, por eso mismo, contra algunos de nuestros métodos de ataque más sutiles. Debes tratar de hacer siempre que el paciente abandone la gente, la comida o los libros que le gustan de verdad, y que los sustituya por la "mejor" gente, la comida "adecuada" o los libros "importantes". Conocí a un humano que se vio defendido de fuertes tentaciones de ambición social por una afición, más fuerte todavía, a los guisados con cebolla.

Falta considerar de qué forma podemos resarcirnos de este desastre. Lo mejor es impedir que haga cualquier cosa. Mientras no lo ponga en práctica, no importa cuán to piense en este nuevo arrepentimiento. Deja que el animalillo se revuelque en su arrepentimiento. Déjale, si tiene alguna inclinación en ese sentido, que escriba un libro sobre él; suele ser una manera excelente de esterilizar las semillas que el Enemigo planta en el alma humana. Déjale hacer lo que sea, menos actuar. Ninguna cantidad, por grande que sea, de piedad en su imaginación y en sus afectos nos perjudicará, si logramos mantenerla fuera de su voluntad. Como dijo uno de los humanos, los hábitos activos se refuerzan por la repetición, pero los pasivos se debilitan. Cuanto más a menudo sienta sin actuar, menos capaz será de llegar a actuar alguna vez, y, a la larga, menos capaz será de sentir.
Tu cariñoso tío,

ESCRUTOPO

Mi querido Orugario:

Evidentemente, estás haciendo espléndidos progresos. Mi único temor es que, al intentar meter prisa al paciente, le despiertes y se dé cuenta de su verdadera situación. Porque tú y yo, que vemos esa situación tal como es realmente, no debemos olvidar nunca cuan diferente debe parecerle a él. Nosotros sabemos que hemos introducido en su trayectoria un cambio de dirección que le está alejando ya de su órbita alrededor del Enemigo; pero hay que hacer que él se imagine que todas las decisiones que han producido este cambio de trayectoria son triviales y revocables. No se le debe permitir sospechar que ahora está, por lentamente que sea, alejándose del sol en una dirección que le conducirá al frío y a las tinieblas del vacío absoluto.

Por este motivo, casi celebro saber que todavía va a misa y comulga. Sé que esto tiene peligros; pero cualquier cosa es buena, con tal de que no llegue a darse cuenta de .hasta qué punto ha roto con los primeros meses de su vida cristiana: mientras conserve externamente los hábitos de un cristiano, se le podrá hacer pensar que ha adoptado algunos amigos y diversiones nuevos, pero que su estado espiritual es muy semejante al de seis semanas antes, y, mientras piense eso, no tendremos que luchar con el arrepentimiento explícito por un pecado definido y plenamente reconocido, sino sólo con una vaga, aunque incómoda, sensación de que no se ha portado muy bien últimamente.
Esta difusa incomodidad necesita un manejo cuidadoso. Si se hace demasiado fuerte, puede despertarle, y echar a perder todo el juego. Por otra parte, si la suprimes completamente —lo que, de pasada, el Enemigo probablemente no permitirá—, perdemos un elemento de la situación que puede conseguirse que nos sea favorable. Si se permite qué tal sensación subsista, pero no que se haga irresistible y florezca en un verdadero arrepentimiento, tiene una invaluable tendencia: aumenta la resistencia del paciente a pensar en el Enemigo. Todos los humanos, en casi cualquier momento, sienten en cierta medida esta reticencia; pero cuando pensar en Él supone encararse —intensificándola— con una vaga nube de culpabilidad sólo a medias consciente, tal resistencia se multiplica por diez. Odian cualquier cosa que les recuerde al Enemigo, al igual que los hombres en dificultades económicas detestan la simple visión de un talonario. En tal estado, tu paciente no sólo omitirá sus deberes religiosos, sino que le desagradarán cada vez más. Pensará en ellos de antemano lo menos que crea decentemente posible, y se olvidará de ellos, una vez cumplidos, tan pronto como pueda. Hace unas semanas necesitabas tentarle al irrealismo y a la falta de atención cuando rezaba, pero ahora te encontrarás con que te recibe con los brazos abiertos y casi te implora que le desvíes de su propósito y que adormezcas su corazón. Querrá que sus oraciones sean irreales, pues nada le producirá tanto terror como el contacto efectivo con el Enemigo. Su intención será la de "dejar la fiesta en paz".

Al irse estableciendo más completamente esta situación, te irás librando, paulatinamente, del fatigoso trabajo de ofrecer placeres como tentaciones. Al irle separando cada vez más de toda auténtica felicidad esa incomodidad, y su resistencia a enfrentarse con ella, y como la costumbre va haciendo al mismo tiempo menos agradables y menos fácilmente renunciables (pues eso es lo que el hábito hace; por suerte, con los placeres) los placeres de la vanidad, de la excitación y de la ligereza, descubrirás que cualquier cosa, o incluso ninguna, es suficiente para atraer su atención errante. Ya no necesitas un buen libro, libro que le guste de verdad, para mantenerle alejado de sus oraciones, de su trabajo o de su reposo; te bastará con una columna de anuncios por palabras en el periódico de ayer. Le puedes hacer perder el tiempo no ya en una conversación amena, con gente de su agrado, sino incluso hablando con personas que no le interesan lo más mínimo de cuestiones que le aburren. Puedes lograr que no haga absolutamente nada durante períodos prolongados. Puedes hacerle trasnochar, no yéndose de juerga, sino contemplando un fuego apagado en un cuarto frío. Todas esas actividades sanas y extravertidas que queremos evitarle pueden impedírsele sin darle nada a cambio, de tal forma que pueda acabar diciendo, como dijo al llegar aquí abajo uno de mis pacientes: "Ahora veo que he dejado pasar la mayor parte de mi vida sin hacer ni lo que debía ni lo que me apetecía". Los cristianos describen al Enemigo como aquél "sin quien nada es fuerte". Y la Nada es muy fuerte: lo suficiente como para privar a un hombre de sus mejores años, y no cometiendo dulces pecados, sino en una mortecina vacilación de la mente sobre no sabe qué ni por qué, en la satisfacción de curiosidades tan débiles que el hombre es sólo medio-consciente de ellas, en tamborilear con los dedos y pegar taconazos, en silbar melodías que no le gustan, o en el largo y oscuro laberinto de unos ensueños que ni siquiera tienen lujuria o ambición para darles sabor, pero que, una vez iniciados por una asociación de ideas puramente casual, no pueden evitarse, pues la criatura está demasiado débil y aturdida como para librarse de ellos.

Dirás que son pecadillos y, sin duda, como todos los tentadores jóvenes, estás deseando poder dar cuenta de maldades espectaculares. Pero, recuérdalo bien, lo único que de verdad importa es en qué medida apartas al hombre del Enemigo. No importa lo leves que puedan ser sus faltas, con tal de que su efecto acumulativo sea empujar al hombre lejos de la Luz y hacia el interior de la Nada. El asesinato no es mejor que la baraja, si la baraja es suficiente para lograr este fin. De hecho, el camino más seguro hacia el Infierno es el gradual: la suave ladera, blanda bajo el pie, sin giros bruscos, sin mojones, sin señalizaciones.
Tu cariñoso tío,

ESCRUTOPO

Mi querido Orugario:

Evidentemente, todo va muy bien. Me alegra especialmente saber que sus dos nuevos amigos ya le han presentado a todo el grupo. Todos ellos, según he averiguado por el archivo, son individuos de absoluta confianza: frívolos y mundanos constantes y consumados que, sin necesidad de cometer crímenes espectaculares, avanzan tranquila y cómodamente hacia la casa de Nuestro Padre. Dices que se ríen mucho, confío en que eso no quiera decir que tienes la idea de que la risa, en sí misma, esté siempre de nuestra parte. El asunto merece cierta atención.

Yo distingo cuatro causas de la risa humana: la alegría, la diversión, el chiste y la ligereza. Podrás ver la primera de ellas en una reunión en vísperas de fiesta de amigos y amantes. Entre adultos, suele usarse como pretexto el contar chistes, pero la facilidad con que las mínimas ingeniosidades provocan, en tales ocasiones, la risa, demuestra que los chistes no son su verdadera causa. Cuál pueda ser la verdadera causa es algo que ignoramos por completo. Algo parecido encuentra su expresión en buena parte de ese arte detestable que los humanos llaman música, y algo así ocurre en el Cielo; una aceleración insensata en el ritmo de la experiencia celestial, que nos resulta totalmente impenetrable. Tal tipo de risa no nos beneficia nada, y debe evitarse en todo momento.

Además, el fenómeno es, en sí, desagradable, y supone un insulto directo al realismo, la dignidad y la austeridad del Infierno.
La diversión tiene una íntima relación con la alegría: es una especie de espuma emocional, que procede del instinto de juego. Nos es de muy poca utilidad. A veces puede servírnos, claro está, para distraer a los humanos de lo que al Enemigo le gustaría que hiciesen o sintiesen, pero predispone a cosas totalmente indeseables: fomenta la caridad, el valor, el contento, y muchos males más.

El chiste, que nace de la súbita percepción de la incongruencia, es un campo mucho más prometedor. No me estoy refiriendo, principalmente, al chiste indecente u obsceno, que —a pesar de lo mucho que confían en él los tentadores de segunda categoría— es, con frecuencia, muy decepcionante en sus resultados. La verdad es que los humanos están, en este aspecto, bastante claramente divididos en dos categorías. Hay algunos para los que "ninguna pasión es tan seria como la lujuria", y para los que una historia indecente deja de provocar lascivia precisamente en la medida en que resulte divertida; hay otros cuya risa y cuya lujuria son excitadas simultáneamente y por las mismas cosas. El primer tipo de humanos bromea acerca del sexo porque da lugar a muchas incongruencias; el segundo, en cambio, cultiva las incongruencias porque dan pretexto a hablar del sexo. Si tu hombre es del primer tipo, el humor obsceno no te será de mucha ayuda: nunca olvidaré las horas (para mí, de insoportable tedio) que perdí con uno de mis primeros pacientes, en bares y salones, antes de aprender esa regla. Averigua a qué grupo pertenece el paciente, y procura que él no lo averigüe.

La verdadera utilidad de los chistes o el humor apunta en una dirección muy distinta, y es especialmente prometedora entre los ingleses, que se toman tan en serio su "sentido del humor" que la falta de este sentido es casi la única deficiencia de la que se avergüenzan. El humor es, para ellos, el don vital qué consuela de todo y que (fíjate bien) todo lo excusa. Es, por tanto, un medio inapreciable para destruir el pudor. Si un hombre deja, simplemente, que. los demás paguen por él, es un "tacaño"; si presume de ello jocosamente, y les toma el pelo a sus amigos por permitir que se aproveche de ellos, entonces ya no es un "tacaño", sino un tipo gracioso. La mera cobardía es vergonzosa; la cobardía de la que se presume con exageraciones humorísticas y con gestos grotescos puede pasar por divertida. La crueldad es vergonzosa, a menos que el hombre cruel consiga presentarla como una broma pesada. Mil chistes obscenos, o incluso blasfemos, no contribuyen a la condenación de un hombre tanto como el descubrimiento de que puede hacer casi cualquier cosa que le apetezca no sólo sin la desaprobación de sus semejantes, sino incluso con su admiración, simplemente con lograr que se tome como una broma. Y esta tentación puedes ocultársela casi enteramente a tu paciente, gracias precisamente a la seriedad de los ingleses acerca del humor. Cualquier insinuación de que puede ser demasiado humor, por ejemplo, se le puede presentar como "puritana", o como evidencia de "falta de humor".

Pero la ligereza es la mejor de todas estas causas. En primer lugar, resulta muy económica: sólo a un humano inteligente se le puede ocurrir un chiste a costa de la virtud (o, de hecho, de cualquier otra cosa); en cambio, a cualquiera le podemos enseñar a hablar como si la virtud fuese algo cómico. Las personas ligeras suponen siempre que son chistosas; en realidad, nadie hace chistes, pero cualquier, tema serio se trata de un modo que implica que ya le han encontrado un lado ridículo. Si se prolonga, el hábito de la ligereza construye en torno al hombre la mejor coraza que conozco frente al Enemigo, y carece, además, de los riesgos inherentes a otras causas de risa.
Está a mil kilómetros de la alegría; embota, en lugar de agudizarlo, el intelecto; y no fomenta el afecto entre aquellos que la practican.
Tu cariñoso tío,

ESCRUTOPO

Mi querido Orugario:

Me encantó saber por Tripabilis que tu paciente ha hecho varios nuevos conocidos muy deseables y que parece haber aprovechado este acontecimiento de forma verdaderamente prometedora. Supongo que el matrimonio de mediana edad que visitó su oficina es precisamente el tipo de gente que nos conviene que conozca: rica, de buen tono, superficialmente intelectual y brillantemente escéptica respecto a todo. Deduzco que incluso son vagamente pacifistas, no por motivos morales sino a consecuencia del arraigado hábito de minimizar cualquier cosa que preocupe a la gran masa dé sus semejantes, y de una gota de comunismo puramente literario y de moda. Esto es excelente. Y pareces haber hecho buen uso de toda su vanidad social, sexual e intelectual. Cuéntame más. ¿Se comprometió a fondo? No me refiero a verbalmente. Hay un sutil juego de miradas, tonos y sonrisas mediante el que un mortal puede dar a entender que es del mismo partido que aquellos con quienes está hablando. Esa es la clase de traición que deberías estimular de un modo especial, porque el hombre no se da cuenta de ella totalmente; y para cuando lo haga, ya habrás hecho difícil la retirada.

Sin duda, muy pronto se dará cuenta de que su propia fe está en directa oposición a los supuestos en que se basa toda la conversación de sus nuevos amigos. No creo que eso importe mucho, siempre que puedas persuadirle de que posponga cualquier reconocimiento abierto de este hecho, y esto, con la ayuda de la vergüenza, el orgullo, la modestia y la vanidad, será fácil de conseguir. Mientras dure el aplazamiento, estará en una posición falsa. Estará callado cuando debería hablar, y se reirá cuando debería callarse. Asumirá, primero sólo por sus modales, pero luego por sus palabras, todo tipo de actitudes cínicas y escépticas que no son realmente suyas. Pero, si le manejas bien, pueden hacerse suyas. Todos los mortales tienden a convertirse en lo que pretenden ser. Esto es elemental. La verdadera cuestión es cómo prepararse para el contraataque del Enemigo.

Lo primero es retrasar tanto como sea posible el momento en que se dé cuenta de que este nuevo placer es una tentación. Como los servidores del Enemigo llevan dos mil años predicando acerca del "mundo" como una de las grandes tentaciones típicas, esto podría parecer difícil de conseguir. Pero, afortunadamente, han dicho muy poco acerca de él en las últimas décadas. En los modernos escritos cristianos, aunque veo muchos (de hecho, más de los que quisiera) acerca de Mammón, veo pocas de las viejas advertencias sobre las Vanidades Mundanas, la Elección de Amigos y el Valor del Tiempo. Todo eso lo calificaría tu paciente, probablemente, de "puritanismo". ¿Puedo señalar, de paso, que el valor que hemos dado a esa palabra es uno de los triunfos verdaderamente sólidos de los últimos cien años? Mediante ella, rescatamos anualmente de la templanza, la castidad y la austeridad de vida a millares de humanos.

Antes o después, sin embargo, la verdadera naturaleza de sus nuevos amigos le aparecerá claramente, y entonces tus tácticas deben depender de la inteligencia del paciente. Si es lo bastante tonto, puedes conseguir que sólo se dé cuenta del carácter de sus amigos cuando están ausentes; se puede conseguir que su presencia barra toda crítica. Si esto tiene éxito, se le puede inducir a vivir como muchos huma nos que he conocido, que han vivido, durante períodos bastante largos, dos vidas paralelas; no sólo parecerá, sino que será, de hecho, un hombre diferente en cada uno de los círculos que frecuente. Si esto falla, existe un método más sutil y entretenido. Se le puede hacer sentir auténtico placer en la percepción de que las dos caras de su vida son inconsistentes. Esto se consigue explotando su vanidad. Se le puede enseñar a disfrutar de estar de rodillas junto al tendero el domingo sólo de pensar que el tendero no podría entender el mundo urbano y burlón que habitaba él la noche del sábado; y, recíprocamente, disfrutar más aún de la indecente y blasfema sobremesa con estos admirables amigos pensando que hay un mundo "más profundo y espiritual" en su interior que ellos ni pueden imaginar. ¿Comprendes?; los amigos mundanos le afectan por un lado y el tendero por otro, y él es el hombre completo, equilibrado y complejo que ve alrededor de todos ellos. Así, mientras está traicionando permanentemente a por lo menos dos grupos de personas, sentirá, en lugar de vergüenza, una continua corriente subterránea de satisfacción de sí mismo. Por último, si falla todo lo demás, le puedes convencer, desafiando a su conciencia, de que siga cultivando esta nueva amistad, con la excusa de que, de alguna manera no especificada, les está haciendo "bien" por el mero hecho de beber sus cocktails y reír sus chistes, y que dejar de hacerlo sería "mojigato", "intolerante", y (por supuesto) "puritano".
Entretanto has de tomar, claro está, la obvia precaución de procurar que este nuevo desarrollo le induzca a gastar más de lo que puede permitirse y a abandonar su trabajo y a su madre. Los celos y la alarma de ésta, y la creciente evasividad y brusquedad del paciente, serán invaluables para agravar la tensión doméstica.
Tu cariñoso tío,

ESCRUTOPO

Mi querido Orugario:

Espero que mi última carta te haya convencido de que el seno de monotonía o "sequía" que tu paciente está atravesando en la actualidad no te dará, por sí mismo, su alma, sino que necesita ser adecuadamente explotado. Ahora voy a considerar qué formas debería tomar esta explotación.

En primer lugar, siempre he encontrado que los períodos bajos de la ondulación humana suministran una excelente ocasión para todas las tentaciones sensuales, especialmente las del sexo. Esto quizá te sorprenda, porque, naturalmente, hay más energía física, y por tanto más apetito potencial, en los períodos altos; pero debes recordar que entonces los poderes de resistencia están también en su máximo. La salud y el estado de ánimo que te conviene utilizar para provocar la lujuria pueden también, sin embargo, ser muy fácilmente utilizados para el trabajo o el juego o la meditación o las diversiones inocuas. El ataque tiene mucho mayores posibilidades de éxito cuando el mundo interior del hombre es gris, frío y vacío. Y hay que señalar también que la sexualidad de los bajos es sutilmente distinta, cualitativamente, de la de los altos; es mucho menos probable que conduzca a ese débil fenómeno que los humanos llaman "estar enamorados", mucho más fácil de empujar hacia las perversiones, mucho menos contaminado por esas concomitancias generosas, imaginativas e incluso espirituales que tan a menudo hacen tan decepcionante la sexualidad humana. Lo mismo ocurre con otros deseos de la carne. Es mucho más probable que consigas hacer de tu hombre un buen borracho imponiéndole la bebida como un anodino cuando está aburrido y cansado, que animándole a usarla como un medio de diversión junto con sus amigos cuando se siente feliz y expansivo. Nunca olvides que cuando estamos tratando cualquier placer en su forma sana, normal y satisfactoria, estamos, en cierto sentido, en el terreno del Enemigo. Ya sé que hemos conquistado muchas almas por medio del placer. De todas maneras, el placer es un invento Suyo, no nuestro. Él creó los placeres; todas nuestras investigaciones hasta ahora no nos han permitido producir ni uno. Todo lo que podemos hacer es incitar a los humanos a gozar los placeres que nuestro Enemigo ha inventado, en momentos, o en formas, o en grados que Él ha prohibido. Por eso tratemos siempre de alejarnos de la condición natural de un placer hacia lo que en él es menos natural, lo que menos huele a su Hacedor, y lo menos placentero. La fórmula es un ansia siempre creciente de un placer siempre decreciente. Es más seguro, y es de mejor estilo. Conseguir el alma del hombre y no darle nada a cambio: eso es lo que realmente alegra el corazón de Nuestro Padre. Y los bajos son el momento adecuado para empezar el proceso.

Pero existe una forma mejor todavía de explorar los bajos; me refiero a lograrlo por medio de los propios pensamientos del paciente acerca de ellos. Como siempre, el primer paso consiste en mantener el conocimiento fuera de su mente. No le dejes sospechar la existencia de la ley de la Ondulación. Hazle suponer que los primeros ardores de su conversión podrían haber durado, y deberían haber durado siempre, y que su aridez actual es una situación igualmente permanente. Una vez que hayas conseguido fijar bien en su mente este error, puedes proseguir por varios medios. Todo depende de que tu nombre sea del tipo depresivo, al que se puede tentar a la desesperación, o del tipo inclinado a pensar lo que quiere; al que se le puede asegurar que todo va bien. El primer tipo se está naciendo raro entre los humanos. Si, por casualidad, tu paciente pertenece a él, todo es fácil. No tienes más que mantenerle alejado de cristianos con experiencia (una tarea fácil hoy día), dirigir su atención a los pasajes adecuados de las Escrituras, y luego ponerle a trabajar en el desesperado plan de recobrar sus viejos sentimientos por pura fuerza de voluntad, y la victoria es nuestra. Si es del tipo más esperanzado, tu trabajo es hacerle resignarse a la actual baja temperatura de su espíritu y que gradualmente se contente convenciéndose a sí mismo de que, después de todo, no es tan baja. En una semana o dos le estarás haciendo dudar si los primeros días de su cristianismo no serían, tal vez, un poco excesivos. Habíale sobre la "moderación en todas las cosas". Una vez que consigas hacerle pensar que "la religión está muy bien, pero hasta cierto punto", podrás sentirte satisfecho acerca de su alma. Una religión moderada es tan buena para nosotros como la falta absoluta de religión —y más divertida.
Otra posibilidad es la del ataque directo contra su fe. Cuando le hayas hecho suponer que el bajo es permanente, ¿no puedes persuadirle de que su "fase religiosa" va a acabarse, como todas sus fases precedentes? Por supuesto, no hay forma imaginable de pasar mediante la razón de la proposición: "Estoy perdiendo interés en esto" a la proposición: "Esto es falso". Pero, como ya te dije, es en la jerga, y no en la razón, en lo que debes apoyarte. La mera palabra fase lo logrará probablemente. Supongo que la criatura ha atravesado varias anteriormente —todas lo han hecho—, y que siempre se siente superior y condescendiente para aquellas de las que ha salido, no porque las haya superado realmente, sino simplemente porque están en el pasado. (Confío en que le tengas bien alimentado con nebulosas ideas de Progreso y Desarrollo y el Punto de Vista Histórico, y en que le des a leer montones de biografías modernas; en ellas, la gente siempre está superando "fases", ¿no?)

¿Te das cuenta? Mantén su mente lejos de la simple antítesis entre lo Verdadero y lo Falso. Bonitas expresiones difusas —"Fue una fase", "Ya he superado todo eso"—, y no olvides la bendita palabra "Adolescente".
Tu cariñoso tío,

ESCRUTOPO

Mi querido Orugario:

¿Conque tienes "grandes esperanzas de que la etapa religiosa del paciente esté finalizando", eh? Siempre pensé que la Academia de Entrenamiento se había hundido desde que pusieron al viejo Babalapo a su cabeza, y ahora estoy seguro. ¿No te ha hablado nadie nunca de la ley de la Ondulación?

Los humanos son anfibios: mitad espíritu y mitad animal. (La decisión del Enemigo de crear tan repugnante híbrido fue una de las cosas que hicieron que Nuestro Padre le retirase su apoyo.) Como espíritus, pertenecen al mundo eterno, pero como animales habitan el tiempo. Esto significa -que mientras su espíritu puede estar orientado hacia un objeto eterno, sus cuerpos, pasiones y fantasías están cambiando constantemente, porque vivir en el tiempo equivale a cambiar. Lo más que pueden acercarse a la constancia, por tanto, es la ondulación: el reiterado retorno a un nivel de que repetidamente vuelven a caer, una serie de simas y cimas. Si hubieses observado a tu paciente cuidadosamente, habrías visto esta ondulación en todos los aspectos de su vida: su interés por su trabajo, su afecto hacia sus amigos, sus apetencias físicas, todo sube y baja. Mientras viva en la tierra, períodos de riqueza y vitalidad emotiva y corporal alternarán con períodos de aletargamiento y pobreza. La sequía y monotonía que tu paciente está atravesando ahora no son, como gustosamente supones, obra tuya; son meramente un fenómeno natural que no nos beneficiará a menos que hagas buen uso de él.

Para decidir cuál es su mejor uso, debes preguntarte qué uso quiere hacer de él el Enemigo, y entonces hacer lo contrario. Ahora bien, puede sorprenderte aprender que, en Sus esfuerzos por conseguir la posesión permanente de un alma, se apoya más aún en los bajos que en los altos; algunos de Sus favoritos especiales han atravesado bajos más largos y profundos que los demás. La razón es ésta: para nosotros, un humano es, ante todo, un alimento; nuestra meta es absorber su voluntad en la nuestra, el aumento a su expensa de nuestra propia área de personalidad. Pero la obediencia que el Enemigo exige de los hombres es otra cuestión. Hay que encararse con el hecho de que toda la palabrería acerca de Su amor a los hombres, y de que Su servicio es la libertad perfecta, no es (como uno creería con gusto) mera propaganda, sino espantosa verdad. Él realmente quiere llenar el universo de un montón de odiosas pequeñas réplicas de Sí mismo: criaturas cuya vida, a escala reducida, será cualitativamente como la Suya propia, no porque Él las haya absorbido sino porque sus voluntades se pliegan libremente a la Suya. Nosotros queremos ganado que pueda finalmente convertirse en alimento; Él quiere, siervos que finalmente puedan convertirse en hijos. Nosotros queremos sorber; Él quiere dar. Nosotros estamos vacíos y querríamos estar llenos; Él está lleno y rebosa. Nuestro objetivo de guerra es un mundo en el que Nuestro Padre de las Profundidades haya absorbido en su interior a todos los demás seres; el Enemigo desea un mundo lleno de seres unidos a Él pero todavía distintos.

Y ahí es donde entran en juego los bajos. Debes haberte preguntado muchas veces por qué el Enemigo no hace más uso de Sus poderes para hacerse sensiblemente presente a las almas humanas en el grado y en el momento que Le parezca. Pero ahora ves que lo Irresistible y lo Indiscutible son las dos armas que la naturaleza misma de Su plan le prohíben utilizar. Para Él, sería inútil meramente dominar una voluntad humana (como lo haría, salvo en el grado más tenue y reducido, Su presencia sensible). No puede seducir. Sólo puede cortejar. Porque Su innoble idea es comerse el pastel y conservarlo; las criaturas han de ser una con Él, pero también ellas mismas; meramente cancelarlas, o asimilarlas, no serviría. Está dispuesto a dominar un poco al principio. Las pondrá en marcha con comunicaciones de Su presencia que, aunque tenues, les parecen grandes, con dulzura emotiva, y con fáciles victorias sobre la tentación. Pero Él nunca permite que este estado de cosas se prolongue. Antes o después retira, si no de hecho, sí al menos de su experiencia consciente, todos esos apoyos e incentivos. Deja que la criatura se mantenga sobre sus propias piernas, para cumplir, sólo a fuerza de voluntad, deberes que han perdido todo sabor. Es en esos períodos de bajas, mucho más que en los períodos de altos, cuando se está convirtiendo en el tipo de criatura que Él quiere que sea. De ahí que las oraciones ofrecidas en estado de sequía sean las que más le agradan. Nosotros podemos arrastrar a nuestros pacientes mediante continua tentación, porque los destinamos tan sólo a la mesa, y cuanto más intervengamos en su voluntad, mejor. Él no puede "tentar" a la virtud como nosotros al vicio. Él quiere que aprendan a andar y debe, por tanto, retirar Su mano; y sólo con que de verdad exista en ellos la voluntad de andar, se siente complacido hasta por sus tropezones. No te engañes, Orugario. Nuestra causa nunca está tan en peligro como cuando un humano, que ya no desea pero todavía se propone hacer la voluntad de nuestro Enemigo, contempla un universo del que toda traza de Él parece haber desaparecido, y se pregunta por qué ha sido abandonado, y todavía obedece.
Pero, por supuesto, los bajos también ofrecen posibilidades para nuestro lado. La próxima semana te daré algunas ideas acerca de cómo explotarlos.

Tu cariñoso tío,

ESCRUTOPO

Mi querido Orugario:

Me asombra que me preguntes si es esencial mantener al paciente ignorante de tu propia existencia. Esa pregunta, al menos durante la fase actual del combate, ha sido contestada para nosotros por el Alto Mando. Nuestra política, por el momento, es la de ocultarnos. Por supuesto, no siempre ha sido así. Nos encontramos, realmente, ante un cruel dilema. Cuando los humanos no creen en nuestra existencia perdemos todos los agradables resultados del terrorismo directo, y no hacemos brujos. Por otra parte, cuando creen en nosotros, no podemos hacerles materialistas y escépticos. Al menos, no todavía. Tengo grandes esperanzas de que aprenderemos, con el tiempo, a emotivizar y mitologizar su ciencia hasta tal punto que lo que es, en efecto, una creencia en nosotros (aunque no con ese nombre) se infiltrará en ellos mientras la mente humana permanece cerrada a la creencia en el Enemigo. La "Fuerza Vital", la adoración del sexo, y algunos aspectos del Psicoanálisis pueden resultar útiles en este sentido. Si alguna vez llegamos a producir nuestra obra perfecta —el Brujo Materialista, el hombre que no usa, sino meramente adora, lo que vagamente llama "fuerzas", al mismo tiempo que niega la existencia de "espíritus"—, entonces el fin de la guerra estará a la vista. Pero, mientras tanto, debemos obedecer nuestras órdenes. No creo que tengas mucha dificultad en mantener a tu paciente en la ignorancia. El hecho de que los "diablos" sean predominantemente figuras cómicas en la imaginación moderna te ayudará. Si la más leve sospecha de tu existencia empieza a surgir en su mente, insinúale una imagen de algo con mallas rojas, y persuádele de que, puesto que no puede creer en eso (es un viejo método de libro de texto de confundirles), no puede, en consecuencia, creer en ti.

No había olvidado mi promesa de estudiar si deberíamos hacer del paciente un patriota extremado o un extremado pacifista. Todos los extremos, excepto la extrema devoción al Enemigo, deben ser estimulados. No siempre, claro, pero sí en esta etapa. Algunas épocas son templadas y complacientes, y entonces nuestra misión consiste en adormecerlas más aún. Otras épocas, como la actual, son desequilibradas e inclinadas a dividirse en facciones y nuestra tarea es inflamarlas. Cualquier pequeña capillita, unida por algún interés que otros hombres detestan o ignoran, tiende a desarrollar en su interior una encendida admiración mutua, y hacia el mundo exterior una gran cantidad de orgullo y de odio, que es mantenida sin vergüenza porque la "Causa" es su patrocinadora y se piensa que es impersonal. Hasta cuando el pequeño grupo está originariamente al servicio de los planes del Enemigo, esto es cierto. Queremos que la Iglesia sea pequeña no sólo para que menos hombres puedan conocer al Enemigo, sino también para que aquellos que lo hagan puedan adquirir la incómoda intensidad y la virtuosidad defensiva de una secta secreta o una "dique". La Iglesia misma está, por supuesto, muy defendida, y nunca hemos logrado completamente darle todas las características de una facción; pero algunas facciones subordinadas, dentro de ella, han dado a menudo excelentes resultados, desde los partidos de Pablo y de Apolo en Corinto hasta los partidos Alto y Bajo dentro de la Iglesia Anglicana.
Si tu paciente puede ser inducido a convertirse en un objetor de conciencia, se encontrará inmediatamente un miembro de una sociedad pequeña, chillona, organizada e impopular, y el efecto de esto, en uno tan nuevo en la Cristiandad, será casi con toda seguridad bueno. Pero sólo casi con seguridad. ¿Tuvo dudas serias acerca de la licitud de servir en una guerra justa antes de que empezase esta guerra? ¿Es un hombre de gran valor físico, tan grande que no tendrá dudas semiconscientes acerca de los verdaderos motivos de su pacifismo? Si es ese tipo de hombre, su pacifismo no nos servirá seguramente de mucho, y el Enemigo probablemente le protegerá de las habituales consecuencias de pertenecer a una secta. Tu mejor plan, en ese caso, sería procurar una repentina y confusa crisis emotiva de la que pudiera salir como un incómodo converso al patriotismo. Tales cosas pueden conseguirse a menudo. Pero si es el hombre que creo, prueba con el pacifismo.

Adopte lo que sea, tu principal misión será la misma. Déjale empezar por considerar el patriotismo o el pacifismo como parte de su religión. Después déjale, bajo el influjo de un espíritu partidista, llegar a considerarlo la parte más importante. Luego, suave y gradualmente, guíale hasta la fase en la que la religión se convierte en meramente parte de la "Causa", en la que el cristianismo se valora primordialmente a causa de las excelentes razones a, favor del esfuerzo bélico inglés o del pacifismo que puede suministrar. La actitud de la que debes guardarte es aquella en la que los asuntos materiales son tratados primariamente como materia de obediencia. Una vez que hayas hecho del mundo un fin, y de la fe un medio, ya casi has vencido a tu hombre, e importa muy poco qué clase de fin mundano persiga. Con tal de que los mítines, panfletos, políticas, movimientos, causas y cruzadas le importen más que las oraciones, los sacramentos y la caridad, será nuestro; y cuanto más "religioso" (en ese sentido), más seguramente nuestro. Podría enseñarte un buen montón aquí abajo.

Tu cariñoso tío,

ESCRUTOPO

Mi querido Orugario:

Me encanta saber que la edad y profesión de tu cliente hacen posible, pero en modo alguno seguro, que sea llamado al servicio militar. Nos conviene que esté en la máxima incertidumbre, para que su mente se llene de visiones contradictorias del futuro, cada una de las cuales suscita esperanza o temor. No hay nada como el suspense y la ansiedad para parapetar el alma de un humano contra el Enemigo. Él quiere que los hombres se preocupen de lo que hacen; nuestro trabajo consiste en tenerles pensando qué les pasará.

Tu paciente habrá aceptado, por supuesto, la idea de que debe someterse con paciencia a la voluntad del Enemigo. Lo que el Enemigo quiere decir con esto es, ante todo, que debería aceptar con paciencia la tribulación que le ha caído en suerte: el suspense y la ansiedad actuales. Es sobre esto por lo que debe decir: "Hágase tu voluntad", y para la tarea cotidiana de soportar esto se le dará el pan cotidiano. Es asunto tuyo procurar que el paciente nunca piense en el temor presente como en su cruz, sino sólo en las cosas de las que tiene miedo. Déjale considerarlas sus cruces: déjale olvidar que, puesto que son incompatibles, no pueden sucederle todas ellas. Y déjale tratar de practicar la fortaleza y la paciencia ante ellas por anticipado. Porque la verdadera resignación, al mismo tiempo, ante una docena de diferentes e hipotéticos destinos, es casi imposible, y el Enemigo no ayuda demasiado a aquellos que tratan de alcanzarla: la resignación ante el sufrimiento presente y real, incluso cuando ese sufrimiento consiste en tener miedo, es mucho más fácil, y suele recibir la ayuda de esta acción directa.

Aquí actúa una importante ley espiritual. Te he explicado que puedes debilitar sus oraciones desviando su atención del Enemigo mismo a sus propios estados de ánimo con respecto al Enemigo. Por otra parte, resulta más fácil dominar el miedo cuando la mente del paciente es desviada de la cosa temida al temor mismo, considerado como un estado actual e indeseable de su propia mente; y cuando considere el miedo como la cruz que le ha sido asignada, pensará en él, inevitablemente, como en un estado de ánimo. Se puede, en consecuencia, formular la siguiente regla general: en todas las actividades del pensamiento que favorezcan nuestra causa, estimula al paciente a ser inconsciente de sí mismo y a concentrarse en el objeto, pero en todas las actividades favorables al Enemigo haz que su mente se vuelva hacia sí mismo. Deja que un insulto o el cuerpo de una mujer fijen hacia fuera su atención hasta el punto en que no reflexione: "Estoy entrando ahora en el estado llamado Ira... o el estado llamado Lujuria". Por el contrario, deja que la reflexión: "Mis sentimientos se están haciendo más devotos, o más caritativos" fije su atención hacia dentro hasta tal punto que ya no mire más allá de sí mismo para ver a nuestro Enemigo o a sus propios vecinos.

En lo que respecta a su actitud más general ante la guerra, no debes contar demasiado con esos sentimientos de odio que los humanos son tan aficionados a discutir en periódicos cristianos o anticristianos. En su angustia, el paciente puede, claro está, ser incitado a vengarse por algunos sentimientos vengativos dirigidos hacia los gobernantes alemanes, y eso es bueno hasta cierto punto.

Pero suele ser una especie de odio melodramático o mítico, dirigido hacia cabezas de turco imaginarias. Nunca ha conocido a estas personas en la vida real; son maniquíes modelados en lo que dicen los periódicos. Los resultados de este odio fantasioso son a menudo muy decepcionantes, y de todos los humanos, los ingleses son, en este aspecto, los más deplorables mariquitas. Son criaturas de esa miserable clase que ostentosamente proclama que la tortura es demasiado buena para sus enemigos, y luego le dan té y cigarrillos al primer piloto alemán herido que aparece en su puerta trasera.
Hagas lo que hagas, habrá cierta benevolencia, al igual que cierta malicia, en el alma de tu paciente. Lo bueno es dirigir la malicia a sus vecinos inmediatos, a los que ve todos los días, y proyectar su benevolencia a la circunferencia remota, a gente que no conoce. Así, la malicia se hace totalmente real y la benevolencia en gran parte imaginaria. No sirve de nada inflamar su odio hacia los alemanes si, al mismo tiempo, un pernicioso hábito de caridad está desarrollándose entre él y su madre, su patrón, y el hombre que conoce en el tren. Piensa en tu hombre como en una serie de círculos concéntricos, de los que el más interior es su voluntad, después su intelecto, y finalmente su imaginación. Difícilmente puedes esperar, al instante, excluir de todos los círculos todo lo que huele al Enemigo; pero debes estar empujando constantemente todas las virtudes hacia fuera, hasta que estén finalmente situadas en el círculo de imaginación, y todas las cualidades deseables hacia dentro, hacia el círculo de la voluntad. Sólo en la medida en que alcancen la voluntad y se conviertan en costumbres nos son fatales las virtudes. (No me refiero, por supuesto, a lo que el paciente confunde con su voluntad, la furia y el apuro conscientes de las decisiones y los dientes apretados, sino el verdadero centro, lo que el Enemigo llama el corazón.) Todo tipo de virtudes pintadas en la imaginación o aprobadas por el intelecto, o, incluso, en cierta medida, amadas y admiradas, no dejarán a un hombre fuera de la casa de Nuestro Padre: de hecho, pueden hacerle más divertido cuando llegue a ella.

Tu cariñoso tío,

ESCRUTOPO

Mi querido Orugario:

Es un poquito decepcionante esperar un informe detallado de tu trabajo y recibir, en cambio, una tan vaga rapsodia como tu última carta. Dices que estás "delirante de alegría" porque los humanos europeos han empezado otra de sus guerras. Veo muy bien lo que te ha sucedido. No estás delirante, estás sólo borracho. Leyendo entre las líneas de tu desequilibrado relato de la noche de insomnio de tu paciente, puedo reconstruir tu estado de ánimo con bastante exactitud. Por primera vez en tu carrera has probado ese vino que es la recompensa de todos nuestros esfuerzos —la angustia y el desconcierto de un alma humana—, y se te ha subido a la cabeza. Apenas puedo reprochártelo. No espero encontrar cabezas viejas sobre hombros jóvenes. ¿Respondió el paciente a alguna de tus terroríficas visiones del futuro? ¿Le hiciste echar unas cuantas miradas autocompasivas al feliz pasado? ¿Tuvo algunos buenos escalofríos en la boca del estómago? Tocaste bien el violín, ¿no? Bien, bien, todo eso es muy natural. Pero recuerda, Orugario, que el deber debe anteponerse al placer. Si cualquier indulgencia presente para contigo mismo conduce a la pérdida final de la presa, te quedarás eternamente sediento de esa bebida de la que tanto estás disfrutando ahora tu primer sorbo. Si, por el contrario, mediante una aplicación constante y serena, aquí y ahora, logras finalmente hacerte con su alma, entonces será tuyo para siempre: un cáliz viviente y llenó hasta el borde de desesperación, horror y asombro, al que puedes llevar los labios tan a menudo como te plazca. Así que no permitas que ninguna excitación temporal te distraiga del verdadero asunto de minar la fe e impedir la formación de virtudes. Dame, sin falta, en tu próxima carta, una relación completa de las reacciones de tu paciente ante la guerra, para que podamos estudiar si es más probable que hagas un mayor bien haciendo de él un patriota extremado o un ardiente pacifista. Hay todo tipo de posibilidades. Mientras tanto, debo advertirte que no esperes demasiado de una guerra.

Por supuesto, una guerra es entretenida. El temor y los sufrimientos inmediatos de los humanos son un legítimo y agradable refresco para nuestras miríadas de afanosos trabajadores. Pero ¿qué beneficio permanente nos reporta, si no hacemos uso de ello para traerle almas a Nuestro Padre de las Profundidades? Cuando veo el sufrimiento temporal de humanos que al final se nos escapan, me siento como si se me hubiese permitido probar el primer plato de un espléndido banquete y luego se me hubiese denegado el resto. Es peor que no haberlo probado. El Enemigo, fiel a Sus bárbaros métodos de combate, nos permite contemplar la breve desdicha de Sus favoritos sólo para tantalizarnos y atormentarnos..., para mofarse del hambre insaciable que, durante la fase actual del gran conflicto, su bloqueo nos está imponiendo. Pensemos, pues, más bien, cómo usar que cómo disfrutar esta guerra europea. Porque tiene ciertas tendencias inherentes que, por sí mismas, no nos son nada favorables. Podemos esperar una buena cantidad de crueldad y falta de castidad. Pero, si no tenemos cuidado, veremos a millares volviéndose, en su tribulación, hacia el Enemigo, mientras decenas de miles que no llegan a tanto ven su atención, sin embargo, desviada de sí mismos hacia valores y causas que creen más elevadas que su "ego". Sé que el Enemigo desaprueba muchas de esas causas. Pero ahí es donde es tan injusto. A veces premia a humanos que han dado su vida por causas que Él encuentra malas, con la excusa monstruosamente sofista de que los humanos creían que eran buenas y estaban haciendo lo que creían mejor. Piensa también qué muertes tan indeseables se producen en tiempos de guerra. Matan a hombres en lugares en los que sabían que podían matarles y a los que van, si son del bando del Enemigo, preparados. ¡Cuánto mejor para nosotros si todos los humanos muriesen en costosos sanatorios, entre doctores que mienten, enfermeras que mienten, amigos que mienten, tal y como les hemos enseñado, prometiendo vida a los agonizantes, estimulando la creencia de que la enfermedad excusa toda indulgencia e incluso, si los trabajadores saben hacer su tarea, omitiendo toda alusión a un sacerdote, no sea que revelase al enfermo su verdadero estado! Y cuán desastroso es para nosotros el continuo acordarse de la muerte a que obliga la guerra. Una de nuestras mejores armas, la mundanidad satisfecha, queda inutilizada. En tiempo de guerra, ni siquiera un humano puede creer que va a vivir para siempre.

Sé que Escarárbol y otros han visto en las guerras una gran ocasión para atacar la fe, pero creo que ese punto de vista es exagerado. A los partidarios humanos del Enemigo, Él mismo les ha dicho claramente que el sufrimiento es una parte esencial de lo que Él llama Redención; así que una fe que es destruida por una guerra o una peste no puede haber sido realmente merecedora del esfuerzo de destruirla. Estoy hablando ahora del sufrimiento difuso a lo largo de un período prolongado como el que la guerra producirá. Por supuesto, en el preciso momento dé terror, aflicción a dolor físico, puedes coger a tu hombre cuando su razón está temporalmente suspendida. Pero incluso entonces, si pide ayuda al cuartel general del Enemigo, he descubierto que el puesto está casi siempre defendido.
Tu cariñoso tío,

ESCRUTOPO

Mi querido Orugario:

Las inexpertas sugerencias que haces en tu última carta me indican que ya es hora de que te escriba detalladamente acerca del penoso tema de la oración. Te podías haber ahorrado el comentario de que mi consejo referente a las oraciones de tu paciente por su madre "tuvo resultados particularmente desdichados". Ese no es el género de cosas que un sobrino debiera escribirle a su tío... ni un tentador subalterno al subsecretario de un Departamento. Revela, además, un desagradable afán de eludir responsabilidades; debes aprender a pagar tus propias meteduras de pata.

Lo mejor, si es posible, es alejar totalmente al paciente de la intención de rezar en serio. Cuando el paciente, como tu hombre, es un adulto recién reconvertido al partido del Enemigo, la mejor forma de lograrlo consiste en incitarle a recordar —o a creer que recuerda— lo parecidas a la forma de repetir las cosas de los loros que eran sus plegarias infantiles. Por reacción contra esto, se le puede convencer de que aspire a algo enteramente espontáneo, interior, informal, y no codificado; y esto supondrá, de hecho, para un principiante, un gran esfuerzo destinado a suscitar en sí mismo un estado de ánimo vagamente devoto, en el que no podrá producirse una verdadera concentración de la voluntad y de la inteligencia. Uno de sus poetas, Coleridge, escribió que él no rezaba "moviendo los labios y arrodillado", sino que, simplemente, "se ponía en situación de amar" y se entregaba a "un sentimiento implorante". Ésa es, exactamente, la clase de oraciones que nos conviene, y como tiene cierto parecido superficial con la oración del silencio que practican los que están muy adelantados en el servicio del Enemigo, podemos engañar durante bastante tiempo a los pacientes listos y perezosos. Por lo menos, se les puede convencer de que la posición corporal es irrelevante para rezar, ya que olvidan continuamente —y tú debes recordarlo siempre— que son animales y que lo que hagan sus cuerpos influye en sus almas. Es curioso que los mortales nos pinten siempre dándoles ideas, cuando, en realidad, nuestro trabajo más eficaz consiste en evitar que se les ocurran cosas.
Si esto falla, debes recurrir a una forma más sutil de desviar sus intenciones. Mientras estén pendientes del Enemigo, estamos vencidos, pero hay formas de evitar que se ocupen de Él.

La más sencilla consiste en desviar su mirada de Él hacia ellos mismos. Haz que se dediquen a contemplar sus propias meritos y que traten de suscitar en ellas, por obra de su propia voluntad, sentimientos o sensaciones. Cuando se propongan solicitar caridad del Enemigo, haz que, en vez de eso, empiecen a tratar de suscitar sentimientos caritativos hacia ellos mismos, y que no se den cuenta de que es eso lo que están haciendo. Si se proponen pedir valor, déjales que, en realidad, traten de sentirse valerosos. Cuando pretenden rezar para pedir perdón, déjales que traten de sentirse perdonados. Enséñales a medir el valor de cada oración por su eficacia para provocar el sentimiento deseado, y no dejes que lleguen a sospechar hasta qué punto esa clase de éxitos o fracasos depende de que estén sanos o enfermos, frescos o cansados, en ese momento.
Pero, claro está, el Enemigo no permanecerá ocioso entretanto: siempre que alguien reza, existe el peligro de que Él actúe inmediatamente, pues se muestra cínicamente indiferente hacia la dignidad de Su posición y la nuestra, en tanto que espíritus puros, y permite, de un modo realmente impúdico, que los animales humanos arrodillados lleguen a conocerse a sí mismos. Pero, incluso si Él vence tu primera tentativa de desviación, todavía contamos con un arma más sutil. Los humanos no parten de una percepción directa del Enemigo como la que nosotros, desdichadamente, no podemos evitar. Nunca han experimentado esa horrible luminosidad, ese brillo abrasador e hiriente que constituye el fondo de sufrimiento permanente de nuestras vidas. Si contemplas la mente de tu paciente mientras reza, no verás eso; si examinas el objeto al que dirige su atención, descubrirás que se trata de un objeto compuesto, y que muchos de sus ingredientes son francamente ridículos: imágenes procedentes de retratos del Enemigo tal como se apareció durante el deshonroso episodio conocido como la Encarnación; otras, más vagas, y puede que notablemente disparatadas y pueriles, asociadas con Sus otras dos Personas; puede haber, incluso, elementos de aquello que el paciente adora (y de las sensaciones físicas que lo acompañan), objetivados y atribuidos al objeto reverenciado. Sé de algún caso en el que aquello que el paciente llamaba su "Dios" estaba localizado, en realidad... arriba y a la izquierda, en un rincón del techo de su dormitorio; o en su cabeza; o en un crucifijo colgado de la pared. Pero, cualquiera que sea la naturaleza del objeto compuesto, debes hacer que el paciente siga dirigiendo a éste sus oraciones: a aquello que él ha creado, no a la Persona que le ha creado a él. Puedes animarle, incluso, a darle mucha importancia a la corrección y al perfeccionamiento de su objeto compuesto, y a tenerlo presente en su imaginación durante toda la oración, porque si llega a hacer la distinción, si alguna vez dirige sus oraciones conscientemente "no a lo que yo creo que Sois, sino a lo que Sabéis que Sois", nuestra situación será, por el momento, desesperada. Una vez descartados todos sus pensamientos e imágenes, o, si los conserva, conservados reconociendo plenamente su naturaleza puramente subjetiva, cuando el hombre se confía a la Presencia real, externa e invisible que está con él allí, en la habitación, y que no puede conocer como Ella le conoce a él..., bueno, entonces puede suceder cualquier cosa. Te será de ayuda, para evitar esta situación —esta verdadera desnudez del alma en la oración—, el hecho de que los humanos no la desean tanto como suponen ¡se puede encontrar con más de lo que pedían!

Tu cariñoso tío,

ESCRUTOPO

Mi querido Orugario:

Me complace mucho todo lo que me cuentas acerca de las relaciones de este hombre con su madre. Pero has de aprovechar tu ventaja. El Enemigo debe estar trabajando desde el centro hacia el exterior, haciendo cada vez mayor la parte de la conducta del paciente que se rige por sus nuevos criterios cristianos, y puede llegar a su comportamiento para con su madre en cualquier momento. Tienes que adelantártele. Mantente en estrecho contacto con nuestro colega Gluboso, que se ocupa de la madre, y construid entre los dos, en esa casa, una costumbre sólidamente establecida y consistente en que se fastidien mutuamente, pinchándose todos los días. Para ello, los siguientes métodos son de utilidad.

1. Mantén su atención centrada en la vida interior. Cree que su conversión es algo que está dentro de él, y su atención está, por lo tanto, volcada, de momento, sobre todo hacia sus propios estados de ánimo, o, más bien, a esa versión edulcorada de dichos estados que es cuanto debes permitirle ver. Fomenta esta actitud; mantén su pensamiento lejos de las obligaciones más elementales, dirigiéndolo hacia las más elevadas y espirituales; acentúa la más sutil de las características humanas, el horror a lo obvio y su tendencia a descuidarlo: debes conducirle a un estado en el que pueda practicar el autoanálisis durante una hora, sin descubrir ninguno de aquellos rasgos suyos que son evidentes para cualquiera que haya vivido alguna vez en la misma casa, o haya trabajado en la misma oficina.

2. Por supuesto, es imposible impedir que rece por su madre, pero disponemos de medios para hacer inocuas estas oraciones: asegúrate de que sean siempre muy "espirituales", de que siempre se preocupe por el estado de su alma y nunca por su reuma. De ahí se derivarán dos ventajas. En primer lugar, su atención se mantendrá fija en lo que él considera pecados de su madre, lo cual, con un poco de ayuda por tu parte, puede conseguirse que haga referencia a cualquier acto de su madre que a tu paciente le resulte inconveniente o irritante. De este modo, puedes seguir restregando las heridas del día, para que escuezan más, incluso cuando está postrado de rodillas; la operación no es nada difícil, y te resultará muy divertida. En segundo lugar, ya que sus ideas acerca del alma de su madre han de ser muy rudimentarias, y con frecuencia equivocadas, rezará, en cierto sentido, por una persona imaginaria, y tu misión consistirá en hacer que esa persona imaginaria se parezca cada día menos a la madre real, a la señora de lengua puntiaguda con quien desayuna. Con el tiempo, puedes hacer la separación tan grande que ningún pensamiento o sentimiento de sus oraciones por la madre imaginaria podrá influir en su tratamiento de la auténtica. He tenido pacientes tan bien controlados que, en un instante, podía hacerles pasar de pedir apasionadamente por el "alma" de su esposa o de su hijo a pegar o insultar a la esposa o al hijo de verdad, sin el menor escrúpulo.

3. Es frecuente que, cuando dos seres humanos han convivido durante muchos años, cada uno tenga tonos de voz o gestos que al otro le resulten insufriblemente irritantes. Explota eso: haz que tu paciente sea muy consciente de esa forma particular de levantar las cejas que tiene su madre, que aprendió a detestar desde la infancia, y déjale que piense lo mucho que le desagrada. Déjale suponer que ella sabe lo molesto que resulta ese gesto, y que lo hace para fastidiarle. Si sabes hacer tu trabajo, no se percatará de la inmensa inverosimilitud de tal suposición. Por supuesto, nunca le dejes sospechar que también él tiene tonos de voz y miradas que molestan a su madre de forma semejante. Como no puede verse, ni oírse, esto se consigue con facilidad.

4. En la vida civilizada, el odio familiar suele expresarse diciendo cosas que, sobre el papel, parecen totalmente inofensivas (las palabras no son ofensivas), pero en un tono de voz o en un momento en que resultan poco menos que una bofetada. Para mantener vivo este juego, tú y Globoso debéis cuidaros de que cada uno de ellos tenga algo así como un doble patrón de conducta. Tu paciente debe exigir que todo cuanto dice se tome en sentido literal, y que se juzgue simplemente por las palabras exactas, al mismo tiempo que juzga cuanto dice su madre tras la más minuciosa e hipersensible interpretación del tono, del contexto y de la intención que él sospecha. Y a ella hay que animarla a que haga lo mismo con él. De este modo, ambos pueden salir convencidos, o casi, después de cada discusión, de que son totalmente inocentes. Ya sabes como son estas cosas: "Lo único que hago es preguntarle a qué hora estará lista la cena, y se pone hecha una fiera". Una vez que este hábito esté bien arraigado en la casa, tendrás la deliciosa situación de un ser humano que dice ciertas cosas con el expreso propósito de ofender y, sin embargo, se queja de que se ofendan.

Para terminar, cuéntame algo acerca de la actitud religiosa de la vieja señora. ¿Tiene celos, o algo parecido, de este nuevo ingrediente de la vida de su hijo? ¿Se siente quizá "picada" de que haya aprendido de otros, y tan tarde, lo que ella considera que le dio buena ocasión de aprender de niño? ¿Piensa que está "haciendo una montaña" de ello, o, por el contrario, que se lo toma demasiado a la ligera? Acuérdate del hermano mayor de la historia del Enemigo.
Tu cariñoso tío,

ESCRUTOPO

Mi querido Orugario:

Veo con verdadero disgusto que tu paciente se ha hecho cristiano. No te permitas la vana esperanza de que vas a conseguir librarte del castigo acostumbrado; de hecho, confío en que, en tus mejores momentos, ni siquiera querrías eludirlo. Mientras tanto, tenemos que hacer lo que podamos, en vista de la situación. No hay que desesperar: cientos de esos conversos adultos, tras una breve temporada en el campo del Enemigo, han sido reclamados y están ahora con nosotros. Todos los hábitos del paciente, tanto mentales como corporales, están todavía de nuestra parte.

En la actualidad, la misma Iglesia es uno de nuestros grandes aliados. No me interpretes mal; no me refiero a la Iglesia de raíces eternas, que vemos extenderse en el tiempo y en el espacio, temible como un ejército con las banderas desplegadas y ondeando al viento. Confieso que es un espectáculo que llena de inquietud incluso a nuestros más audaces tentadores; pero, por fortuna, se trata de un espectáculo completamente invisible para esos humanos; todo lo que puede ver tu paciente es el edificio a medio construir, en estilo gótico de imitación, que se erige en el nuevo solar. Y cuando penetra en la iglesia, ve al tendero de la esquina que, con una expresión un tanto zalamera, se abalanza hacia él, para ofrecerle un librito reluciente, con una liturgia que ninguno de los dos comprende, y otro librito, gastado por el uso, con versiones corrompidas de viejas canciones religiosas —por lo general, malas—, en un tipo de imprenta diminuto; al llegar a su banco, mira en torno suyo y ve precisamente a aquellos vecinos que, hasta entonces, había procurado evitar. Te trae cuenta poner énfasis en estos vecinos, haciendo, por ejemplo, que el pensamiento de tu paciente pase rápidamente de expresiones como "el cuerpo de Cristo" a las caras de los que tiene sentados en el banco de al lado. Importa muy poco, por supuesto, la clase de personas que realmente haya en el banco. Puede que haya alguien en quien reconozcas a un gran militante del bando del Enemigo; no importa, porque tu paciente, gracias a Nuestro Padre de las Profundidades, es un insensato, y con tal de que alguno de esos vecinos desafine al cantar, o lleve botas que crujan, o tenga papada, o vista de modo extravagante, el paciente creerá con facilidad que, por tanto, su religión tiene que ser, en algún sentido, ridícula. En la etapa que actualmente atraviesa, tiene una idea de los "cristianos" que considera muy espiritual, pero que, en realidad, es predominantemente gráfica: tiene la cabeza llena de togas, sandalias, armaduras y piernas descubiertas, y hasta el simple hecho de que las personas que hay en la iglesia lleven ropa moderna supone, para él, un auténtico (aunque inconsciente, claro está) problema. Nunca permitas que esto aflore a la superficie de su conciencia; no le permitas que llegue a preguntarse cómo esperaba que fuesen. Por ahora, mantén sus ideas vagas y confusas, y tendrás toda la eternidad para divertirte, provocando en él esa peculiar especie de lucidez que proporciona el Infierno.

Trabaja a fondo, pues, durante la etapa de decepción o anticlímax que, con toda seguridad, ha de atravesar el paciente durante sus primeras semanas como hombre religioso. El Enemigo deja que esta desilusión se produzca al comienzo de todos los esfuerzos humanos: ocurre cuando el muchacho que se deleitó en la escuela primaria con la lectura de las Historias de la Odisea, se pone a aprender griego en serio; cuando los enamorados ya se han casado y acometen la empresa efectiva de aprender a vivir juntos. En cada actividad de la vida, esta decepción marca el paso de algo con lo que se sueña y a lo que se aspira a un laborioso quehacer. El Enemigo acepta este riesgo porque tiene la curiosa ilusión de hacer de esos asquerosos gusanillos humanos lo que Él llama Sus "libres" amantes y siervos ("hijos" es la palabra que Él emplea, en Su incorregible afán de degradar el mundo espiritual entero a través de relaciones "contra natura" con los animales bípedos). Al desear su libertad, el Enemigo renuncia, consecuentemente, a la posibilidad de guiarles, por medio de sus aficiones y costumbres propias, a cualquiera de los objetivos que Él les propone: les deja que lo hagan "por sí solos".
Ahí está nuestra oportunidad; pero también, tenlo presente, nuestro peligro: una vez que superan con éxito esta aridez inicial, los humanos se hacen menos dependientes de las emociones y, en consecuencia, resulta mucho más difícil tentarles.

Cuanto te he escrito hasta ahora se basa en la suposición de que las personas de los bancos vecinos no den motivos racionales para que el paciente se sienta decepcionado. Por supuesto, si los dan —si el paciente sabe que la mujer del sombrero ridículo es una jugadora empedernida de bridge, o que el hombre de las botas rechinantes es un avaro y un chantajista—, tu trabajo resultará mucho más fácil. En tal caso, te basta con evitar que se le pase por la cabeza la pregunta: "Si yo, siendo como soy, me puedo considerar un cristiano, ¿por qué los diferentes vicios de las personas que ocupan el banco vecino habrían de probar que su religión es pura hipocresía y puro formalismo?" Te preguntarás si es posible evitar que incluso una mente humana sé haga una reflexión tan evidente. Pues lo es, Orugario, ¡lo es! Manéjale adecuadamente, y tal idea ni se le pasará por la cabeza. Todavía no lleva él tiempo suficiente con el Enemigo como para haber adquirido la más mínima humildad auténtica: todo cuanto diga, hasta si lo dice arrodillado, acerca de su propia pecaminosidad, no es más que repetir palabras como un loro; en el fondo, todavía piensa que ha logrado un saldo muy favorable en el libro mayor del Enemigo, sólo por haberse dejado convertir, y que, además, está dando prueba de una gran humildad y de magnanimidad al consentir en ir a la iglesia con unos vecinos tan engreídos y vulgares. Manténle en ese estado de ánimo tanto tiempo como puedas.
Tu cariñoso tío,

ESCRUTOPO

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"La mejor forma de expulsar al diablo, si no se rinde ante el texto de las Escrituras, es mofarse y no hacerle caso porque no puede soportar el desprecio."

"El diablo... el espíritu orgulloso... no puede aguantar que se mofen de él...".

Carta # 1

Mi querido Orugario:

Tomo nota de lo que dices acerca de orientar las lecturas de tu paciente y de ocuparte de que vea muy a menudo a su amigo materialista, pero ¿no estarás pecando de ingenuo? Parece como si creyeses que los razonamientos son el mejor medio de librarle de las garras del Enemigo. Si hubiese vivido hace unos (pocos) siglos, es posible que sí: en aquella época, los hombres todavía sabían bastante bien cuándo estaba probada una cosa, y cuándo no lo estaba; y una vez demostrada, la creían de verdad; todavía unían el pensamiento a la acción, y estaban dispuestos a cambiar su modo de vida como consecuencia de una cadena de razonamientos. Pero ahora, con las revistas semanales y otras armas semejantes, hemos cambiado mucho todo eso. Tu hombre se ha acostumbrado, desde que era un muchacho, a tener dentro de su cabeza, bailoteando juntas, una docena de filosofías incompatibles. Ahora no piensa, ante todo, si las doctrinas son "ciertas" o "falsas", sino "académicas" , "prácticas", "superadas", "actuales", "convencionales" o "implacables". La jerga, no la argumentación, es tu mejor aliado en la labor de mantenerle apartado de la iglesia. ¡No pierdas el tiempo tratando de hacerle creer que el materialismo es la verdad! Hazle pensar que es poderoso, o sobrio, o valiente; que es la filosofía del futuro. Eso es lo que le importa.

La pega de los razonamientos consiste en que trasladan la lucha al campo propio del Enemigo: también Él puede argumentar, mientras que en el tipo de propaganda realmente práctica que te sugiero, ha demostrado durante siglos estar muy por debajo de Nuestro Padre de las Profundidades. El mero hecho de razonar despeja la mente del paciente, y, una vez despierta su razón, ¿quién puede prever el resultado? Incluso si una determinada línea de pensamiento se puede retorcer hasta que acabe por favorecernos, te encontrarás con que has estado reforzando en tu paciente la funesta costumbre de ocuparse de cuestiones generales y de dejar de atender exclusivamente al flujo de sus experiencias sensoriales inmediatas. Tu trabajo consiste en fijar su atención en este flujo. Enséñale a llamarlo "vida real" y no le dejes preguntarse qué entiende por "real".

Recuerda que no es, como tú, un espíritu puro. Al no haber sido nunca un ser humano (¡oh, esa abominable ventaja del Enemigo!), no te puedes hacer idea de hasta qué punto son esclavos de lo ordinario. Tuve una vez un paciente, ateo convencido, que solía leer en la Biblioteca del Museo Británico. Un día, mientras estaba leyendo, vi que sus pensamientos empezaban a tomar el mal camino. El Enemigo estuvo a su lado al instante, por supuesto, y antes de saber a ciencia cierta dónde estaba, vi que mi labor de veinte años empezaba a tambalearse. Si llego a perder la cabeza, y empiezo a tratar de defenderme con razonamientos, hubiese estado perdido, pero no fui tan necio. Dirigí mi ataque, inmediatamente, a aquella parte del hombre que había llegado a controlar mejor, y le sugerí que ya era hora de comer.

Presumiblemente —¿sabes que nunca se puede oír exactamente lo que les dice?—, el Enemigo contraatacó diciendo que aquello era mucho más importante que la comida; por lo menos, creo que ésa debía ser la línea de Su argumentación, porque cuando yo dije: "Exacto: de hecho, demasiado importante como para abordarlo a última hora de la mañana", la cara del paciente se iluminó perceptiblemente, y cuando pude agregar: "Mucho mejor volver después del almuerzo, y estudiarlo a fondo, con la mente despejada", iba ya camino de la puerta. Una vez en la calle, la batalla estaba ganada: le hice ver un vendedor de periódicos que anunciaba la edición del mediodía, y un autobús número 73 que pasaba por allí, y antes de que hubiese llegado al pie de la escalinata, ya le había inculcado la convicción indestructible de que, a pesar de cualquier idea rara que pudiera pasársele por la cabeza a un hombre encerrado a solas con sus libros, una sana dosis de "vida real" (con lo que se refería al autobús y al vendedor de periódicos) era suficiente para demostrar que "ese tipo de cosas" no pueden ser verdad. Sabía que se había salvado por los pelos, y años después solía hablar de "ese confuso sentido de la realidad que es la última protección contra las aberraciones de la mera lógica". Ahora está a salvo, en la casa de Nuestro Padre.

¿Empiezas a coger la idea? Gracias a ciertos procesos que pusimos en marcha en su interior hace siglos, les resulta totalmente imposible creer en lo extraordinario mientras tienen algo conocido a la vista. No dejes de insistir acerca de la normalidad de las cosas. Sobre todo, no intentes utilizar la ciencia (quiero decir, las ciencias de verdad) como defensa contra el Cristianismo, porque, con toda seguridad, le incitarán a pensar en realidades que no puede tocar ni ver. Se han dado casos lamentables entre los físicos modernos. Y si ha de juguetear con las ciencias, que se limite a la economía y la sociología; no le dejes alejarse de la invaluable "vida real". Pero lo mejor es no dejarle leer libros científicos, sino darle la sensación general de que sabe todo, y que todo lo que haya pescado, en conversaciones o lecturas es "el resultado de las últimas investigaciones". Acuérdate de que estás ahí para embarullarle; por como habláis algunos demonios jóvenes, cualquiera creería que nuestro trabajo consiste en enseñar.

Tu cariñoso tío,
ESCRUTOPO

[PLAY]
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Hagamos todos juntos esta oración a las 12m y alas 6pm

V. El Ángel del Señor anunció a María.
R. Y concibió por obra del Espíritu Santo.
Dios te salve, María... Santa María...
V. He aquí la esclava del Señor.
R. Hágase en mí según tu palabra.
Dios te salve, María... Santa María...
V. Y el Verbo se hizo carne.
R. Y habitó entre nosotros.
Dios te salve, María... Santa María...
V. Ruega por nosotros, santa Madre de Dios.
R. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo.
Oremos:
Derrama, Señor, tu gracia sobre nosotros, que, por el anuncio del Ángel, hemos conocido la encarnación de tu Hijo, para que lleguemos, por su pasión y su cruz, a la gloria de la resurrección. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

... Y para los que digan que el Ave María no es bíblico:

Salve llena de gracia (Lucas 1:28)

Bendita eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre (Lucas 1:42).

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Mas Informacion en : http://s20133.gridserver.com/peruenemergencia/index.html

¡Ha sido una gran desgracia!

Queridos hermanos:

Todo ha quedado hecho escombros. No sabemos por qué Dios ha permitido este tremendo terremoto pero lo que sí sabemos es que Él nos da la oportunidad para expresar nuestra caridad cristiana y sacerdotal. Somos nosotros los que debemos pedir ayuda por los que no pueden hacerlo, somos las voces de aquellos que no pueden hacerse oír, junto con ustedes debemos ser los brazos de ese Cristo Cabeza que quiere socorrer a su cuerpo herido. Creemos que esta es una gran oportunidad para mostrar nuestra real solidaridad cristiana con nuestros hermanos

Siempre Juntos en Familia

No sé qué es lo que estás haciendo en este momento, pero ello no es obstáculo para que estés presente en nuestro corazón sacerdotal.
Así como Jesús Nuestro Señor oró al Padre por nosotros, así también nos ha encargado que, por amor a Él, apacentemos su Pueblo y roguemos permanentemente por él (Juan 21, 15-19). En estos momentos de dolor Nosotros, los sacerdotes necesitamos junto con ustedes socorrer y sostener a nuestros hermanos afectados con el reciente terremoto ocurrido en nuestro país. Hay escasez de sacerdotes, es evidente; faltan más pastores que como el Buen Pastor (Juan 10, 11) entreguen su vida por los hermanos (Juan 15, 13).

Por eso queremos multiplicar nuestra presencia pidiéndote que te unas a nuestras oraciones por medio de estas líneas: ¡Querido hermano, estamos junto a ti! Todos los días en la Santa Misa, permanecemos un tiempo en adoración y súplica por los tuyos, por tus necesidades. Encomendamos tus problemas y agradecemos tus éxitos y alegrías. Compartimos tus temores y tus anhelos. Alentamos tu esperanza. Queremos que te unas espiritualmente a nosotros. Dios nos pide que construyamos una gran red de oración que envuelva y proteja a nuestro mundo del mal y las tinieblas.

Queremos que, juntos, oremos sin cesar ¡para que reine el amor de Dios!..., para que nuestros niños sonrían, nuestro jóvenes crezcan, nuestros mayores vivan en paz. Abre tu corazón, querido hermano.
Vuelve tus pasos a Jesús, que te amó hasta el extremo y, mirando el Corazón de Dios en Cristo, repite con nosotros –muchos lo están haciendo ya– esta sencilla oración por nuestros hermanos que sufren:
Corazón de Jesús, en este momento te presento mi súplica por nuestros hermanos del Perú, confiando en tu amor misericordioso.
Bríndales, en estos momentos difíciles, tu consuelo y tu fuerza así como, a través de nuestras manos, la ayuda para que puedan cubrir sus necesidades.

Te pido por todos los hombres, mis hermanos, para que la luz de la fe, la esperanza y el amor guíe sus pasos, así como para que tu gracia los libre del maligno.

Ayúdame a que jamás me aparte de Ti. Que tu Palabra y tu Eucaristía sean siempre mi alimento.

Corazón de Jesús: que pueda, con toda mi alma, conocerte, amarte y servirte. Amén, amén.

Que el Corazón de Jesús los colme siempre de bendiciones.

Mas Informcion en: http://s20133.gridserver.com/peruenemergencia/index.html

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La Carta

CLARA (o podrìas poner tu nombre e imaginarte que un amigo tuyo que esta en el infierno te escribe), NO RECES POR MÍ, ESTOY CONDENADA. Si te doy este aviso - es más, voy a hablarte largamente sobre esto - no creas que lo hago por amistad. Quienes estamos aquí ya no amamos a nadie. Lo hago como obligada. Es parte de la obra "de esa potencia que siempre quiere el mal y realiza el bien". En realidad, me gustaría verte aquí, adonde llegué para siempre. No te extrañes de mis intenciones. Aquí, todos pensamos así. Nuestra voluntad está petrificada en el mal, es decir, en aquello que ustedes consideran "mal". Aún cuando pueda hacer algo "bien" (como yo lo hago ahora, abriéndote los ojos ante el infierno), no lo hago con recta intención.

¿Recuerdas? Hace cuatro años que nos conocimos, en M. Tenías 23 años y ya trabajabas en el escritorio desde seis meses antes, cuando yo ingresé. Varias veces me sacaste de apuros. Con frecuencia me dabas buenos avisos que a mí, principiante, me venían muy bien. Pero, ¿qué es "bueno"? Yo ponderaba, en aquel entonces, tu "caridad". Ridículo... Tus ayudas eran pura ostentación, algo que desde entonces sospechaba.

Aquí, no reconocemos bien alguno en absolutamente nadie. Pero ya que conociste mi juventud, es el momento de llenar algunas lagunas. De acuerdo con los planes de mis padres, yo nunca tendría que haber existido. Por un descuido se produjo la desgracia de mi concepción. Mis hermanas tenían 14 y 16 años cuando vine al mundo. ¡Ojalá no hubiera nacido! Ojalá pudiera ahora aniquilarme, huir de estos tormentos! No hay placer comparable al de acabar mi existencia, así como se reduce a cenizas un vestido, sin dejar vestigios. Pero es necesario que exista. Es preciso que yo sea tal como me he hecho: con el fracaso total de la finalidad de mi existencia.

Cuando mis padres, entonces solteros, se mudaron del campo a la ciudad, perdieron el contacto con la Iglesia. Era mejor así. Mantenían relaciones con personas desvinculadas de la religión. Se conocieron en un baile, y se vieron "obligados" a casarse seis meses después. En la ceremonia nupcial, recibieron solo unas gotas de agua bendita, las suficientes para atraer a mamá a la misa dominical unas pocas veces al año. Ella nunca me enseñó verdaderamente a rezar. Todo su esfuerzo se agotaba en los trabajos cotidianos de la casa, aunque nuestra situación no era mala. Palabras como rezar, misa, agua bendita, iglesia, sólo puedo escribirlas con íntima repugnancia, con incomparable repulsión. Detesto profundamente a quienes van a la Iglesia y, en general, a todos los hombres y a todas las cosas. Todo es tormento. Cada conocimiento recibido, cada recuerdo de la vida y de lo que sabemos, se convierte en una llama incandescente.
Y todos estos recuerdos nos muestran las oportunidades en que despreciamos una gracia. Cómo me atormenta esto! No comemos, no dormimos, no andamos sobre nuestros pies. Espiritualmente encadenados, los réprobos contemplamos desesperados nuestra vida fracasada, aullando y rechinando los dientes, atormentados y llenos de odio. ¿Entiendes? Aquí bebemos el odio como si fuera agua. Nos odiamos unos a otros. Más que a nada, odiamos a Dios. Quiero que lo comprendas. Los bienaventurados en el cielo deben amar a Dios, porque lo ven sin velos, en su deslumbrante belleza. Esto los hace indescriptiblemente felices. Nosotros lo sabemos, y este conocimiento nos enfurece. Los hombres, en la tierra, que conocen a Dios por la Creación y por la Revelación, pueden amarlo. Pero no están obligados a hacerlo.

El creyente - te lo digo furiosa - que contempla, meditando, a Cristo con los brazos abiertos sobre la cruz, terminará por amarlo. Pero el alma a la que Dios se acerca fulminante, como vengador y justiciero porque un día fue repudiado, como ocurrió con nosotros, ésta no podrá sino odiarlo, como nosotros lo odiamos. Lo odia con todo el ímpetu de su mala voluntad. Lo odia eternamente, a causa de la deliberada resolución de apartarse de Dios con la que terminó su vida terrenal. Nosotros no podemos revocar esta perversa voluntad, ni jamás querríamos hacerlo.
¿Comprendes ahora por qué el infierno dura eternamente? Porque nuestra obstinación nunca se derrite, nunca termina. Y contra mi voluntad agrego que Dios es misericordioso, aún con nosotros. Digo "contra mi voluntad" porque, aunque diga estas cosas voluntariamente, no se me permite mentir, que es lo que querría. Dejo muchas informaciones en el papel contra mis deseos. Debo también estrangular la avalancha de palabrotas que querría vomitar. Dios fue misericordioso con nosotros porque no permitió que derramáramos sobre la tierra el mal que hubiéramos querido hacer. Si nos lo hubiera permitido, habríamos aumentado mucho nuestra culpa y castigo. Nos hizo morir antes de tiempo, como hizo conmigo, o hizo que intervinieran causas atenuantes.

Dios es misericordioso, porque no nos obliga a aproximarnos a El más de lo que estamos, en este remoto lugar infernal. Eso disminuye el tormento. Cada paso más cerca de Dios me causaría una aflicción mayor que la que te produciría un paso más rumbo a una hoguera.
Te desagradé un día al contarte, durante un paseo, lo que dijo mi padre pocos días antes de mi comunión: "Alégrate, Anita, por el vestido nuevo; el resto no es más que una burla". Casi me avergüenzo de tu desagrado. Ahora me río. Lo único razonable de toda aquella comedia era que se permitiera comulgar a los niños a los doce años. Yo ya estaba, en aquel entonces, bastante poseída por el placer del mundo. Sin escrúpulos, dejaba a un lado las cosas religiosas. No tomé en serio la comunión. La nueva costumbre de permitir a los niños que reciban su primera comunión a los 7 años nos produce furor. Empleamos todos los medios para burlarnos de esto, haciendo creer que para comulgar debe haber comprensión. Es necesario que los niños hayan cometido algunos pecados mortales. La blanca Hostia será menos perjudicial entonces, que si la recibe cuando la fe, la esperanza y el amor, frutos del bautismo - escupo sobre todo esto - todavía están vivos en el corazón del niño.

¿Te acuerdas que yo pensaba así cuando estaba en la tierra? Vuelvo a mi padre. Peleaba mucho con mamá. Pocas veces te lo dije, porque me avergonzaba. Qué cosa ridícula la vergüenza! Aquí, todo es lo mismo. Mis padres ya no dormían en el mismo cuarto. Yo dormía con mamá, papá lo hacía en el cuarto contiguo, donde podía volver a cualquier hora de la noche. Bebía mucho y se gastó nuestra fortuna. Mis hermanas estaban empleadas, decían que necesitaban su propio dinero. Mamá comenzó a trabajar. Durante el último año de su vida, papá la golpeó muchas veces, cuando ella no quería darle dinero. Conmigo, él siempre fue amable. Un día te conté un capricho del que quedaste escandalizada. ¿Y de qué no te escandalizaste de mí? Cuando devolví dos veces un par de zapatos nuevos, porque la forma de los tacos no era bastante moderna.

En la noche en que papá murió, víctima de una apoplejía, ocurrió algo que nunca te conté, por temor a una interpretación desagradable. Hoy, sin embargo, debes saberlo. Es un hecho memorable: por primera vez, el espíritu que me atormenta se acercó a mí. Yo dormía en el cuarto de mamá. Su respiración regular revelaba un sueño profundo. Entonces, escuché pronunciar mi nombre. Una voz desconocida murmuró: "¿Qué ocurrirá si muere tu padre?"

Ya no lo quería a papá, desde que había empezado a maltratar a mi madre. En realidad, no amaba absolutamente a nadie: sólo tenía gratitud hacia algunas personas que eran bondadosas conmigo. El amor sin esperanza de retribución en esta tierra solamente se encuentra en las almas que viven en estado de gracia. No era ése mi caso. "Ciertamente, él no morirá", le respondí al misterioso interlocutor. Tras una breve pausa, escuché la misma pregunta. "El no va a morir!", repliqué con brusquedad.

Por tercera vez, me preguntaron: "Qué ocurrirá si muere tu padre?". Me representé en ese momento en la imaginación el modo como mi padre volvía muchas veces: medio ebrio, gritando, maltratando a mamá, avergonzándonos frente a los vecinos. Entonces, respondí con rabia: "Bien, es lo que se merece. ¡Que muera!". Después, todo quedó en silencio.

A la mañana siguiente, cuando mamá fue a ordenar el cuarto de papá, encontró la puerta cerrada. Al mediodía, la abrieron por la fuerza. Papá, semidesnudo, estaba muerto sobre la cama. Al ir a buscar cerveza al sótano, debió sufrir una crisis mortal. Desde hacía tiempo que estaba enfermo. (¿Habrá hecho depender Dios de la voluntad de su hija, con la que el hombre fue bondadoso, la obtención de más tiempo y ocasión de convertirse?).

Marta K. y tú me hicieron ingresar en la asociación de jóvenes. Nunca te oculté que consideraba demasiado "parroquiales" las instrucciones de las dos directoras, las señoritas X. Los juegos eran bastante divertidos. Como sabes, llegué en poco tiempo a tener allí un papel preponderante. Eso era lo que me gustaba. También me gustaban las excursiones. Llegué a dejarme llegar algunas veces a confesar y comulgar. Para decir la verdad, no tenía nada para confesar. Los pensamientos y las palabras no significaban nada para mí. Y para acciones más groseras todavía no estaba madura.

Un día me llamaste la atención: "Ana, si no rezas más, te perderás". Realmente, yo rezaba muy poco, y ese poco siempre a disgusto, de mala voluntad. Sin duda tenías razón. Los que arden en el infierno o no rezaron, o rezaron poco. La oración es el primer paso para llegar a Dios. Es el paso decisivo. Especialmente la oración a Aquella que es la madre de Cristo, cuyo nombre no nos es lícito pronunciar. La devoción a Ella arranca innumerables almas al demonio, almas a las que sus pecados las habrían lanzado infaliblemente en sus manos.

Furiosa continúo, porque estoy obligada a hacerlo, aunque no aguanto más de tanta rabia. Rezar es lo más fácil que se puede hacer en la tierra. Y justamente de esto, que es facilísimo, Dios hace depender nuestra salvación. Al que reza con perseverancia, paulatinamente Dios le da tanta luz, y lo fortalece de tal modo, que hasta el más empedernido pecador puede recuperarse, aunque se encuentre hundido en un pantano hasta el cuello. Durante los últimos años de mi vida ya no rezaba más, privándome así de las gracias, sin las que nadie se puede salvar.

Aquí, no recibimos ningún tipo de gracia. Aunque la recibiéramos, la rechazaríamos con escarnio. Todas las vacilaciones de la existencia terrenal terminaron en esta otra vida. En la tierra, el hombre puede pasar del estado de pecado al estado de gracia. De la gracia, se puede caer al pecado. Muchas veces caí por debilidad; pocas, por maldad. Con la muerte, cada uno entra en un estado final, fijo e inalterable. A medida que se avanza en edad, los cambios se hacen más difíciles. Es cierto que uno tiene tiempo hasta la muerte para unirse a Dios o para darle las espaldas. Sin embargo, como si estuviera arrastrado por una correntada, antes del tránsito final, con los últimos restos de su voluntad debilitada, el hombre se comporta según las costumbres de toda su vida.

El hábito, bueno o malo, se convierte en una segunda naturaleza. Es ésta la que lo arrastra en el momento supremo. Así ocurrió conmigo. Viví años enteros apartada de Dios. En consecuencia, en el último llamado de la gracia, me decidí contra Dios. La fatalidad no fue haber pecado con frecuencia, sino que no quise levantarme más. Muchas veces me invitaste para que asistiera a las predicaciones o que leyera libros de piedad. Mis excusas habituales eran la falta de tiempo. ¿Acaso podría querer aumentar mis dudas interiores? Finalmente, tengo que dejar constancia de lo siguiente: al llegar a este punto crítico, poco antes de salir de la "Asociación de Jóvenes", me habría sido muy difícil cambiar de rumbo. Me sentía insegura y desdichada. Pero frente a la conversión se levantaba una muralla.

No sospechaste que fuera tan grave. Creías que la solución era tan simple, que un día me dijiste: "Tienes que hacer una buena confesión, Ani, todo volverá a ser normal". Me daba cuenta que sería así. Pero el mundo, el demonio y la carne, me retenían demasiado firme entre sus garras. Nunca creí en la influencia del demonio. Ahora, doy testimonio de que el demonio actúa poderosamente sobre las personas que están en las condiciones en que yo me encontraba entonces. Sólo muchas oraciones, propias y ajenas, junto con sacrificios y sufrimientos, podrían haberme rescatado. Y aún esto, poco a poco.

Si bien hay pocos posesos corporales, son innumerables los que están poseídos internamente por el demonio. El demonio no puede arrebatar el libre albedrío de los que se abandonan a su influencia. Pero, como castigo por su casi total apostasía, Dios permite que el "maligno" se anide en ellos. Yo también odio al demonio. Sin embargo, me gusta, porque trata de arruinarlos a todos ustedes: él y sus secuaces, los ángeles que cayeron con él desde el principio de los tiempos. Son millones, vagando por la tierra. Innumerables como enjambres de moscas; ustedes no los perciben. A los réprobos no nos incumbe tentar: eso les corresponde a los espíritus caídos.

Cada vez que arrastran una nueva alma al fondo del infierno, aumentan aún más sus tormentos. Pero, ¡de qué no es capaz el odio! Aunque andaba por caminos tortuosos, Dios me buscaba. Yo preparaba el camino para la gracia, con actos de caridad natural, que hacía muchas veces por una inclinación de mi temperamento. A veces, Dios me atraía a una Iglesia. Allí, sentía una cierta nostalgia. Cuando cuidaba a mi madre enferma, a pesar de mi trabajo en la oficina durante el día, haciendo un sacrificio de verdad, los atractivos de Dios actuaban poderosamente. Una vez fue en la capilla del hospital, adonde me llevaste durante el descanso del mediodía. Quedé tan impresionada, que estuve sólo a un paso de mi conversión. Lloraba. Pero, en seguida, llegaba el placer del mundo, derramándose como un torrente sobre la gracia. Las espinas ahogaron el trigo. Con la explicación de que la religión es sentimentalismo, como siempre se decía en la oficina, rechacé también esta gracia, como todas las otras.

En otra ocasión, me llamaste la atención porque, en lugar de una genuflexión hasta el piso, hice solamente una ligera inclinación con la cabeza. Pensaste que eso lo hacía por pereza, sin sospechar que, ya entonces, había dejado de creer en la presencia de Cristo en el Sacramento. Ahora creo, aunque sólo materialmente, tal como se cree en la tempestad, cuyas señales y efectos se perciben. En este interín, me había fabricado mi propia religión. Me gustó la opinión generalizada en la oficina, de que después de la muerte el alma volvería a este mundo en otro ser, reencarnándose sucesivamente, sin llegar nunca al fin.

Con esto, estaba resuelto el angustiante problema del más allá. Imaginé haberlo hecho inofensivo. ¿Por qué no me recordaste la parábola del rico Epulón y del pobre Lázaro, en la que el narrador, Cristo, envió después de la muerte a uno al infierno y al otro al Cielo? Pero, ¿qué habrías conseguido? No mucho más de lo que conseguiste con todos tus otros discursos beatos. Poco a poco me fui fabricando un dios: con atributos suficientes para ser llamado así. Bastante lejos de mí, como para que no me obligara a tener relaciones con él.

Suficientemente confuso, como para poder transformarlo a mi antojo. De este modo, sin cambiar de religión, yo podía imaginarlo como el dios panteísta del mundo o pensarlo, poéticamente, como un dios solitario.
Este "dios" no tenía Cielo para premiarme, ni infierno para asustarme. Yo lo dejaba en paz. En esto consistía mi culto de adoración. Es fácil creer en lo que agrada. Con el transcurso de los años, estaba bastante persuadida de mi religión. Se vivía bien así, sin molestias. Sólo una cosa podría haber roto mi suficiencia: un dolor profundo y prolongado. Pero este sufrimiento no llegó. ¿Comprendes ahora el significado de "Dios castiga a aquellos que ama"? Durante un domingo de julio, la Asociación de Jóvenes organizaba un paseo de A. Me gustaban las excursiones, pero no los discursos insípidos y demás beaterías. Otra imagen, muy diferente de la de Nuestra Señora de las Gracias de A., estaba desde hacía poco en el altar de mi corazón. Era el distinguido Max, del almacén de al lado. Ya habíamos conversado entretenidos, varias veces. Justamente ese domingo me invitó a pasear. La otra, con la que acostumbraba a salir, estaba enferma en el hospital.

El había comprendido que lo miraba mucho. Pero yo no pensaba en casarme todavía. Su posición económica era muy buena, pero también demasiado amable con todas las otras jovencitas. En aquel entonces yo quería un hombre que me perteneciera exclusivamente, como única mujer. Siempre conservé una cierta educación natural. (Eso es verdad. A pesar de su indiferencia religiosa, Ani tenía algo noble en su persona. Me desconcierta que también las personas "honestas" puedan caer en el infierno, si son deshonestas al huir del encuentro con Dios).
En ese paseo, Max me colmó de amabilidades.

Nuestras conversaciones, es claro, no eran sobre la vida de los santos, como las de ustedes. Al día siguiente, en la oficina, me reprendiste por no haber ido al paseo de la Asociación. Cuando te conté mi diversión del domingo, tu primera pregunta fue: "¿Escuchaste Misa?". Tonta! ¿Cómo podríamos ir a Misa si salimos a las 6 de la mañana? Me acuerdo que, muy exaltada, te dije: "El buen Dios no es tan mezquino como lo son los curas". Ahora debo confesar que Dios, a pesar de su infinita bondad, considera todo con más seriedad que todos los sacerdotes juntos. Después de este primer paseo con Max, fui solamente una vez más a la Asociación, en las fiestas de Navidad. Algunas cosas me atraían. Pero en mi interior, ya me había separado de todas ustedes.

Los bailes, el cine, los paseos, continuaban. A veces peleábamos con Max, pero yo sabía cómo retenerlo. Odié mucho a mi rival que, al salir del hospital, se puso furiosa. En realidad, eso me favoreció. La calma distinguida que yo mostraba produjo una gran impresión en Max, que se inclinó definitivamente por mí. Conseguí encontrar la forma de denigrarla. Me expresaba con calma: por fuera, realidades objetivas, por dentro, vomitando hiel. Estos sentimientos y actitudes conducen rápidamente al infierno. Son diabólicos, en el sentido estricto del término. ¿Por qué te cuento todo esto? Para explicarte que así me aparté definitivamente de Dios. En realidad, Max y yo no llegamos muchas veces al extremo de la familiaridad. Me daba cuenta que me rebajaría a sus ojos si le concedía toda la libertad antes de tiempo. Por eso, supe controlarme. Realmente, yo estaba siempre dispuesta para todo lo que consideraba útil. Tenía que conquistar a Max. Para eso, ningún precio era demasiado alto.

Nos fuimos amando poco a poco, porque ambos teníamos valiosas cualidades que podíamos apreciar mutuamente. Yo era habilidosa, eficiente, de trato agradable. Retuve a Max con firmeza y conseguí, al menos durante los últimos meses antes del casamiento, ser la única que lo poseía. En eso consistió mi apostasía, en hacer mi dios con una criatura. En ninguna otra cosa puede realizarse más plenamente la apostasía como en el amor a una persona del otro sexo, cuando ese amor se ahoga en la materia. Esto es su encanto, su aguijón y su veneno. La "adoración" que tenía por Max se convirtió en mi religión. En ese tiempo, en la oficina, yo arremetía virulentamente contra los curas, los fieles, las indulgencias, los rosarios y demás estupideces.

Trataste de defender con una cierta inteligencia todo lo que yo atacada, aunque quizás sin sospechar que en realidad el problema no estaba en esas cosas. Lo que yo buscaba era un punto de apoyo. Todavía lo necesitaba para justificar racionalmente mi apostasía. Estaba sublevada contra Dios. No te dabas cuenta. Creías que todavía era católica. Por otra parte, yo quería ser llamada así; inclusive pagaba la contribución para el culto. Porque un cierto "reaseguro" nunca viene mal. Es posible que tus respuestas a veces dieran en el blanco. Pero no me alcanzaban, porque no te concedía razón. A raíz de estas relaciones sobre bases falsas, fue pequeño el dolor de nuestra separación, con motivo de mi casamiento.
Antes de casarme, me confesé y comulgué una vez más. Era una formalidad. Mi marido pensaba igual. Si era una formalidad, ¿por qué no cumplirla? Ustedes dicen que una comunión así es "indigna". Bien, después de esa comunión "indigna", logré un cierto sosiego en mi conciencia. Esa comunión fue la última. Nuestra vida conyugal transcurría, en general, en armonía. En casi todos los puntos teníamos la misma opinión. También en esto: no queríamos cargar con hijos. En realidad, mi marido quería tener uno, uno solo, naturalmente. Finalmente conseguí que él renunciara a ese deseo. Lo que más me gustaba eran los vestidos, los muebles lujosos, las reuniones mundanas, los paseos en automóvil y otras distracciones. Fue un año de placer el que medió entre mi casamiento y mi muerte repentina.
Todos los domingos íbamos a pasear en auto o visitábamos a los parientes de mi marido. Me avergonzaba de mi madre. Esos parientes se destacaban en la vida social, igual que nosotros. Pero en mi interior, sin embargo, nunca fui feliz. Había algo indeterminado que me corroía. Mi deseo era que, al llegar la muerte - la que sin duda demoraría mucho todavía - todo acabara. Ocurría tal como yo lo había escuchado de niña, durante una plática: Dios recompensa en este mundo toda obra buena que se haga. Si no puede premiarla en la otra vida, lo hace en la tierra. Inesperadamente, recibí una herencia de la tía Lote. Mi marido tuvo la suerte de ver sus ingresos notablemente aumentados. Así pude instalar, confortablemente, una casa nueva.

Mi religión estaba muriendo, como un resplandor crepuscular en un firmamento lejano. Los bares de la ciudad, los hoteles y los restaurantes por los que pasábamos en nuestros viajes, no nos acercaban a Dios. Todos los que los frecuentaban vivían como nosotros: de fuera hacia adentro, no de dentro hacia afuera. Si durante los viajes de vacaciones visitábamos una célebre catedral, tratábamos de divertirnos con el valor artístico de sus obras primas. Los sentimientos religiosos que irradiaban - especialmente las iglesias medievales - yo los neutralizaba criticando circunstancias accesorias de un hermano lego que nos guiaba, criticaba su negligencia en el aseo, criticaba el comercio de los piadosos monjes que fabricaban y vendían licor, criticaba el eterno repique de campanas llamando a los sagrados oficios, diciendo que el único fin era ganar dinero...

Así era como conseguía apartar a la gracia, cada vez que me llamaba. Especialmente descargaba mi mal humor frente a algunas pinturas de la Edad Media representando al Infierno en libros, cementerios y otros lugares. Allí el demonio asaba a las almas sobre fuego rojo o amarillo, mientras sus compañeros, con largas colas, le traen más víctimas. Clara, el infierno puede ser dibujado, pero nunca exagerado! Siempre me burlaba del fuego del infierno. Acuérdate de una conversación durante la cual te puse un fósforo encendido bajo la nariz, preguntándote: "¿Así huele?"

Apagaste en seguida la llama. Aquí nadie consigue hacerlo. Te digo más: el fuego del que habla la Biblia no es el tormento de la consciencia. Fuego es fuego! Debe ser interpretado al pie de la letra cuando Aquel dijo: "Apartáos de mí, malditos, id al fuego eterno". Al pie de la letra! ¿Y cómo puede ser tocado un espíritu por el fuego material? Preguntarás. ¿Y cómo puede sufrir tu alma, en la tierra, si pones el dedo sobre una llama? Tampoco tu alma se quema, mientras tanto el dolor lo sufre todo el individuo. Del mismo modo, nosotros estamos aquí espiritualmente presos al fuego de nuestro ser y de nuestras facultades. Nuestra alma carece de la agilidad que le sería natural; no podemos pensar ni querer lo que querríamos.

No te sorprendas de mis palabras. Es un misterio contrario a las leyes de la naturaleza material: el fuego del infierno quema sin consumir. Nuestro mayor tormento consiste en saber que nunca veremos a Dios. ¿Cómo puede atormentarnos tanto esto, si en la tierra nos era indiferente? Mientras el cuchillo está sobre la mesa, no te impresiona. Le ves el filo, pero no lo sientes. Pero si el cuchillo entra en tus carnes, gritarás de dolor. Ahora, sentimos la pérdida de Dios. Antes, sólo pensábamos en ella.

No todas las almas sufren igual. Cuanto mayor fue la maldad, cuanto más frívolo y decidido, tanto más le pesa al condenado la pérdida de Dios, tanto más lo sofoca la criatura de que abusó. Los católicos que se condenan sufren más que los de otras religiones, porque recibieron y desaprovecharon, por lo general, más luces y mayores gracias. Los que tuvieron mayores conocimientos sufren más duramente que los que tuvieron menos. El que pecó por maldad sufre más que el que cayó por debilidad. Pero ninguno sufre más de lo que mereció. Oh, si esto no fuera verdad, tendría un motivo para odiar!

Un día me dijiste: nadie va al infierno sin saberlo. Eso le habría sido revelado a una santa. Yo me reía, mientras me atrincheraba en esta reflexión: "siendo así, siempre tendré tiempos suficiente para volver atrás". Esta revelación es exacta. Antes de mi muerte repentina, es verdad, no conocía al infierno tal como es. Ningún ser humano lo conoce. Pero estaba perfectamente enterada de algo: "Si mueres, me decía, entrarás en la eternidad como una flecha, directamente contra Dios; habrá que aguantar las consecuencias". Como te dije, no volví atrás. Perseveré en la misma dirección, arrastrada por la costumbre, con la que los hombres actúan cuanto más envejecen.

Mi muerte ocurrió así: Hace una semana - digo según las cuentas que llevan ustedes, porque si calculara por mis dolores, podría estar ardiendo en el infierno desde hace diez años - mi marido y yo salimos en otra excursión dominguera, que fue la última para mí. El día estaba radiante de sol. Me sentía muy bien, como pocas veces. Sin embargo, me traspasaba un presentimiento siniestro. Inesperadamente, en el viaje de regreso, mi marido y yo fuimos enceguecidos por los faros de un automóvil que venía en sentido contrario, a gran velocidad. Max perdió el control del vehículo. Jesús! Se escapó de mis labios, no como oración sino como grito. Sentí un dolor aplastante: comparado con el tormento actual, una bagatela. Después perdí el sentido.

¡Qué extraño! Aquella misma mañana, sin explicación, había surgido en mi mente este pensamiento. "Por una vez, podrías ir a Misa". Era como una súplica. Un "¡no!" claro y decidido cortó el curso de la idea. "Con esas cosas tengo que terminar definitivamente". Es decir, asumí todas las consecuencias. Ahora las soporto.

Lo que ocurrió después de mi muerte lo sabes. La suerte de mi marido, de mi madre, lo que ocurrió con mi cadáver, mi entierro, lo sé por una intuición natural que tenemos todos los que estamos aquí. Del resto de lo que ocurre en el mundo poseemos un conocimiento confuso. Sabemos lo que se refiere a nosotros. De este modo veo el lugar donde vives. Desperté de improviso en el momento de mi muerte. Me encontré inundada por una luz ofuscante. Era el mismo sitio donde había caído mi cadáver. Sucedió como en el teatro, cuando se apagan las luces de la sala, sube el telón y aparece una escena trágicamente iluminada. La escena de mi vida. Como en un espejo, mi alma se mostró a sí misma. Vi las gracias despreciadas y pisoteadas, desde mi juventud hasta el último "no" frente a Dios.

Me sentí como un asesino, al que llevan ante el tribunal para ver a la víctima exánime. ¿Arrepentirme? ¡Nunca! ¿Avergonzarme? ¡Jamás!
Mientras tanto, no conseguía permanecer bajo la mirada de Dios, a quien rechazaba. Sólo tenía una salida: la fuga. Así como Caín huyó del cadáver de Abel, así mi alma se proyectó lejos de esta visión de horror.
Este era el Juicio particular.

Habló el invisible juez: "APÁRTATE DE MI". De inmediato mi alma, como una sombra amarilla de azufre, se despeñó al lugar del eterno tormento.

Epílogo de Clara:

Así terminó la carta de Anita sobre el Infierno. Las últimas palabras eran casi ilegibles, tan torcidas estaban las letras. Cuando terminé de leer la última línea, la carta se convirtió en cenizas. ¿Qué es lo que escucho? En medio de los duros términos de las palabras que imaginaba haber leído, resonó el dulce tañido de una campana. Me desperté de inmediato. Estaba acostada en mi cuarto. La luz matinal entraba por la ventana. Las campanadas de las Avemarías llegaban de la iglesia parroquial. ¿Todo había sido un sueño?

Nunca había sentido antes en el Angelus tanto consuelo como después de ese sueño. Lentamente, fui rezando las oraciones. Entonces comprendí: la bendita Madre del Señor quiere defenderte. Venera a María filialmente, si no quieres tener el destino que te contó - aunque fuera en sueños - un alma que jamás verá a Dios. Temblando todavía por la visión nocturna, me levanté, me vestí con prisa y huí a la capilla de la casa. Mi corazón palpitaba con violencia. Los huéspedes que estaban más cerca me miraban con preocupación. Quizás pensaban que estaba agitada por correr escaleras abajo.

Una bondadosa señora de Budapest, un alma sacrificada, pequeña como una niña, miope, aún fervorosa en el servicio de Dios, de gran penetración espiritual, me dijo por la tarde en el jardín: "Señorita, Nuestro Señor no quiere ser servido con excitación". Pero ella advertía que otra cosa me había excitado y aún me preocupaba. Agregó, bondadosamente: "Nada te turbe - conoces el aviso de Santa Teresa - nada te espante. Todo pasa. Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta". Mientras susurraba esto, sin adoptar un aire magisterial, parecía estar leyendo mi alma.

"Sólo Dios basta". Sí, El ha de bastarme, en éste o en el otro mundo. Quiero poseerlo allí un día, por más sacrificios que tenga que hacer aquí para vencer. No quiero caer en el infierno.

Algunas consideraciones finales

Quizás no como objeción, pero no puede eludirse una pregunta: ¿Cómo puede haber recordado Clara con tal precisión todas las palabras de la carta de la condenada? Respondemos: quien hace lo más, puede hacer lo menos. Quien comienza una obra, puede también concluirla. Si la manifestación de ultratumba es un hecho preternatural, Clara debe haber tenido también una asistencia preternatural para escribir con exactitud todas las palabras leídas durante la visión.

La eternidad de las penas del infierno es un dogma. Seguramente, el más terrible de todos. Tiene su fundamento en las Sagradas Escrituras. Ver San Mateo XXV, 41 y 46; II a los Tesalonicenses, 1, 9; Judith XIII; Apocalipsis XIV, 11 y XX, 10; todos estos textos son irrefutables, en los que la expresión "eterno" no puede interpretarse como "largo o prolongado". De la conveniencia de ilustrar este dogma con un caso particular, nos da ejemplo Nuestro Señor Jesucristo en la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro. Allí se encuentra una descripción del infierno y del peligro de caer en él. No es otra la intención de este trabajo. Expresa también nuestra finalidad el siguiente consejo: "Vayamos al infierno mientras estemos vivos, para no caer allí después de la muerte".

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1. Hospitalidad y bendición. Es sabido que la hospitalidad era, entre los nómadas, la virtud por excelencia. En cierta manera, gozaba de un cierto carácter sagrado e inviolable, digno del máximo respeto. El relato de la primera lectura narra la hospitalidad de Abrahán para con tres personajes algo misteriosos, pero se trata de una hospitalidad que va acompañada de una bendición sorprendente y a contrapelo de las leyes naturales. Llama la atención en este texto el hecho de que Abrahán se dirige a los tres personajes en singular: "Señor mío, si te he caído en gracia, no pases de largo cerca de tu servidor". Para Abrahán esos personajes son mensajeros (ángeles) de Dios, que vienen a anunciarle algo de parte de Yahvé. La narración tiene, por tanto, visos de ser una teofanía, en la que Abrahán acoge y hospeda generosa y gozosamente a Dios bajo el rostro de tres delegados suyos. El mensaje de Dios no se hace esperar, y es de bendición: "Volveré sin falta a ti pasado el tiempo de un embarazo, y para entonces tu mujer Sara tendrá un hijo". ¿Qué otra mejor bendición podría esperar Abrahán que la descendencia, que hasta ahora le había sido negada por la esterilidad de su mujer? Ahora se le pide a Abrahán acoger sin titubeos, con absoluta confianza, esta bendición de Dios. Y Abrahán acogió de nuevo esta palabra de bendición y Dios le dio un hijo en su vejez. Hospedar generosamente el misterio de Dios, hospedar confiadamente su palabra y, consiguientemente, tener la seguridad de que Dios bendecirá nuestra existencia.

2. Dos formas de hospedar al amigo. Estas dos formas están representadas por Marta y María. Son dos formas igualmente buenas y necesarias, aunque la segunda sea preferible a la primera. Marta hospeda a Jesús y a sus discípulos en su casa. De esta manera, les muestra primeramente su aprecio y amistad, les protege además del calor ardiente del desierto que acaban de atravesar para llegar hasta Betania, y les da de beber y comer para reparar sus fuerzas, gastadas por la larga y fatigosa caminata. María hospeda a Jesús escuchando su palabra, sentada a sus pies, como una discípula entusiasta que no quiere perderse ni una jota de las enseñanzas del Maestro. Este hospedaje interior, espiritualmente activo, es estimado por Jesús de más valor que el hospedaje externo, centrado en la preparación de la mesa para una comida de hospitalidad. Por eso Jesús le dice a Marta: "Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola". Jesús en modo alguno desprecia la hospitalidad de Marta, la considera valiosa. Pero a la vez le recuerda que hay otra hospitalidad más importante e, indirectamente, invita a Marta a dársela. Es como si Jesús dijera a su anfitriona: "Mira, Marta, prepara cualquier cosita, y luego ven a sentarte junto a María y a escuchar como ella mi palabra". Dos formas de hospedar al amigo, de distinto valor, aunque las dos sean necesarias.

3. Pablo, anfitrión del Crucificado. María ha hospedado la palabra de Jesús. Pablo hospeda la cruz de Jesús, o mejor, a un crucificado. "Completo lo que falta a las tribulaciones de Cristo". Aunque el huésped sea un crucificado, Pablo no se espanta ni se angustia, lo acoge con alegría porque sabe por experiencia que en Cristo crucificado está la esperanza de la gloria para él y para todos los cristianos. Para Pablo no es un huésped obligado, molesto, sino la razón de su existir y de su misión. Dirá: "Estoy crucificado con Cristo. Vivo yo, pero ya no soy yo quien vivo, es Cristo quien vive en mí". Marta acoge en su casa al amigo bueno y sumamente apreciado, María acoge al Maestro que tiene palabras de vida, Pablo hospeda al Redentor, a quien con su pasión, muerte y resurrección redime al hombre de sus pecados, lo salva de sí mismo. La hospitalidad de Pablo culmina, como en el caso de Abrahán, en bendición, en la bendición suprema.

Reflexion:

1. Hospitalidad hacia los emigrantes. Hoy la palabra hospitalidad puede traducirse por solidaridad. El cristianismo nos enseña que todos somos hermanos, y por ello todos hemos de ser solidarios unos de otros. Porque no hemos de olvidar que la solidaridad es recíproca. El anfitrión se muestra solidario acogiendo al huésped, y éste hace patente su solidaridad acogiendo con agradecimiento y respeto la hospitalidad que se le brinda. En definitiva, el anfitrión acoge a Cristo en el huésped y éste acoge a Cristo en el anfitrión. Todo esto resulta de gran actualidad ante el problema no pequeño ni fácil de los emigrantes que, como oleadas constantes, llegan sobre todo a los países de Europa y de América. Ellos son nuestros hermanos en Cristo o, al menos, en humanidad, y por eso hemos de respetarles y acogerlos. Ellos, por su parte, no han de olvidar que nosotros somos sus hermanos, a quienes deben respeto y acogida en su corazón. ¿Cómo no pensar que, tras la pantalla de la emigración, se esconde en ocasiones la microcriminalidad, la mafia de emigrantes clandestinos, la importación ilícita de tabaco y de droga, la mafia inhumana de secuestro de niños para vender sus órganos o el engaño de jovencitas que serán llevadas a diversos países de Europa y vendidas a la prostitución? Cuando el respeto mutuo falla, no se debe exasperar ni generalizar, dejándose caer en el racismo o el odio a todos los extranjeros, pero la autoridad pública deberá intervenir y, cuando sea necesario, expulsar a los delincuentes. La hospitalidad tiene sus reglas humanas y cristianas, y todos hemos de cumplirlas con fidelidad, para que la convivencia sea provechosa para todos.

2. Hospedar a Quien nos ha hospedado. Pienso que es importante el que tomemos conciencia de que nosotros somos huéspedes. Al venir a la vida hemos sido hospedados por Dios, autor de la misma, en esta gran casa que es la tierra; sí, porque toda la tierra es la casa de Dios para todo hombre que viene a este mundo. Hemos sido hospedados con cariño en una familia: nuestros padres y hermanos, nuestros abuelos, nuestros tíos...Hemos sido hospedados en una sociedad, en una nación, en una cultura, en una institución política, educativa...Y sobre todo hemos sido hospedados por Dios en la Iglesia, la casa que Dios nos ha regalado a los creyentes en Cristo. La reciprocidad nos obliga. Hemos de hospedar a quien nos ha hospedado, sobre todo al Huésped por excelencia que es Dios Nuestro Señor. Hemos de dar el debido respeto al Huésped en nuestras palabras. El blasfemar, el jurar en vano, el negar a Dios rompe las reglas del respeto debido. Hemos de dar el debido respeto a Dios en la Iglesia, ante el Santísimo Sacramento. Un respeto que se traduce en conciencia de la presencia de Dios en la Eucaristía, en adoración humilde y agradecida, en el reconocimiento práctico del carácter sagrado de la Iglesia, etc.

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El que es el hazmerreír de su vecino, como lo soy yo, llamará a Dios y este lo escuchará. Muchas veces nuestra débil alma, cuando recibe por sus buenas acciones el halago de los aplausos humanos, se desvía hacia los goces exteriores, posponiendo las apetencias espirituales y se complace, con un abandono total, en las alabanzas que le llegan de fuera, encontrando así mayor placer en ser llamada dichosa que en serlo realmente. Y así, embelesada por las alabanzas que escucha, abandona lo que había comenzado. Y aquello que había de serle un motivo de alabanza en Dios se le convierte en causa de separación de el. Otras veces, por el contrario la voluntad se mantiene firme en el bien obrar, y sin embargo, sufre el ataque de las burlas de los hombres, hace cosas admirables, y recibe a cambio desprecios; de este modo, pudiendo salir fuera de si misma por las alabanzas, al ser rechazada por la afrenta, vuelve al interior, y allí se afinca mas solidamente en Dios, al no encontrar descanso fuera. Entonces pone toda su esperanza en el Creador y, frente al ataque de las burlas, Implora solamente la ayuda del testigo interior; así, el alma afligida, rechazada por el favor de los hombres, se acerca mas a Dios; se refugia totalmente en la oración y las dificultades que halla en lo exterior hacen que se dedique con mas pureza a penetrar las cosas del espíritu.

Con razón, pues, se afirma aquí: El que es el hazmerreír de su vecino, como lo soy yo, llamará a Dios y este lo escuchará, porque los malvados, al reprobar a los buenos, demuestran con ello cual es el testigo que buscan de sus actos. En cambio, el alma del hombre recto al buscar en la oración el remedio a sus heridas, se hace tanto mas acreedora a ser escuchada por Dios cuanto mas rechazada se ve de la aprobación de los hombres.

Hay que notar, empero, cuan acertadamente se añaden aquellas palabras: Como lo soy yo; porque hay algunos que son oprimidos por las burlas de los hombres y, sin embargo, no por eso Dios los escucha. Pues cuando la burla tiene por objeto alguna acción culpable, entonces no es ciertamente ninguna fuente de merito.

El hombre honrado y cabal es el hazmerreír. Lo propio de la sabiduría de este mundo es ocultar con artificios lo que siente el corazón, velar con las palabras lo que uno piensa, presentar lo falso como verdadero y lo verdadero como falso.

La sabiduría de los hombres honrados, por el contrario, consiste en evitar la ostentación y el fingimiento, en manifestar con las palabras su interior, en amar lo verdadero tal cual es, en evitar lo falso, en hacer el bien gratuitamente, en tolerar el mal de buena gana, antes
que hacerlo; en no quererse vengar de las injurias, en tener como ganancia los ultrajes sufridos por causa de la justicia. Pero esta honradez es el hazmerreír, porque los sabios de este mundo consideran una tontería la Virtud de la integridad. Ellos tienen por una necedad el obrar con rectitud, y la sabiduría según la carne juzga una Insensatez toda obra conforme a la verdad.

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«Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y paso de largo. Y lo mismo hizo un levita que llego a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y paso de largo. Pero un samaritano que iba de viaje, llego a donde estaba el y, al verlo, le dio lastima».
La aproximación de los personajes, jun samaritano que socorre a un judío!, esta puesta para significar que la categoría de prójimo es universal, no particular. Tiene por horizonte al hombre, no en el circulo familiar, étnico o religioso sino al hombre en si mis¬mo, no por algo añadido a su realidad. Prójimo es, así mismo, el enemigo! Los judíos de hecho «no se tratan con los samaritanos!»

Y, he aquí, la segunda enseñanza de la parábola: como hacerse prójimo. Que hizo el samaritano?

«Se le acerco, le vendo las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevo a una posada y lo cuido. Al día siguiente, saco dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: "Cuida de el, y lo que gastes de mas yo te lo pagaré a la vuelta"».
El samaritano comienza con acercarse al herido, se le «aproxima». No puede haber amor efectivo y eficaz si no hay alguna proximidad igualmente real y física. El amor del prójimo comienza frecuentemente con los propios pasos, que interrumpen un camino precise, para ir al encuentro con otro. Con frecuencia, esto tiene este humilde inicio, que no es el más fácil: abandonar el propio ca¬mino, los propios proyectos, el propio futuro y aceptar los del otro durante un cierto tiempo.

Después, el samaritano se ofrece al herido como su futuro inmediato para si mismo: es precisamente lo que hace cuando cura las heridas, vierte el aceite y el vino y carga con aquel hombre en su misma cabalgadura. Durante un cierto tiempo, el herido ha llegado a ser su única preocupación. Lo concrete respecto a la cabalgadura es significativo: el samaritano cede su puesto al herido. Amar es saber ceder el propio puesto y aceptar el del otro. El samaritano es un hombre como los demás, con un pasado, una tradición, una familia, un trabajo, unas leyes y también unos proyectos. Sin duda, le esperaban un trabajo, una familia, unos amigos. Pero, por un cierto tiempo, ha dejado aparte todo esto.

Al final, el samaritano se aleja y continúa su viaje; en cierto sentido, comienza a separarse. Había confiado al herido a una especie de organismo especializado y retribuido; y paga, por esto, al posadero una cuota de dos denarios. Esto demuestra, además, los limites del amor al prójimo, que son los de las relaciones cortas. No se trata de dejar al prójimo abandonado a si mismo sino dejarlo a otros, a los que compete el menester de ocuparse de ello, no pudiendo nadie proveer por si solo a las necesidades de todos.

Al final es clara la respuesta a la pregunta de como hacerse prójimo: con los hechos y no solo con palabras. Juan dirá: «Hijos míos, no amemos de palabra ni con la boca, sino con obras y según

la verdad» (1 Juan 3,18). Si el samaritano se hubiese contentado con acercarse y decirle a aquel desgraciado, que yacía ensangrentado: «Pobrecillo, cuanto me desagrada! ^Como ha sucedido? Animo!» o con palabras semejantes y, después, se hubiese ido, no habría sido todo esto como una broma y un insulto? Escuchemos como se concluye la parábola:
«. Haz tú lo mismo: esta frase la deberíamos tener presente en nuestra mente y en nuestro corazón a lo largo de todos los días. Una frase que posee un potencial enorme de creatividad y de impulsos nuevos a la acción en favor de nuestros hermanos los hombres. Haz tú lo mismo: esta sola frase es capaz de inventar el futuro, de fraguar un mundo nuevo y mejor. ¿Cuántos cristianos haremos caso?

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Lucas 9, 51-62

Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén, y envió mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada; pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén. Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?. Pero volviéndose, les reprendió y dijo: No sabéis de qué espíritu sois. Porque el Hijo del Hombre no ha venido a perder a los hombres, sino a salvarlos. Y se fueron a otro pueblo. Mientras iban caminando, uno le dijo: Te seguiré adondequiera que vayas. Jesús le dijo: Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza. A otro dijo: Sígueme. Él respondió: Déjame ir primero a enterrar a mi padre. Le respondió: Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios. También otro le dijo: Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa. Le dijo Jesús: Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios.

Reflexión

Creo que nunca se había hablado tanto de “tolerancia” como en nuestros días. Aunque, si hemos de ser sinceros, aún hoy se cometen bastantes atropellos en muchos rincones del planeta a causa de la intolerancia religiosa, étnica, cultural, económica o social. Pero, no voy a entrar en este tema. Lo que se me ha hecho curioso es que en el Evangelio de este domingo, Jesús se nos presenta, extrañamente, casi como un “intolerante”…

Lucas nos narra el caso de tres jóvenes que pudieron ser discípulos de Jesús, y que quedaron en vocaciones frustradas por la respuesta dada por el Señor. Quien no lo conoce, podría tildarlo de duro, tajante, e incluso de intolerante. Ciertamente, desconcertante.

Mientras Jesús iba de camino, le salió al encuentro uno, que le dijo: “Maestro, te seguiré a dondequiera que vayas”. Parecía estar bien dispuesto y preparado para seguir a Jesús. Y, sin embargo, nos da la impresión de que nuestro Señor lo desanima: “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos –le responde— pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza”. Era como decirle que se lo pensara muy bien, que no era fácil su seguimiento, que habría muchas dificultades y renuncias, y que no cualquiera podía ir por ese camino. Pero, ¿no hubiese sido mejor que lo entusiasmara y le ofreciera una palabra de aliento? Seguramente, al oír una respuesta tal, aquel muchacho se habrá echado para atrás.

Enseguida se encuentra con otro, y lo invita Él personalmente: “Sígueme”. Es aquí Jesús quien toma la iniciativa. El joven le pide un poco de prórroga: “Déjame primero ir a enterrar a mi padre”. Jesús no condena los funerales. Obviamente, no es que el padre de este muchacho acabara de morir y tuviera que celebrarse un sepelio. No. Estas palabras significan otra cosa muy diversa: éste quería permanecer entre sus seres queridos hasta que sus padres murieran y entonces, después de sepultarlos, podría ser su discípulo.

Por supuesto que Jesús no admite dilaciones: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios”. La respuesta nos puede sonar bastante confusa. Los orientales son muy coloridos en su hablar y usan un lenguaje rico de imágenes. La palabra “muertos” cobra aquí un doble significado: a los primeros a los que se refiere Jesús son los muertos no en sentido físico, sino figurado –es decir, aquellos que no pertenecen al Reino, los muertos en su espíritu— y son los deben enterrar a los que ya han partido de este mundo, a los difuntos en el sentido real del término.

Finalmente, aparece en escena un tercer joven, que le dice: “Te seguiré, Señor, pero déjame primero despedirme de mi familia”. La petición que hace éste a Jesús nos parece muy razonable. ¿Qué tiene de malo que, antes de seguir a Cristo, se despida de sus seres queridos? Cualquiera de nosotros lo hubiera pedido. Más aún, quienes hemos seguido a Cristo por el camino del sacerdocio o de la vida religiosa, lo hemos hecho. El mismo Eliseo le hizo a Elías una idéntica petición cuando éste lo llamó a sucederlo en el ministerio profético. Y Elías se lo permitió (I Re, 19, 91-21).

Sin embargo, las palabras de nuestro Señor vuelven a ser duras y radicales: “El que echa la mano en el arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios”. Y también éste queda descartado.

¿No es Jesús un Mesías bastante radical e intolerante? Sin embargo, en este último caso, el Señor no está negando a nadie que “se despida” físicamente de los suyos. De lo que habla es de la actitud interior. Éste todavía estaba demasiado apegado a su familia y los afectos naturales lo tenían como “atado”, tanto que no le permiten seguir a Jesús. Son esas personas que jamás se deciden a romper con sus comodidades, sus afectos, sus seguridades, ni son capaces de renunciar a la compañía física de sus seres queridos. Y así frustran una vocación hermosa al seguimiento de Jesús.

El Señor no es intolerante, pero sí es exigente. Él conoce muy bien el corazón de los hombres y sabe lo que puede pedirnos. Si muchos reyes y generales, a lo largo de la historia, han pedido a sus súbditos o a sus soldados incluso el sacrificio supremo de la propia vida –y tantísimos lo han dado por su rey y por la patria— Jesucristo, el Rey de reyes, también puede pedirlo. Él quiere generosidad, decisión, totalidad en el amor. Las entregas a medias no sirven para nada. Además, el Señor advierte claramente a los que llama y les hace conocer las exigencias de su seguimiento. Quienes quieran alistarse en sus filas, deben ser conscientes de la dificultad de la empresa y de la gravedad de los compromisos que asumen con su decisión.

Pero, aunque sabe que su seguimiento es costoso, el Señor no engaña a nadie porque quiere entregas libres, conscientes y hechas por amor. No quiere mercenarios, cobardes ni traidores. Cristo exige una opción radical por Él y por su Reino, pues “si alguno quiere seguirlo y no toma su cruz, no es digno de Él” (Lc 9,23). Sus discípulos deben estar dispuestos a entrar por la vía estrecha del Evangelio (Mt 7, 13-14), a perder la vida por Él para salvarla (Lc 9,24), y a caer en tierra y morir para llevar mucho fruto (Jn 12,24). Cristo exige radicalidad, sí, pero nos promete una recompensa eterna y un premio sin comparación: “cien veces más en esta vida y la vida eterna” (Mt 19,29).

Francisco Pizarro, de camino al Perú, se vio ante un peligro inminente, y su tripulación se rebeló y exigió la vuelta. Pero el general se puso en medio de sus hombres, trazó una línea en tierra y les pidió una opción tajante: o seguir con él hasta la victoria, o echar marcha atrás como cobardes. Los pocos valientes que le siguieron fueron los conquistadores del imperio Inca. Hernán Cortés hizo otro tanto con sus tropas: mandó quemar las naves para que nadie pudiera huir.

Y si tantos hombres valientes se han convertido en héroes por un ideal noble, sí, aunque terreno, ¿Cristo no nos puede pedir eso mismo para la aventura más maravillosa y heroica, la de ganar a miles de almas para Dios y para la vida eterna? Muchos hombres y mujeres han sido mártires por el nombre de Cristo. Y nosotros, ¿qué seremos capaz de hacer por Él?

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El aire de Jerusalén y el de toda Judea estaba encendido de esperanza. Herodes envejecía aislado en su palacio de Jericó. Las almas se agitaban inquietas, y en todas partes se esperaba el cumplimiento de las profecías. De repente, en el templo resuena la voz de un ángel. El sacerdote Zacarías, de la familia de Abías, vivía en Yuttah, cerca de Hebrón, en las montañas de Judea, con su esposa Isabel, los dos ya mayores, que han pasado la vida soñando un hijo. Pero Isabel era estéril y a estas alturas, ya infértil. Le tocó el turno a Zacarías de oficiar en el templo. Al acercarse a quemar el incienso ante el altar del Señor, resplandeciente de oro y de lámparas ardientes, permaneció con el incienso en las manos, hasta que sonó una trompeta. Cuando sonó, vació el incienso de la caja de oro y le detuvo una aparición misteriosa.

Sobresalto de Zacarías

Al salir del altar, los fieles le vieron con el rostro demudado. Había oído al ángel: "No temas, Zacarías, que tu oración ha sido escuchada; tu mujer, Isabel, te dará un hijo, y le pondrás por nombre Juan. Será grande a los ojos del Señor, y se llenará de Espíritu Santo ya en el seno de su madre". Era una noticia demasiado grande y demasiado hermosa y venturosa: "¿Cómo conoceré esto?". El ángel le dijo: "Yo soy Gabriel, uno de los espíritus que asisten delante de Dios. Pues, mira, te vas a quedar mudo y no podrás hablar hasta el día en que todo esto se cumpla” (Lc 1,13). Y Zacarías quedó mudo por su falta de fe: "por no haber creído estas palabras, que se cumplirán a su tiempo". El no creer no impide la realización del mensaje, pero el que no cree, se queda sin el gozo de la promesa creída y esperada.

En el seno de sus madres los niños son personas

He aquí a dos Niños sin nacer, que ríen, cantan, santifican y son santificados en el seno de sus madres respectivas. El niño saltó de alegría y de gozo incontenible cuando sintió la presencia del Salvador en el seno de María. El júbilo del niño inspiró a Guido d`Arezzo a dar el nombre de las notas musicales según la primera sílaba de los siete versos de la primera estrofa del himno compuesto por él para la fiesta de San Juan: “Ut (cambiado por Do) queant laxis – Resonare fibris - Mira gestorum - Famuli tuorum - Solve polluti - Labii reatum, - Sancte Joannes”. “Para que tus maravillosas obras puedan ser cantadas – por los labios manchados – limpia sus manchas – San Juan”. ¡Horror! ¡Que la alegría de Juan dando brincos en el seno de su madre ante la presencia de otro Niño seis meses más pequeño, se convierta en dolor, lágrimas y cánticos fúnebres en millones de niños muertos en el seno materno, hoy mismo!

Nacimiento de Juan

Isabel dio a luz a un niño, que fue circuncidado con el nombre de Juan, que significa "Yahvé se ha compadecido". Zacarías volvió a hablar, y bendijo al Señor Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo con una fuerza de salvación, como lo habían anunciado los profetas; por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto. Los vecinos y parientes hicieron grandes regocijos, porque el Señor había manifestado su misericordia, y en todas las montañas de Judea, la gente se decía: "¿Qué va a ser este niño? Porque la mano del Señor estaba con él". Estas palabras eran el eco del Salmo 138, “Pones tu mano sobre mí. Tú has formado mis entrañas, me has tejido en el seno materno. ¡Te doy gracias por tamaño prodigio y me maravillo con tus maravillas!”. Y las de Isaías: “Estaba yo en el vientre y el Señor me llamó en las entrañas de mi madre, y pronunció mi nombre. Hizo de mí una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba”.

Se desvanecieron los rumores, y no se volvió a hablar del sacerdote de Yuttah, ni de Isabel, ni del niño. Cuando se desató la persecución de Herodes contra los niños menores de dos años, el pequeño tenía un año y medio. Según una tradición, Isabel huyó a las montañas más escondidas donde vivió cuarenta días en una cueva, y Zacarías fue asesinado por no querer descubrir el sitio a los sicarios de Herodes.

La vocación y los modos diferentes de cumplirla

"El niño iba creciendo y su carácter se afianzaba; vivió en el desierto hasta que se presentó a Israel". Nosotros tantas veces comenzamos nuestra misión profética sin haber crecido… Un director espiritual de seminario mostraba su extrañeza por lo pronto que se desinflaban los nuevos sacerdotes recién ordenados. No advertía que se cosecha lo que se siembra. Ambiente competitivo de estudio, ansia de salir cuanto antes al mundo sin la preparación adecuada. Prisa por la exigencia de cubrir los puestos canónicos.

En resumen, soldados sin instrucción, no digo teórica, sino de transformación personal. Escaso adiestramiento en las virtudes de humildad profunda, de caridad verdadera, de castidad luminosa y sin represión, de desprendimiento de la vanidad, y todo lo que se supone y que no se tiene, no presagian otra cosa que lo que ocurre que, por decirlo con brevedad, no es sino enviar a ejercer la cirugía a internos que nunca practicaron. Urge la preparación personal sin prisas si se busca el progreso del evangelio.

No se puede evangelizar sin estar evangelizado

Ni sacerdotes ni laicos podemos salir a evangelizar con nuestro espíritu a medio cocer, y quiera Dios que a ello llegue nuestro estado y no nos encontremos en grados inferiores. Porque podemos hacer ruido pero no dar al Señor. Y encima, perder el mérito junto con el fruto. Ya recibieron su paga.

Cataloga San Juan de la Cruz los defectos de los principiantes. Los novicios parecen santos... y no lo son… Los padres jóvenes, ni lo parecen ni lo son. (dice un refrán citado por el gran teólogo Garrigou Lagrange). Y añade San Juan: Soberbia oculta.

El demonio les aumenta el deseo de hacer cosas porque sabe que no les sirven de nada, sino que se convierten en vicio. Tienen satisfacción de sus obras y de sí mismos. Hablan cosas espirituales delante de otros. Las enseñan y no las aprenden. Cuando les enseñan algo se hacen los enterados. Condenan en su corazón cuando no ven a los otros devotos como ellos querrían y lo dicen como el fariseo, despreciando al publicano. Quisieran ser ellos solos tenidos por buenos. Y condenan y murmuran mirando la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el suyo. Cuando sus confesores y superiores no les aprueban el espíritu dicen que no son comprendidos. Buscan quien les apruebe porque desean alabanza y estima. Huyen como de la muerte de los que les deshace sus planes para ponerlos en camino más seguro, y les toman manía. Por su presunción, hacen muchas promesas y cumplen pocas. Desean que los demás comprendan su espíritu y para esto hacen muestras de movimientos, gestos, suspiros y otras ceremonias. Se complacen en que se enteren de esto y tienen verdadera codicia de que se sepa. Llenos de envidias e inquietudes. Disimulan sus pecados en el confesionario. Tienen en poco sus faltas. Se entristecen por ellos, pensando que ya habían de ser santos. Se enfadan consigo mismos con impaciencia, con deseos de que Dios les quite sus pecados no por Dios, sino para estar tranquilos. Con lo que se harían más soberbios y presuntuosos. Son enemigos de alabar a los demás, y muy amigos de que los alaben a ellos, buscando óleo por defuera...

Los que van en perfección

En cambio los que van en perfección. Tienen sus cosas en nada. No están satisfechos de sí mismos. Tienen a todos por mejores y los cobran santa emulación. Preocupados de amar a Dios no miran si los otros hacen o no hacen. Ven a todos mejores que ellos. Como se tienen en poco también quieren que los demás los tengan en poco y que los deshagan y desestimen sus cosas. Y si los alaban no lo ven merecido. Desean que se les enseñe. Prontos a caminar por otro camino si se le mandan. Se alegran de que alaben a los otros. No tienen ganas de decir sus cosas. En cambio, tienen gana de decir sus faltas y pecados y no sus virtudes y así se inclinan mas a tratar su alma con quien en menos tiene sus cosas y su espíritu.

Nosotros vemos y comprobamos la eficacia de un potente motor de coche, de un ordenador, o cualquier otro aparato mecánico, aunque no conozcamos su mecanismo; el poder de un discurso pronunciado por una inteligencia penetrante; la persuasión de una persona elocuente; la pintura de una figura creada por un artista total, Rafael, Boticelli, Giotto, El Greco, Velázquez, Zurbarán…; la maravilla permanente de Wagner, Beethoven…; pero carecemos de antena para detectar el misterio de la gracia y de la operación de Dios a través de un hombre santo. No lo distinguimos. Es misterioso, pero existe. Y de él depende la extensión mayor o menor del Reino de Dios. Extensión que no es algo abstracto sino muy concreto y apreciable en nuestra acción o en nuestro silencio: una palabra ungida que pega fortaleza; un párrafo leído que hace pensar y decidir; una actitud silenciosa que pacifica.

El reino va creciendo así como la semilla enterrada, como el grano que se pudre en el surco y germina lentamente pero inevitablemente; como el rocío que vivifica y alegra el despertar de la mañana. ¡Qué hermosura de misión la que nos ha encargado Jesús y fecunda con su Espíritu Santo!

Juan se prepara y evangeliza

Las investigaciones modernas autorizan a creer que Juan vivió con los esenios, una secta del desierto de Judá, que ya practicaban el bautismo con agua, por eso Juan lo administró como símbolo de la purificación del espíritu. Empezó a resonar la voz en el desierto, en el valle de Jericó junto al Jordán. Alto, maduro, quemado el cuerpo por el sol del desierto, abrasada el alma por el deseo del Reino, sus ojos penetrantes relampagueaban, sus cabellos hirsutos flotaban al aire, la espesa barba le cubría el rostro, y de sus labios brotaban palabras encendidas, llenas de esperanzas y de anatemas, de consuelos y de terrores.

Su ademán avasallaba, su presencia y austeridad impresionaban, y su mirada ejercía una fuerza magnética. Ante aquella voz, Israel se conmueve, renace una aurora de salvación, se aviva la fe en Yahvé Salvador, y las gentes llegan a escuchar sus palabras. Y comienza a cumplir su misión de precursor. Anuncia el cumplimiento de las profecías y predice la próxima venida de Cristo. Es un formidable predicador. Los israelitas piadosos empiezan a ver en él esperanza, y los doctores del Templo discuten acerca de sus anuncios misteriosos.
Aturdidos por aquella palabra de fuego, sus oyentes le preguntaban: "¿Qué debemos hacer para salvarnos?". "Que el que tiene dos túnicas dé una a quien anda desnudo, y que el que tiene pan lo reparta con el que tiene hambre” Lc 3,10. Bill Gates, con sus 10 billones de fortuna, quedaría impresionado al lado de los niños hambrientos y moribundos, devorados por las moscas y por las cucarachas en el tercer mundo, y en los suburbios del cuarto. Y con él, todos los magnates del mundo, epulones despiadados, empeñados en catalogarse entre los más ricos del cementerio, que se adjudican la parte leonina de la tarta, aunque Lázaro se muera esperando las migajas de sus despilfarros.

Predica con autoridad

Con los fariseos, llegan los publicanos, los soldados y las prostitutas: "No exijáis más de lo justo". "No sigáis las concupiscencias de la carne". "No calumniéis; contentaos con vuestra paga". Un día aparece entre la multitud un joven que llega de las montañas de Galilea. Juan le mira y se turba: es Él. El Salvador presentido y anunciado, el Esposo que iluminaba su alma en el desierto; el beldador que lanza al viento el trigo y la paja, para congregar la mies escogida; el amigo deseado, en quien pensaba cuando decía al pueblo: "Yo os bautizo en agua, pero en medio de vosotros hay uno más poderoso que yo; El os bautizará en Espíritu Santo y fuego".

Juan ha presentido su venida. Es pariente suyo, pero no le conoce; no le conoce, pero en el fondo de su ser ha oído una voz: “Aquél sobre cuya cabeza vieras descender al Espíritu Santo, es el Deseado de las naciones.” Y al ver ahora cómo se acerca en la cola de los pecadores a la orilla, se siente humillado, y sobrecogido de admiración le dice con ternura transfigurada, con el corazón estremecido de amor : "Soy yo quien debe ser bautizado por ti".

El Galileo insiste; inclina su cabeza, porque hay que cumplir toda justicia; el agua resbala sobre el cuerpo virginal de Cristo, la mano del Bautista toca su frente, se abre el cielo, baja el Espíritu y resuena la voz del Padre: "Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias". Al arrodillarse delante de Juan, Jesús le califica: "Entre los nacidos de mujer, no ha nacido otro más grande que Juan el Bautista".

Lazo del antiguo con el Nuevo Testamento

Juan Bautista, Profeta al estilo de los del Antiguo Testamento, lazo de unión entre aquél y el Nuevo, con el espíritu de Elías y la palabra irresistible de Pablo. Con el mismo valor que el uno y el otro, será mártir de su deber y pregonero del reino; y rodará su cabeza, y su cuerpo disminuirá, para que Aquél a quien ha bautizado, crezca al ser elevado en la cruz, y morirá sin haber visto el triunfo del reino que anuncia: "A Él le toca crecer; a mí menguar".

Después de su primer encuentro con Jesús, le vio otra vez caminando por la orilla del Jordán. Su cuerpo se estremeció con un amor apasionado, sus ojos se llenaron de compasión y de ternura, y dijo a sus discípulos: "Este es el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo". Discierne bien, él valeroso, pero apasionado, Jesús Cordero lleno de mansedumbre. Dos hermanas de la misma Congregación con caracteres opuestos siempre en conflicto. Acuden a la Superiora. Acusan: -La más áspera: Es que no se le puede decir nada. Parece de papel de seda. La Superiora, acertada: Y usted, papel de lija.

Llegó una embajada del Sanedrín de Jerusalén. Se dice que es el Profeta anunciado por Moisés; se murmura que es Elías: Y le preguntan: "¿Eres Elías? - No. ¿Eres el Profeta? -No -¿Eres el Cristo?. -No". Esa es la grandeza de su carácter. No es nada. Es la voz que clama en el desierto. La voz recibe la consistencia de la palabra. Sin Palabra, la voz no dice nada. Y, sin embargo, Jesús le llamará profeta, el mayor de los profetas, un nuevo Elías por su espíritu y por su virtud. A sus ojos, no es nada; indigno de desatar su sandalia.

La voz del esposo

Y explica el sentido de su misión, en la imagen del Esposo utilizada por los profetas Oseas, Jeremías, Isaías, y por el Cantar de los Cantares. Jesús será, lo que ha sido Yahvé para el pueblo escogido. Juan sólo es el amigo; pero la gloria de Aquel en quien ha puesto su amor, le hace plenamente feliz: "El amigo ve a su amigo y se goza al oír la voz del Esposo, y por esto mi alegría es perfecta".

Es así como Juan, el asceta austero en vestidos y en comida, nos descubre el más tierno y dulce de los atributos de Cristo, el de Esposo. Pero, para recibir al Esposo, hay que vestirse con el traje de boda y por eso proclama la conversión. Él prepara el camino del Señor y exige a los hombres que cambien el rumbo de sus vidas, que acepten el misterio de Dios que se acerca, que den frutos dignos de penitencia, pues el Esposo no puede desposarse con los hombres sin la metanoia. Ese es el carisma de Juan, y la necesidad de su mensaje, que la Iglesia ha conservado y perpetuado.

Juan empezó asceta y terminó místico. Esto no se hace sin la gracia. La gracia que nos llega por el sacramento de la Eucaristía, porque "cuantas veces se renueva sobre al altar el sacrificio de la cruz, en que nuestra Pascua, Cristo, ha sido inmolada, se efectúa la obra de nuestra redención" (LG 3). Juan Bautista, el "tejido en el seno materno por el Señor y Creador, y escogido portentosamente" Salmo 138; "el que saltó de alegría en el vientre de su madre al llegar el Salvador de los hombres", "el mártir que entregó su cabeza por la Verdad.

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Jesús maldice un árbol que no da fruto (Mc11,11-26)

La higuera estéril

Este acto de Jesús es insólito y se comprende inmediatamente que tiene un significado simbólico. No es el árbol lo que le in-teresa. Con el árbol, Jesús quiere expresar cuanto le importa el destine del pueblo elegido. Sobre el pueblo de Israel reposa una bendición divina especial. Bendecir una cosa significa darle un destine sagrado y desear que produzca efectos buenos. Cuando Dios crea a los animales y al hombre, los bendice (Gn 1,28); la Biblia explica que por este motive reciben la capacidad de crecer y multiplicarse. El término contrario a «bendecir» es «maldecir», es decir, no desear ni la vida ni otros beneficios para aquello que se maldice.

El pueblo de Israel ha llevado consigo, de generación en generación, una bendición especial de Dios, que pasaba de padres a hijos. Cual ha sido el resultado? Que el pueblo de Israel no ha dado fruto y ha perdido la fe de Abrahan.

Así sucede con el alma bendecida por Dios. En la Iglesia, la primera bendición es el bautismo, pero a esta bendición le debe corresponder la colaboración humana para que el bautismo no sea en vano.

No encontró mas que follaje

Las hojas de la higuera son grandes, verdes. Por eso, se plantaba delante de las casas para gozar de su sombra. Pero las hojas sin fruto son símbolo de vanidad, de superficialidad, como puede suceder, con el tiempo, a los ideales, a la religión e incluso a la oración. Las costumbres exteriores, las manifestaciones, se mantienen mas por el espíritu que las genera.

Un proverbio francés dice que el reloj no se para en el momento en que nos olvidamos de darle cuerda, sino mas tarde, de repente.

En sus recuerdos de viaje, L. N. Tolstoi cuenta de un oficial del ejercito con quien viajo que, antes de acostarse, colgaba un icono en la pared y recitaba una oración. Un día, Tolstoi comento este hecho diciendo: Tu lo sigues haciendo?». Al día siguiente, el oficial no lo hizo, ni lo hizo nunca mas. Tolstoi se pregunta, ^es posible que uno pueda perder la fe por un pequeño comentario que se le haga? Ciertamente no. Aquel hombre hacia tiempo que ya no creía, su oración era solo una costumbre externa. Una pequeña observación dirigida a el le hizo ver que ya no era necesaria.

Entonces, Que hacer? De vez en cuando conviene verificar nuestras costumbres religiosas y renovar el espíritu. Los ejercicios espirituales sirven, precisamente, para esto.

No era tiempo de higos

La higuera da fruto dos veces al ano. Los primeros no son muy sabrosos, los segundos, al final del verano, son los mejores. Parece extraño que el Señor busque higos en una estación en la que el árbol no los produce, pero este hecho sirve, evidentemente, para introducir la parábola que se sigue. El trigo se recoge en su momento o nunca, mientras que los frutos se recogen cuando están maduros. Cada planta tiene el propio tiempo de maduración de su fruto: por ejemplo, todos los manzanos florecen en primavera, pero dan fruto en otoño. Sin embargo, el hombre no sabe cuando llegara Dios, no conoce ni el día ni la hora de su venida (Mt 24,44). Por lo tanto, debemos estar siempre preparados. Algunos están ya maduros para el reino de Dios desde jóvenes, otros en edad adulta, otros en la vejez. Por eso, los libros espirituales dan el siguiente consejo: haced el bien como si debierais morir hoy mismo, el mañana o no existirá o será un nuevo regalo de Dios, con una nueva misión.

El naranjo se comporta precisamente así: mientras da fruto comienza a florecer de nuevo, como debe ser una vida buena.

Prepara el futuro, pero haz que tu presente sea util y fructífero!

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Abandonar y recibir

Mc 10, 28-31
En aquel tiempo, Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ya ves que nosotros lo hemos dejado todo para seguirte”.

Jesús le respondió: “Yo les aseguro: Nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o padre o madre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, dejará de recibir, en esta vida, el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres e hijos y tierras, junto con persecuciones, y en el otro mundo, la vida eterna. Y muchos que ahora son los primeros serán los últimos, y muchos que ahora son los últimos, serán los primeros”

Nosotros lo hemos dejado todo

San Gregorio Magno dice irónicamente, Qué habrá abandonado san Pedro? Una vieja barca de pescador? En la historia de la Iglesia muchos han hecho renuncias mas importantes? En el siglo V estaba en Roma santa Melania la Joven, una de las mujeres mas ricas del imperio romano, que distribuyo sus bienes a los pobres para abrazar la vida religiosa.

Sin embargo, san Gregorio añade que lo importante no es «que» se abandona por Cristo, sino «con que» espíritu se hace. Parece extraño pero, a veces, somos capaces de abandonar grandes cosas y, sin embargo, es un problema si alguien nos quiere quitar una pequeña costumbre o critica nuestro modo de actuar. El sentido religioso de la renuncia es el logro de la plena libertad interior.

San Alonso Rodríguez pone el ejemplo de un pájaro prisionero: no puede volar, tanto si esta atado a una cuerda gruesa como si lo esta a hilos finísimos. La libertad de espíritu puede ser impedida por cosas grandes y por cosas pequeñas.

Recibid ya el céntuplo en esa vida

Dios nos devuelve todo a lo que hemos renunciado por amor a El. Cuando tiramos una cosa, se pierde. Cuando la regalamos a un amigo, de alguna forma el nos recompensa haciéndonos, a su vez, un regalo. San Ignacio de Loyola decía que Dios es un «caballero»: no se deja humillar solo recibiendo, sin regalar. Por eso, todo regalo hecho a El es devuelto «cien veces» ya en esta vida. El acto de amor es gratuito y, sin embargo, es recompensado por Dios cuando menos nos lo esperamos. E incluso cuando dedicamos un poco de tiempo a la oración, quizás con prisas, después podremos experimentar que Dios nos recompensa, de muchas formas.

Los santos Vivian cotidianamente este tipo de experiencias; por eso eran generosísimos con Dios, tanto en ofrecerle dinero como tiempo, sabiendo que nada se perdería, sino que todo seria devuelto, «cien veces mas».

Junto con persecuciones

En este pasaje del evangélico encontramos esta última frase incomoda que, en general, los predicadores intentan ignorar: parece hacer vano todo lo que han intentado decir hasta ese momento. Así pues: Dios nos recompensa por todo aquello a lo que hemos renunciado por su amor; pero si lo hace «junto con persecuciones», No se trata de una nueva perdida?

Consideremos un ejemplo concreto. Una persona renuncia a su propia casa y la regala al instituto religioso del que ha entrado a formar parte. Llega un régimen totalitario ateo y, con el, la persecución. Los religiosos son expulsados y la casa confiscada. Quien la ha donado parece, verdaderamente, haberlo perdido todo. Pero es aquí donde se manifiesta la fuerza de nuestra fe. La renuncia por Cristo debe ser libre y consciente, pero no se da por descontado que la iniciativa venga siempre de nosotros. Puede darse el caso de que nos priven violentamente de algo que no teníamos ninguna intención de donar, por ejemplo, la salud.

Si conseguimos reconciliarnos con este hecho y aceptarlo como voluntad de Dios, incluso esta privación violenta se convierte en renuncia voluntaria, una renuncia que tiene valor para Dios y El nos recompensara. También la pasión de Cristo se caracteriza por actos violentos llevados a cabo por sus enemigos, pero su obediencia a la voluntad del Padre es un acto libre. Por eso, su muerte significa la vuelta gloriosa a la vida.

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Si no queremos que la Ascensión se parezca más a un melancólico «adiós» que a una verdadera fiesta, es necesario comprender la diferencia radical que existe entre una desaparición y una partida. Con la Ascensión, Jesús no partió, no se ha «ausentado»; sólo ha desaparecido de la vista. Quien parte ya no está; quien desaparece puede estar aún allí, a dos pasos, sólo que algo impide verle. En el momento de la ascensión Jesús desaparece, sí, de la vista de los apóstoles, pero para estar presente de otro modo, más íntimo, no fuera, sino dentro de ellos. Sucede como en la Eucaristía; mientras la hostia está fuera de nosotros la vemos, la adoramos; cuando la recibimos ya no la vemos, ha desaparecido, pero para estar ya dentro de nosotros. Se ha inaugurado una presencia nueva y más fuerte.

Pero surge una objeción. Si Jesús ya no está visible, ¿cómo harán los hombres para saber de su presencia? La respuesta es: ¡Él quiere hacerse visible a través de sus discípulos! Tanto en el Evangelio como en los Hechos de los Apóstoles, el evangelista Lucas asocia estrechamente la Ascensión al tema del testimonio: «Vosotros sois testigos de estas cosas» (Lc 24, 48). Ese «vosotros» señala en primer lugar a los apóstoles que han estado con Jesús. Después de los apóstoles, este testimonio por así decir «oficial», esto es, ligado al oficio, pasa a sus sucesores, los obispos y los sacerdotes. Pero aquel «vosotros» se refiere también a todos los bautizados y los creyentes en Cristo. «Cada seglar –dice un documento del Concilio- debe ser ante el mundo testigo de la resurrección y de la vida del Señor Jesús, y señal del Dios vivo» ( Lumen gentium 38).

Se ha hecho célebre la afirmación de Pablo VI: «El mundo tiene necesidad de testigos más que de maestros». Es relativamente fácil ser maestro, bastante menos ser testigo. De hecho, el mundo bulle de maestros, verdaderos o falsos, pero escasea de testigos. Entre los dos papeles existe la misma diferencia que, según el proverbio, entre el dicho y el hecho... Los hechos, dice un refrán ingles, hablan con más fuerza que las palabras.

El testigo es quien habla con la vida. Un padre y una madre creyentes deben ser, para los hijos, «los primeros testigos de la fe» (esto pide para ellos la Iglesia a Dios, en la bendición que sigue al rito del matrimonio). Pongamos un ejemplo concreto. En este período del año muchos niños [y jóvenes] se acercan a la primera comunión y a la confirmación. Una madre o un padre creyentes pueden ayudar a su hijo a repasar el catecismo, explicarle el sentido de las palabras, ayudarle a memorizar las repuestas. ¡Hacen algo bellísimo y ojalá fueran muchos los que lo hicieran! Pero ¿qué pensará el niño si, después de todo lo que los padres han dicho y hecho por su primera comunión, descuidan después sistemáticamente la Misa los domingos, y nunca hacen el signo de la cruz ni pronuncian una oración? Han sido maestros, no testigos.

El testimonio de los padres no debe, naturalmente, limitarse al momento de la primera comunión o de la confirmación de los hijos. Con su modo de corregir y perdonar al hijo y de perdonarse entre sí, de hablar con respeto de los ausentes, de comportarse ante un necesitado que pide limosna, con los comentarios que hacen en presencia de los hijos al oír las noticias del día, los padres tienen a diario la posibilidad de dar testimonio de su fe. El alma de los niños es una placa fotográfica: todo lo que ven y oyen en los años de la infancia se marca en ella y un día «se revelará» y dará sus frutos, buenos o malos.

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Dentro de poco ya no me veréis...

Hay un tiempo breve y un tiempo largo? Medimos el tiempo según el reloj, el calendario, pero también según nuestro estado de animo. Hay un tiempo cronológico y otro psicológico; y, de hecho, el tiempo pasa rápido cuando nos divertimos y, por el contrario, la noche es larga para un enfermo que sufre. Desde la Última Cena hasta la primera aparición de Cristo resucitado solo pasaron tres días. Cronológicamente es un tiempo breve, pero a los entristecidos discípulos probablemente se les hizo muy largo.

En la vida espiritual se habla de desolación. Son periodos \ o momentos en los que parece que Cristo nos ha abandonado,, que nos ha dejado psicológicamente solos. Entonces, la oración nos parece inútil, la lectura espiritual aburrida, la liturgia no nos gusta, toda la vida espiritual parece una ilusión.

Como comportarse entonces? Hay que animarse y creer firmemente que estas pruebas duraran solo un breve tiempo. Todos, incluso los grandes santos, han tenido esta experiencia.

Y dentro de otro poco me volveréis a ver

Después de la Cuaresma, los días de la semana pascual son momentos de grandes encuentros gozosos con el Resucitado. También en la vida espiritual hay un ritmo parecido, y después de la desolación viene la consolación. En un determinado momento todo parece fácil, la oración da gusto, el ejercicio de la caridad nos llena de alegría. Podemos fiarnos de estos estados de animo? Los autores espirituales aconsejan que no se tomen decisiones importantes en estos momentos, porque se trata de un entusiasmo pasajero. Pero tenemos que dar gracias a Dios por el consuelo que nos da. Es como una parada durante un paseo por la montaña: nos descansa, nos relaja, pero sin hacernos olvidar que el camino todavía es largo, y que la subida será nuevamente fatigosa. Este es el ritmo de la vida, y aceptándolo se puede sentir gozo en la consolación y en la desolación.

Porque voy al Padre

La subida por la montaña es también símbolo de otra experiencia de la vida. Desde el valle hasta el pie de la montaña el camino no suele ser escarpado, pero parece largo. Después se hace más escarpado y fatigoso, y aunque la ultima etapa sea la mas difícil, el escalador acelera el paso y ya no quiere detenerse. La visión de la cima le impulsa a proseguir.

También en la vida terrena, las últimas etapas son las más difíciles. La edad trae enfermedades, el trabajo desilusiones, pero se empieza a vislumbrar la cima: vamos a la casa del Padre. Los rostros avejentados de la gente devota tienen una fascinación especial. Y los pintores los representan de buena gana en sus lienzos. En su expresión hay una mezcla de sufrimiento y de consolación por la cercanía del fin de la vida: el tiempo que queda es corto, pero la eternidad esta cerca.

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Oración por las madres:

Señor: tu también tienes una Madre. La tuya está en el cielo. Es María, pero en algún tiempo estuvo en la tierra. Ayúdanos. pues, a pedir por nuestras madres, aunque tu no necesitas pedir por la tuya. Ellas -nuestras madres- siempre están pidiendo por nosotros. Justo es que nosotros alguna vez pidamos por ellas.

De las madres se han dicho cosas bellísimas. Todas se las merecen ellas.

Ojalá nunca pudiera decirse nada malo de las madres. Sin embargo..., y para que no se diga. Señor. concédenos madres que sepan cuál es e1 fin principal de ellas: la maternidad. Que jamás traicionen esa misión tan maravillosa.

Concédenos madres que sepan amar a sus hijos con amor intenso, con amor cristiano. El amor de instinto no basta.

Que amen a Dios en sus hijos. Que todo su amor sea para encaminarlos a él.

Con amor que lleve hasta el sacrificio. La madre debe ser toda para sus hijos. Tiene que ser capaz de sacrificar por ellos su cuerpo, su belleza.

Olvidarse de todo menos de que es madre.

Siempre para sus hijos. No sólo madre al traerlos al mundo, si no siempre. Hasta la muerte.

Que críen a sus hijos con esmero y delicadeza, y que sean ellas quienes los eduquen directamente. No hay pretexto que las exima de ese deber.

Educándolos. vigilándolos; con una educación completa, con una vigilancia llena de amor y caridad.

Haz, Señor, que el modelo de nuestras madres sea tu Madre bendita. Que la protectora de nuestras madres sea ella, Maria. Que a ella acudan en sus afanes. Que a ella imiten en sus acciones. Ella, Maria, tu Madre -también nuestra Madre- siguió todos tus pasos, sin dejar un instante de manifestar.. Madre. Así necesitamos a nuestras madres: ¡siempre madres!

Lo más sublime de una mujer es ser madre buena.

Señor, haz que así sean ellas. Amén.

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Evangelio del día:

(Jn 15,1-8)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Al sarmiento que no da fruto en mí, él lo arranca, y al que da fruto lo poda para que dé más fruto.

Ustedes ya están purificados por las palabras que les he dicho. Permanezcan en mí y yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí nada pueden hacer. Al que no permanece en mí se le echa fuera, como al sarmiento, y se seca; luego lo recogen, lo arrojan al fuego y arde.

Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les concederá. La gloria de mi Padre consiste en que den mucho fruto y se manifiesten así como discípulos míos”.

Comentario:

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos

En el catecismo de san Pio X se hacia el elenco de las llamadas «seis verdades fundamentales» por las que uno podía llamar cristiano. La sexta decía: «La gracia de Dios es necesaria para salvarse». La comparación con la vid y los sarmientos ilustra esta verdad de un modo elocuente, sin necesidad de explicaciones, Pero el problema esta en la vida practica: Como hacer tan fuerte la unión con Cristo como para que sea de verdad el tronco en el que injertemos nuestra vida?

En un organismo vivo, la sangre corre en los miembros a través de las venas. También en las plantas, la savia se expande desde las raíces y penetra hasta la mas pequeña hoja.

Las venas que nos unen a Cristo son todos los medios de salvación: la fe, las obras, los sacramentos. Con el bautismo nos «injertamos» en el árbol de Cristo. Éramos una rama que no pertenecía al árbol, pero ahora crecemos en El (Rm 6,4). El trato frecuente con Jesucristo en las Eucaristía y en la Confesión es como una especie de transfusión de vida de Dios en nuestros organismos, es como una medicina en una rama que empezaba a romperse.... El Corazón de Jesus tiene un solo objetivo: que seamos UNO con Él y en El.

Sin mi no podéis hacer nada

En teología se distingue entre propiedades naturales del hombre y dones sobrenaturales. El conocimiento racional, la voluntad, el deseo de aprender, etc., pertenecen al hombre en cuanto hombre. La fe, la esperanza y la caridad son, en cambio, dones sobrenaturales, la fuerza de la gracia que opera en nosotros.

Esta distinción es útil para aclararnos varias cosas, pero todavía no es suficiente.

Hoy se habla de los derechos naturales del hombre, de los deberes y de las virtudes naturales de todos los hombres, sin distinción de religión. También los ateos pueden y deben ser sinceros, honestos y tener respeto a la vida y a la propiedad de los demás. Pero este noble «humanismo», ¿es realizable? De verdad puede un hombre ser hombre sin Cristo? Los Padres de la Iglesia creían que no.

El hombre ha sido creado a «imagen de Dios» (Gn 1,27), es decir, según Cristo. Sin El nadie en la tierra llegara a ser verdadera y plenamente hombre.

Si permanecéis en mi y mis palabras permanecen en vosotros

Si la identificación con Cristo es necesaria para cumplir los deberes humanos, con mayor razón lo es para llevar al mundo la fe en El. Lo sabe muy bien quien se dedica al trabajo apostólico. Si Cristo no da la fuerza necesaria, sus palabras serán «como una campana que suena o un címbalo que retiñe» (I Co 13,1). Pero los fieles laicos tienen la misma experiencia: unos a otros se sostienen y se animan, pero sus palabras tienen un efecto distinto. El consejo de uno hace milagros, y quizá nadie presta atención a los hermosos discursos de otro.

La diferencia esta solo en la capacidad de hablar bien o en la fuerza de persuasión? NO!

La diferencia es Cristo: las palabras son eficaces solo si es Cristo el que habla por nuestra boca.

Oración:

Me dices hoy, Señor que hay que permanecer en Ti para dar fruto. Ahora bien, yo me cuestiono qué es y cómo se permanece en Ti… Permanecer en Ti, es adherirme a tu Palabra que se me presenta como el parámetro a considerar, para encontrar el sentido de la vida y definirme, en todos los campos que la conforman, de acuerdo a la “verdad”. Permanecer en Ti, Señor, es escoger el bien que eres Tú y, partiendo de esta verdad, deseada y asimilada por cada uno y ejerciendo la libertad, pronunciarse en el trayecto de la vida personal, por todo aquello que nos promociona como personas y nos lleva a ir escogiendo los bienes verdaderos, que en el obrar, afianzan nuestra dignidad.

En la práctica, Señor, soy tu sarmiento y me puedo desgajar del tronco, pero Tu me dices que el Padre me va a limpiar, podaándome, para que fructifique más… Para esto es el Sacramento de la Reconciliación y la dirección espiritual, en donde recupero la fuerza para permanecer en la vid y poder dar gloria al viñador, al Padre Celestial.

Para que tu Corazón reine en mí y en muchísima gente!

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Hay una palabra que se repite varias veces en las lecturas de este domingo. Se habla de «un nuevo cielo y una nueva tierra», de la «nueva Jerusalén», de Dios, que hace «nuevas todas las cosas», y finalmente, en el Evangelio, del «mandamiento nuevo»: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros como Yo os he amado»

«Nuevo», «novedad» pertenecen a ese restringido número de palabras «mágicas» que evocan siempre significados positivos. Nuevo flamante, ropa nueva, vida nueva, nuevo día, año nuevo. Lo nuevo es noticia. Son sinónimos. El Evangelio se llama «buena nueva» precisamente porque contiene la novedad por excelencia.

¿Por qué nos gusta tanto lo nuevo? No sólo porque lo que es nuevo, no usado (por ejemplo, un coche), en general funciona mejor. Si sólo fuera por esto, ¿por qué daríamos la bienvenida con tanta alegría al año nuevo, a un nuevo día? El motivo profundo es que la novedad, lo que no es aún conocido y no ha sido aún experimentado, deja más espacio a la expectativa, a la sorpresa, a la esperanza, al sueño. Y la felicidad es precisamente hija de estas cosas. Si estuviéramos seguros de que el año nuevo nos reserva exactamente las mismas cosas que el anterior, ni más ni menos, nos dejaría de gustar.

Nuevo no se opone a «antiguo», sino a «viejo». De hecho, también «antiguo» y «antigüedad» o «anticuario» son palabras positivas. ¿Cuál es la diferencia? Viejo es lo que, con el paso del tiempo, se deteriora y pierde valor; antiguo es aquello que, con el paso del tiempo, mejora y adquiere valor. Por eso se procura evitar la expresión «Viejo Testamento» y se prefiere hablar de «Antiguo Testamento».

Ahora, con estas premisas, acerquémonos a la palabra del Evangelio. Se plantea inmediatamente un interrogante: ¿cómo se define «nuevo» un mandamiento que era conocido ya desde el Antiguo Testamento (cfr. Lev 19, 18)? Aquí vuelve a ser útil la distinción entre viejo y antiguo. «Nuevo» no se opone, en este caso, a «antiguo», sino a «viejo». El propio evangelista Juan, en otro pasaje, escribe: «Queridos, no os escribo un mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo, que tenéis desde el principio... Y sin embargo os escribo un mandamiento nuevo» (1 Jn 2, 7-8). En resumen, ¿un mandamiento nuevo o un mandamiento antiguo? Lo uno y lo otro. Antiguo según la letra, porque se había dado desde hace tiempo; nuevo según el Espíritu, porque sólo con Cristo se dio también la fuerza de ponerlo en práctica. Nuevo no se opone aquí, decía, a antiguo, sino a viejo. Lo de amar al prójimo «como a uno mismo» se había convertido en un mandamiento «viejo», esto es, débil y desgastado, a fuerza de ser trasgredido, porque la Ley imponía, sí, la obligación de amar, pero no daba la fuerza para hacerlo.

Se necesita por ello la gracia. Y de hecho, per se, no es cuando Jesús lo formula durante su vida que el mandamiento del amor se transforma en un mandamiento nuevo, sino cuando, muriendo en la cruz y dándonos el Espíritu Santo, nos hace de hecho capaces de amarnos los unos a los otros, infundiendo en nosotros el amor que Él mismo tiene por cada uno.

El mandamiento de Jesús es un mandamiento nuevo en sentido activo y dinámico: porque «renueva», hace nuevo, transforma todo. «Es este amor que nos renueva, haciéndonos hombres nuevos, herederos del Testamento nuevo, cantores del cántico nuevo» (San Agustín). Si el amor hablara, podría hacer suyas las palabras que Dios pronuncia en la segunda lectura de hoy: «He aquí que hago nuevas todas las cosas».

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Este cuarto domingo de Pascua, es conocido como el domingo del Buen Pastor porque en todos los años se presenta un pasaje del Evangelio de Juan sobre Jesús como el buen pastor, es por ello que hoy también la Iglesia se une en oración, en todo el mundo en esta jornada mundial por las vocaciones, para orar por sus pastores y le pide a Dios que le envíe más pastores, más vocaciones, que tengan el mismo Corazón de Cristo.

Después de habernos conducido, el domingo pasado, entre los pescadores, hoy el Evangelio nos conduce entre los pastores. Dos categorías, dos figuras de igual importancia en los evangelios. De una deriva el título de «pescadores de hombres», de otra el de «pastores de almas», que Jesús dio a los apóstoles.

Recordemos, la mayor parte de Judea era un altiplano de suelo áspero y pedregoso, más adecuado al pastoreo que a la agricultura. La hierba era escasa y el rebaño debía trasladarse continuamente, no había cercados y esto requería la constante presencia del pastor con su rebaño. Una historia antigua, nos dice como era el pastor en Israel: «Cuando lo ves en un elevado pastizal, despierto, con la mirada que vigila el horizonte, expuesto a las intemperies, apoyado en su vara, siempre atento a los movimientos del rebaño, entiendes por qué el pastor adquirió tal importancia en la historia de Israel, que se le dio este título a su rey y que Cristo asumió como emblema y sacrificio de sí mismo».

Todos nosotros buscamos siempre, desde niños, seguridad, descanso, protección, cuidado, cariño y todo ello lo ofrece esta figura del Pastor. Como dice Juan, en la segunda lectura: “Ya no pasarán hambre ni sed, no les hará daño el sol, ni el bochorno. Porque el Cordero … será su pastor. Y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos.” Esta imagen ideal de pastor encuentra su plena realización en Cristo. Él es el buen pastor que va en busca de la oveja perdida; se apiada del pueblo porque lo ve «como ovejas sin pastor» (Mt 9,36) y llama a sus discípulos «mi pequeño rebaño».

¿Cómo es el Buen Pastor?

El buen Pastor, conoce a sus ovejas y sus ovejas lo conocen a Él «Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen». En ciertos países de Europa, las ovejas se crían especialmente por la carne; en Israel se criaban sobre todo por la lana y la leche. Por ello permanecían muchos años en compañía del pastor, quien acababa por conocer el carácter de cada una y llamarla con algún afectuoso nombre.

Por ello, la palabra conocer, en la Escritura, significa amar, desear el bien, sentir afecto por una persona y esto sólo se consigue en una relación íntima y personal. Cuando uno conoce así a Dios y entra en su intimidad, le escucha y le sigue con fidelidad, alegría y agradecimiento. Por ello San Agustín, decía “Es imposible conocerle y no amarle, amarle y no servirle.”

Jesús conocía perfectamente a sus discípulos y como Dios a todos nosotros. Él nos conoce «por nuestro nombre», es decir íntimamente. Él nos ama con un amor personal que llega a cada uno como si fuera el único que existe ante Él. Cristo no sabe contar más que hasta uno: y ese uno es cada uno de nosotros.

Fruto de este conocimiento y este amor, el Pastor es capaz de dar su vida por sus Ovejas: Sí este pastor, las apacienta, las cuida y si es necesario dará su vida por ellas, como lo hizo Jesús. El Pastor además, usa un cayado para gobernarlas con autoridad, las corrige y perdona si es necesario. Sale en su búsqueda cuando se extravían, se desvela en su cuidado por ellas, su vida consiste en hacerlas llegar a buen término. NADIE LAS PUEDE ARREBATAR DE SU MANO. Sí, las ovejas se perderán, sólo si ellas así lo quieren… Sólo y únicamente el hombre en su libertad puede escaparse del rebaño de Cristo.

Finalmente, este Pastor nos ofrece vivir por siempre en su presencia: Yo les doy la Vida Eterna. Sabemos, que el don más grande que Dios ha dado es la Vida, pero esta vida dura sólo unos años… Y después que? Todos nos hacemos esta pregunta por la existencia. LA RESPUESTA es Cristo Resucitado, Él es el SEÑOR DE LA VIDA, Él puede darla a los que quiere, a quienes le aman y confían en Él, les promete la Vida Eterna.

Pero hay dos condiciones para alcanzar esta vida: “Mis ovejas escuchan mi voz y me siguen…” Sí, debemos primero escuchar constantemente su voz, para poder luego seguirla.

¿Cómo escuchar su voz? En primer lugar a través de su palabra, en la Sagrada Escritura; en la oración diaria; en mi conciencia, donde Dios vive; en mi corazón y a través de sus pastores, etc. Pero no es suficiente escucharla, hay que seguirla. Cuando ESCUCHAS, lo que Dios te pide, te exige o te corrige y cuando obedeces a pesar que te disgusta, etc. ENTONCES PUEDES DECIR en VERDAD QUE LE ESTAS SIGUIENDO. Que eres parte de su rebaño y que Él es tu pastor.

Sí hermanos, no es nada fácil seguir a Cristo, ser su oveja y es mucho más difícil ser pastor. Por el encargo, la tremenda responsabilidad que Dios nos ha dado y también porque hay ovejas, que no escuchan su voz, que no son obedientes, que no lo siguen. Sí, haber recibido esta vocación y ser fiel a ella es una Gracia. Por eso hoy nos unimos en oración con toda la Iglesia, en todo el mundo y le pedimos a Dios por las vocaciones. Por jóvenes y santas vocaciones, para la vida consagrada y el sacerdocio, especialmente de nuestra Diócesis, de nuestra Parroquia, de nuestras familias.

Hoy más que nunca es urgente el llamado de Cristo: Ven y Sígueme y los haré pescadores de hombres, pastores de almas, porque hoy la necesidad de Dios es mayor, la ausencia de Dios es mayor, la falta de amor es mayor. Sin vocaciones está en peligro la presencia de Cristo en el mundo, pues sin sacerdotes NO HAY EUCARISTÍA, no hay sacramentos y es verdad.

Oren mucho por nosotros hermanos, para que mantengamos la fidelidad, el entusiasmo, la alegría, la fuerza, para cuidar el rebaño, para ser buenos pastores, según el modelo de Jesús, el único y verdadero Pastor. Que Dios los bendiga. Amen.

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 Mi padre me ama tanto que
Su hijo dió por mí
Por siempre las gracias le daré

Me ha dado su espíritu y verdad
Bendito mi señor
A su lado nada temeré

Y cantaré ..

Coro :

Mi padre me ama tanto (el me ama tanto)
Su amor es eterno y santo (eterno y santo)
Tan grande que no puedo entender (no puedo entenderlo)
No puedo entenderlo

Me viste de ropa fina
Me anhela y me dió su vida
Gloria, aleluya, padre fiel

Mi padre me ama tanto que
Soy su heredero
Me ha dado su nombre y su poder

Me viste de gloria y de bondad
Bendito mi señor
A mi dios por siempre exaltaré, siempre

Y cantaré

Coro :

Mi padre me ama tanto (el me ama tanto)
Su amor es eterno y santo (eterno y santo)
Tan grande que no puedo entender (no puedo entenderlo)
No puedo entenderlo

Me viste de ropa fina
Me anhela y me dió su vida
Gloria, aleluya, padre fiel

Oh gracias rey

Coro:

Su amor nunca cambia (nunca cambia) (nunca cambia)
Su amor es benigno y tierno (es benigno y tierno)
Su amor todo puede y es eterno (eterno)
Gloria, amén

Mi padre me ama tanto (el me ama tanto)
Su amor es eterno y santo (eterno y santo)
Tan grande que no puedo entender (no puedo entenderlo)
No puedo entender

Me viste de ropa fina
Me anhela y me dió su vida
Gloria, aleluya padre fiel (gloria, aleluya)
Gloria, aleluya padre fiel (padre fiel)
Gloria, aleluya padre fiel (padre fiel)

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El milagro de Caná

Se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Seguramente las relaciones sociales, de parentesco o amistad, hacían que María estuviese presente en la boda. María vino, por su parte, probablemente desde Nazaret, que esta más o menos a la distancia de siete kilómetros de Cana, entonces pudo hacer su viaje en el mismo día. Sin embargo por la forma de decir que estaba allí la madre de Jesús, hace suponer que María estaba ya en Cana cuando llegó su Hijo. Dice san Juan Jesús también fue invitado con sus discípulos, quien llego a Cana desde más lejos, Betania del Jordán, algo mas de 115 kilómetros. Sabida su llegada, es cuando, probablemente, recibió la invitación.

Otro dato en el desarrollo de la escena, por la forma breve en que se presenta a María, manifestando a su Hijo la carencia de vino, hace suponer que Jesús había estado ya con su Madre, sin embargo no se menciona a José, esposo de María, por cuanto podemos suponer que ya no vivía.

Jesús, aún no era conocido por milagro alguno, tampoco el se había presentado como el Mesías, El primer grupo de sus pocos discípulos de ese minuto, fueron invitados a la boda, como compañía de Jesús, algo que la hospitalidad oriental permitía ciertamente. Las bodas en Oriente comienzan al oscurecer, con la conducción de la novia a casa del esposo, acompañada de un cortejo de jóvenes, familiares e invitados, a los que fácilmente se viene a sumar, en los villorrios, todo el pueblo, y prolongándose las fiestas varios días, se lee estos en varios pasajes bíblicos.

En las bodas de los pueblos, los menesteres de la cocina y del banquete son atendidos por las hermanas y mujeres familiares o amigas. Es lo que aparece aquí en el caso de María. A ellas incumbe atender a todo esto. Otro dato, es que el vino es tan esencial en un banquete de bodas en Oriente, que dice el Talmud: “Donde no hay vino, no hay alegría.” Según los escritos de esa época, la duración de las bodas era de siete días si la desposada era virgen, y tres si era viuda. Durando las bodas varios días, los invitados se renuevan. Por que no suponer además, la posibilidad de la llegada de huéspedes inesperados.

Es en este marco en el que se va a desenvolver la escena del milagro de Jesús. La boda debe de llevar ya algunos días de fiesta y banquete. Nuevos comensales han ido llegando en afluencia, tanto que las provisiones calculadas del vino van a faltar. Jesús, como invitado esta ya con ellos en la fiesta. Estando El presente, el vino llegó a faltar, algo esencial para la fiesta y la vergüenza iba a caer sobre aquella familia. Probablemente se debía de estar al fin de las fiestas de boda, cuando en algún aumento imprevisto hizo crítica la situación. Y éste es el momento de la intervención de María, que como amiga invitada de la familia, solidaria y talvez ayudando en los enseres de la cocina, pudo estar informada a tiempo de la situación crítica y antes de que trascendiese a los invitados, discretamente se lo comunica a su Hijo, "No tienen vino".

Jesús le respondió: "Mujer, ¿qué tenemos que ver nosotros? Mi hora no ha llegado todavía". El decir “Mujer”, a su madre, esta palabra en labios de Jesús no indicaría desamor o despego, sino solemnidad. Así dice a la cananea: “¡Oh mujer!, grande es tu fe” (Mt 15:28), este término tiene un matiz de ternura. Sin embargo, la respuesta de Jesús es una negativa a la petición de María, por no haber llegado la hora de los milagros. Pero ante la actitud de María ante su Hijo, por conocer como madre privilegiadamente, el corazón de Jesús, llena de confianza, sabe que será escuchada, da la orden a los sirvientes de que hagan cuanto su Hijo les diga.

Seguramente, es un supuesto, que la frase era una simple información al Hijo, pero todo esto pasa en un ambiente de sentimientos delicados, y hace ver que María espera una intervención especial, sobrenatural, de Jesús. Esto supone un conocimiento muy excepcional en María de su Hijo. Esta escena descorre un velo sobre el misterio de la vida oculta de Nazaret y sobre la “ciencia” de María sobre el misterio de Jesús. Ella, esta, segura de la intervención de su Hijo y se acerca a los sirvientes diciendo: "Hagan todo lo que Él les diga". Esta iniciativa y como orden de María a los servidores se explica aún más fácilmente suponiendo la especial familiaridad de ella con los miembros de aquel hogar.

Dice el fragmento del evangelio: Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían unos cien litros cada una. Es decir vendría a ser de unos 600 litros. Cantidad verdaderamente excepcional. Se trataba, pues, de una fiesta de gran volumen; lo que hace pensar en una familia destacada y con muchos invitados.

El milagro se realiza sin aparatosidad. El evangelista mismo lo relata sin comentarios ni adornos. Jesús, en un momento determinado, le dijo a los sirvientes: "Llenen de agua estas tinajas". Y las llenaron hasta el borde”. San Juan resalta bien este detalle, con ello se iba a probar, a un tiempo, que no había mixtificaciones en el vino y, además de demostrase la generosidad de Jesús en la producción de aquel milagro. El milagro se realizó súbitamente, una vez colmadas de agua las tinajas, Jesús les mandó Saquen ahora, y lleven al encargado del banquete", seguramente un familiar o un siervo que estaba encargado de atender a la buena marcha del banquete.

Los servidores obedecen la orden de Jesús y llevan al encargado, maestresala, “el agua convertida en vino.” Fácilmente se supone la sorpresa de los servidores. Nada le dicen del milagro. Expresamente lo dice el evangelista.; Así lo hicieron. El encargado probó el agua cambiada en vino y, como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes. La sorpresa del maestresala se acusa, está ignorante del milagro, tanto que llamó al esposo, sin duda por ser el dueño del hogar, y se lo advierte en tono de reflexión un poco amarga, ya que él, responsable de la buena marcha del banquete, y estaba ignorante de aquella provisión. Todo ello se acusa en la reflexión que además le hace. "Siempre se sirve primero el buen vino y, cuando todos han bebido bien, se trae el de calidad inferior. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento", quiere aludir con ello a esa hora en que, ya saciados, se presta especial atención a un refinamiento más.

De esta manera tan maravillosamente sencilla cuenta el evangelista este milagro de Jesús. Y completará: Éste fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. O acaso, aún mejor, sea el primero de los milagros oficiales que El realiza en su presentación pública de Mesías, era un “signo” que hablaba de la grandeza de Jesús, del testimonio que el Padre le hacía de su divinidad y de su misión y Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él. Su gloria” aquella gloria que le convenía “como a Unigénito del Padre” y que “nosotros” hemos visto” y que era la evocación sobre Jesús de la “gloria” de Yahvé en el Antiguo Testamento, y lo mismo en el Nuevo, donde se asocian las ideas de “gloria” y “poder” de tal manera que la “gloria” se manifiesta precisamente en el “poder.” Y ante esta manifestación del poder sobrenatural que Jesús tenía, sus discípulos “creyeron en El.” Ya creían antes, pues el Bautista se lo señaló como Mesías, y ellos le reconocieron, como Juan relató en el capítulo anterior, y como a tal le siguieron. Pero ahora creyeron más plenamente en El. El milagro encuadraba a Jesús en una aureola sobrenatural.

Otro aspecto de este milagro se refiere a la santificación del matrimonio. La presencia de Jesús y María en unas bodas, santificándolas con su presencia y rubricándolas con un milagro a favor de sus regocijos, son la prueba palpable de la santidad de la institución matrimonial y, la condena de toda tentativa de sectores de la sociedad de hoy, de carácter herética sobre la misma. Esta actitud del Señor, es como preparación de elevación del matrimonio al orden sacramental.

Muchos valores simbólicos nos enseñan este milagro, como la multiplicación de los panes, es probablemente también una orientación hacia la Eucaristía. Otra interpretación es ver en el vino milagrosamente dado un “símbolo” de la nueva, sobrenatural y generosa doctrina que Jesús trae. La extrañeza del maestresala de que el vino mejor se guardó para el fin, va a ser símbolo de la alegría ya que el vino que alegraba el convite. En Proverbios, 9,5 se lee; "Venid, comed mi pan y bebed mi vino que yo he mezclado” La escena de los primeros discípulos invita a los hombre a recibir a Jesús como fuente de la Sabiduría que es preciso buscar para encontrarla. Entonces ella conduce a sus discípulos hasta el banquete en donde ella les da el vino de la enseñanza y de la doctrina que conduce a la vida.

Poesía:

Allá en Cana, ciudad de Galilea
Mi madre, su Hijos y sus amigos
A una boda fueron invitados
Comieron dátiles e higos

Cantaron, rieron y danzaron
Felices estaban los novios
De todo conversaron
Comer bien era obvio

Mucho eran los invitados
Todos le sonreían a Maria
Feliz estaba Jesús amado
La boda duraba varios días

Entonces Maria preocupada
Que a la fiesta nada le faltara
Ayudaba entusiasmada
Que la fiesta se alegrara

Entonces sucedió lo inesperado
El vino para la boda se terminó
Para la solución pensó en su amado
Para ella su hora comenzó

Así fue como ella vino a su hijo
Y le dijo: «No tienen vino».
Con una sonrisa se lo dijo
Mirada de cariño a buen destino

Jesús le respondió: «Mujer,
¿Por qué te metes en mis asuntos?
Con esto le hizo ver
Que su hora no estaba a punto

Pero su madre dijo a los sirvientes:
«Hagan lo que él les diga».
Tomaron seis recipientes
De cien litros medida

Jesús con agua los hizo llenar
Hasta el borde lo colmaron
Ellos no se hicieron esperar
Al mayordomo se lo llevaron

Después del agua probar
Ya convertida en vino,
El mayordomo con buen paladar
Dijo del buen líquido un manjar

El creía que el buen vino era primero
Y después de beber bastante era el peor
Su sorpresa fue por entero
El último vino era el mejor

Esta señal milagrosa
Fue la primera de El
Así manifestó su gloria maravillosa
Y sus discípulos creyeron en él.

Todo esto porque María
Nunca deja de preocuparse
Ella de noche y de día
Por todos ha de darse

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¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas!

Evangelio
Lc 24, 13-35
El mismo día de la resurrección, iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús, situado a unos once kilómetros de Jerusalén, y comentaban todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los dos discípulos estaban velados y no lo reconocieron. Él les preguntó: “¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?”

Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: “¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?” Él les preguntó: “¿Qué cosa?” Ellos le respondieron: “Lo de Jesús el nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron. Es cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado, pues fueron de madrugada al sepulcro, no encontraron el cuerpo y llegaron contando que se les habían aparecido unos ángeles, que les dijeron que estaba vivo. Algunos de nuestros compañeros fueron al sepulcro y hallaron todo como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron”.

Entonces Jesús les dijo: “¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?” Y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a el.

Ya cerca del pueblo a donde se dirigían, él hizo como que iba más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: “Quédate con nosotros, por que ya es tarde y pronto va a oscurecer”. Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él se les desapareció. Y ellos se decían el uno al otro: “¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!”

Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, los cuales les dijeron: “De veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón”. Entonces ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Meditación

El texto del Evangelio nos narra el encuentro de Cristo con aquellos dos discípulos que iban camino de Emaús.

Se alejaban de Jerusalén, después de los acontecimientos de la pasión y muerte de Jesús. Hablaban de los últimos días y caminaban con aire entristecido, su fe en Jesús se estaba derrumbando ante el aparente fracaso de la cruz.

También nosotros podemos llegar a experimentar el desaliento, las dificultades de la vida o nuestras propias faltas nos pueden impacientar, hacernos desistir de la lucha por la santidad. Ante esto, debemos recordar que Jesús, como a los discípulos de Emaús nos acompaña en el camino, está siempre con nosotros.

El pasaje evangélico nos narra cómo mientras los discípulos andaban, se les acercó un peregrino que les preguntó por qué estaban tan tristes. Cuando le explicaron su pesar, comenzó a interpretarles las Escrituras en sentido mesiánico, les explicó que el Mesías debía liberar a la humanidad del pecado.

Jesús les enseña que su pasión y muerte, no habían sido algo inútil, sino que, eran el precio de la redención. ¡Qué maravillosa explicación debió ser aquella que encendió los corazones de esos apóstoles! ¡Con qué espíritu deberíamos nosotros acercarnos también a la Palabra de Dios y así Él podría acrecentar nuestra fe y esperanza en Él!
Al llegar la tarde, el peregrino se hospedó con los discípulos, comenzó la cena y al partir el pan le reconocieron: ¡Jesús ha resucitado!
Si le pedimos a Jesús, como aquellos dos hombres, que se quede con nosotros, nos ofrecerá también su Eucaristía. No olvidemos que allí nos espera para revivir con nosotros todo lo ocurrido en el camino a Emaús.

La condición para poder llevar a los demás el mensaje de Cristo, es la fe, el amor y la esperanza viva en Él.

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Jesús tuvo para nosotros las mejores noticias que podíamos haber deseado ayer, pero muy cerca de él, había un joven amigo de Jesus: Juan. Con la pureza de alguien de 16 años (la edad que tenía cuando lo llamó Jesus) porque a pesar de los 30 o más años que siguió a Jesus, él siempre conservó ese corazón jóven y puro. Es ese gran apóstol el que nos quiere decir que estuvo pasando por su corazón en ese momento frente a al Cruz. Ayer su rostro estuvo recostado en el pecho de Jesus hoy tiene ese mismo pecho al frente de sus ojos puros.

Quieres saber qué estuvo pasando por ese corazón?

Escucha esta canción

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Evangelio: Jn 18, 1-19, 42

Apresaron a Jesús y lo ataron

En aquel tiempo, Jesús fue con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el traidor, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos. Entonces Judas tomó un batallón de soldados y guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos y entró en el huerto con linternas, antorchas y armas.

Jesús, sabiendo todo lo que iba a suceder, se adelantó y les dijo: “¿A quién buscan?” Le contestaron: “A Jesús, el Nazareno”. Les dijo Jesús: “Yo soy”. Estaba también con ellos Judas, el traidor. Al decirles ‘Yo soy’, retrocedieron y cayeron a tierra. Jesús les volvió a preguntar: “¿A quién buscan?” Ellos dijeron: “A Jesús, el nazareno”. Jesús contestó: “Les he dicho que soy yo. Si me buscan a mí, dejen que éstos se vayan”. Así se cumplió lo que Jesús había dicho: ‘No he perdido a ninguno de los que me diste’.

Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió a un criado del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro: “Mete la espada en la vaina. ¿No voy a beber el cáliz que me ha dado mi Padre?”
Llevaron a Jesús primero ante Anás

El batallón, su comandante y los criados de los judíos apresaron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero ante Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año. Caifás era el que había dado a los judíos este consejo: ‘Conviene que muera un solo hombre por el pueblo’.
Simón Pedro y otro discípulo iban siguiendo a Jesús. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedaba fuera, junto a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló con la portera e hizo entrar a Pedro. La portera dijo entonces a Pedro: “¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?” Él dijo: “No lo soy”. Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose.
El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina. Jesús le contestó: “Yo he hablado abiertamente al mundo y he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me interrogas a mí? Interroga a los que me han oído, sobre lo que les he hablado. Ellos saben lo que he dicho”.

Apenas dijo esto, uno de los guardias le dio una bofetada a Jesús, diciéndole: “¿Así contestas al sumo sacerdote?” Jesús le respondió: “Si he faltado al hablar, demuestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?” Entonces Anás lo envió atado a Caifás, el sumo sacerdote.

¿No eres tú también uno de los discípulos? No lo soy.
Simón Pedro estaba de pie, calentándose, y le dijeron: “¿No eres tú también uno de sus discípulos?” Él lo negó diciendo: “no lo soy”. Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le había cortado la oreja, le dijo: “¿Qué no te vi yo con él en el huerto?” Pedro volvió a negarlo y enseguida cantó un gallo.

Mi Reino no es de este mundo.

Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era muy de mañana y ellos no entraron en el palacio para no incurrir en impureza y poder así comer la cena de Pascua.

Salió entonces Pilato a donde estaban ellos y les dijo: “¿De qué acusan a este hombre?” Le contestaron: “Si éste no fuera un malhechor, no te lo hubiéramos traído”. Pilato les dijo: “Pues llévenselo y júzguenlo según su ley”. Los judíos le respondieron: “No estamos autorizados a dar muerte a nadie”. Así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir.

Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo: “¿Eres tú el rey de los judíos?” Jesús le contestó: “¿Eso lo preguntas por tu cuenta o te lo han dicho otros?” Pilato le respondió: “¿Acaso soy yo judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué es lo que has hecho?” Jesús le contestó: “Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuera de este mundo, mis servidores habrían luchado para que no cayera yo en manos de los judíos. Pero mi Reino no es de aquí”. Pilato le dijo: “¿Con que tú eres rey?” Jesús le contestó: “Tú lo has dicho. Soy rey. Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”. Pilato le dijo: “¿Y qué es la verdad?”
Dicho esto, salió otra vez a donde estaban los judíos y les dijo: “No encuentro en él ninguna culpa. Entre ustedes es costumbre que por Pascua ponga en libertad a un preso. ¿Quieren que les suelte al rey de los judíos?” Pero todos ellos gritaron: “¡No, a ése no! ¡A Barrabás!” (El tal Barrabás era un bandido).

¡Viva el rey de los judíos!

Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza, le echaron encima un manto color púrpura, y acercándose a él, le decían: “¡Viva el rey de los judíos!”, y le daban de bofetadas.

Pilato salió otra vez afuera y les dijo: “Aquí lo traigo para que sepan que no encuentro en él ninguna culpa”. Salió, pues, Jesús, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo: “Aquí está el hombre”. Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y sus servidores gritaron: “¡Crucifícalo, crucifícalo!” Pilato les dijo: “Llévenselo ustedes y crucifíquenlo, porque yo no encuentro culpa en él”. Los judíos le contestaron: “Nosotros tenemos una ley y según esa ley tiene que morir, porque se ha declarado Hijo de Dios”.

Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más, y entrando otra vez en el pretorio, dijo a Jesús: “¿De dónde eres tú?” Pero Jesús no le respondió. Pilato le dijo entonces: “¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?” Jesús le contestó: “No tendrías ninguna autoridad sobre mí, si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso, el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor”.

¡Fuera, fuera! Crucifícalo

Desde ese momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban: “¡Si sueltas a ése, no eres amigo del César!; porque todo el que pretende ser rey, es enemigo del César”. Al oír estas palabras, Pilato sacó a Jesús y lo sentó en el tribunal, en el sitio que llaman “el Enlosado” (en hebreo Gábbata). Era el día de la preparación de la Pascua, hacia el mediodía. Y dijo Pilato a los judíos: “Aquí tienen a su rey”. Ellos gritaron: “¡Fuera, fuera! ¡Crucifícalo!” Pilato les dijo: “¿A su rey voy a crucificar?” Contestaron los sumos sacerdotes: “No tenemos más rey que el César”. Entonces se lo entregó para que lo crucificaran.

Crucificaron a Jesús y con él a otros dos

Tomaron a Jesús y él, cargando con la cruz, se dirigió hacia el sitio llamado “la Calavera” (que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron, y con él a otros dos, uno de cada lado, y en medio Jesús. Pilato mandó escribir un letrero y ponerlo encima de la cruz; en él estaba escrito: ‘Jesús el nazareno, el rey de los judíos’. Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús y estaba escrito en hebreo, latín y griego. Entonces los sumos sacerdotes de los judíos le dijeron a Pilato: “No escribas: ‘El rey de los judíos’, sino: ‘Este ha dicho: Soy rey de los judíos’”. Pilato les contestó: “Lo escrito, escrito está”.

Se repartieron mi ropa

Cuando crucificaron a Jesús, los soldados cogieron su ropa e hicieron cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Por eso se dijeron: “No la rasguemos, sino echemos suertes para ver a quién le toca”. Así se cumplió lo que dice la Escritura: Se repartieron mi ropa y echaron a suerte mi túnica. Y eso hicieron los soldados.
Ahí está tu hijo – Ahí está tu madre
Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a su madre y junto a ella al discípulo que tanto quería, Jesús dijo a su madre: “Mujer, ahí está tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Ahí está tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Ahí está tu madre”. Y desde entonces el discípulo se la llevó a vivir con él.

Todo está cumplido

Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura dijo: “Tengo sed”. Había allí un jarro lleno de vinagre. Los soldados sujetaron una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo y se la acercaron a la oca. Jesús probó el vinagre y dijo: “Todo está cumplido”, e inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

Inmediatamente salió sangre y agua

Entonces, los judíos, como era el día de la preparación de la Pascua, para que los cuerpos de los ajusticiados no se quedaran en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día muy solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y los quitaran de la cruz. Fueron los soldados, le quebraron las piernas a uno y luego al otro de los que habían sido crucificados con él. Pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza e inmediatamente salió sangre y agua.

El que vio da testimonio de esto y su testimonio es verdadero y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean. Esto sucedió para que se cumpliera lo que dice la Escritura: No le quebrarán ningún hueso; y en otro lugar la Escritura dice: Mirarán al que traspasaron.
Vendaron el cuerpo de Jesús y lo perfumaron

Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, pero oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que lo dejara levarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo.
Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mezcla de mirra y áloe.

Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con esos aromas, según se acostumbra enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto, un sepulcro nuevo, donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la preparación de la Pascua y el sepulcro estaba cerca, allí pusieron a Jesús.

Meditación:

El Viernes Santo es un día por excelencia para acompañar a Jesús en su soledad, hacia el "via crucis”. Es un día para contemplar su amor hasta el final, porque para redimirnos tuvo que derramar su sangre y realizar el sacrificio más duro.Hoy es un día para contemplar “al que traspasaron”, miremos sus cabeza coronada de espinas, sus brazos extendidos clavados al madero, sus pies sosteniendo su cuerpo lleno de dolor, y su costado abierto, sangrando… Esta es la revelación más grande del amor de Dios. Desde ahí no sólo nos pide, sino que nos suplica y hasta mendiga nuestro amor.

A ese extremo llega la donación de Dios. Jesús nos ofrece un amor gratuito y desea ser correspondido por cada uno de nosotros, espera que aceptemos su amor y que finalmente nos decidamos a seguirle. Aceptar su amor significará para nosotros comprometernos a amar a nuestro prójimo con su mismo amor.

Ahora fijémonos que del costado de Cristo sale “sangre y agua”. Estos elementos son considerados símbolos del misterio de la Eucaristía en las especies del pan, pero especialmente del vino. Pensemos que así como la vid debe podarse muchas veces, y la uva tiene que madurar con el sol, el viento, la lluvia, y luego ser aplastada… así nuestra fe debe madurar. No nos podemos quedar indiferentes, contemplando el sufrimiento de Cristo.

Muchos vieron a Jesús, aquel Viernes Santo colgado del madero, pero pocos descubrieron en Él al Salvador. ¡Correspondámosle hoy con toda la capacidad de nuestra pequeñez! Frente a un mundo que olvida la Pasión del Señor, vivamos este día con sentido apostólico, invitando a otros a encontrarse con el Crucificado.

Ayúdame a Vivir este día con sentido de respeto, silencio, recogimiento, y oración, acompañando al Señor que muere por nosotros.

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En este jueves santo nuestra atención quiere centrarse en la pregunta que Jesús dirige a sus discípulos después del lavatorio de los pies: ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?. Esta pregunta se refiere, desde luego, a la acción que Jesús acababa de ejecutar al ceñirse la toalla y ponerse de rodillas ante sus apóstoles para lavarles los pies. Sin embargo, esta pregunta va más allá y atraviesa toda la economía de la salvación: ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros y por vosotros? Es decir, ¿comprendéis que Dios amó a los hombres y envió a su Hijo en propiciación por sus pecados (1 Jn 4,10)? ¿Comprendéis que el Padre me ha envidado para que vosotros tengáis vida? Nos encontramos a punto de iniciar “la hora de Jesús”, el momento de su testimonio definitivo de amor por el Padre y los hombres. ¡De qué manera tan profunda cobran significado los ritos de la cena de pascua que nos narra el libro del Éxodo en la primera lectura: la familia judía se reunía para celebrar la alianza del Señor, para recordar de generación en generación que el amor de Dios es eterno. Pablo en la carta a los corintios recoge el relato más antiguo de la Eucaristía: ¡con qué veneración lo considera y lo transmite: aquello que yo he recibido, que procede del Señor, os lo transmito. Hoy, por tanto, todo nos invita a una reflexión profunda sobre el amor eterno que Dios nos ha tenido en su Hijo Jesucristo.

El amor de Cristo. La liturgia de la cena pascual, que se describe detalladamente la primera lectura, es prefiguración del sacrificio del sacrificio de Cristo que se ofrece en rescate “por muchos”, es decir, por todos, como nos explica san Pablo en la primera carta a los corintios. Por eso, el evangelio de hoy más que narrar los hechos de la última cena, se concentra en describir el amor de Cristo, en describir los sentimientos de su corazón: El Señor, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo. Meditar en los acontecimientos del jueves santo es introducirse en el amor de Cristo, en el amor del Padre de las misericordias que nos envía a su Hijo para rescatar a los que nos habíamos perdido. El amor de Cristo es lo que se percibe esta tarde con tanta intensidad, que apenas hay lugar para algún otro sentimiento. Pablo que había hecho experiencia viva del amor del Señor llega a exclamar: 35 ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?, 36 como dice la Escritura: Por tu causa somos muertos todo el día; tratados como ovejas destinadas al matadero. 37 Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó. 38 Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades 39 ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro. Rm 8,35-39.

Si, en ocasiones, somos presa del desaliento, de la tentación, de la angustia es porque nos olvidamos del amor de Cristo. Es porque nos olvidamos que hemos sido eternamente amados por Dios en su Hijo. La primera carta de san Pedro nos amonesta a vivir sabiendo que hemos sido rescatados del pecado, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, la del cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo. (Cfr. 1 Ped 1,18-19).

Santa Teresa de Jesús, que tenía un gran amor por la humanidad de Jesucristo, exclamaba de forma muy singular: “¡Oh qué buen amigo eres, Señor! Cómo sabes esperar a que alguien se adapte a tu modo de ser, mientras tanto Tú toleras el suyo. Tomas en cuenta los ratos que te demuestra amor, y por una pizca de arrepentimiento olvidas que te ha ofendido. No comprendo por qué el mundo no procura llegar a Ti por esta amistad tan especial. Los malos hemos de llegarnos a Ti para nos hagas buenos, pues por el poco tiempo que aceptamos estar en tu compañía, aunque sea con mil deficiencias y distracciones, Tú nos das fuerzas para triunfar de todos nuestros enemigos. La verdad es que Tú, Señor, que das la vida a todo, no la quitas a ninguno de los que se fían de Ti.” (Santa Teresa de Jesús, El libro de la vida Cap. 8, 9).

Así pues, vuelve a nuestra mente la pregunta de Jesús: ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros (por vosotros)? ¡Quién nos diera comprender lo que Dios en Cristo ha hecho por nosotros! ¡Quién nos diera comprender el misterio de la encarnación del Verbo! ¡Quién nos diera comprender lo que está sucediendo en esta última cena cuando Jesús toma el pan y el vino y pronuncia unas palabras solemnes! Que esta Misa vespertina, que esta procesión con el santísimo, que esta adoración nocturna nos ayuden a dar un paso en la comprensión de este amor.

El amor a Cristo. El amor lleva al amor. Quien experimenta el amor de Cristo no queda igual, no puede quedar igual. Los apóstoles en la última cena son testigos del amor de Cristo y de la inmensa responsabilidad que queda en sus manos. De ahora en adelante son más conscientes, por una parte, de su propia miseria, como hombres y pecadores, pero, por otra parte, son más conscientes de los tesoros infinitos que Dios ha depositado en su alma. Ellos reciben el cuerpo y la sangre de Cristo, y reciben, además, el poder de consagrar y el mandato de “hacerlo en memoria del Señor”. El sacerdote ha nacido allí, en el cenáculo, en la Eucaristía. El Papa Juan Pablo II se dirigía a los sacerdotes el jueves santo de 1982 en estos términos:

«El jueves santo es el día del nacimiento de nuestro sacerdocio. Es en este día en el que todos nosotros sacerdotes hemos nacido. Como un hijo nace del seno de su madre, así hemos nacido nosotros, Oh Cristo, de tu único y eterno sacerdocio. Hemos nacido en la gracia y en la fuerza de la nueva y eterna alianza del Cuerpo y de la Sangre de tu sacrificio redentor: del “Cuerpo que es entregado por nosotros” (cf. Lc 22,19), y de la Sangre, que “por todos nosotros se ha derramado” )cfr. Mt 26,28).

Hemos nacido en la última cena y, al mismo tiempo, a los pies de la cruz sobre el calvario; allí, donde se encuentra la fuente de la nueva vida y de todos los sacramentos de la Iglesia, allí está también el inicio de nuestro sacerdocio».

Pero no sólo los sacerdotes experimentan hoy el amor de Cristo. Cualquier fiel contemplando los misteriosos acontecimientos de esta noche, escuchando las palabras de Jesús y viendo sus gestos al lavar sus pies y distribuir la comunión, puede repetir con san Pablo: Dilexit me et tradidit semetipsum pro me (Gal 2,20). “Me amó y se entregó a sí mismo por mí”.

Salgamos de este cenáculo dispuestos a amar más y mejor; a amar en lo grande y en lo pequeño; a amar en la prosperidad y en la adversidad; porque nosotros hemos sido amados e invitados a participar del amor de Dios.

[PLAY]
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¿He dicho mentiras? ¿He reparado el daño que haya podido
seguirse?

¿Utilizo la mentira como medio de conseguir los objetivos que me
propongo? ¿Si tiene repercusiones en la vida publica, me doy
cuenta que la malicia es todavía mucho mayor?

¿He acusado a los demás sin motivo? ¿He echado la culpa de algo
que yo he hecho mal?

¿Aparento ante mis amigos lo que no soy?

¿Cumplió con mi palabra o me he vuelto atrás en mis
compromisos? ¿Hablo mal de otras personas?

[PLAY]
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¿Me he apropiado de algo que no es mío? ¿Ya lo he devuelto?
¿Gasto en caprichos innecesarios?
¿Soy generoso con mi plata haciendo limosnas o dando de mi
tiempo para ayudar a los necesitados?
¿Pierdo el tiempo? ¿Hago que otros lo pierdan?

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Lo único que puede sugeriri el enemigo es: LUCES, CÁMARA y dependerá de nosotros el final de esta tentación. LA ACCIÓN está en nuestras manos realizarla o no. Pero recuerda: Si ganas la batalla en tu mente, es muy probable que la ganes en tus actos cotidianos!

¿Me he entretenido con pensamientos, miradas, páginas pornográficas de internet o lecturas
impuras?

¿He cometido actos impuros? ¿Sólo? ¿Con otra persona? ¿Han
tenido consecuencias esa relaciones? ¿He aconsejado o facilitado
el grave crimen del aborto?

¿He tenido conversaciones sobre cosas deshonestas? ¿He
incitado a otros a pecar?

Si soy casado: ¿He hecho mal uso del matrimonio? ¿Utilizo medicinas
Anticonceptivos? ¿He faltado a la fidelidad conyugal aunque sea
s6lo de pensamiento?
¿Acudo con prontitud a la Virgen Santísima, cuando soy tentado en
esas cosas?

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Sabías que tu lengua es una espada de doble filo? Sabias que una palabra mal dicha puede ocasionar mucho sufrimiento a la gente que te rodea? Al mismo tiempo, puedes acariciar a las personas con tus palabras y hasta ayudar a que ellas sanen de crisis y enfermedades. Todo depende de como uses tus palabras.

Como ves, no necesitamos de armas de fuego para matar. Lo podemos hacer con nuestra lengua!

¿He hecho daño a otros de palabra o de obra? ¿He dañado sus cosas? ¿He despreciado o maltratado a alguno más débil que yo? ¿He sido culpable de que otros se porten mal, incitándolos a pecar con mis palabras, modo de vestir o con mi mal ejemplo? ¿He perdonado como Jesús, o mantengo deseos de venganza, odio o rencor? ¿He pedido perdón cuando he hecho mal a alguien?

¿He comido o bebido sin medida, dejándome llevar por el gusto y no por lo razonable?

¿Si soy persona constituida en autoridad, evito utilizar el poder para encumbrarme, procurando solamente servir?

[PLAY]
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2do mandamiento: «no tomar el nombre de dios en vano»

¿Rezo con la debida atención y reverencia? ¿Es correcto mi modo
de estar en la Iglesia(capilla): en el vestir, en no distraer a lo
demás?
¿Hablo siempre con respeto de Dios, de la Virgen, de los santos,
de la Iglesia?
¿Pongo a Dios por testigo de cosas falsas o sin importancia?

4to mandamiento: «honrar padre y madre»

¿He tratado con poco respeto y cariño a mis padres y superiores?
¿He hecho que se disgusten?
¿Obedezco rápido y con alegría lo que buenamente me piden?
¿Colaboro en tas cosas de casa y en lo que a mí me compete?
¿Cuando me indican algo reacciono mal, con soberbia, con un
desordenado afán de independencia?
¿Colaboro y converse con amabilidad con mis hermanos? ¿les
doy buen ejemplo y soy amigo de ellos? ¿Soy egoísta: me cuesta
darles mis cosas o mi tiempo? ¿Soy mas amable con los extraños
que con mi familia?
¿He dado, mal ejemplo a mis hijos, no cumpliendo con mis deberes
religiosos, familiares o profesionales?
A Los he corregido con firmeza en sus defectos o se los he dejado
pasar por comodidad? A Los he amenazado o maltratado de
palabra o de obra, o les he deseado algún mal grave o leve?
¿He reñido con mi consorte? ¿Evito reprenderle, contradecirle o
discutirle delante de los hijos? ¿Le he desobedecido o injuriado?
¿He dado, mal ejemplo con ello?

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Vamos a hacer un alto a nuestras meditaciones para hablar un poco de cómo aprender a manejar mejor nuestras empresas. Cómo tomarnos el pulso a nuestras propias vidas.

Para hacer esto vamos a hablar de un excelente medio que nos brinda la Iglesia y los santos para conocernos más y así poder trabajar mejor en nosotros mismos.

Los 5 requisitos para hacer una buena confesión:

1. BREVE EXAMEN DE CONCIENCIA PARA LA CONFESIÓN
Recuerda cuando fue tu última confesión y examínate (en este punto vamos a poner 1 o 2 mandamientos cada día)

1er y 3er mandamientos : «amar a dios sobre todas las cosas»
«santificar las fiestas»

¿Amo Dios constantemente con obras y de verdad, o por contrario he hecho con desgana las cosas que se refieren a Dios ¿Defiendo a Dios, su Iglesia, sus sacerdotes, cuando los ataca hablan mal de ellos?

¿Pongo interés en mi formación cristiana para conocer cada mejor mi fe? ¿He dudado o incluso negado alguna de las verdades de fe?
¿Trato verdaderamente que haya coherencia con mi fe católica todos los actos de mi vida: En el desempeño de mis deberes ordinarios, en la amistad, en el ejercicio de mi profesión y en la v familiar y social? ¿Me avergüenzo ante los demás de plenamente cristiano en todo momento: en el trabajo, en diversi6n, etc.?

¿Me he dejado Ilevar por sectas, supersticiones, espiritismo, QUIJA leerse las cartas, consultar con la bruja o «vidente». etc.? ¿Me olvide o calle algún pecado mortal en las confesiones anteriores? ¿He comulgado alguna vez en pecado mortal o estar bien preparado: no guardando el ayuno, con ligereza? ¿Hay otras cosas que me quitan el debido tiempo para Dios ... radio, videojuegos, deportes, excursiones? ¿Los considero n importantes que Dios?

¿He faltado algún domingo o fiesta de precepto a Misa por flojera o con la excusa de "no tener tiempo"? ¿He llegado tan tarde que no he cumplido el precepto? ¿He cumplido tos días de ayuno y abstinencia?

2. DOLOR DE CORAZÓN

El dolor de corazón consiste en detestar con la inteligencia y la voluntad los pecados cometidos por que ofenden a Dios y no tanto por la fealdad de los mismos o porque nos manchan o avergüenzan. Puede ir acompañado pero no necesariamente - de un sentimiento de arrepentimiento o dolor sensible. Lo que importa es esa detestaci6n intelectual de los pecados por que con ellos se ha ofendido al Amor de los amores.

3. PROPÓSITO DE ENMIENDA

Consiste en decidirse seriamente a poner todos los medios humanos y sobrenaturales para no volver a caer en los mismos pecados. Esta determinación de la voluntad hace autentico el arrepentimiento, ef dolor de corazón. Es de notar que si no hay prop6sito de enmendarse, tampoco hubo verdadero dolor de corazón.

4. CONFESIÓN DE LOS PECADOS

El penitente dice ante el sacerdote el saludo acostumbrado: Ave Maria
Purísima

El penitente se acusa de sus pecados. El Sacerdote le da los consejos
oportunos y le impone la penitencia.

El sacerdote imparte la absolución diciendo:

Mi Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la
Muerte y Resurrección de su Hijo y derram6 el Espíritu Santo para la
remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el
perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, Amen.

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Te adoramos oh Cristo y te bendecimos.
Que con Tu Santa Cruz redimiste al mundo

El sepulcro del Señor es urna de esperanza. Es noche de estrellas. Es ansias de resurrección. Como el Sagrario, el pequeño sepulcro místico de Jesús, con su puerta sellada y su silencio expresivo, y sus promesas de vida. Vigilaban los guardias y yo vigilaré; esperaban las mujeres y yo esperaré... Esperaré, esperaré la aurora del gran día, cuando venga mi resurrección, y el verle cara a cara y el abrazo estrecho y divino de duración eterna... ¡Ven, Señor Jesús, ven...; apunte la aurora de tu día!, ¡ven! (Silencio)

Pequé, Señor pequé.
Ten piedad y misericordia de mi.
PADRE NUESTRO, AVE MARIA, GLORIA

Pequé, Señor pequé.
Ten piedad y misericordia de mi

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Te adoramos oh Cristo y te bendecimos.
Que con Tu Santa Cruz redimiste al mundo

Sobre el seno de María queda el cadáver de Jesús. Ella, en silencio, contempla y llora. Es mi obra, al que más cuide, la que mejor concluí: “Señora, yo lo hice, yo maté a tu Hijo con mis crueldades y tibiezas, con mis injusticias y cobardías, con mis impiedades. Yo fui, Señora: Tú me lo diste hecho Vida, yo te lo devuelvo muerto. Es mi obra, lo único grande que hice en la vida, la único eficaz...” Ella, en silencio, contempla y llora. ¡Jesús ha muerto!... Y yo, tras contemplar y pedir perdón en este Via Crucis, ¿volveré otra vez a empezar? (Silencio)

Pequé, Señor pequé.
Ten piedad y misericordia de mi.
PADRE NUESTRO, AVE MARIA, GLORIA

Pequé, Señor pequé.
Ten piedad y misericordia de mi

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Te adoramos oh Cristo y te bendecimos.
Que con Tu Santa Cruz redimiste al mundo

Y habiendo dado una gran voz, inclinó la cabeza y expiró. En las manos de su Padre había puesto su espíritu, y en las de los hombres su perdón, su sangre y su Madre. Todo lo había consumado. Nada más podía hacer ya. ¿Me parece poco? ¿Nos parece poco? Sin duda, porque aún seguimos pecando, aún sigo pecando y pecando. Me parece poco la sangre y la muerte de Dios. El lo sabía, y, desde Su cruz, me miro enternecido: “Tengo sed”. Aún le restaba amor y sed de pagar mas por mí...; aún, todavía más. Y un día y otro día sigue su sacrificio en los altares, a través de los siglos, y de los años, y de los minutos. ¡Y yo..., aún sigo pecando! ¡Señor, Señor, hasta cuando! (Silencio)

Pequé, Señor pequé.
Ten piedad y misericordia de mi.
PADRE NUESTRO, AVE MARIA, GLORIA

Pequé, Señor pequé.
Ten piedad y misericordia de mi

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Te adoramos oh Cristo y te bendecimos.
Que con Tu Santa Cruz redimiste al mundo

Cae el martillo, traspasan los clavos la carne de Dios, mis pecados golpean; mis pecados de carne que se ceban en la carne divina, mis DESEOS PECAMINOSOS que hacen llagas en el casto cuerpo de Jesús, mi lujuria que ensangrienta Su pureza. Y quedan Sus manos abiertas, y Sus pies clavados. Y yo enfrente, entre el mundo que ríe, diciendo: ¡Bájate de la cruz! ¡Bájate de la cruz! Pero no, Señor; no te bajes. ¿Que sería de mi, si dejaras tu puesto, que es el mío, el suplicio que yo me gane y que tú padeces? No te bajes, Señor, y escóndeme en tus llagas para que se duela allí mi espíritu y se haga casta mi carne. (Silencio)

Pequé, Señor pequé.
Ten piedad y misericordia de mi.
PADRE NUESTRO, AVE MARIA, GLORIA

Pequé, Señor pequé.
Ten piedad y misericordia de mi

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Te adoramos oh Cristo y te bendecimos.
Que con Tu Santa Cruz redimiste al mundo

Despojado de todo, libre, sin las mil ataduras con que los hombres nos atamos a la tierra, Jesús despojado, sin nada, frente a mis DESEOS de cosas, de mundo, de placeres, de cariño. Jesús pobre, Jesús solo. Yo rico, yo espléndido, yo mimado y querido. Por mis culpas y mis malos deseos y mis codicias y mis injusticias, Jesús padece pobreza, deshonra y soledad. Y las sigue padeciendo en sus pobres, imágenes suyas, pedazos de su Cuerpo místico. ¡Señor!, ¿aprenderé a vaciar mi corazón de tierra, a entender lo que es pobreza, lo que es humildad, lo que eres Tú? (Silencio)

Pequé, Señor pequé.
Ten piedad y misericordia de mi.
PADRE NUESTRO, AVE MARIA, GLORIA

Pequé, Señor pequé.
Ten piedad y misericordia de mi

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Te adoramos oh Cristo y te bendecimos.
Que con Tu Santa Cruz redimiste al mundo

Y una vez más por tierra, y una vez más CAE Y SE LEVANTA. Para darme el Señor la lección de heroica perseverancia. Porque el cansancio en el camino de Cristo es de todos y de siempre, es mi enfermedad, es mi vida; me canso de seguirle, me canso de la virtud, me canso de la piedad. Me canso, me aburro. Cristo cae y se LEVANTA hasta el fin. ¡Así, Señor, hasta el fin de mi vida, por duro que sea el camino, por largo que sea, siempre levantándome, siempre! ¡Jesús!, cuando veas que me CAIGO, perdiendo la confianza, que Tus manos me tomen, que tus labios me digan: ¡Hombre de poca fe!, ¿por que dudas? (Silencio)

Pequé, Señor pequé.
Ten piedad y misericordia de mi.
PADRE NUESTRO, AVE MARIA, GLORIA

Pequé, Señor pequé.
Ten piedad y misericordia de mi

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Te adoramos oh Cristo y te bendecimos.
Que con Tu Santa Cruz redimiste al mundo

No acepta el Señor aquellas lagrimas POCO sinceras. Prefiere la compasión mas viril, la que florece en contrición y en penitencia. La que quiere de mí. Es fácil la piedad sensible; rehuimos la piedad sacrificada, la que hace de la mortificación y del seguimiento de Cristo una profesión heroica. ¡Cuantos lloran al paso de Jesús y que pocos le siguen! ¡Cuantos sarmientos secos en su vida, que pocos sarmientos vivos y doblados por el peso de los frutos! ¡Señor, mírame!; sabes mi debilidad que me tiene al margen de tu camino; dime como a Lázaro: “¡Levántate y anda!”. (Silencio)

Pequé, Señor pequé.
Ten piedad y misericordia de mi.
PADRE NUESTRO, AVE MARIA, GLORIA

Pequé, Señor pequé.
Ten piedad y misericordia de mi

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La Virgen dio en el Magnificat: .. A los hambrientos Dios los colma de bienes, y a los ricos los despide vacíos. Esto quiere decir mucho más de lo que nos imaginamos. Se refiere a una actitud frente a Dios en lo más sencillo y lo más importante de nuestras vidas.

Debemos de implorar a Dios una actitud de hambre, es decir, una actitud de búsqueda, de necesidad de Dios en todo momento. Nada de dejar a Dios para el final de nuestras jornadas o de nuestro día (los famosos 7 segundos antes de acostarse).

Estuve hablando con una amiga y me decía que después de una experiencia difícil se dio cuenta de que había pasado mucho tiempo sin tener sed de Jesús. Ahora ha caído en la cuenta de que la actitud normal y coherente de alguien que se dice cristiano es de hambre de Dios, de sed de Jesús. Saludos Jeka y adelante con todos tus proyectos con Dios!

MAGNIFICAT (Lc 1, 46-55 cuando María visita a su prima Isabel)

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.

El hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como lo había prometido a nuestros padres- en favor de Abrahán y su descendencia por siempre. Gloria al Padre.

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Te adoramos oh Cristo y te bendecimos.
Que con Tu Santa Cruz redimiste al mundo

Humillado, cae a los pies de los soldados. No había venido a ser servido, sino a servir. Abyección de la plebe y oprobio de las gentes. Jesús pisoteado para que yo pisotee las glorias del mundo, sus pompas y vanidades y mis orgullos y soberbias. Para que sea humilde. Jesús a los pies de los Apóstoles, Jesús a los pies de los soldados. Jesús a disposición de todos, SE HA hecho Pan de todos para que todos le comamos. ¡Y le seguimos pisando!... ¡Señor, tu discípulo no quiere ser mas que su Maestro! ¡Ayúdame a sufrir fracasos y deshonras! (Silencio)

Pequé, Señor pequé.
Ten piedad y misericordia de mi.
PADRE NUESTRO, AVE MARIA, GLORIA

Pequé, Señor pequé.
Ten piedad y misericordia de mi

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Te adoramos oh Cristo y te bendecimos.
Que con Tu Santa Cruz redimiste al mundo

Cobarde como todos aquellos que contemplan la caravana, cobarde yo, no me atrevo a confesar a Jesús ante los hombres, no me atrevo a salir al camino como la Verónica y enjugar su rostro. No me atrevo a ser piadoso delante de los demás. No me atrevo a ser misericordioso, enjugando el rostro de los otros cristos, todos lOS que sufren... No me atrevo...no me atrevo ¡Señor, desata mi cobardía para que, ante el mundo, te proclame a Ti! (Silencio)

Pequé, Señor pequé.
Ten piedad y misericordia de mi.
PADRE NUESTRO, AVE MARIA, GLORIA

Pequé, Señor pequé.
Ten piedad y misericordia de mi

Te adoramos oh Cristo y te bendecimos.
Que con Tu Santa Cruz redimiste al mundo

Cobarde como todos aquellos que contemplan la caravana, cobarde yo, no me atrevo a confesar a Jesús ante los hombres, no me atrevo a salir al camino como la Verónica y enjugar su rostro. No me atrevo a ser piadoso delante de los demás. No me atrevo a ser misericordioso, enjugando el rostro de los otros cristos, todos lOS que sufren... No me atrevo...no me atrevo ¡Señor, desata mi cobardía para que, ante el mundo, te proclame a Ti! (Silencio)

Pequé, Señor pequé.
Ten piedad y misericordia de mi.
PADRE NUESTRO, AVE MARIA, GLORIA

Pequé, Señor pequé.
Ten piedad y misericordia de mi

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Te adoramos oh Cristo y te bendecimos.
Que con Tu Santa Cruz redimiste al mundo

Egoísta como el de Cirene, contemplo a Jesús con su carga. A aquel hombre le obligaron los soldados a salir de su indiferencia y tomar la cruz. ¿No serán el amor y la contrición del corazón, los que me obliguen a mí a salir de mi abulía y cobardía para pedirle al Señor que me deje tomar parte de su cruz? Porque en ella esta la salud y la vida.
Porque la necesito, porque me la merezco, porque quiero llevar con mi hermano la paga de mi vida. ¡Señor, dame de tu cruz! (Silencio)

Pequé, Señor pequé.
Ten piedad y misericordia de mi.
PADRE NUESTRO, AVE MARIA, GLORIA

Pequé, Señor pequé.
Ten piedad y misericordia de mi

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Para hablar de San José, es necesario hablar del silencio, pues es el santo del silencio, porque desde ahí supo contemplar el misterio del plan de Dios y porque solo en el silencio se encuentra lo que se ama. Solo en el silencio amoroso es desde donde se puede contemplar el misterio más trascendente de la redención, de un Dios que por amor se ha hecho hombre como nosotros.

Bien podemos decir que San José es el santo modelo de la fe, porque supo esperar contra toda desesperanza, por la fe aceptó a María y por la fe aceptó ser padre en esta tierra de Jesús hecho niño.

Llama la atención que no escribió nada, no se tiene referencia que haya dicho algo, simplemente obedeció con gran docilidad. Siempre a la escucha de la voz de Dios, siempre dispuesto a obedecer a Dios, a pesar de que, más de una vez, las cosas que se le mandaban no eran fáciles de aceptar.

La simplicidad de vida, el sentido común vivido con amor, haciendo ordinarias las cosas más extraordinarias… y viviendo extraordinariamente lo ordinario, porque todo lo vivió en referencia al Padre.

Hoy que hemos avanzado en el conocimiento de las ciencias naturales o en las ciencias humanas, parece que hemos perdido el sentido común también en la vida espiritual y nos cuestionamos cómo hemos de vivir el Evangelio, como se puede tener certeza de que estoy obrando bien, y llegamos a reducir la vida del Evangelio con portarse bien… y nos olvidamos que lo importante es amar y como consecuencia del amor está el portarse bien.

Sentido común en la vida espiritual es vivir con docilidad la Voluntad del Padre, es vivir con corazón agradecido por las bendiciones que de Dios hemos recibido, es ser concientes de la misión personal que se nos ha encomendado y ser fieles a ese llamamiento.

Ser cristiano con sentido común, es vivir la fe sin buscar protagonismos, vivir nuestra esperanza con la confianza de las promesas que se nos han hecho y vivir cada instante de vida en el amor, sabedores que solo el amor hace eterno el instante.

Oración

¡Glorioso Patriarca San José!, animado de una gran confianza en vuestro gran valor, a Vos acudo para que seáis mi protector durante los días de mi destierro en este valle de lágrimas

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Te adoramos oh Cristo y te bendecimos.
Que con Tu Santa Cruz redimiste al mundo

Siete espadas atraviesan el corazón de Ella. Se las clavo yo que llevo así a Jesús por las calles de Jerusalén. Yo, que hice llorar a tantos, la hice también llorar a Ella. Yo, que tengo el corazón endurecido. ¡Qué bien se cargar maderos en las fuertes espaldas del Señor! ¡Qué bien se clavar espadas en el blando Corazón de mi Madre! ¡Señor, haz que mi corazón de piedra se haga corazón de carne! (Silencio)

Pequé, Señor pequé.
Ten piedad y misericordia de mi.
PADRE NUESTRO, AVE MARIA, GLORIA

Pequé, Señor pequé.
Ten piedad y misericordia de mi

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Quizás Hoy

Vuelvo, otra vez decepcionado, con un Corazón cargado, lleno de angustia y dolor, vengo desde aquel Viejo camino, donde un día sin motivo, hijo muy bueno se marcho.

Lo he buscando cada amanecer, desde el día que se fue. Voy ir pensando que, Quizás hoy será el día que regrese, quizás hoy podré su rostro acariciar y decir le que le amo como siempre que a pesar que todo sigo siendo igual, Sigo siendo igual.

Pasan lentamente tantos días y no veo todavía, su rostro acercándose hacia a Mi, Yo pienso que quizás habrá olvidado, que es aun Mi hijo amado, que mi amor por el no tiene fin, es por eso que al amanecer, Yo regreso aquel lugar, cada vez pensando que… Quizás hoy será el día en que regrese, quizás hoy podré su rostro acariciar, y decirle aunque le amo, como siempre, que a pesar de todo, sigo siendo igual, sigo siendo igual.

O... Si es así el amor de un padre para su hijo, cuanto pasa que es del Padre celestial, que a pesar de nuestras faltas y nuestras rebeliones el nos sigue amando cada día mas.... Quizás hoy verá, que aun yo soy su Padre, en mi casa toda para el, en Mi corazón no existe el pasado, solo quiero que el regrese otra vez, Quizás hoy... En Mi Corazón no existe el pasado, solo quiero que regreses, otra vez.

Vas a seguir esperando?

Él te espera en la onfesión, en la Misa, en la Oración diaria, en la Lectura Espiritual, en el Examen de Conciencia, en la Dirección Espiritual, en la Caridad con el prójimo, en el Perdón mutuo, en la Visita a los enfermos, en el rezo del Rosario, etc.

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El Evangelio de hoy es la parábola del hijo prodigo. Esta parábola no se puede mejorar con nuestras palabras de comentario, se puede solo estropear. Es una historia y como tal tiene que ser escuchada. Entonces, mi papel será el de prestar la voz a Jesús para que el la haga resonar de nuevo hoy en medio de nosotros, Solo me parare, después de cada párrafo, para hacer algún breve subrayado y no dejar de lado ciertos detalles importantes.

«Jesús les dijo...: Un hombre tenia dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: "Padre, dame la parte que me toca de la fortuna". El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigre a un país lejano, y allí derrocho su fortuna viviendo perdidamente».

i Cuanta tristeza hay en esta primera escena! Ni una palabra de gratitud por parte del hijo al Padre. Ni un pensamiento por el sudor que, posiblemente, le costo al padre poner toda esta herencia junta. El padre queda reducido a ser un transmisor del patrimonio. El patrimonio del padre es todo lo que le interesa a este hijo, no los consejos, los valores, los afectos. Pide su parte de la herencia como si el padre estuviese ya muerto. La herencia, «que me toca»: se acuerda de ser hijo solo para reivindicar su derecho a la herencia.

Jesús no ha inventado la historia, que narra en su parábola des-de la nada: la ha sacado, mas bien, de la vida. Se trata, por lo demás, de una situación hoy bastante mas frecuente que en sus tiempos. Muchachos que se van de casa dando un portazo; que consumen en la droga o en otros desordenes el patrimonio paterno, y, después, cuando han consumido el dinero, vuelven de nuevo sin vergüenza, frecuentemente para pedir mas, no para pedir perdón. No insisto sobre esto porque la realidad, sobre este punto, es siempre mas variada y mas triste de cuanto podamos imaginar y son muchos los padres que tienen experiencia de ello. Prosigamos con la lectura:

«Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó el a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mando a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el esto-mago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer ».

Ahora, sabemos que pretendía hacer aquel hijo con su parte de herencia. No servirse de ella como base para construirse el mismo algo en la vida sino para «vivir perdidamente». (El hermano mayor, mas tarde, explicitara que «se ha comido tus bienes con malas mujeres»). El resultado en estos casos es el de siempre: terminado el dinero, se acabaron los amigos. El muchacho se encuentra solo, desprovisto de todo, apacentando cerdos. Es cierto que hoy este no es el trabajo mas atractivo para un joven; pero, para un hebreo de aquel tiempo era verdaderamente la mayor degradación, porque el cerdo era considerado como un animal inmundo. Leemos aun:

«Recapacitando entonces, se dijo: "Cuantos jornaleros de mi.; padre tienen abundancia de pan, mientras yo aqui me muero de s hambre. Me pondré en camino adonde esta mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros". Se puso en camino adonde estaba su padre ».

Al principio del cambio hay un momento en el que el joven «entra en si mismo», esto es, recapacita. A partir del instante en el que se dice dentro de si mismo: «he pecado» ya es una persona nueva. Todo lo que sigue no es mas que un seguir la decisión tomada. A veces, cuantas cosas extraordinarias surgen por la valentía de volver a entrar dentro de uno mismo, de ponerse al desnudo frente a la propia conciencia.

Vayamos adelante:

« Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echo al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo"».
Si su padre lo vio «cuando todavía estaba lejos» desde ese mo¬mento el protagonista ya no es mas el hijo sino el padre; y ello es porque desde el día en que el hijo había partido no había cesado de mirar hacia el horizonte. «Se conmovió; y, echando a correr, se le echo al cuello y se puso a besarlo». Ahora, no hay ninguna alusión a su pena, a sus razones, ningún reproche. No le retiene el sentido de dignidad, que le evitaría a un anciano el ponerse a correr. Son sus vísceras paternales las que mandan.

Rembrandt ha plasmado en un famoso cuadro el momento en el que el hijo se arroja a los pies del padre para hacer su confesión. En el llama la atención el vigor del rostro del padre y la ternura con que apoya sus dos manos sobre las espaldas del muchacho. De todo lo que consigo se llevo de su casa no le queda al joven, en este cuadro, mas que el puñal (que en aquel tiempo todos llevaban para defenderse de las fieras), un vestido destrozado y unas sandalias, que ya no están puestas ni en los pies. Desde esta imagen se entiende el porque de lo que sigue en la parábola:

«E1 padre dijo a sus criados: "Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mió estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado". Y empezaron el banquete».

En esta parábola, todo es sorprendente. Nunca Dios había sido pintado con estos trazos para los hombres. Ha tocado mas corazones por si sola esta parábola que todos los discursos de los predicadores puestos juntos. Tiene un poder increíble para actuar sobre la mente, sobre el corazón, sobre la fantasía, sobre la memoria. Sabe tocar las cuerdas mas diversas: el sentimiento, la vergüenza, la nostalgia.

Jesús no ha debido inventar esta imagen de Dios desde la nada; la ha chupado, por asi decirlo, con la leche materna. El ha llevado a la perfección, como Hijo «que esta en el seno del Padre», la idea de Dios, que se hace patente en los momentos mas encumbrados de la revelación bíblica. En los profetas se habla de un Dios, que da «un vuelco a su corazón», que siente «estremecer las vísceras de compasión» cada vez que se acuerda de Efraín, su hijo primogénito, que no muestra su rostro desdeñado y no conserva para siempre la cólera, sino que se complace de tener misericordia.

Es este posiblemente el vínculo mas profundo que existe entre hebreos y cristianos. No tenemos en común solo al mismo «padre Abrahán» sino al mismo «Dios Padre». El mismo rostro paterno de Dios brilla y aclara esto. No estamos unidos solo por el hecho de que unos y otros adoramos a un Dios cínico y somos dos religiones monoteístas sino, mas aun, por la idea de que unos y otros tenemos de este Dios cínico: un Dios lleno de ternura y de compasión.

En nuestra parábola se habla de un hijo mayor, que permanece en casa y que se resiente, mas bien, por la actitud, según el, demasiado débil del padre hacia el hijo menor. En el pasado, a veces, se ha pensado que este «hermano mayor» de la parábola estaba ahí para indicar al pueblo hebreo, celoso del hecho de que Jesús se dirigía a los paganos y a los pecadores. Pero, esto no es exacto. No es cierto en este sentido negative que Juan Pablo II, en la sinagoga de Roma, ha llamado a los hebreos «nuestros hermanos mayores»! Hermanos mayores porque eran creyentes antes que nosotros en el mismo Dios, en el que nosotros creemos.

De hermanos mayores, en el sentido negativo de la parábola, entre los hebreos los había ciertamente en el tiempo de Jesús. Eran algunos escribas y fariseos intransigentes, cuidadores de la Ley, tacaños y cerrados a toda perspectiva de universalidad de la salvación. Aquellos, a los que Jesús dirigió un día aquella dura frase: «Id, pues, a aprender que significa: "Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores"» (Mateo 9,13).

Pero, de estos «hermanos mayores» los hay, también, entre nosotros los cristianos y, a veces, por desgracia dentro del mismo confesionario, entre los que debieran personificar, en aquel momento, al padre de la parábola y no al hermano mayor ceñudo y lleno de reproches. El padre es aquel al que importa una sola cosa: que el hijo ha vuelto; el hermano ma¬yor es aquel a quien lo que le importa es «que se ha comido sus bienes con malas mujeres». Frecuentemente, es un falso sentido de la justicia, debido a la formación recibida o al temperamento, para determinar una actitud de intransigencia. Son personas rigurosas consigo y con los demás, mientras que el Evangelio nos quiere rigurosos con nosotros mismos, pero, misericordiosos con los demás.

Hay cristianos que alguna vez han tenido alguna experiencia negativa en este campo y desde aquel día juraron no confesarse mas y, desgraciadamente, han mantenido este propósito. Pero, no es justo privarse de un don tal por un incidente del género. En este tiempo de preparación a la Pascua, en el corazón de muchos debiera aflorar mas bien el propósito del muchacho de la parábola: «Me pondré en camino adonde esta mi padre, y le diré: Padre, he pecado».

¿Cuantos han hecho con el sacramento de la reconciliación la misma experiencia del hijo prodigo! Es una de las alegrías y de los recuerdos mas bellos en la vida de un sacerdote. Personas, que se levantan y se alejan con las lagrimas, renacidos literalmente a una nueva vida y que a veces dicen abiertamente: «Yo estaba muerto y he vuelto a la vida». La Eucaristía es el banquete de fiesta, que Dios prepara para cada hijo que vuelve. No es necesario abandonarla durante largo tiempo simplemente porque se tiene hastió de confesarse.

Termino con las palabras de Pablo en la segunda lectura de hoy, que son la mejor conclusión a la parábola:

«Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados, y a nosotros nos ha confiado; la palabra de la reconciliación. Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por nuestro medio. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios ».

Hasta cuando vas a esperar el abrazo de tu padre amoroso?

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Te adoramos oh Cristo y te bendecimos.
Que con Tu Santa Cruz redimiste al mundo

Y cayó porque le pesaba mi carga. Y cayó para que no me desanime en mis caídas. Si me pesa la vida, si caigo, acuérdeme que le pesaba a Él mi cruz y cayó. Llevaba sobre sus hombros, CON mis pecados, mis incapacidades, mis fallos, mis impotencias. Todo lo mío. Porque SIEMPRE ESTA |conmigo por la vida. Él lleva mi vida y mis obras hechas cruz sobre sus hombros. ¡Señor, hazme tu yugo suave y tu carga ligera! (Silencio)

Pequé, Señor pequé.
Ten piedad y misericordia de mi.
PADRE NUESTRO, AVE MARIA, GLORIA

Pequé, Señor pequé.
Ten piedad y misericordia de mi

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Te adoramos oh Cristo y te bendecimos.
Que con Tu Santa Cruz redimiste al mundo

Recibe El con amor el madero donde van mis pecados y miserias todas. Los que cometí y no pagué. Porque los pagó Él. Los pagó Él. Fueron MIS PECADOS QUE ESTUVIERON sobre sus hombros. Por eso fui su verdugo y no su discípulo. Ahora quiero aprender de Él y marchar tras Él con la cruz mía, la que yo fabrique y Él soportó. Ahora prometo hacer penitencia. Para pagar mis deudas. Para devolver amor. ¡Señor, porque quiero ser tu discípulo, quiero negarme y llevar mi cruz! (Silencio)

Pequé, Señor pequé.
Ten piedad y misericordia de mi.
PADRE NUESTRO, AVE MARIA, GLORIA

Pequé, Señor pequé.
Ten piedad y misericordia de mi

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Oración Introductoria:

Señor mío Jesucristo que nos invitas a tomar la Cruz y seguirte, caminando Tú delante para darnos ejemplo: danos tu luz y tu gracia al meditar en este Vía Crucis tus pasos para saber y querer seguirte. Oh Madre de los Dolores: inspíranos los sentimientos de amor con que acompañaste en este camino de amargura a tu Divino Hijo. Amén.

PRIMERA ESTACIÓN: Jesús condenado a muerte

Te adoramos oh Cristo y te bendecimos.
Que con Tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Jesús frente a Pilato. Hay una guerra a muerte entre el mundo representado en Pilato y Cristo. Hay que escoger bandera y partido. O con el mundo, que se divierte condenando a Cristo, o con Cristo, que por amar es condenado a muerte. Se en que partido estuve hasta el día de hoy. Me duele?, ¿Donde voy a estar desde mañana? ¡Señor, dime que no soy del mundo, dime que no es posible servir a dos señores! (Silencio)

Pequé, Señor pequé.
Ten piedad y misericordia de mi.
PADRE NUESTRO, AVE MARIA, GLORIA

Pequé, Señor pequé.
Ten piedad y misericordia de mi

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El Salvador pasó toda la noche entre los que se burlaban de El y le molestaban, y, mientras tanto, les deseaba la paz y la felicidad, y no pensaba en pensamientos de venganza. Nada ni nadie era mas poderoso que El, y El se entregaba al sufrimiento por amor a Dios y a los hombres. Estaba triste el Señor, pero, a la vez, su amor era tan grande que se puede decir que deseaba sufrir, pues su dolor salvaba a los hombres. Esta noche de dolor fue también noche de consuelo y alegría, «bañándose» —bautizándose—, como El dijo, «con este baño» —este bautismo— de sangre, «hartándose de oprobios» (Lamentaciones 3, 30).

Este amor de Cristo «supera y esta por encima de todo entendimiento» (Efs 3, 19), porque la fuente de donde nace esta también fuera de toda comprensión. Porque no se basa su amor al hombre en su perfección o en sus meritos, pues es una criatura imperfecta y pecadora. No es posible amar al hombre por si mismo, el Señor no es ciego para poner su amor en una criatura que tan poco lo merece. Este amor se funda en el amor que el Padre Eterno le tiene a El, y en los inmensos beneficios que le concedió como hombre, tanto es así que por agradecimiento y obediencia y amor a su Padre, Dios amo a los hombres. Pero... por qué ama Dios al Hombre?

Dios, en el mismo instante de la concepción de Jesús en el vientre de la Virgen Maria, le dio el ser divino uniéndole a su divina persona. Por lo cual podemos decir y es cierto que aquel hombre, Jesús, es Dios, Hijo de Dios, ha de ser adorado en los cielos y en la tierra como Dios, porque lo es. Este es un regalo infinito porque lo que se da es ser Dios.

Dios regalo a ese hombre, Jesús, el ser rey de toda la creación y el primero entre todos los hombres para que, como cabeza, por el fluyese a todos su virtud y su fuerza (Col 1, 18). Así que, en cuanto que es Dios es igual al Padre y al Espíritu, y en cuanto es hombre es el primero entre todos y la cabeza de todos. Posee una gracia infinita para que de El, como de una fuente o de un mar de gracia y de santidad se enriquezcan todos los hombre (Jn 1, 16). No es solo que en El la gracia sea mayor, sino que es el santificador de todos los hombres; es, por poner un ejemplo, como un tinte en el que todos han de recibir este color de santidad. Bien que la santidad no es algo de fuera, sino interior, del ser entero.

Cuando Jesús se viese a si mismo así, y supiese que todo le venia de Dios, se encontrase siendo rey de todas las criaturas, y viese arrodillados delante de El a todos los espíritus del cielo (Heb 1, 16), decid, si se pudiera decir, con que amor amaría a Dios? ¿Con que deseo se ofrecería a servir y obedecer a Dios? No hay lengua que pueda hablar y explicar esta misteriosa grandeza.

Al manifestar Jesús su inmenso deseo de servir y agradar a su Padre Eterno, el Padre Eterno le diría que le encomendaba la salvación de todos los hombres que se habían perdido por culpa del pecado de un hombre. A El encargaba esta empresa, debía amar a los hombres con tal amor que fuera capaz de pasar cualquier cosa por ellos para salvarles. Jesús amo a los hombres por amor a su Padre y por obedecerle, y, como era Dios, les amo desde un principio con el amor de Dios. Dios regalo a Jesús la infinita gracia de ser Dios, y Jesús, al ser Dios, correspondió, infinitamente agradecido y enamorado.

De Jesús, fuente grande y río caudaloso, fluyo el amor de Dios a todos los hombres. El Padre Eterno entrego a Jesús todos los hombres. De eso habla con frecuencia el Evangelio: «Todo me ha sido dado por mi Padre (Mr 11, 27). Todas las cosas, todos los hombres, que son míos, me los ha dado mi Padre. «Esta es la voluntad del que me envió, de mi Padre, que no se pierda nada de todo lo que me ha dado» (Jn 6, 39). Pero como al encomendarle todo ya todo estaba perdido, fue como encomendarle que reconquistase y ganase todo otra vez. «No mando Dios a su Hijo al mundo para que juzgara al mundo, sino para que el mundo se sal-vara por El» (Jn 3, 17).

Esta recomendación hizo que se preocupara con verdadera solicitud por redimir el mundo. Lo advierte San Juan cuando dice: «Sabia que su Padre había puesto todo en sus manos» (13, 3), por eso se levanto de la cena, se quito el vestido, se puso una toalla, lavo los pies a sus discípulos. Por esta misma preocupación en cumplir el encargo de sus Padre, dijo: «He dado a conocer Tu nombre a los hombres que me diste» (Jn 17, 6). Por esto mismo hacia oración por ellos: «No te pido por el mundo, sino por los que me has dado, porque son tuyos» (Jn 17, 9). Y por la misma razón se ofreció por ellos: «Y por ellos Yo me santifico» (Jn 17,19). Cuando en el huerto le fueron a prender, por esta misma preocupación de cumplir el mandato de su Padre les defendió: «Si me buscáis a Mi dejad a estos que se marchen. Y así se cumplió lo escrito que dice: No perdí a ninguno de los que me diste» (Jn 18, 8-9); no perdió a ninguno por su culpa, por eso le dolió tanto la perdición de Judas, porque, habiéndoselo también encomendado su Padre, no quedase por El, el conservarle a su lado y el salvarle. «Guarde a los que me diste, y nin¬guno se perdió, excepto el hijo de la perdición, y así se cumplió la Escritura» (Jn 17, 12).

De esta misma fuente nació no solo el amor a los hombres sino también a todo lo que convenía para el bien y felicidad de los hombres. Esto dijo poco antes de su Pasión: «Para que el mundo sepa cuanto es lo que Yo amo a mi Padre, y que como me lo ha mandado así lo hago y lo cumplo, levantaos y veámonos de aquí!» (Jn 14, 31). Y se fue a morir por los hombres en una cruz. Era tan grande el deseo de hacer a Dios este servicio que decía: «Con un bautismo he de ser bautizado, ¡y como estoy inquieto hasta que llegue la hora en que se cumpla!» (Lc 12, 50). Era tan grande el deseo que sentía de verse bautizado con sangre, que cada hora se le hacia mil anos por la grandeza de su amor. En la Fiesta de los Ramos quiso ser recibido por la gente de Jerusalén para que viera la alegría de su corazón, y, por la misma causa, entre aplausos y cubierto de rosas y flores, quiso subir a la cruz. El rey David expreso la f fuerza del amor de Jesús al escribir: «Se alegro como un atleta para correr su carrera; desde lo mas alto del cielo salio, y en su orbita llego al otro extreme, y no hay nada que escape a su calor» (Salmo 18, 6-7). El amor divino salio de Dios y volvió a Dios. No amo al hombre por el hombre, sino por Dios. No hay nadie que pueda escapar de su calor ni huir de su amor; porque su caridad es tan encendida que fuerza y casi obliga a los corazones, como dice el apóstol: «E1 amor de Cristo nos empuja» (2 Cor 5, 14).

Al apóstol Pablo le apremiaba tanto el amor de Cristo que, despreciando el hambre y la sed, las persecuciones, y la vida y la muerte, hasta deseaba su amor, si fuera posible, padecer las penas del infierno: «Desearía hasta ser apartado de Cristo por el bien de mis hermanos» (Rom 9, 3). El apóstol Andrés, al ver la cruz en que había de morir, le echaba piropos, y le decía que se alegrara como el se alegraba al verla. Estos ejemplos nos mueven a desear subir el escalón de la cruz y llegar al corazón de Cristo. Si nos parece grande el amor de Pablo y de Andrés, mayor es, infinitamente mayor, el amor de Jesús.

También Jacob da un gran ejemplo de verdadero amor: siete anos sirvió a su suegro Lavan para poderse casar con Raquel. Y tenia tanto trabajo que de no-che casi no dormía y de dia no descansaba. Andaba con la piel quemada por el hielo y el sol. Y, a pesar de esto, siete anos «le parecieron poco por el gran amor que sentía por Raquel» (Gen 29, 20). ¿Que le parecería a Cristo una noche de burlas y tres horas de cruz para conseguir como esposa a la Iglesia, y hacerla hermosa y sin ninguna mancha? Le parecería poco (Ef 5,27). Sin duda amo mucho mas que padeció, y fue mayor el amor encerrado en su corazón que el sufrimiento que hacían ver sus heridas y sus llagas. Si lo que Dios le mando hacer por todos los hombres se lo hubiera mandado hacer por cada uno, por cada uno lo hubiera hecho. Y si como estuvo tres horas en la cruz hubiera sido necesario estar allí hasta el fin del mundo, lo hu¬biera hecho, que amor tenia para todo.

Fue mucho menos lo que el Señor padeció que lo que amo y deseo padecer; si solo esa muestra de su sufrimiento fue tan sorprendente para muchos hombres, que «fue escándalo para los judíos y locura para los gentiles» (1 Cor 1,23). ¿Que hubieran pensado si les hubiese dado otra prueba que mostrara toda la grandeza de su amor? La prueba de amor que nos dio ciega, en medio de tanta luz, a los que creen; a los amigos, a los que conocen este amor, les deja pasmados cuando Dios les descubre este secreto, y les da a sentir este misterio; se deshacen en lagrimas, se abrasan de amor, les hace alegrarse en la tribulación y en el dolor, les da fuerza para acometer lo que todo el mundo teme, les hace desear y amar todo lo que Cristo ha deseado y amado.

Este fue otro motivo de alegría para el Señor cuando estaba, en aquella noche, en medio de golpes y burlas: veía, gracias al dolor que sufría, la imagen del mundo ya renovado, los hombres transformados de carnales a espirituales. Veía los hombres que, al conocer lo que había sufrido por ellos, se encendían de amor por El, se hacían a su imagen y semejanza, despreciando el mal y deseosos de hacer el bien en el mundo. Con esta alegría pudo sufrir la deshonra y la burla y el desprecio, lo pudo sufrir con fortaleza y sin desviar la cara para evitar las bofetadas y sin retirar su cuerpo para librarse de los golpes. Veía que a través de lo que hacían en El aquellos verdugos labraba el Padre Eterno, también en El, la imagen y ejemplo de los predestinados.

Dios Padre se complacía en la obediencia de su Hijo y disponía y preparaba el premio con que quería honrarle por toda la deshonra que estaba sufriendo, componía un cantar con que alabarle perpetuamente
en el cielo por todos los insultos que aquella noche le decían.

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Con la negación de Pedro aún creció más el dolor del Señor en aquella noche. Pedro era uno de los apóstoles mas queridos, y estaba avisado ya de la tentación que iba a tener, pero, a pesar de eso, le negó, y no una vez, sino tres, y juro que no le conocía.

La primera vez que dijo no conocer a Jesús parece que fue después de la medianoche. La portera dejo entrar a Pedro, gracias a la intervención del otro discípulo, y el se sentó en el atrio junto al fuego que habían encendido por el frió que hacia (Me 14, 66 y Jn 18, 18). Allí estaba con los servidores y criados calentándose al fuego, cuando la portera le pregunto: Y Pedro negó conocer a Jesús, y se salio del atrio, y el gallo canto por primera vez. Y el primer canto del gallo suele ser a la medianoche o a la una.

La tercera negación debió de ser sobre las cuatro de la madrugada, porque todos los evangelistas dicen que, al negarle por tercera vez, el gallo canto, y San Marcos dice que era la segunda vez que cantaba, y el segundo canto de gallo suele ser poco antes del amanecer, es decir, alrededor de las cuatro de la madrugada.

La segunda negación fue como una hora antes de la tercera, como dice San Lucas: «Pasada como una hora...» (22, 29), por tanto, eran las tres poco mas o menos. El Salvador había dicho a Pedro que le negaría tres veces antes de que el gallo cantase dos; se refería el Señor a los dos momentos en que el gallo canta: uno después de la medianoche, y el otro antes de amanecer. Todo ocurrió muy de prisa: de la noche a la mañana, como se suele decir; para indicar el tiempo que pas6 desde la primera negación a la segunda, San Lucas dice: «Poco después» (12, 58), y San Marcos dice lo mismo —«poco después»— para
referirse al tiempo que paso entre la segunda y la tercera negación.

Ocurrió en el atrio, que era como el patio común de las casas; y allí estaban los soldados de guardia y los demás criados de los sacerdotes que se habían reunido en la casa del pontífice. En estos patios no hay techo, sino que dan a cielo descubierto, por eso tuvieron que encender fuego, y así se calentaron a esas horas frías de la madrugada.
No debe confundir el que unos evangelistas digan que Pedro estaba fuera y otros que estaba dentro: estaba fuera de la sala donde se juzgaba a Jesús, pero estaba dentro porque había entrado en la casa del pontífice. San Mateo dice que «Pedro estaba fuera, en el atrio» (Mt 26, 69).

También sabemos que la sala donde estaban procesando a Jesús era una habitación en el piso alto de la casa, porque San Marcos dice: «Pedro estaba abajo, en el atrio» (Me 14,66).

Como puede ser entonces que, como dice San Lucas, Jesús mirara a Pedro si El estaba arriba y Pedro en el atrio? «E1 Señor se volvió y miro a Pedro» (22, 61). Le miro cuando ya le había negado por tercera vez, y fue después que juzgaron al Salvador: pudo mirarle cuando le trasladaban de la sala de la audiencia a otro sitio de la casa o bien pudo ser que mientras los criados se reían del Salvador, Pedro fuera a ver que ocurría y entonces el Señor le mirara.

Pudo ocurrir así: Terminaron los sacerdotes de juzgar al Señor y se marcharon a sus casas. Trasladaron al Señor a otra habitación de la casa donde debían guardarle hasta la mañana siguiente. El sumo sacerdote se había ido a dormir; en la casa no quedaban ya más que los criados y guardas de ella. Todos estaban en el atrio, calentándose al fuego. Hartos y cansados ya de burlarse del Salvador, con frió, con sueno, se iban turnando en la guardia de Jesús. En estos momentos Pedro afirmo no conocerle. En torno al fuego, unos esta¬ban de pie, otros sentados. Y Pedro, como quien esta enfriado del amor de Cristo, se calentaba junto al fuego de los enemigos de Cristo. Muy pronto apetece el consuelo sensible a aquel que ha dejado el amor de Dios.
La portera que le había abierto, «al verle sentado junto al fuego», le dijo: ¿Eres tu, acaso, de los discípulos de ese hombre?». Y, antes de que Pedro pudiera contestar, se fijo mas en el y añadió: ¿Si, seguro que eres uno de los que andaban con Jesús Nazareno!». Y vuelta a los demás les dijo: «Este es uno de los que andaban con El» (Lc 22, 56).

Pedro, sintiéndose acosado por esa mujer ante tanta gente que le miraba, lleno de miedo, negó «ante todos» ser un discípulo de Jesús, y dijo: «No lo soy ni le conozco. Ni se ni entiendo lo que dices, mujer» (Mt 26, 70. Jn 18, 17. Lc 22, 57. Me 14, 68).

¡Pedro, Pedro! Y hace muy poco decías: «Aunque todos se avergüencen de Ti yo no me avergonzare, y si es necesario morir contigo, yo no te negare» (Mt 26, 33 y 35). No estas en peligro de muerte, ni te juzga el jefe de los romanos ni el sumo sacerdote de los judíos, no te amenazan los soldados, ¿Cómo entonces te asustas y no sabes responder con valentía a una portera? Presumiste sin fundamento, Pedro; eres un hombre débil, y ante una pequeña ocasión, sin la ayuda de la gracias, eres vencido.

Se pusieron en pie los que estaban allí, y Pedro, para disimular, se puso también en pie y se acerco mas al fuego para calentarse. Pero no estaba tranquilo, tenia miedo, y se alejo de ellos y «salio fuera» del atrio, «al zaguán» de la casa (Jn 18, 18 y 25. Me 14, 68). Estando allí, el gallo canto por primera vez.

Debía de ser grande el ruido y trajín que habría en aquellos momentos: unos entraban, otros salían, todo el mundo hablaba y daba su opinión o preguntaba sobre lo que había ocurrido aquella noche. Pedro intentaba no ser visto para que no le reconocieran, y a la vez deseaba saber que ocurría con su Maestro. Estaba inquieto después que había mentido diciendo que no era discípulo de Jesús ni le conocía y no sabía donde ni como ponerse: unas veces se sentaba, otras se ponía de pie, unas veces intentaba escuchar acercándose a los grupos de criados, otras se alejaba y salía del atrio hacia el portal, volvía a entrar, sobresaltado, nervioso.

«Poco después», una de las veces en que iba hacia la puerta del zaguán, se fijo en el otra sirvienta de la casa, y dijo a la gente que estaba allí cerca: «Este es de los que estaban con Jesús Nazareno!» Pedro se volvió a sentar entre los demás junto al fuego, y le preguntaron: «,;Es verdad que eres de los discípulos de ese hombre?». Pedro dijo: «No, no lo soy». Un criado, que le miraba fijamente, le dijo: «Seguro que eres uno de ellos». Pedro hizo como que se enfadaba: «Déjame en paz, hombre, he dicho que no lo soy!». Y juro no conocer a Jesús.

Pedro debiera haberse ya marchado la primera vez que le negó, debiera haber abandonado aquella compañía y conversación que tanto mal le hacia. Pero como continuó allí, su pecado y su culpa fueron mayores. La primera vez solo mintió, pero ya la segunda vez juró. Es un ejemplo para nuestra propia debilidad: debemos huir de las ocasiones de pecado para no caer en el. Pero Pedro se quedo junto al fuego, y su tercera negación aún fue peor que las dos primeras.

«Como una hora después» (Lc 22, 59), uno de los que estaban allí comento: «Estoy seguro que este hombre andaba con El, se nota que es Galileo». Los demás repitieron lo mismo: «Seguro que tú eres uno de ellos, porque se nota que eres Galileo, y eso no lo puedes negar porque se ve en tu modo de hablar» (Me 14, 70; Mt 26, 73). Esto lo decía porque los galileos tenían un acento especial que les distinguía de los demás judíos. Pedro insistió en que no era discípulo del Señor, pero «uno de los criados del pontífice, pariente de aquel al que Pedro había cortado la oreja, le descubrió: No lo puedes negar, yo mismo te vi en el huerto cuando estabas con El». «Pero, hombre, ¿que dices? ¡No te entiendo!». Pero como ya no le creían, «empezó a jurar y a maldecir», y grito: «Yo no conozco a ese hombre!». «Inmediatamente, el gallo canto». Eran como las cuatro de la madrugada.

No ocurrió lo que Pedro había dicho: «Daré mi vida por Ti», sino lo que el Salvador había asegurado: «Me negaras tres veces». Todos los evangelistas cuentan las tres negaciones de Pedro.

Jesús se acordaba de Pedro, que estaba tan olvidado de El, y le echo una mano para que se levantara de su caída: le miro. «El Señor se volvió y miro a Pedro» (Lc 22, 61). Pudo ser que coincidiera aquel momento con la terminación del proceso y estuvieran bajando al Señor a otra habitación. Y, si no fue así, pudo ser que el mismo Pedro subiera al piso de arriba para ver que hacían con el Señor. A pesar de que el Señor estaba sufriendo de aquella manera, le ayudo, mirándole. Miro el Señor a Pedro y, con su mirada, Pedro entendió lo que le quería decir, y se acordó de lo que había dicho y el no quiso creer: «Esta misma noche, antes de que el gallo cante dos veces me habrás negado tres».

Y, «saliendo fuera, lloro amargamente» (Lc 22, 62). Conoció la gravedad de su culpa y la bondad del Señor a quien había ofendido. Lloro con amargura porque las lágrimas nacían de la dulzura del amor de su Maestro. El había afirmado en otra ocasión que Jesús era el Hijo de Dios vivo, y ahora, por miedo, había negado conocerle. Lloraba amargamente porque se acordaba de todos los beneficios que había recibido del Señor, como le había distinguido sobre los demás compañeros; se acordaba de que le había avisado y el, en cambio, en un momento, había hasta jurado no conocerle. Aquel juramento y aquellas maldiciones que echo delante de todos le quemaban las entrañas, y por eso lloraba a lágrima viva. Fue tanto su dolor que, des-de aquel dia, todas las mañanas, al oír el canto del gallo se sobresaltaba y le daba un vuelco el corazón, y durante muchos días lloro al acordarse. «Empezó a llorar», dice San Marcos, como si aquel fuera solo el comienzo y su llanto continuara mucho tiempo después.

Quedo Pedro tan herido con la mirada del Señor, que ni pudo retractarse públicamente de su mentira. Quedo tan arrepentido que solo pudo echarse a llorar. Con aquella caída fue ya mas humilde y menos con-fiado en si mismo, no quiso poner a riesgo mas veces su flaqueza. Así pudo enseñar a los demás a evitar las ocasiones de pecar, y enseño la verdadera fortaleza, la que viene de Dios.

No quiso echarse allí mismo a los pies del Señor pidiéndole perdón, quizá le pareciera demasiado atrevimiento conseguir el perdón tan pronto, quizá quiso pedirlo primero con sus lagrimas y su penitencia. Sola-mente lloro y no dijo ninguna excusa, callo y lloro, y así lavo su culpa, con lágrimas. Y para llorar mejor se salio fuera. Se alejo del palacio donde había cometido el pecado. ¿A donde iría a consolarse sino a la Virgen Maria, refugio de los pecadores, para contarle su tristeza y amargura? Ella le consoló y le dio la firme esperanza de alcanzar el perdón de su Hijo.

No sin motive permitió el Señor que la piedra fundamental de su Iglesia pecara y flaqueara así. Podemos aprender con esto que nadie debe confiar presuntuosamente en si mismo, pues un apóstol tan privilegiado y tan querido cayo. Tomemos el aviso que nos da San Pablo: «E1 que piensa que esta en pie, fíjese bien, no sea que se caiga» (1 Cor 10, 12). También podemos aprender de lo ocurrido a Pedro que nadie debe desconfiar de Dios, por perdido que este, pues Pedro, habiendo cometido un pecado tan grande, volvió a la primera amistad gracias a sus lágrimas y a su penitencia, y al amor de Dios. Fue hecho príncipe de los apóstoles, cabeza de la Iglesia, Pastor del rebano de Cristo, depositario de las llaves del reino de los cielos. También San Agustín da otra razón, dice: «Me atrevo a decir que es provechoso a los soberbios caer en algún pecado claro y evidente, por el cual se vean tal como son, pecadores, pues con su soberbia ya habían pecado. Mas pecador se vio Pedro cuando lloro su culpa que cuando presumía de su fidelidad». Y San Gregorio aun da otra razón: «Para que aquel que iba a ser Pastor de la Iglesia aprendiese por si mismo como debía comprender las debilidades ajenas y compadecerse de ellas. La misericordia que uso el Señor con el fue grande y digna de ser siempre recordaba: el Señor mira a su amigo que le ha negado para salvarle, y le da la mano para que no se pierda. Así fue de piadoso el Señor con el para que el lo fuera con las ovejas del rebaño que le iba a encomendar, para que no desamparase a nadie por muy enfermo o rebelde o perdido que estuviese».

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Mientras iban sucediéndose las calumnias y los falsos testigos, el Salvador callaba, como si no hablaran de El. En su primera respuesta vio lo mal dispuestos que estaban los jueces para escuchar la verdad, y se dio cuenta que aquella reunión no tenia de juicio mas que la apariencia, y no era sino una cueva de ladrones. Vio que no había de servir para nada el hablar, y por eso callo.

Pero el sumo sacerdote, viendo que no se conseguía su intento, que los testigos no daban suficiente materia para una condena a muerte, se dirigió directamente a El, impaciente y furioso (Mt 26, 62): ¿Por que te callas? !Habla! , ¿Por que no respondes siquiera una palabra a las acusaciones que se te han hecho? ¿Que clase de soberbia es la tuya?

«Pero Jesús callaba y no respondió». Se mantuvo en silencio, no convenía que el Hijo de Dios hablara por miedo a un hombre. El silencio es una gran prueba de paciencia; es una gran cosa callar cuando se le injuria a uno y se le desprecia y ofende; y mas merito tiene cuanto mas mentirosa y falsa es la calumnia, y cuanto más le puede perjudicar a uno. Es peligroso hablar en estas ocasiones, incluso decir cosas buenas, porque detrás de esas palabras acertadas pueden venir otras inoportunas por la indignación del momento; lo mas seguro es callar, así lo dice el profeta en uno de sus salmos: «Me guardare sin pecar con mi lengua, pondré un freno a mi boca mientras este delante de mi el malvado. Enmudecí, me quede en silencio y en calma, mi dolor aumentaba al ver como se alegraban de mi mal» (38, 2-3).

Nos mostró el Señor aquella gran mansedumbre suya, que ya el profeta había alabado mucho tiempo antes: «Seré llevado como una oveja al matadero, y como un cordero ante el que le trasquila callare y no abriré mi boca» (Is 53, 7). Y el rey David habla del Salvador como si hubiera estado presente en esta noche del proceso: «Mis amigos, y los que andaban conmigo huyeron de mi; los que tenia mas cerca se me fueron lejos; los que intentaban quitarme la vida se esforzaban en conseguirlo con calumnias y falsos testimonios. Los que pretendían hacerme daño no hablaban sino mentiras, y no hacían sino inventar falsedades contra mi. Pero yo, como si fuera sordo, no escuchaba, y como si fuera mudo, callaba. Estuve en medio de mis acusadores como si no les oyera, como si no tuviera con que defenderme y convencerles de su error» (Sal 37, 12-15). Y esto es exactamente lo que hizo el Salvador.

Cansado, el sumo sacerdote decidió preguntarle directamente lo que deseaba oír, lo que necesitaba oír para condenarle a muerte: una blasfemia. Le habían oído decir que era Hijo de Dios, y ellos consideraban esto una blasfemia, como si fuera mentira. Por eso le pregunto esto, para que al llamarse a si mismo Hijo de Dios le pudiera acusar de blasfemo. Y para que no se defendiera callando, le hizo la pregunta en nombre de Dios: «Yo te conjuro por el Dios vivo y verdadero a que nos digas aquí a todos si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios» (Mt 26, 63). Y esta fue, como se vio después, la única acusación en que se apoyaron para entregárselo a Pilato: «Según la ley debe morir porque se ha hecho Hijo de Dios» (Jn 19, 7).

El Señor no podía dejar de decir la verdad, no podía dejar de honrar a su Padre en cuyo nombre había sido conminado a hablar, y por eso hablo, aunque sabia bien que sus mismas palabras le llevaban a la muerte: «Si, tú lo has dicho: Yo soy» (Mt 26, 64 y Me 14, 62). Y para que no se escandalizaran al oír esta verdad, añadió: «Y veréis al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Poder de Dios, y vendré entre las nubes del cielo», ahora me veis así, humillado y preso, pero pronto me veréis como Juez eterno en mi reino de los cielos.

El sumo sacerdote, al oírle, con el mismo furor con que se había puesto en pie, se rasgo su vestidura con las manos; esto es lo que solían hacer los judíos al oír una blasfemia. Exagero así el gesto Caifás para agravar más la causa de Jesús el Nazareno, y condenarle por la blasfemia que había dicho. El sumo sacerdote desnudo su pecho, y Jesús pudo ver como lo tenia lleno de envidia y maldad. Este viejo sacerdote, y mentiroso, no pudo oír la verdad más grande de todas las verdades que acababa de decir el nuevo y joven sacerdote Jesucristo, dijo que la verdad era blasfemia. Cuando Pedro confeso que Jesús era el Hijo de Dios, se fundó la Iglesia; cuando Caifás lo negó y le llamo blasfemo, la sinagoga se hundió para siempre.

«Levanta los ojos y mira: todos se han reunido y han venido junto a ti. ¡Por mi vida!, dice Yahvé, con todos ellos te vestirás como un velo de boda, te ceñirás con ellos como una novia» (5 49, 18). La Iglesia es la vestidura del Señor, aunque perseguida, esta fundada sobre la fe en Jesucristo Hijo de Dios, sin que «todo el poder del infierno pueda vencerla» (Mt 16, 18): esta es la imagen: ni los soldados se atrevieron a rasgar la vestidura del Señor, en cambio el sumo sacerdote rompió la suya con sus propias manos. La sinagoga se vino abajo con su sacerdocio y sus ceremonias ante la verdad del Nuevo y Eterno Testamento.

El sumo sacerdote, al rasgar sus vestiduras, demostró que se escandalizaba de la respuesta del Salvador. De juez que era, se hizo a la vez testigo y acusador, contra toda ley y justicia, y se dirigió a los demás sacerdotes y letrados: Para que buscar ya testigos, que necesidad tenemos de ellos», no basta ya con los que ha dicho? Habéis oído la blasfemia: ¿Que os parece? ¿Que opináis que se debe hacer ante un caso tan claro?

Entonces, «todos», si exceptuar a nadie, «le condenaron a muerte» (Me 14, 64). Así se cumplió lo que el Señor había dicho: «El Hijo del Hombre será entregado a los sacerdotes principales y a los escribas y le condenaran y dictaran contra El sentencia de muerte» (Mt 20, 18).

Los servidores y criados de los sacerdotes, que estaban allí presentes, al oír la sentencia, descargaron contra El toda su ira, le golpearon y le escupieron en la cara (Mt 26, 67); y, por lo que parece leerse en el Evangelio, también los sacerdotes del Sanedrín le pegaron y le insultaron.

Aquellos ignorantes sacerdotes estaban persuadidos de que Cristo merecía este castigo, porque lo soportaba. Y entonces quisieron vengarse también de que les hubiera criticado en público manifestando sus vicios y errores. Se levantaron enfurecidos de las sillas que indignamente habían ocupado como jueces, y, perdiendo toda gravedad y respeto, empezaron a pegarle.

Después, se despidieron, y quedaron de acuerdo en reunirse de nuevo a la mañana siguiente para concluir la causa en juicio legítimo, y ordenar la ejecución de la sentencia.

El sumo sacerdote se fue a dormir a su habitación, y dejo a Jesús en manos de sus guardias y criados, estos le sacaron a la sala y debieron llevarle a otra habitación mas pequeña, donde, como en una cárcel, le tu-vieron toda la noche preso los soldados de guardia. «Los hombres que le tenían preso» (Lc 22, 63), decidieron entretenerse aquella noche, y vencer el sueno burlándose del Salvador. «Se burlaban de El»; y lo harían con groserías y motes y risotadas, como era propio de gente ignorante y maleducada. «Le escupían». «Empezaron a escupirle en la cara» (Mt 26, 67 y Me 14, 65). Aquellos hombres viles con su asquerosa saliva ensuciaban aquella divina cara que, como escribió San Pedro, «deseaban mirar los Ángeles» (1 Pdr 1, 12).

«Le maltrataban», le herían, le daban golpes, puntapiés y puñetazos.

Después, «le taparon la cara con un paño» (Lc 22, 64), y habiendo cubierto aquellos ojos «a los que ninguna cosa hay encubierta» (Heb 4, 13), le daban bofetadas. Como habían oído que tenia entre el pueblo fama de profeta, se burlaban también de esto, y le decían al pegarle: «Profetízanos, Cristo, ¿quien es el que te ha pegado?» (Mt 26, 28). «Y le insultaban diciéndole otras muchas cosas» (Lc 22, 65).

Cubrieron su cara, la ocultaron a su vista, condenándose a si mismos a no verle nunca mas con los ojos de la fe. No os extrañéis el atrevimiento y maldad de aquellos hombres que le pegaban habiéndole tapado la cara, nosotros también hacemos cosas parecidas: hacemos el mal y pensamos luego tapar los ojos a Dios con nuestra hipocresía para que no vea nuestro pecado.

El profeta Isaías vio estas burlas y golpes muchos anos antes, vio que le herían y escupían, que le insul¬taban, que le tiraban del pelo y de la barba riéndose de El, y El lo soportaba todo, voluntariamente: «Ofrecí mi cuerpo a los que me herían, mis mejillas a los que tiraban de mi barba, y no aparte mi cara de los que me escupían y me insultaban» (7s 50, 6). Admira ver la mansedumbre y paciencia del Salvador ante estos insultos y malos tratos, pero también es de admirar la fortaleza con que soportaba todo aquello.

Es probable que los guardias que vigilaban a Jesús se fueran alternando durante la noche, mientras unos dormían otros velaban. El que llegara nuevo, traería una nueva burla, una nueva manera de reírse de Jesús. El Señor no durmió, padeció aquella situación toda la noche, noche que nunca amaneció para los ciegos de la ciega sinagoga.

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Pasaron otra vez el Torrente Cedrón, le llevaron camino de Jerusalén, atado, entre voces y gritos, a toda prisa, a empujones, cayendo y levantándose, a golpes, como si fuera un ladrón. Iban camino de la casa de Caifás, sumo pontífice y juez supremo en lo eclesiástico del pueblo judío; era también presidente del consejo supremo que se llamaba Sanedrín, en el que se reunían setenta y un jueces, y, con el como presidente, eran setenta y dos. Debía de ser la media noche, porque después de la cena, cuando Judas salio «era ya de noche», y luego Jesús hablo largo rato, subieron al huerto, hizo oración, y después vinieron a prenderle; había pasado, pues, mucho tiempo. Los jueces, viejos y ancianos de aquel pueblo, estaban tan apasionados, que se reunieron a aquellas horas de la noche y celebraron consejo para no perder tiempo y para condenar cuanto antes al Salvador.

Entro Jesús en Jerusalén, gran Sacerdote del Nuevo Testamento, para ofrecer su vida en sacrificio agradable a Dios por la redención de todo el mundo. Empezó el proceso en casa del sumo sacerdote, donde se habían reunido los demás sacerdotes y letrados a esperarle. Pero los soldados y siervos que le llevaban le pasaron primero por casa de Anas, porque era suegro de Caifás. Se honraron así mutuamente el suegro y el yerno, deshonrando al Salvador. Anas, en cuanto se lo trajeron, «le envió, atado», como venia, «a Caifás» (Jn 18, 24), que era el pontífice, y a el correspondía llevar adelante el proceso. Caifás era el que, en la reunión anterior, «había aconsejado a los judíos que convenía que muriese un hombre solo para salvar a todo el pueblo» (Jn 18,14). El que había dado el consejo estaba dispuesto a ejecutarlo. En su casa ocurrieron todas las cosas que se cuentan de esta noche.

Aunque al prender a Jesús en el huerto todos sus discípulos le dejaron y huyeron después, Pedro, inquieto y preocupado por su Señor, «le iba siguiendo» para ver donde le llevaban, aunque «de lejos» por el miedo que tenia (Ml 26, 58). También siguió al Señor otro discípulo; quizá fuese Juan, o quizás algún ciudadano de Jerusalén de los que seguían su doctrina, y que por ser un hombre de importancia, tenia cierta amistad con el pontífice.

Entro el Señor con todo aquel tropel y gentío de
gente con los que había salido del huerto; es probable
que se hubiera unido mas gente, atraída por el ruido,
al pasar por las calles.

Luego, al entrar en la casa de Caifás, despacharían, bien pagados y contentos, al tribuno y a los soldados romanos, que habían sido la principal fuerza. Impedirían también la entrada a la gente que con deseo de saber lo que pasaba insistían en la puerta para poder entrar. Despejada la casa de la gente que no era de ella, se quedarían los jueces a puerta cerrada con el preso. Por ser de noche, y para que la casa quedara mejor guardada, estaba a la puerta una criada. El otro discípulo, como era conocido en casa del pontífice, entro. Pedro se quedo fuera, junto a la puerta. Al advertirlo el otro discípulo, hablo a la portera y dejo entrar a Pedro. Pedro entro en el palacio donde, por ser tan perseguida la verdad, el la negó.

Llevaron al Salvador a la presencia del pontífice. Pedro y el otro discípulo estaban ya dentro, y así fueron testigos de lo que allí ocurrió. Empezó el pontífice por examinar de una manera jurídica la causa de Je¬sús Nazareno; delante estaban también los sacerdotes y letrados. Al día siguiente por la mañana pretendía celebrar otro consejo, este ya pleno y legitimo, pero el de la noche fue por ver como podría enfocarse exactamente el asunto, y que pruebas había contra el Salva¬dor para poderle acusar y darle muerte. Le consideraban como engañador y alborotador del pueblo, que predicaba mentiras contra la Ley y la tradición. Especialmente el pontífice quiso examinar dos cosas: una, «sobre sus discípulos», quienes eran, cuantos, donde estaban y para que los había juntado; la segunda, «sobre la doctrina», que enseñaba, para ver si podía encontrar alguna mentira o calumnia en ella.

A la primera pregunta, sobre los discípulos, el Señor no respondió. Porque, como habían huido todos, escandalizados y avergonzados de El, y el único que estaba presente, Pedro, se encontraba allí lleno de miedo, ;que podía decir que fuera en defensa suya? Por otra parte, dado el motive por el que se le preguntaba, bastaba con responder sobre su doctrina, porque, siendo como era, buena y de Dios, no podía reunir discípulos para una finalidad mala. Así, callo a la primera pregunta, pero respondió a la segunda: «He hablado abiertamente ante todo el mundo» (Jn 18, 20), se podría sospechar que una doctrina es perniciosa si se habla a escondidas, pero «Yo siempre he ensenado en las sinagogas y en el Templo donde se reúnen todos los judíos, y no he hablado nada a escondidas». Aunque he hablado a solas con mis discípulos, para aclararles lo que hablaba en publico en parábolas, no les he enseñado nada distinto de lo que decía a las gentes, y no les enseñaba para que guardaran secreto sino para que lo transmitieran y lo enseñaran también a todo el mundo. Estas son las palabras verdaderas, las que pueden decirse a la luz, delante de Dios y de los hombres. Siendo esto así, «por que me preguntas» sobre mi doctri¬na pudiendo preguntar a tantos, y a quienes creerás mas que a Mi? «Inf6rmate de los que me han oído, que ellos saben bien que cosas he ensenado Yo».

Uno de los servidores que estaban allí tomo a mal esta respuesta, dicha con tanta serenidad y siendo cierta, le pareció que había faltado al respeto al sumo pontífice y que le había dejado en ridiculez. Quiso quedar bien ante el pontífice, y se encaro a Jesucristo diciéndole: «Así respondes al pontífice?», y le dio una bofetada.

A pesar de esta ofensa, hecha en publico y por un guardia o servidor del pontífice, el Señor no perdió la serenidad y hablo con la misma mesura que había hablado antes. Pensó Jesús que callar del todo ante una injuria tan reciente no era verdadera humildad, y que si lo era defenderse con entereza y serenidad, aquel que le dio la bofetada no solamente le ofendió en publico sino que además critico su respuesta, como si no fuera verdad, como si no fuera cierto que su doctrina era divina, y eso no lo podía callar el Señor. Serenamente, Jesús le hizo ver que mas grosero había sido el tratando mal al reo ante el juez, e in-justo, porque no había motivo para pegarle; e igualmente lo había sido el pontífice al permitir ese trato contra la ley, solamente porque se alegraba de que ofendieran a Jesús. Si aquel asunto se llevara con justicia y desapasionadamente, al servidor le competía dar testimonio de lo que estuviera mal, y al juez, oír y sentenciar, y nada más. Pero aquel no era un caso justo, sino nacido del odio y de la envidia.

Jesús respondió al servidor: Si en mi respuesta o en mi doctrina hay algo malo, dime que es, «si he hablado mal, dime en que, pero si he respondido bien, por que me pegas?». Di que es por otra cosa, pero no mientas al decir que me pegas porque he respondido mal.

Ninguna respuesta pudo ser mas acertada que esta, ni mas justa y oportuna. Pegar a Cristo..., merecería que la tierra se abriera y se tragara a ese infame. Pero el Señor fue paciente, venció con la bondad en vez de usar del castigo.

Quizá alguien pregunte: <Cómo es que no ofreció la otra mejilla al que le había pegado? Así lo enseño El... Jesús estaba dispuesto no solo a poner la otra mejilla sino a ofrecer su cuerpo entero para que lo clava-sen en la cruz. Además, la humildad debe ser sincera, no hay que cumplir lo que el Señor ordena por vanidad o por aparentar; es mejor responder con la verdad que ofrecer la otra mejilla solamente por orgullo; la humildad esta dentro, no en una postura externa.

Si esta causa se hubiera llevado con justicia, la respuesta del Señor hubiera sido aceptada como buena. Pero el juicio estaba viciado desde el comienzo, los jueces no eran imparciales, todos estaban dispuestos de antemano a darle muerte, y aquel proceso no era más que una formula para disimular su mala voluntad y su envidia; tenían miedo de los romanos, pensaban que si Cristo seguía actuando destruirían su nación y su Templo. Por eso buscaban testigos que testimoniaran contra El, aunque el testimonio fuera falso, les bastaba con que fuera suficiente para condenarle a muerte (Mt 26, 59). La vida del Señor no daba pie a encontrar lo que ellos buscaban, era necesario mentir. Muchos estaban dispuestos a presentarse como testigos falsos, unos por miedo a los sacerdotes, otros para congraciarse con ellos. Pero unos decían una cosa y otros otra, y se contradecían ellos mismos. Todo eran falsedades y mentiras basadas en murmuraciones. Decían que tenia pacto con el demonio, decían que quebrantaba las fiestas, decían que era comilón y bebedor, decían que era amigo de los publícanos y pecadores, decían que alborotaba al pueblo, decían que movía a la gente a que no pagara los impuestos, decían que blasfemaba..., solo una verdad decían, decían que se hacia Hijo de Dios.

Usaron de estos falsos testimonio para condenarle, pero no debían de estar bien expuestos porque se contradecían, ni eran suficientemente convincentes para poderle condenar a muerte.

Después, se presentaron otros dos testigos falsos y dijeron: «Nosotros le hemos oído decir: Yo puedo destruir el Santuario de Dios, y en tres días levantarlo» (Mt 26, 60). Este testimonio era evidentemente falso porque El no había dicho que podía destruir el Templo de Dios y menos que lo fuera a destruir, sino que, cuando lo destruyeran ellos, El construiría otro «no hecho por las manos del hombre». Además, El no hablaba del Santuario material, del Templo de piedra, sino del templo de su cuerpo (Jn 2,21), queriendo decir, y diciendo, que cuando le mataran, El resucitaría al cabo de tres días. Pero ellos torcieron el sentido de sus palabras: «Nosotros le hemos oído decir: Yo destruiré este Santuario hecho por hombres y en tres días levantare otro no hecho por hombres» (Me 14, 58). Pero además de ser falso el testimonio, no era suficiente para condenarle a morir.

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Cuando Judas salio del comedor donde habían cenado, empezó a moverse y a ordenar las cosas para apresar a Jesucristo. Fue de casa en casa hablando con los pontífices y los principales de la sinagoga, ofreciéndoles inmediatamente el cumplimiento de la palabra que les había dado, les explico que la ocasión era oportuna, y les indico lo que debían hacer para que no se les escapase. Como Judas no creía en Jesús, sino que le tenía por engañador y embustero, previno todo con exactitud para salirse con su intento. Consiguió del presidente «una cohorte» de soldados de su guardia (Jn 18, 12). Y pareciéndoles poca gente, los pontífices y fariseos mandaron que fuesen con ellos sus criados. E incluso decidieron que se hallasen presentes algunos «sacerdotes principales» (Lc 22, 52), que entre ellos eran considerados como personas de mucha autoridad porque habían sido sumos sacerdotes en anos anteriores. Iban también, para dar más importancia al hecho, muchos «magistrados del pueblo», que eran personas encargadas de la administración del Templo. Todos iban bien armados (Mt 26, 47), por lo que pudiera suceder: unos con «espadas»; otros, que podían menos, con «palos» y bastones. Llevaban muchas «hachas encendidas y linternas» (Jn 18, 3), no solo para no tropezar en la noche sino por miedo a que el Señor se ocultase en la oscuridad. Para juntar tanta gente y armar tanto alboroto, se puede suponer el interés que pondría Judas en que todo saliera adelante. En la Ciudad no podía haber pasado inadvertido tanto barullo y ruido. Se junto un ejercito de todo tipo de gente: judíos y gentiles, siervos y libres, eclesiásticos y laicos, militares y paisanos: todos estaban en esta noche para apresar al Señor, porque todos tenían que alcanzar la libertad, gracias a El.

Judas se hizo capitán de este ejercito. San Lucas dice que «uno de ellos, que se llamaba Judas, iba en primer lugar y delante de ellos» (22, 47). Y en los Hechos de los Apóstoles se dice que Judas «fue el capitán de los que prendieron a Jesús» (1, 16). Judas escogió la noche para evitar la resistencia que pudieran oponer las gentes que de día acompañaban a Jesús; con esto satisfizo en algo el temor de los pontífices, que por temor a la gente que seguía al Señor querían dilatar el prendimiento para después de la Pascua. Judas escogió el momento en que Jesús estaba fuera de la Ciudad; en el campo, para que estuviera mas solo, y lejos de quien le pudiese ayudar: porque «bien sabia el traidor aquel lugar, ya que muchas veces solía el Señor ir allí con sus discípulos» (Jn 18, 20). Judas proveyó a sus soldados de linternas y hachas, ¡tanto se escondió la Eterna Luz en nuestra carne mortal, que el poder de las tinieblas tuvo que ir a buscarle con linternas y hachas encendidas! Las armas que llevaban eran, es evidente, para asustar a quienes se les resistieran, y para pelear y conseguir apresar a Jesús si hacia falta usar la violencia. Judas les dio una serial, para que conocieran a la persona del Salvador, y para que, al hacerla, se lanzaran encima de El para prenderle; y esto es propio de quien hace de capitán. La señal que les dio fue el saludo habitual que se usaba entre amigos, que era besarle en la cara. Y fue además una serial propia de un trai¬dor, porque como hombre falso y con doblez, quiso conseguir dos cosas a un tiempo: entregarles al preso y quedar a cubierto ante su Maestro como si, al entrar en el huerto y darle un beso, fuera allá como un apóstol mas sin tener nada que ver con el asunto. Y, además, Judas les aviso diciendo: «Aquel a quien yo bese, ese es, cogedle y lleváoslo preso» (Mt 26, 48 y Me 14, 44). Como si dijera: Como es de noche, y muchos entre vosotros no le conocéis, no me extrañaría que os enganara y se os escapara; por eso, que nadie se mueva hasta que yo de la serial. Al que yo bese, ese es; cogedle en seguida y apresadle, y sujetadle bien, no sea que se os escape o que alguien le defienda y os lo quite. De esta manera prepararía Judas su traición, mientras los demás apóstoles dormían. Con lo que se ve que si los que siguen al Señor no son muy buenos, llegan a ser, como Judas, los peores de todos.

Salio el ejército guiado por Judas fuera de la Ciudad hasta el Monte de los Olivos. Iban los soldados de la cohorte y su tribuno con ellos (Jn 18, 12), y muchos pontífices y magistrados del Templo, y ancianos, y gente importante, acompañados de sus criados y siervos que les seguían. Las armas brillaban a la luz de las linternas y las hachas encendidas. Judas iba delante de todos; con tanto aparato como si fueran a pacificar la tierra prendiendo a un salteador de caminos o a un capitán de ladrones. Llegaron al huerto de Getsemaní el momento en que Jesús «estaba hablando» (Mt26, 47) con sus discípulos.

El Salvador quiso demostrar su divinidad, y que se entregaba porque quería. A pesar de que Judas había advertido con tanta puntualidad que con su serial conocerían quien era Jesús, sin embargo, no le conocieron hasta que El quiso darse a conocer, ni le apresaron hasta que El quiso dejarse prender, y tampoco Judas pudo ocultarse entre los demás apóstoles como parece que pretendía. Al acercarse Judas, el Señor se adelanto y le salio al paso: «!Dios te guarde, Maestro! Y le beso» (Mt 26, 49). El Señor, «pacifico con los que aborrecen la paz» (Sal 119, 7), se dejo besar por Judas. Y no solo lo hizo por mansedumbre sino para demostrar que, puesto que se entregaba por propia voluntad, no desdeñaba la se¬rial que había dado el traidor.

Tampoco perdió el Señor la ocasión para hacer el bien a quien le hacia mal. Después de haber besado sinceramente a Judas, le amonesto, no con la dureza que merecía, sino con la suavidad con que se trata a un enfermo. Le llamo por su nombre, que es serial de amistad, y le hizo ver la gravedad del delito que cometía. Y no riñéndole, sino preguntando con cariño: «Judas, con un beso entregas al Hijo del Hombre?» (Lc 22, 48). ¡Con muestras de paz me haces la guerra? Y aun, para moverle mas a que reconociera su culpa, le hizo otra pregunta, llena de amor: «Amigo, ¿A que has venido? (Mt 26, 50). Amigo, es mayor la injuria que me haces porque has sido mi amigo, y mas me duele el daño que me haces. «Porque si fuera un enemigo quien me maldijera, lo soportaría..., pero tú, amigo mió, mi amigo in-time, con quien me unía un amigable trato...» (Sal 54, 13). Amigo, que lo has sido, y lo debías ser; por Mi puedes serlo de nuevo. Yo estoy dispuesto a serlo tuyo. Amigo, aunque tu no me quieres, Yo si. Amigo, ¿por que haces esto, a que has venido?

Judas se emociono sin duda de ver que su traición era tan clara a los ojos de su Maestro, y se quedo confuso ante la serena amistad del Señor. Sin embargo, su mala conciencia triunfo, y se retire junto a los soldados que habían venido con el (Jn 18, 5). Aunque Judas había ya dado la señal convenida, los soldados no se movieron ni reconocieron al Señor. Porque no tenia que hacerse este prendimiento cuando ellos y como ellos querían, sino cuando y como lo tuviera dispuesto el Señor.

Viendo el Salvador que Judas se había retirado y que los soldados no acometían, como «sabia todo lo que había de suceder» (Jn 18, 4), no se escondió ni huyo, sino que «les salio al encuentro y les dijo: ¿A quien buscáis?». Ellos estaban tan ciegos que, teniéndole delante, no le veían. Y Judas, que estaba con ellos, no les dijo: Ese es. Y como si no hubieran visto la serial convenida, le respondieron: Buscamos «a Jesús Nazareno». Parecía que todos los preparativos habían sido inútiles, pero Jesús se dio a conocer: «Soy Yo». Fue su voz tan majestuosa e imponente, que, como si fuera un rayo, llenos de espanto y de terror, «retrocedieron todos y se cayeron al suelo» (Jn 18, 6), y Judas con ellos. Esta violenta caída fue como una representación de la que dio aquel día la sinagoga: con ella perdió el Templo y los sacrificios.

Los apóstoles se alegraron al ver el valor de su Capitán, que, al primer encuentro y con una sola palabra hizo caer a tierra a un ejército entero. ¡Dios era el que hablaba! Ante El no había cohorte ni tribuno ni solda¬dos ni armas. ¿Que hará cuando venga a juzgar?

Los soldados estaban en el suelo y Jesús les esperaba en pie. Luego se levantaron, y el Salvador les pregunto otra vez: ¿A quien buscáis?». Parece que atentan gran poder debían reconocer a Jesús y adorarle y servirle; pero no fue así: perseveraron en su intención de apresarle, y así continúa en ellos su ceguedad y no le conocieron; por eso, con la misma confusión respondieron: Buscamos «a Jesús Nazareno». El Señor advirtió su ceguera, y les respondió: «Ya os lo he dicho, soy Yo». Y, preocupándose por sus amigos, añadió: «Si me buscáis a Mi, no molestéis a ninguno de estos, dejadles que se vayan» (Jn 18, 18). Y no lo dijo en son de ruego, sino mandando; porque bien sabía el Señor que sus enemigos no iban a atender a sus ruegos, por eso se lo mando. Porque si no, como hubiera podido salir libre Pedro que con tanta audacia hirió a un siervo del sumo sacerdote? Pero todos oyeron el mandato de Jesús y obedecieron, y así se cumplió lo que estaba profetizado en la Escritura: «Padre, he guardado los que Tu me encomendaste, y no he perdido ninguno, excepto Judas», que se perdió por su culpa (Jn 17, 12).

Y es que Pedro actuó de esta manera: Entre aquella gente estaba Malco, siervo del sumo sacerdote, quien, por lo que había oído en casa de su dueño, tenia mas indignación que los otros contra el Salvador, y, así, debió de pensar que estaba bien que el lo demostrara delante de todos. Por eso, en cuanto el Señor se dio a conocer, Malco se adelanto a prenderle con más atrevimiento que los demás. Viendo los discípulos que la cosa se ponía grave, y que corrían peligro, preguntaron !Señor! atacamos con la espada?». Y es que llevaban dos espadas (Lc 22, 38). Mientras unos pedían permiso, Pedro no espero, sino que arremetió contra Malco y le dio con su espada en la cabeza que, como debía de llevar casco, la espada resbalo y vino a dar en la oreja derecha y se la corto (Jn 18, 10).

Jesús, al ver como intentaba Pedro defenderle, y también los demás, y que así parecería que iba a la muerte contra su voluntad, detuvo la lucha gritando: ¡Basta, basta ya!» (Lc 22, 51). No se olvido de su acostumbrada piedad, y quiso quitarles todo motivo de indignación contra El, así que se acerco a Malco, le toco la herida y le euro (Lc 22, 51). Esta es la caridad de Jesús, que domina sobre el odio de sus enemigos.

Después de haber curado la herida de su enemigo, corrigió la ignorancia de sus discípulos y testimonio con su palabra que se ofrecía a la muerte por propia voluntad y por cumplir el mandato de su Padre, como estaba profetizado en la Escritura. De paso, hirió también el corazón de sus enemigos dándoles a conocer el castigo a que se sometía por querer darle muerte: ¡Volved las espadas a su sitio! (Mt 26, 52), que ahora no es el momento de defenderse con las armas, aunque los enemigos nos ataquen con las suyas. «Yo os aseguro», y que ellos también lo oigan, «que el que a hierro mata a hierro muere». Yo no trato de huir de la muerte, sino que la acepto con amor, porque no me matan ellos sino la Voluntad de mi Padre. ¿Es que no quereís que beba el cáliz que me da mi Padre? (Jn 18, 11). Me basta con que venga de su mano para que lo tenga por dulce y lo beba con verdadera sed. Si Yo quisiera defenderme, que necesidad tendría de vosotros que sois pocos, y mal armados. Me bastaría con abrir la boca, pues «con solo pedírselo a mi Padre, me enviaría inmediatamente mas de doce legiones de Ángeles» que me defenderían (Mt 26, 53). Pero Yo no trato de defenderme. Esto que ocurre hace ya muchos siglos que fue profetizado, conviene que se haga así, si Yo me opongo, «como se van a cumplir las Escrituras?».

Aunque prendieron al Señor cuando El quiso, sin embargo, fue una deshonra para El, por ser una persona tan conocida por las gentes por sus virtudes, por los milagros que había hecho, por sus maravillosas palabras. Eso mismo es lo que había frenado a sus enemigos, por eso no le habían prendido antes: por miedo a las gentes que le seguían, «por miedo al pueblo, que le tenia por profeta y le quería» (Mt21,46). Y no le prendieron como a un profeta o a un hombre de bien, sino como a un malhechor o a un ladrón, que fuera necesario llevarle a empujones. El Señor paso por alto o disimulo muchas afrentas, pero esta vez no se callo: «Habéis salido a prenderme con palos y espadas, como si Yo fuera un ladrón» (Lc 22, 52). Así expreso su sentimiento por lo que hacían con El, y como seguían equivocados y ciegos, que le trataban como si hubiera vivido haciendo el mal. Y no fue así, sino que con mucha frecuencia, estaba públicamente entre ellos, en el Templo y en la Ciudad y no se escondía. Sin embargo, salieron a buscar al campo a quien se dejaba ver cada día por la Ciudad. Y fueron con armas y soldados, y El actuaba siempre pacíficamente. Necesitaron un traidor contra quien no hacia nada a escondidas y enseñaba en el Templo y en las plazas y a descubierto.

¿Por que no os atrevisteis entonces a prenderme? Lo habéis hecho ahora, de noche, como a un ladrón; pero tampoco hubierais podido si Yo no quisiera. Es que «ha llegado vuestra hora» (Lc 22, 53), y eso es lo que os permite prenderme; son las tinieblas las que os mueven, y su poder.

Con estas palabras, los demonios, y aquellos hombres servidores suyos, se encontraron de repente libres para hacer con El lo que quisieran. Y, todos a una, le echaron mano y le apresaron. Traían sogas y cadenas, para usar de toda la cautela necesaria, como Judas les había indicado. «Le ataron» (Jn 18, 12). Ataron al autor de la libertad. Quizás, muchos de los que le ataron, después dirían: «Rompiste, Señor, mis cadenas; te ofrecere un sacrificio de alabanza» (Sal 115, 16). Y lo harían con violencia, y con groserías. «Le echaron mano», dice San Mateo. Aquella chusma gritaría y lo iría empujando en medio de un vocerío descortés e insultante. Judas caminaría entre los sacerdotes y magistrados, comentando con ellos el buen resultado de su intervención, aunque «mejor le fuera no haber nacido».

Los apóstoles avergonzados y asustados de ver lo que pasaba, olvidándose de lo que habían prometido después de la cena, le dejaron, y huyeron todos (Me 14, 50).

Era tanto el ruido y alboroto que armaban los que llevaban al Salvador que, al oírlo, salio un joven, que quizá estuviera durmiendo porque iba cubierto con una sabana y desnudo (Me 14, 51). Trataron de coger-le, pero se quedaron con la sabana en las manos y el huyo desnudo. Así sucede muchas veces, que padecen más los hombres por huir de la cruz de Cristo que por seguirla. Jesús pide que se dejen todas las cosas y le sigamos, desnudos, como desnudo va El a la muerte. Por no seguirle, por no querer padecer con El, al final, con la muerte, ocurre lo que no quisimos: quedamos desnudos y vacíos de todas las cosas terrenas y lejos para siempre de los bienes eternos.

Los apóstoles, desperdigados por diferentes sitios, quizá se reunieran en la casa donde habían cenado, y allí contaron a la Madre todo lo que había sucedido en el huerto. Le explicarían como se habían llevado a su Hijo, y la Virgen Maria quedaría herida de un profundo dolor, aunque conforme y rendida a la voluntad de Dios.

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Era grande la tristeza del Señor en esta tercera vez; tanto, que San Lucas la llama «agonía». Agonía quiere decir lucha, pelea; porque Cristo peleaba y luchaba dentro de si; por un lado estaba su natural rechazo y huía del dolor que imaginaba terrible ante su inminente muerte, y por otro lado estaba su voluntad de obedecer al mandato de su Padre. Su espíritu, fuerte y dispuesto a morir, peleaba contra su carne y la animaba a que aceptase la muerte y obedeciera la orden de Dios. En esta lucha, en esta «agonía», dice San Lucas (22, 43-44) que el Salvador hizo mas fervorosa y «mas larga su oración». En esta angustia, se violento a si mismo con tanta fuerza, que algunas venas se rompieron y salieron a través de los poros de la piel «gotas de san¬gre que corrían hasta el suelo». No sudo sangre por miedo, sino por la fuerza que puso en vencerlo, por la enorme fuerza que tuvo que hacerse a si mismo para obedecer a Dios.

Cuanto mas crecía el sufrimiento, mas insistía en su oración, suplicando al Padre Eterno que le evitase beber aquel trago tan amargo de dolor, pero que se hiciese su voluntad.

Todos los Ángeles del cielo estarían absortos y ad-mirados al ver al Hijo de Dios agonizante, que por tres veces suplicaba al Padre Eterno le perdonase la vida y le evitase una muerte tan llena de dolor y de vergüenza. Todos los Ángeles esperarían el resultado de aquella petición, por ver si moriría o no, por ver si la espada, ya sobre la cabeza del Señor, volvería a la vaina sin sangre, como antiguamente hizo Abraham con su hijo Isaac.

Pero Dios hizo saber a los espíritus del cielo que su voluntad era que el Hijo muriese; y que aceptaba su oración en la que le decía que ejecutase su voluntad sin mirar su deseo. Así, dijo el Padre Dios se cumpliría su justicia y su misericordia: seria saldada la deuda por los pecados cometidos, y vendría la salvación a todo el mundo. Todos los Ángeles adoraron a Su Divina Majestad; conocieron un nuevo aspecto de la infinita sabiduría e incomprensible bondad de Dios.

La oración humilde y perseverante nunca vuelve vacía de las puertas de Dios. No se cambio la decisión tomada antes de todos los siglos, de que Jesús muriese; pero envió Dios un ángel para que le consolase (Lc 22, 43). No sabemos con que razones le podría consolar, pues el Señor sabía todo lo que el ángel pudiera decirle. El ángel no podría darle un consuelo mejor que el que había dado el mismo Jesús poco antes a sus apóstoles. Escucho humildemente del ángel lo que El sabia, y le consolé, porque no importa saber las razones, lo que importa es sentirse querido. En esto nos enseña el Señor que debemos ser humildes y buscar el consuelo en los demás cuando estemos tristes, aunque el que nos intenta consolar sea mas ignorante que nosotros.

Terminada la oración, se levanto el Señor del suelo (Lc 22, 45). A pesar de haber sido avisados dos veces, los apóstoles estaban de nuevo dormidos, de «puro cansancio y tristeza» (Mt 26, 45). El Señor les despertó con una triste ironía: «Dormid ahora, y descansad». Como si dijera: Buen sitio y buen momento habéis elegido para dormir: en la tierra y con los enemigos ya a la puerta para prenderme. Dormid y descansad si podéis. Os había pedido que rezarais y estuvierais despiertos conmigo, pero ahora, por mi, podéis ya dormir... de todos modos no podréis ahora. Y luego, como no se despertaban ni se movían del suelo, les grito: «jVenga, basta ya de dormir! jFuera ese sueño!» (Me 14, 41). Ya no hay tiempo para dormir, ha llegado el momento en que voy a ser apresado (Lc 22, 46).

Sintió el Salvador aquella injuria de su apóstol Judas, que le vendía. Le dolía la maldad de todos aquellos que venían a prenderle, pero mas la de su amigo y compañero Judas, uno de los doce. Su amigo Judas le había vendido por poca cosa: lo que le quisieron dar: «Que me queréis dar y os lo entregare?» (Mt26, 15). Y con lo que le dieron se conformo, y no hubo necesidad de ajustar el precio ni tratar más el asunto. El Señor no quiso ya disimular el daño que le hacia esa injuria de Judas, por eso dijo a los apóstoles: «Que, seguís durmiendo? Pues el que me vende esta ya muy cerca» (Mt 26, 46, y Me 14, 42), y no esta durmiendo ni ha perdido el tiempo. jVenga, levantaos ya, vamos! Salgamos al encuentro de los que vienen a buscarme.

En este comportamiento del Señor podemos advertir dos cosas: que la oración siempre da buenos resultados y nunca se sale vacío de la presencia de Dios porque, aunque no se consiga consuelo, como el Señor apenas lo tuvo, sin embargo se saca fortaleza para vencer cualquier dificultad o tentación. La segunda cosa es que si bien es necesario descubrir a Dios nuestra tristeza y abrir del todo el corazón, como lo hizo el Señor, y como lo hacia David cuando decía «Derramo ante El mi plegaria, y expongo ante El mi angustia» (Sal 141,3), sin embargo, ante la dificultad, es necesario demostrar valentía y hacer frente a los que nos persiguen.

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El Salvador nos dio un excelente ejemplo de lo que debemos hacer cuando estamos tristes: acudir a la oración. Su naturaleza, débil como la nuestra, rechazaba una cruz tan amarga; pero se postro en oración delante de Dios antes que permitir que su naturaleza cayera. Sabia bien que ni una hoja de un árbol se mueve sin que Dios lo quiera, que todo se ordena a los fines de la providencia divina. Cumplió con sus obras lo que había ensenado de palabra (Mt 6, 6), que la oración se debe hacer a solas, y por eso se aparto también de los tres apóstoles mas cercanos, «como un tiro de piedra», dice el evangelista. «Y El mismo se arranco de ellos». Se arranco, no solo se .aparto, sino que, al hacerlo, se arranco algo de si mismo, tanto esfuerzo le costo dejarles. Pero lo hizo. Y se arrodillo a una distancia que ellos pudieran advertir su ejemplo, y El pudiese desahogar su corazón afligido con mas libertad.

Allí, «se puso de rodillas» (Lc 22, 41). San Marcos dice que «cayo a tierra». Luego, «se postro», se dejo caer con la cara contra el suelo, (Mt 26, 39), y empezó a rezar: «Padre» (Lc 22, 42). «Padre, Padre» (Me 14,36). «Padre mió» (Mt 26, 39). Empezó a consolarse con aquel Padre que le mandaba morir. Y El obedecía como Hijo, aunque le viera con el cuchillo en la mano, mucho mejor que lo vio Isaac. Nos enseño a aumentar nuestra confianza cuando es grande la contrariedad, nos ense¬ño a ver a Dios como Padre aun en el momento en que castiga, llamándole así: Padre.

«Padre, Padre, Padre mió..., si es posible (Mt 26, 39), si Tu quieres...» (Lc 22, 42), te suplico que no tenga que beber este cáliz de amargura. Yo no quiero ninguna cosa que Tu no quieras; pero, si Tu quieres, si es posible, haz que no beba este cáliz.

Sentir repugnancia ante el dolor y desear evitarlo, no disminuye el merito si la propia voluntad esta conforme con la de Dios, al contrario, aumenta el merito. Así hizo Jesucristo, mostró bien clara su repugnancia natural ante el dolor —«Aparta de Mi este cáliz»—, pero añade: «Si es posible, si Tu quieres», y como no es po¬sible, como Dios no quiere, Jesús se somete y se abraza a la Voluntad de Dios: «No hagas lo que yo quiero, sino lo que quieres Tu» (Mt 26, 39).

Ejemplo digno de ser imitado. Quien pide es el Hijo Único de Dios, amante y obediente, en el que su Padre tiene puesta toda su satisfacción. A quien pide es a su Padre, el que todo lo puede. Lo que pide es que le libre de una muerte cruel que no merece. Y, sin embargo, pide con serenidad y respeto, pide con la condición de que esa sea su Voluntad, no quiere más que lo que quiera su Padre. En cambio nosotros, que por nuestra culpa merecemos cualquier castigo, no miramos que pedimos, ni el motivo, ni tenemos en cuenta lo inoportunos que somos.

El Señor nos da ya hecha la oración: «Que no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieras Tu».

El Salvador se levanto y se acerco a sus discípulos. Con el cansancio y la tristeza estaban dormidos. Les despertó para que estuvieran alerta ante el encuentro que esperaban. Seguro que le entristecería ver lo vivo y despierto que andaba Judas en la traición y, en cambio, los suyos, perezosos y adormilados en la oración. Pedro había demostrado ser el más animoso, al menos el que mas había presumido ofreciéndose hasta morir por su Maestro, con tal de no abandonarle. Y ahora es-taba dormido. El Señor quiso advertirle que no presumiese de grandes heroicidades, y se humillase al ver que era vencido hasta en cosas vulgares y pequeñas. Se dirigió a el, personalmente: «Pedro, tu también duermes?!» (Me 14,37). Tu decías que me seguirías hasta dejarte encarcelar y morir por Mi, <:y ahora no has podido estar despierto conmigo ni siquiera un rato? ^Ni siquiera ahora en que necesito tu compañía porque me muero de tristeza?

No te parece que yo debiera dormir y descansar y tu estar despierto para defenderme? «Pedro!, ;tu también duermes? ,;Ni siquiera una hora has podido estar despierto conmigo?.

Pedro no supo que contestar. El Señor se volvió a los demás, que habían imitado a Pedro tanto en presumir como en dormirse luego, y les dijo: «Manteneos despiertos y rezad», no solo por Mi sino por vosotros, «para que no seáis vencidos por la tentación». No os descuidéis, no os fiéis de vuestras buenas intenciones porque aunque «el espíritu este dispuesto» para hacer y padecer, «la carne es flaca» y batalla contra el espírituu, y os vencerá si no insistís en la oración pidiendo a Dios su fortaleza.

E inmediatamente puso El mismo en practica lo que acababa de decir: volvió otra vez a alejarse un poco y reanudo su oración. Yo te he suplicado, Padre mío, que si era posible me libraras de beber este cáliz de amargura, pero si has dispuesto otra cosa «y no puede ser que no lo beba, que se cumpla tu Voluntad» (Mt 26, 42).

De nuevo volvió donde estaban los suyos, preocupado por su debilidad, y otra vez los encontró dormidos (v. 43). Demostraban con su sueno lo débiles que iban a ser en la acción puesto que tan perezosos eran en la oración. Esta vez el Señor no quiso decirles nada, quizás para no afligirles mas; les había reprendido ya una vez, no quería avergonzarles de nuevo echándoles en cara que les había avisado antes y que se habían vuelto a dormir. Se daban cuenta por si miarnos, y estaban tan avergonzados que no sabían que disculpa poner (Me 14, 40). Tampoco nosotros encontramos disculpa por la poca compañía que hacemos al Señor en su Pasión, a no ser la de que estamos con los ojos cargados de sueno de tanto mirar lo que nos aparta de Dios.

El Salvador los dejo donde estaban (Mt 26, 44) y se volvió por tercera vez a rezar. Y por tercera vez rezo con las mismas palabras. No hacen falta palabras nuevas y rebuscadas para dirigirse a Dios, bastan las mismas, tres y muchas veces repetidas para que el Señor nos oiga; erseverantes llamando a la puerta de Dios hasta que nos obra; continúes en la oración, y tanto mas tiempo cuanto mayor sea la tristeza que nos oprime.

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A pesar de tanta tristeza y dolor, esto no impidio que el Salvador se ofreciese con prontitud a la muerte; por obedecer a su Padre y por salvar a los hombres. Pero, al advertir la terrible carga que tomaba sobre sus hombros, «entro en agonia» (Lc22, 43). Y persevere ha-ciendo mas intensa su oration hasta sudar sangre de sus venas.

No os sorprenda que Jesucristo sufriera tanto; quiza muchos hombres se ban visto en situaciones mas crueles, pero recordad: «No llames valiente al que mas heridas recibe, sino al que mas sufre por ellas», y las soporta. Y nadie como Cristo tuvo un alma tan grander su dolor fue a la medida de su amor; no comprendemos del todo su amor, por eso no comprendeis su dolor. (SAN JUAN DE A VILA. Audi filia, 79-80).

Jesucristo veia clara e intimamente la esencia de Dios y, a su vista, vivia como arrebatado por el ansia de servirle, de amarle, con toda la fuerza inexpresable de su amor. Veia tambien todos los pecados cometidos por los hombres desde el comienzo del mundo, todos los que iban a cometer todavia contra Dios, y su dolor de ver ofender a la Divina Majestad era tan grande como grande era su deseo de que fuera bendecida y amada. No hay quien pueda comprender este amor, y asi tampoco hay nadie que pueda alcanzar la hondura de su dolor.

Quiza hayais leido que algunos hombres, tan amoroso arrepentimiento sintieron de sus pecados, que no cabiendo en ellos tanto dolor, perdieron la vida. Pensad: si una chispa de amor de Dios hizo morir asi a algunos santos, tjque sufrimientos de muerte serian los que padecio el Senor, El, cuyo amor a Dios y a los hombres no tiene medida, es fuego eterno!?

Su amor a los hombres: solo Jesus sabia apreciar justamente la gran desgracia que es para el hombre ser enemigo de Dios; caracer para siempre de su amor y de su compafiia. Solo El podia entristecerse de verdad, al ver a los hombres, que tanto queria, en el grave peligro de su infelicidad eterna. Ver a Dios ofendido y a los hombres perdidos por el pecado era un cuchillo de doble filo que se le clavaba en el corazon. De-seaba la salvation de los hombres, aunque fuese tan a costa suya. Si San Pablo puede decir (2 Cor 11, 28) que le fatigaba interiormente mas «la preocupacion y el cuidado de las iglesias» que todo su cansancio fisico y todas las persecuciones que padecia, ique no sufriria el Senor por dentro si tenia una caridad infinitamente mayor que ese apostol?

Cristo nuestro Senor se habia hecho cargo —habia tornado como si fuesen suyos— de todos los pecados de los hombres, y se habia prestado a pagar personalmente todas sus deudas, ante el Padre Eterno injuriado y ofendido. «Todos nosotros perdimos el camino, y el Senor puso sobre su Mesias los pecados de todos» (7s 53, 6). El amor de nuestro Senor acepto esta rigurosa sentencia de la justicia divina, y cargo con todos los pecados que los hombres han hecho, hacen y han de hacer hasta que el mundo se acabe, sin dejar uno. El Senor se dispuso a pagar con el dolor de su corazon. Es imposible contar el numero y la maldad de los pecados de los hombres, pero aun mas imposible es ca-librar el dolor de Cristo.

Cristo no solamente salio fiador de culpas ajenas, sino que se presento El mismo como culpable, como si los pecados fueran suyos. Los que fian pagan como personas distintas al que fian, y no se les pega la deshonra de los delitos ajenos, al contrario, quedan mas honrados porque pagan por algo que no les obliga. Pero el Senor se hizo tan uno con nosotros como lo es la cabeza con el cuerpo: quiso que nuestras culpas se llamasen culpas suyas; por eso no solamente pago con su sangre, sino con la verguenza de esos pecados. «Mi ignominia esta frente a mi todo el dia, y se me enrojece la cara de vergiienza» (Sa/43,16). «La verguenza cubre mi cara» (Sa/68, 8). «Tu conoces la humiliation que padezco, mi confusion y mi vergiienza» (v. 20).

A pesar de la verguenza que el Senor padecio por nuestros pecados, pidio perdon por ellos con la misma vehemencia que si fueran suyos. A veces, cuando un hombre comete un delito, algunos de los que fueron sus amigos dicen no conocerle, para no poner en tela de juicio su propia honradez. Y si un amigo verdadero se atreve a ayudar al delincuente, lo hace siempre dejando claro que el no tuvo nada que ver con el delito de su amigo. El Senor, en cambio, se presenta a ayudarnos a nosotros, delincuentes y pecadores, llamandonos amigos, hermanos, hijos suyos, llamandonos hasta miembros de su mismo cuerpo, unos con El; y lo proclama a gritos ante el tribunal de la justicia divina. Ruega que seamos perdonados, negocia nuestra absolucion, se entrega El mismo como malhechor para pagar nuestra pena. Aunque pidio tres veces en la oracion que si era posible ocurrieran las cosas sin que El tuviera que morir, estaba bien seguro que no conseguiria esa petition, porque se habia hecho cargo de nuestros muchos pecados, los llevaba ya como suyos: «Los gritos de mis pecados hacen imposible mi salvacion» (Sa/21, 2). Como seria su tristeza, que le hizo sudar sangre de sus venas. Que vergiienza pasaria cuando escuchase, ante la presencia de Dios, los cargos de nuestros abominables pecados como si fuesen suyos. ¡Ay de nosotros porque los hicimos! (SAN JUAN DE AviLA. Trot. 10 del Smo. Sacr., num. 7)

Parece que ya no podia ser mayor la tristeza de Jesucristo, pero si. Nuestro desagradecimiento, que es lo que mas duele a quien da con amor, hizo aumentar la tristeza que sentia. Vio que iba a haber muchos que no conocieran su esfuerzo en favor nuestro, tantos que no lo apreciaran, que no lo agradecieran. Vio que despues de haber dado su sangre para limpiar nuestra inmundicia, aun habria quienes murieran eternamente. Esto heria su corazon de tal modo que es imposible decirlo con palabras. Sintió el nuevo pecado de los hombres: los que pisan su sangre y desprecian su amor. Mucho mas duro es este desprecio si viene de los mismos cristianos, de quienes han recibido mayores muestras de amor, entonces el desagradecimiento desgarra mas porque los que aman mucho se entristecen cuando les responden con desprecio.

Dinos, Senor, tque sientes, Tu que nos tienes tanto amor, cuando te despreciamos y te olvidamos?

Vio tambien, en una mezcla de dolor y de consuelo, como sus escogidos luchaban en la tentacion, vio su mortification y su esfuerzo, su penitencia, las persecuciones que iban a padecer, las injurias y la deshonra que sufririan, su trabajo y su cansancio, su dolor y, a veces, su martirio. Miro todo esto como algo muy propio, porque muy de cerca le llegaba el corazon. Eran padecimientos de los suyos, eran padecimientos suyos. Padecian por su amor, por no ofenderle, en defensa suya. Eran perseguidos solo por ser sus amigos, porque le Servian y le seguian a El. El Senor hacia suyo todo este dolor y lo padecia El. Si a Saulo, cuando perseguia a sus cristianos, dijo: «,;Por que me persigues?», de la misma manera las piedras con que mataron al diacono Esteban le herian a El, y el fuego que quemaba a Lorenzo le quemaba a El, y todas las tribulaciones de sus santos le afligian. El conocia todo, y penetraba mejor que nadie este dolor, y lo acepto, y lo ofrecio a su Eterno Padre en su oracion. El sufrimiento de su cuerpo mistico era el sufrimiento de su propio cuerpo...

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Fueron muchos, sin duda, los motivos de tristeza que tuvo el Salvador; y ya que no quiso impedirlos, actuaron con tanta fuerza en su corazón que El mismo pudo decir que le habían llevado hasta el borde de la muerte.

Jesús estaba cansado de aquel día. Por la mañana fue a pie desde Betania a Jerusalén, donde celebro con sus discípulos la cena del cordero pascual, les lavo los pies, instituyo el Sacramento de la Eucaristía y les dio de comulgar a todos; luego hablo largo rato, procurando por todos los medios posibles animarles y consolarles; se olvido de si mismo para preocuparse de ellos, ocultándoles su propia pena para no aumentar la suya. Se deshizo en esta gran tarea de entrañable caridad. Recordad como les hablaba: les llamo «hijitos míos, mis amigos»; les llamo escogidos y compañeros de sus penas y tentaciones; les dijo que debían estar mas unidos a El que lo esta el sarmiento con la vid. Les decía que el dolor iba a ser breve, y la alegría grande; que iba a enviarles el Consolador, el Espíritu Santo, para que estuviese siempre con dos, defendiéndoles y enseñándoles. Que El abría el paso peleando y recibiendo en su cuerpo las heridas, que así, ellos alcanzarían luego la victoria del mundo. Les dijo por ultimo que les dejaba, que volvía a su Padre, y que esto era para El una felicidad tan grande que, si ellos de verdad le amaban y le querían bien, debían alegrarse con El. Que se marchaba, pero que iba a prepararles su sitio, y que luego volvería, y que se los llevaría con El para acomodarles en la casa eterna del cielo.

Había también sufrido por Judas, tan cerca de El en la cena. Había luchado con la dureza de su corazón, unas veces con leves insinuaciones o con palabras claras y directas, otras con muestras de particular amistad y cariño, y no le pudo vencer. Esto le daría tanta pena como suele dar el que un amigo se convierta en traidor; y eso fue lo que dijo varias veces aquella noche, hasta el punto de no poder ya disimular su tristeza.

Se había despedido de su Madre, y el dolor con que ella se quedaba le desgarro el corazón.

Y en todas estas cosas había procurado dominarse, poner buena cara, disimular lo que pasaba por dentro, para consolar a los suyos y cumplir con el deber de aquella ultima cena. Pero como la tristeza encerrada aun hace mas daño al que la sufre, porque busca por donde salir y tener un alivio y un desahogo, cuando el Señor se vio solo en el huerto, lejos de los ocho apóstoles que había dejado a la entrada, rompió a llorar; mostró toda su amargura, deseaba descansar el corazón, consolarse con el amor y la lealtad de los tres discípulos mas queridos. Y fue a ellos a quienes dijo: «Mi alma esta triste, hasta el borde de la muerte».

No era menor la pena que le producía ver la mala voluntad de sus enemigos. De su odio nacía el deseo de matarle, de inventarse injurias y nuevas maneras de torturarle, de burlarse de El en medio de su angustia. Era como si los enemigos triunfasen sobre El, caído y abandonado de Dios: «Dios le ha desamparado, perseguidle, cogedle, que no hay nadie que le salve» (Sal 60, 11). Esta sensación de verse pisoteado por sus enemigos, de que había llegado el momento de volcar su odio contra El, hacia que llamara al Padre Eterno en su ayuda: «Mira, Señor, mi tristeza; mira como mi enemigo se ha levantado contra mi» (Lam 1, 9).

Y si el oír bramar a un toro o rugir a un león produce ya miedo, aun estando protegido, con solo imaginar lo que haría esta fiera si estuviera libre, pensad en la angustia que produciría al Señor verse rodeado de tanta gente furiosa como fieras, y libres de poder hacer con El lo que su odio les dictara. Porque, ciertamente, su pueblo, querido y elegido por El, se revolvió contra Cristo con la fiereza de un león; así lo indica el profeta cuando escribe: «Mi pueblo se convirtió para mi en un león salvaje; lanzo su rugido contra mi» (Jer 12, 8).

A este odio de los sacerdotes principales y a esta mala voluntad de los poderosos del pueblo se refiere aquella profecía del salmo: «Me rodeo un gran numero de novillos; me cercaron toros enormes; abrieron contra mi sus bocas rugiendo como leones rapaces» (21, 13).

El Señor conocía ya antes esta mala voluntad de sus enemigos, que habían de ser sus jueces; conocía todos sus planes y los pasos que iban a dar para condenarle. Muchos años antes, el profeta Jeremías lo pondera muy especialmente, como algo que iba a causarle un gran dolor y sufrimiento: «Tu, Señor, me lo dijiste y lo supe; me hiciste saber sus maquinaciones. Yo quede entre ellos, como un manso cordero al que llevan a la muerte» (11, 18).

Supo, además, el Señor que, al encontrarse rodeado por aquellos enemigos sin poder escapar —ni quererlo—, iba a ser abandonado también de sus amigos. No tendría ya quien le defendiese ante las calumnias y acusaciones, nadie abogaría por su causa; entre aquella gente, a nadie le importaría que muriera. De esto se quejaba El cuando decía: «Miro a mi derecha y veo que no hay nadie que se preocupe por mi; no tengo escapatoria, no hay nadie que me defienda» (Sal 141, 5).
El mismo expresa la angustia de este desamparo de los amigos: «Me deshice como el agua; se descoyuntaron todos mis huesos. Mi corazón es como cera que se derrite en mis entrañas» (Sal 21, 15).

Tenía la muerte muy cercana, y veía en su imaginación todo el dolor que iba a sufrir, el tormento y la crueldad de la cruz. La imaginación muchas veces asusta mas que la misma muerte, por eso a los conde-nados suelen taparles los ojos para que no vean ni el sitio ni el instrumento de su ejecución; se procura también distraer a los condenados de su obsesión de la muerte por evitarles un poco la terrible ansiedad y el pavor de la espera. Pero el Salvador no tuyo a nadie que le aliviara, nadie tuvo misericordia de El en aquella impaciente tensión de un condenado a muerte. «E1 agua de la tribulación entro hasta lo mas hondo de mi alma» (Sal 68, 1).

No podía dejar de pensar en la apasionada injusticia de los que iban a ser sus jueces, en la burla que iban a hacer de su afirmación de Hijo de Dios. Hasta los mismos esclavos le atarían para azotarle. Pensaba en el tropel de gente que le insultaría por las calles, camino de la casa del Pontífice. Los sacerdotes iban a presentar testigos falsos; le escupirían, le darían bofetadas, se reirían de El...

Venia a su imaginación el momento en que Pilato, por miedo y por respeto humano, le remitiría a Herodes; y Herodes le trataría de loco ante sus cortesanos. Devuelto a Pilado, le haría azotar; los soldados le clavarían una corona de espinas para burlarse de su realeza, de El, verdadero Rey de los hombres. Su corazón le daba vuelcos cuando pensaba en la sentencia pregonada públicamente por Pilato: condenado a muerte, y de cruz. Oía los aullidos de la gente fuera de si. Y todo eso lo verían sus amigos, las mujeres que le habían seguido, su misma Madre... No es posible ver tan claramente, y de antemano, el propio dolor y humillación y vergüenza, y no morir de tristeza.

Le era imposible apartar de su mente aquel terrible lugar: el Calvario. Vio como iba a ser crucificado, como era levantado en la cruz. Desnudo a la vista de todo el mundo. Rebajado a la categoría de un vulgar salteador de caminos, se veía allí, clavado, entre los dos ladrones. Durante mas de tres horas iba a estar allí, colgado en la cruz, desamparado de sus amigos, insultado por sus enemigos. Su Madre le vería, oiría su desgarrador grito de agonía.

No podemos pensar que alguno de estos sufrimientos se le escatimaran al Señor, no debemos pensar que algún sufrimiento le resultara fácil. Fue tanto el dolor que sintió que, de espanto, empezó a temblar y a aterrorizarse (Me 14, 33. Mi 26, 37). «Comenzó a sentir pavor y angustia». «Comenzó a entristecerse y a angustiarse».

Para descansar un poco con sus tres amigos, les dijo: «Mi alma esta triste, hasta el borde de la muerte». Tengo angustia y tristeza de muerte. Siento tanto dolor que estoy a punto de morir. Me muero de tristeza... Quedaos un poco aquí, os lo ruego, quedaos conmigo. Despertaos, no os durmais. Hacedme compañia (Mt 26, 38).

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Se fue mas adentro del huerto con los otros tres: con Juan, Santiago y Pedro; pero también de estos tres se aparto «como un tiro de piedra» (Lc 22, 41). El Salvador empezó a sentir un terrible miedo y una angustia tan honda que le llenaban de tristeza. Necesito decírselo a los tres discípulos mas queridos: «Mi alma esta triste hasta la muerte», es una tristeza que me mata. Los evangelistas hablan de esta «tristeza» (Mr 26, 37) con diferentes nombres. La tristeza es un sentimiento que nace ante el dolor que uno esta sufriendo. Le llaman «pavor o miedo» (Me 14, 33), que nace del daño que uno espera sufrir. Ambas cosas, la tristeza con el miedo y el miedo con la tristeza, como si fueran dos pesadas losas, apretaron el corazón del Señor hasta hacerle sentir «angustia» (v. 33): «Comenzó a sentir miedo y angustia"

Tenía el Salvador muchos motivos de angustia y tristeza encerrados en su corazón, y los había sufrido durante toda su vida; pero en aquel momento su dolor fue aun más fuerte. Es verdad que Jesucristo veía a Dios con infinita claridad, y lo ordinario es que quien ve a Dios así no pueda sufrir ninguna pena, que su cuerpo y su alma gocen de una felicidad sin límites. Pero Dios quiso que Jesucristo sufriera para que pudiéramos ser redimidos: sufrió el dolor en su cuerpo, y sufrió tristeza y angustia en su alma. Demostró que era un verdadero hombre al sufrir, y al sentir y al conmoverse. No fue menos Salvador al padecer hambre, sed, cansancio y fatiga en su cuerpo; tampoco fue me¬nos Salvador al padecer tristeza, miedo y angustia en su alma. Padecía porque quería, y hubiera podido, con solo quererlo, dejar de sufrir; y este poder, no usado, no le quitaba su verdadera hombría, al contrario: su libre voluntad de no usar este poder, pudiendo, fue sin duda una singular e inexpresable tortura. Si un hombre tiene un terrible dolor físico y tiene también a su alcance una medicina eficaz que, con solo tomarla, le quita inmediatamente el dolor, y no toma esa medicina, decimos que si este hombre sufre es porque quiere.

Podemos decir también que, puesto que tiene dolor, es como los demás: débil y sujeto a sufrimiento. Igualmente el Señor: podía quitar inmediatamente el dolor de su cuerpo y de su alma; pero no tomo esa medicina de su poder divino, por tanto, es cierto que sufrió porque quiso. Y si tenía y sufría dolor, es que era como los demás hombres: débil y sujeto al sufrimiento. Padeció porque quiso, pudiendo impedir sus sufrimientos; demostró ser un verdadero hombre, porque sufrió como sufren todos los hombres. Y este, quizá, fue el desamparo del que se quejo en la cruz (Mt 27 46): “Dios mió, Dios mió, por que me has abandonado”

Una de las razones por las que Jesucristo quiso sufrir dolor en su cuerpo y en su alma fue para demostrarnos que era un verdadero hombre, con nuestra misma naturaleza, que sentía como nosotros la tortura y los insultos, que no era «de bronce y de piedra», como dice Job (6, 13).

Esto también puede aprovechar y consolar a los amigos de Dios: cuando sientan la fuerza de sus bajas pasiones, no deben desanimarse y pensar que han perdido la gracia de Dios. Estos sentimientos no son peca-do, sino manifestaciones de la natural debilidad del hombre. Esta debilidad quiso el Señor cargar sobre si mismo, haciéndose igual que nosotros — excepto en el pecado —, para que nosotros nos hiciésemos iguales a El en fortaleza y en la obediencia de la Voluntad de Dios. Sin duda alguna no hay mayor fortaleza donde e! esfuerzo es mayor, sino donde el sufrimiento por ese esfuerzo es mayor. Lo dice también San Ambrosio: «No deben ser considerados valientes los que mas heridas reciben, sino los que mas sufren por ellas». Quiso el Salvador participar como nosotros de los dolores del cuerpo y también de las tristezas del alma porque cuanto mas participase de nuestros males, mas participes nos haría de sus bienes. «Tom6 mi tristeza — dice San Ambrosio— para darme su alegría; con mis pasos bajo a la muerte, para que con sus pasos yo subiese a la vida».

Tomo el Señor nuestras enfermedades para que nosotros nos curásemos de ellas; se castigo a si mismo por nuestros pecados, para que se nos perdonaran a nosotros. Curo nuestra soberbia con sus humillaciones; nuestra gula, tomando hiel y vinagre; nuestra sensualidad, con su dolor y su tristeza.

Por todas estas razones, y otras muchas que no alcanzo a entender, nuestro misericordioso y amoroso Señor no solo quiso ser azotado en la espalda, abofeteado, clavado de espinas en la cabeza, y clavos en las manos y los pies, sino que también quiso sufrir tristeza y angustia en el corazón. Permitió que los enviados de las tinieblas le atormentaran; permitió a la tristeza que se adueñara de su corazón, porque había motivos suficientes para sentir tristeza.

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El Salvador recogió a sus discípulos, que le esperaban, y acompañado por ellos salio de la casa. Era de noche. Dejo atrás la Ciudad, la ingrata Ciudad que no le había reconocido, y subió camino del Monte de los Olivos (Mt 16, 30), hacia la otra parte del Torrente Cedrón, adonde (Lc 22, 39) solía ir por la noche para hacer oración. Mientras andaba, y mirándolos a todos, les dijo: «Todos vosotros os avergonzareis de Mi esta noche, y huiréis, y me dejareis solo cuando veáis lo que me sucede». El Salvador les hablaba de lo que en aquellos momentos hacia sufrir su corazón; les mostraba de antemano, como verdadero Dios, lo que había de ocurrir a El y a ellos. Les decía que iba a la muerte por propia voluntad, no a la fuerza ni engañado ni por ignorancia. Para animarles, les decía que volvieran a El después de haberle abandonado; que estuvieran seguros que El les perdonaría aquella debilidad. Que lo sabia antes de que sucediera, y que por eso se lo decía: A Mi no me va a sorprender que os avergoncéis de Mi y me abandones; se que ha de suceder. Hace ya muchos anos que Zacarías (13, 7) lo profetizo: «Heriré al pastor y el ganado se dispersara».

Vosotros andaréis como fugitivos, y asustados. Pero hay dos cosas que os pueden consolar: que Yo resucitare al tercer día de mi muerte, y que, después de resucitado, os esperare en Galilea, y allí me veréis, y al verme, os llenareis de alegría (S. AGUSTIN. De consens evang. I, 3, c. 2).

Dos veces había reprendido ya el Salvador a Pedro su excesiva impetuosidad; confiaba en si mismo mas que lo que debía; alardeaba delante de todos de que se dejaría encarcelar y hasta seria capaz de morir antes que abandonar al Maestro (In 13, 37). Y ahora volvía con la misma suficiencia, armado con una espada por si era necesario defender al Señor. Pedro no había tenido en cuenta que Jesús se refería a todos cuando dijo: «Todos os avergonzareis de Mi». Pensaba que el era una excepción; no se fijo en que Jesús decía siempre la verdad ni en que el era débil. Por eso protesto y dijo: «Aunque todos se asusten y se avergüencen de Ti, yo no me he de avergonzar». Pedro decía lo que sentía. Ya que el se singularizo así, a el particularmente dijo el Señor que no temía por que presumir así ni tener tanta confianza en si mismo; que olvidaba que El no mentía, y que, por tanto, no debía dudar: su profecía se iba a cumplir. «Esta misma noche, antes de que el gallo cante dos veces, tu me habrás negado tres» (Me 14, 30). Pero Pedro no acababa de creer que pudiera ser cierto, le parecía que ya era negar al Señor el simple hecho de no manifestar su determinación de seguirle hasta el final. Por eso insistió (Mt 16, 35): «No pienses, Señor, que mi amor es tan corto que me he de asustar al ver que te apresan para llevarte a la muerte; si es necesario morir contigo, moriré; pero no te he de negar».

Los demás apóstoles decían lo mismo y alardeaban de la misma manera.

Así, hablando, llegaron junto a aquel valle Hondo y sombrío que, por serlo tanto, le llamaban Valle de Cedrón (4 Reyes 23, 4). En lo más profundo pasaba un arroyo seco, por eso le llamaban también Torrente de Cedrón (Jer 31, 40). En la otra parte del torrente, a la izquierda, en la falda del Monte de los Olivos, estaba el Huerto de Getsemani que, por ser un lugar solitario y apartado, lo había elegido el Señor para hacer oración muchas otras veces (Jn 18, 2). Al pasar por el valle y el torrente los discípulos se esforzaban por parecer amistosos, pero es de suponer que estuvieran angustiados y con miedo. El valle era oscuro, y Hondo el torrente; los árboles espesos; se alargaban las sombras negras por los riscos y concavidades del monte; la soledad y el silencio eran grandes; la noche cerrada, y muy tarde ya, porque había pasado bastante tiempo desde que Judas salio, y «y ya era de noche»...

Habían hablado de traiciones, de deshonra, de torturas y de muerte. El efecto que todo esto pudo producir, en medio de aquella oscura soledad, en el animo de unos hombres débiles e indefensos es evidente.

Llegaron a la entrada del huerto y Jesús mando a ocho que se quedasen allí les encargo que velasen y que no se durmieran, que El iba a hacer oración y que ellos hicieran lo mismo para no caer en la tentación (Mt 26, 36).

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La Virgen Maria no ignoraba la causa por la que el Hijo de Dios se había hecho hombre en sus entrañas. Sabía que era para redimir a los hombres y que, por ello, sufriría un cruel tormento, y derramaría su sangre, y moriría en la cruz. Lo sabía por lo que había leído y meditado en la Sagrada Escritura, aun antes de que su Hijo se encarnara; lo sabia también por la profecía del viejo Simeón, cuando ella y José presentaron a Jesús en el Templo. Y además lo supo gracias a las frecuentes conversaciones que tendría con su Hijo sobre este tema. Porque si el Señor anuncio tantas veces su muerte a los discípulos, mucho mas avisaría a su Madre. En aquellas largas conversaciones, a solas con ella, le explicaría la Escritura, y así le mostraría mejor la conveniencia de que Cristo padeciese antes de entrar en su gloria. Si el Salvador advirtió varias veces a sus discípulos, (cuanto mas y mejor lo haría a su Madre, para consolarse y descansar en ella? Los discípulos no entendían este misterio (Lc 17, 14), y el Señor no encontraba consuelo al hablar con ellos. La primera vez que se lo dijo, quisieron convencerle de que no debía padecer, eso es lo que intento Pedro (Mt 16, 22). Cuando volvió a anunciarles su muerte, ya próxima, como vieron que no había esperanza de impedírselo porque el Salvador estaba dispuesto a padecer, se pusieron tristes y se asustaron (Me 10, 32). Después, mientras rezaba en el Huerto de los Olivos, y ellos estaban ya prevenidos y repetidamente avisados, al verle en aquella agonía y que intentaba consolarse con ellos «se caían de sueno por la tristeza». El Señor no podía encontrar descanso en ellos: unas veces tenia que reprender su celo imprudente; otras, animar su flojera con un consuelo; otras veces tenia que exhortarles con su doctrina y fortalecerles contra la tentación. Si, a pesar de esto, el Señor insistía en confiar su pena y buscar alivio en donde encontraba tan poco, cómo no iba hacerlo también con su Madre? Le haría saber sus preocupaciones y tristezas, y así descansaría en ella. Le contaría las calumnias y envidias, el odio y la persecución que sufría; le prevendría del fin en que había de terminar todo: entre aquella borrasca y tempestad iba al final a morir ahogado entre las olas (Sal 68, 3). Muchas veces trataría con su Madre de estas cosas, desahogándose. Ella entendía profundamente este misterio, lo aceptaba con plena conformidad, lo sentía con toda su ternura, y ofrecía su dolor llena de fe, porque su corazón es semejante y muy unido y casi uno con el de su Hijo.

Siempre que la Virgen Maria pensaba en la pasión de Jesús, sentía ya con la experiencia lo que había profetizado Simeón (Lc 2, 35): «tu alma será atravesada como con un puñal». Cada vez que veía a su Hijo le venían a la mente los tormentos que sufriría en cada uno de sus miembros: imaginaba su cabeza clavada de espinas, su cara abofeteada, la espalda sangrante de azotes, los pies y las manos clavados, su pecho herido por la lanzada... Al abrazarle, abrazaba, juntos en su corazón, su cuerpo y aquellas torturas, y decía (Cant 1, 12): «Manojito de mirra es mi Amado para mi, yo le daré cobijo entre mis pechos».

Se despertaba en la Virgen un grande y cada vez más ardiente amor. Con la luz del Espíritu Santo conocía bien la Majestad de Dios y la maldad de los hombres, la amargura del dolor que por ellos padecería. «Consideraba estas cosas en su corazón» y advertía la grandeza del amor de Dios y el inmenso beneficio que hacia a todos los hombres. A este conocimiento correspondía ella en su humildad con un profundo agradecimiento a Dios, con un encendido amor por los hombres, a quienes «Dios tanto había amado, que les entregaba a su Hijo». Ella también, estimulada por la generosidad divina, deseaba emplearse toda entera en la salvación de los pecadores.

Nunca se ha de cansar nuestra Madre de interceder por nosotros, y ahí estriba nuestra esperanza pues, por nuestro bien, quiso que se realizara aquello para lo que vino al mundo su Hijo: derramar su sangre, precio de nuestra redención.

Estaba la Virgen Maria advertida, había meditado continuamente en la Pasión de su Hijo, por eso vino a Jerusalén, porque sabia que aquella era la noche en que iba a ser entregado a la muerte. Entro, con las otras mujeres que de ordinario acompañaban a Jesús, en la misma casa donde su Hijo iba a celebrar la Pascua. Aunque en otra habitación, iba enterándose de lo que el Salvador hacia, decía y mandaba. Prepare la cena, como tantas otras veces lo había hecho; que trabajo se le iba a hacer duro si su mismo Hijo lavaba los pies a sus apóstoles? Supo como su Hijo les daba a comer su Cuerpo y a beber su Sangre, y que les transmitía el poder de repetir este Sacramento para que durase hasta el fin del mundo. Mas que ninguna otra persona advirtió la hondura de este misterio, y supo valorar la inmensidad de este beneficio, y agradecer este consuelo que le quedaba en la ausencia de su Hijo, y esta compañía en su soledad..., mas que nadie, porque nadie como ella estaba herida de amor, e iluminada con la luz del Espíritu. Oiría la larga despedida con que su Hijo se separaba de los apóstoles, y esperaría el final de aquella enamorada despedida.

El Señor se puso en pie con firme resolución; los apóstoles le imitaron; juntos, dieron gracias a Dios, y cantaron lo que tenían por costumbre después de la cena. A eso parece referirse el Evangelio: «Cantado el himno» (Mt 26, 30), salieron. Este himno constaba de siete salmos enteros, y empieza con el salmo 112; «Alabad, hijos, al Señor...», y termina con el salmo 118: «Bienaventurados los que caminan limpios.... En esta noche de tanta preocupación y dolor, el Salvador dio las gracias a su Eterno Padre, y lo hizo despacio, cantando. Nos da ejemplo de verdadero agradecimiento, y también de fiel obediencia a lo que la Ley mandaba: «Cuando comas con abundancia y satisfacción, cuida-te de bendecir y dar las gracias al Señor tu Dios por la tierra tan fértil y excelente que te ha dado» (Deut 8, 10).

Al ver la Virgen a su Hijo en pie, se retire para esperar a solas el último abrazo, la ultima despedida que tanto esfuerzo le había de costar. Le vio aparecer con la tranquilidad y el sosiego de siempre, la cara encendida por la larga conversación después de la cena, pero más por la conmoción que sentía dentro. Delante de ella, con el amor que este Hijo sentía por esta Madre, le diría: «Madre, no vengo a decirte nada que no sepas ya; vengo a despedirme para... lo que ya sabes. Me he consolado muchas veces hablando de eso contigo. Da gracias a Dios, Madre, porque te ha cabido en suerte tener un Hijo que va a morir por la Justicia, por la Justicia de Dios, por salvar a los hombres y hacerlos hijos suyos. Anímate, Madre, que el fruto es grande; todo pasara pronto; en seguida volveré a verte, y ya inmortal y lleno de gloria. Al hacer esto cumplo el mándate de mi Padre y hago su Voluntad. Me iré más consolado si tu te quedas un poco mas consolada también. Tengo prisa, Madre; dame tu bendición..., y abrázame».

Las lágrimas corrían por las mejillas de la Virgen. El corazón se le partía de dolor por el constante esfuerzo por obedecer y amar lo que Dios disponía. Y era grande su amor, pues pudo ofrecer al Hijo, a quien tanto quería, por la gloria de Dios, por la salvación de los hombres.
La Virgen quizá respondiera: «Hijo mió, que sea tu Padre quien te de la bendición desde el cielo. Yo soy la esclava del Señor, que se cumpla en mi su Voluntad».

El Salvador lloro; se enterneció y lloro de ver llorar a su Madre. Mudos los dos, hablándose ya solo con el sentimiento, se echaron en brazos el uno del otro y, en silencio, se separaron luego. Ella le siguió con los ojos hasta perderle de vista. Y se quedo sola.

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Después de todas estas cosas, al ver el Señor que su muerte se acercaba, y que Judas persistía en su obstinación, se entristeció aun mas y, lleno de congoja, repitio: «De verdad os digo que es uno de vosotros el que me ha de vender» (Jn 13, 21). Judas, sin embargo, endurecido, permaneció en su mal propósito: no le basto que Jesucristo le hiciera ver que conocía su traición, ni tampoco que se lo repitiera tantas veces y de tantas maneras; no se inmuto ante su Maestro arrodillado a sus pies; siguió sentado a la mesa con todos, y miraba y hablaba a Aquel que sabia su traición, y comía en su mismo plato; y hasta recibió el Sacramento del Cuerpo y Sangre del Señor. Por eso Jesús, tan cerca de aquel hombre ingrato y obstinado, repitió, ahogado por la tristeza: «De verdad os digo que es uno de vosotros el que me ha de vender». Como no decía el nombre, todos se asustaban, y seguían mirándose unos a otros a ver por quien lo decía. Su conciencia no les acusaba, es cierto, pero creían más al Señor que a su propia conciencia, y reconocían que, como eran hombres, podían fácilmente cambiar y caer.

Pedro, con su acostumbrada impetuosidad, estaba ansioso por descubrir al enemigo, para despedazarle con sus propias manos si pudiera. No se atrevía a preguntarlo directamente al Señor y, por otro lado, no podía soportar más tiempo aquella duda. Sabia el cariño especial que el Salvador demostraba a Juan en presencia de todos, y como a Juan le resultaba fácil preguntarlo sin llamar la atención (v. 24), le hizo senas desde su sitio para que averiguase a quien se refería. Juan estaba echado sobre el pecho de Jesús, y le pidió que le dijese quien era. El Señor le respondió en voz baja, solamente lo oyó Juan: «Aquel a quien Yo de el pan mojado». Tomo un trozo de pan, lo mojo en alguna salsa que quedaba en la mesa, y se lo dio a Judas. Aquel gesto fue para Juan la respuesta a su pregunta; para Judas, otra prueba de cariño para ablandarle el corazón, y para obligarle a cambiar su mal propósito.

Pero, aquel desgraciado, por su culpa, empeoraba siempre con los remedios que el Señor le daba para salvarle. Judas se comió aquel trozo de pan y, después de ese bocado (v. 27), «Satanás entro» en su alma. El demonio le había inducido a que concertase la venta de su Maestro, pero ahora, adueñándose de el con mas fuerza, le insto a que ejecutara inmediatamente su plan. El Salvador, al verle cegado y fuera de si, le dijo con calma: «Haz pronto lo que tengas que hacer». Nadie, excepto Juan, entendió el verdadero sentido de estas palabras; imaginaron, pues Judas se encargaba de la bolsa y de los gastos comunes, que el Señor le enviaba a comprar alguna cosa o a que diese alguna limosna, como solía. Pero el Salvador hablaba de su alma, por eso le dijo: «Haz pronto lo que tengas que hacer». No le aconsejaba que ejecutase una maldad tan grande, al contrario, se lo echaba en cara, haciéndole ver que leía su pensamiento. No trataba tampoco de impedirle lo que iba a hacer, porque era infinitamente mayor su deseo de padecer la muerte por amor que el odio que sentía Judas y su deseo de venderle. «En cuanto Judas se comió el bocado» y oyó lo que el Señor le decía, movido por Satanás, salio inmediatamente del comedor y de aquella casa donde estaba Jesús, para no volver jamás junto a El. Cuando Judas salio (v. 30), «ya era de noche».

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 Había llegado la hora en que Jesucristo nuestro Señor, sumo y eterno sacerdote según el orden de Melquisedec, tenia que ofrecer su Cuerpo y Sangre en un verdadero sacrificio. Con el iba a reconciliar a todo el mundo con Dios. Ese mismo Cuerpo y Sangre, que seria sacrificado en la cruz, quedo perpetuamente entre nosotros, bajo la apariencia de pan y de vino, para que fuese nuestro sacrificio limpio y agradable que ofrecer a Dios, bajo la nueva ley de la gracia. Jesucristo esta realmente presente en ese Sacramento, y nos da su Cuerpo como verdadera comida, y su Sangre como verdadera bebida en prueba de su amor, para fortalecer nuestra esperanza, para despertar nuestro recuerdo, para acompañar nuestra soledad, para socorrer nuestras necesidades, y como testimonio de nuestra salvación y de las promesas contenidas en el Nuevo Testamento. Amorosamente preocupado por el futuro de su Iglesia, y ya a las puertas de su Pasión y de su muerte, no hacia otra cosa sino encomendar y ordenar las cosas de modo que no faltase nunca ese Pan hasta el fin del mundo.

Estaban los apóstoles atentos y en tensión para ver lo que iba a ocurrir con aquella nueva ceremonia. El Salvador «se vistió la túnica que se había quitado, se sentó otra vez a la mesa» y, como si fuese a empezar otra nueva cena, mando a sus apóstoles que se reclinaran como El. Todos expectantes, les dijo: «Habéis visto lo que he hecho con vosotros. Me llamáis Maestro, y Señor, y es verdad, porque lo soy; pues si Yo, que soy vuestro Maestro y vuestro Señor, os he lavado los pies, quedáis obligados a hacer vosotros lo mismo» con caridad y humildad, por dificultoso que os parezca y aun-que os desprecien. «Porque Yo os he dado el ejemplo, así que, como lo he hecho Yo, de la misma manera lo tenéis que hacer vosotros; porque el siervo no es mas que su Señor ni el enviado es mas que el que le envía. Si entendéis bien estas cosas, seréis felices cuando lo hagáis». Es maravilloso advertir como el Salvador no perdía ocasión para demostrar a Judas la tristeza que le causaba su traición, y quería hacer ver que no iba engañado a la muerte, sino porque quería; por eso ana-dio: «Os he dicho que seréis felices, pero no lo digo por todos, porque se bien a quienes escogí. De todos modos se ha de cumplir la Escritura: El que come a mi mesa me ha de traicionar. Digo esto ahora y con tiempo, antes de que se haga, para que cuando lo veáis cumplido creáis lo que os he dicho que soy».

Todos le miraban sobrecogidos, advirtiendo en su cara y en su postura que trataba de hacer algo grande y desacostumbrado. El Señor tomo un pan ácimo y sin levadura, de aquellos que sobraron de la primera cena, y levanto los ojos al cielo, hacia su Eterno Padre, para que vieran que de El venia el poder de realizar una obra tan grande. Dio las gracias por todos los beneficios que había recibido y, especialmente, por el que en aquel momento le era dado hacer a todo el mundo. Bendijo el pan con unas palabras nuevas a fin de preparar un poco a los apóstoles a aquella grandiosa no-vedad que quería hacer. Partió el pan de modo que todos pudieran corner de el, y lo consagro con sus palabras: el pan se convirtió en su Cuerpo, y parecía pan, y, a la vez, su mismo Cuerpo estaba presente y también visible a los ojo de lo apóstoles. La palabras con las que consagro el pan daban a entender claramente cual era la comida que les daba: «Tomad, comed, esto que os doy es mi Cuerpo, el mismo que ha de ser entregado en la cruz por vosotros y por la salvación de todo el mundo». Dio a cada uno de aquel pan consagrado, y todos lo tomaron y comieron, y sabían lo que era aquello, porque el Salvador se lo dijo con palabras bien claras.

Había también sobre la mesa, entre otras, una copa de vino mezclado con un poco de agua; tomo el Señor la copa o cáliz en sus manos, dio gracias al Padre Eterno, lo bendijo también con una bendición nueva, lo consagro con sus palabras y aquel vino se convirtió en su Sangre. Aquella misma Sangre que corría por sus venas estaba realmente presente también en aquella copa, y parecía vino. Las palabras con las que había consagrado el vino fueron tan claras que los apóstoles entendieron bien lo que les daba a beber: «Bebed todos de este cáliz, porque esta es mi Sangre con la que confirmo el Nuevo Testamento; la misma Sangre que derramare por vosotros en la cruz para que se os perdonen los pecados».

El Salvador había venido al mundo para hacer una humanidad nueva, y para establecer con ella una nue¬va Alianza y un Testamento mucho mejor que el Viejo Testamento que había establecido antes con los antiguos judíos. Los mandatos de este Testamento Nuevo son mas suaves y mas perfectos; y las promesas que se hacen, mas grandes, porque ya no se refieren a bienes temporales sino eternos. Y este Nuevo Testamento se confirmo no con sangre de animales, como el Viejo, sino con la Sangre del Cordero sin mancha, que es Cristo. La sangre que Jesucristo derramo en la cruz tuvo la eficacia de quitar todos los pecados del mundo. Este fue el Testamento que instauro el Señor en su ultima cena, y estaban presentes los doce apóstoles representando a la futura Iglesia. Para dar mayor firmeza a lo que ordenaba, el Señor dio a beber su Sangre con estas palabras: «Esta es mi Sangre con la que confirmo el Nuevo Testamento; la misma Sangre que derramare por vosotros en la cruz para que se os perdonen los pecados».

El Señor pretendía que este Sacrificio y Sacramento durase en su Iglesia hasta el fin del mundo, por eso, no solo consagro El mismo el pan y el vino sino que dio ese poder a los apóstoles, para que ellos también consagraran y transmitieran ese poder «hasta que El viniese» a juzgar el mundo. Les mando expresamente que cuantas veces celebrasen este sacrificio lo hicieran acordándose de El, y del amor con que moría por los hombres. Por eso se quedaba entre los hombres y les dejaba un legado tan rico como es su Cuerpo y su Sangre, y todos los tesoros de gracia que mereció con su Pasión; así nunca podrían olvidarse de El: «Siempre que hagáis esto, hacedlo acordándoos de Mi».

Este Pan esta destinado al sustento de los hombres que van como peregrines por el mundo. Es tan grande y fuerte el fuego de su amor, que hace a los hombres santos, los transforma con el amor de quien les tiene tanto amor. Estas divinas palabras deben ser recibidas con fe y todo agradecimiento. Aquel Señor que no engaña dijo: «Tomad y corned, que esto es mi cuerpo. Bebed todos de este cáliz, que es mi sangre». Es grande su generosidad, solo digna de Dios.

¿Que podré yo darte, Señor, por este beneficio?
Diré con todo el afecto de mi corazón: Mira, Señor, este
es mi cuerpo; te lo ofrezco en el dolor, en la enferme-
dad, en el cansancio y la fatiga, en la penitencia; esta
es mi sangre, te la ofrezco si Tu quieres que tenga que
derramarla por tu gloria; esta es mi alma, que quiere
obedecer en todo Tu voluntad.

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Era la noche del jueves, «antes del día solemne de la Pascua. Sabia Jesús que había llegado su hora», que aquel era el día en que, al morir, «había de pasar de este mundo a su Padre, y aunque siempre había tenido mucho amor a los suyos, que estaban en este mundo, al final de su vida les dio mayores muestras de este amor». Una vez terminada la cena, Judas ya decidido a venderle, El, Hijo Único de Dios, lleno de ternura y amor hacia los suyos, se levanto de la mesa, se quito la túnica, se ciño una toalla, y echo agua en un labarillo, se arrodillo, y se dispuso a lavar los pies de sus discípulos (Jn 23).

Al hacer esto, no solo dio un gran ejemplo de humildad, sino de amor. El amor nunca tiene en poco ningún trabajo por bajo que sea. Y esto hizo el Señor, «se humillo y tomo el aspecto de un siervo» (Filip 2, 7); y no tuvo asco, nada mas comer, de limpiar los pies sucios de los apóstoles Aquel que tuvo amor al lavar con su sangre nuestros pecados.
Empezó por Pedro, al que solía dar el primer lugar como cabeza de los apóstoles. Es así como debe empezar la limpieza y reforma de las costumbres: por los que hacen cabeza. Pero Pedro, al ver una cosa tan nueva e insólita, se negó con su vehemencia acostumbra-da: «señor, tú lavarme a mi los pies?!». Esto es mas para pensar que para explicarlo, dice San Agustín: «Tú... a mi». ¿Quien es ese «Tu»; quien, ese «a mi»?

El Señor insistió, pues aunque la negativa de Pe¬dro nacía sin duda de respeto hacia su Maestro, también era debida a ignorancia: no conocía los fines que pretendía el Señor, no se daba cuenta que quería expresar con aquello la necesidad de limpieza interior antes de recibir el Cuerpo y la Sangre que poco después les iba a dar. No es posible alcanzar la limpieza de las propias culpas si El mismo, no las lava con su propia Sangre. Todo esto quería enseñar el Salvador a Pedro, que no veía mas que lo de fuera; por eso Jesús respondió: «Lo que Yo hago no lo entiendes ahora». Tengo razones suficientes para hacerlo, si las supieras no intentarías impedírmelo; pero como ahora no las sabes, te opones; déjame ahora lavarte los pies como Yo quiero, que «a su tiempo lo entenderás».

Pedro siguió negándose en su testarudez, quizá pensaba que la única razón que el Señor decía era por darles ejemplo de humildad, y el no podía consentir que se humillase a sus pies; de ahí que le respondiera enérgicamente: «No me lavaras los pies ni ahora ni a su tiempo ni nunca!».

Ante la testarudez de Pedro, que no se quería dejar lavar los pies por Aquel que iba a lavar todos sus pecados, le contesto con la misma energía: «Si Yo no te lavo no tendrás parte de mi herencia!». No intentes, Pedro, impedir que quite los pecados a los hombres porque no lo puede hacer otro sino Yo, que «he venido al mundo a servir y no a ser servido, y a dar mi vida como rescate por todos los hombres» (Mt 20, 28); y no exageres tu cortesía y educación hasta el punto de hacerte daño a ti mismo porque, si no te lavo Yo, puedes despedirte de mi amistad, y serás para mi como quien no tiene nada que ver conmigo.

Entonces se vio que la negativa de Pedro no nacía sino de respeto y de humildad: al entender lo mucho que le importaba dejarse lavar, se ofreció a que le lavase «no solo los pies, sino las manos también, y la cabeza». El Salvador le dijo: «E1 que se ha bañado no tiene necesidad de lavarse mas que los pies, que en todo lo demás esta ya limpio» (Jn 13, 10). Esto suele suceder, cuando uno sale del baño se ensucia un poco los pies, y se los tiene que volver a limpiar. Cuando uno esta limpio de pecados mortales, puede ser que se ensucie un poco con pecados veniales, y es conveniente que se lave, y es necesario que cada vez se purifique mas para recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

El Señor tenia clavada en el corazón la perdida de Judas, y no dejo escapar esta nueva ocasión; así que, para demostrarle su sentimiento, para moverle a que se arrepintiera, como de paso, añadió: «Vosotros estáis limpios, pero no todos». Porque como sabia quien le había de entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios».

Luego, todos se dejaron lavar los pies, y ninguno se atrevió a poner la más mínima resistencia después de oír lo que el Señor había respondido a Pedro.

Ya que el Salvador dijo que hiciésemos con nuestros hermanos lo que El había hecho con nosotros, debemos estar muy atentos a lo que El hizo para saber lo que debemos nosotros hacer.

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Terminada la cemnonia, dejaron los bastones y se acercaron a la mesa para la cena ordinaria. Mientras comían, el Salvador, con toda su ternura, puso de manifiesto el tremendo amor que sentia por sus apostoles, diciendoles cuanto habia deseado cenar con ellos antes de morir (Lc 22, 15). «He deseado ardientemente co¬mer esta Pascua con vosotros antes de padecer». El misterio que iba a suceder en aquella cena era tan grande, que necesitaba para realizarse del infinito deseo del Hijo de Dios. Les dijo tambien que aquella era su ultima cena, y que ya no cenaria mas con ellos hasta que se viesen juntos en el Banquete del Cielo, donde todo deseo se cumple V. 12 «Vosotros habeis estado conmigo y no me habeis abandonado en los momentos de prueba», por eso estareis tambien conmigo cuando yo triunfe: «Yo dispongo que mi reino sea para vosotros, como mi Padre ha dispuesto que su reino sea para Mi, para que os senteis conmigo a mi mesa, y comais y bebais; y luego os sentare sobre tronos como jueces de las doce tribus de Israel» (v. 28-30). Esto decía el Salvador a sus amigos, consolandoles, porque quedaban huerfanos, y les prometia una gran herencia para despues de su muerte.

Judas estaba entre ellos disimulando su traición. Y el Salvador, con su inimitable misericordia, comía a la mesa y en el mismo plato con un hombre de quien sabía que trataba de venderle, y que habia senalado ya eI precio, y que no pensaba en otra cosa sino en encontrar la ocasion oportuna para entregarle. El Señor, para hacerle ver que sabia su secreto, que iba a morir voluntariamente, y para ablandar su corazón, se quejo: «Ciertamente os digo que uno de vosotros me va a trai-cionar» (Mt 26, 21; Me 14, 18, y Lc 22, 21). Al oir esto, todos se entristecieron, y se miraban unos a otros asus-tados; y examinaban su propia conciencia por ver si ha¬bia en ella algiin rastro de esa traicion. Aunque su con¬ciencia no les acusara, por temor y para tranquilizarse a si mismo y a los demas, cada uno preguntaba con humildad:

«Senor, soy acaso yo?»

Siguieron cenando; estaban trece a la mesa y, es probable, mojarian el pan tres y hasta cuatro personas en un mismo plato. Los apostoles insistian al Senor para que dijese quien era el traidor, y les librase asi de la sospecha de los demas y de su propio temor. Pero el Salvador queria salvar a Judas, y no descubrio del todo el secreto, no fuera a ocurrir que el odio de sus companeros terminara de hundirle del todo. Jesus, al contrario, recalco mas la amistad, que despreciaba Judas con su traicion: «De verdad os digo que el que me ha de vender no solo esta a la mesa conmigo, sino que «moja su pan en mi mismo plato» (Mt 26, 23). «El Hijo del Hombre sigue su camino» hacia la cruz; pero va porque quiere, y por obeder a su Padre, y para salvar a los hombres; «asi esta escrito; pero desdichado del que entrega al Hijo del Hombre!»; ahora se cree que triunfa y que va a ganar amigos y dinero, pero en realidad va hacia el tormento eterno, tan grande, que «mas le valiera no haber nacido»...

«Soy yo acaso, Senor ?». Y el Salvador, en voz baja, para que los demas no lo oyeran, respondio: «Tu lo has dicho», que, segun el modo de hablar de los hebreos, es lo mismo que decir: Si.

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 Por la mañana del jueves, primer día de los panes asimos, estando el Salvador en Betania o quizá ya camino de Jerusalén, los discípulos le preguntaron don-de le gustaría que prepararan lo necesario para celebrar la Pascua (Mt 26, 17). El Salvador encargo a Pedro y a Juan de los preparativos, y les dijo: «Adelantaos vosotros dos a Jerusalén y, al entrar, encontrareis un hombre con un cántaro de agua en la cabeza; seguidle hasta la casa donde vaya, al dueño le dais este recado de mi parte: El Maestro te envía a decir: el momento esta muy cerca, quiero celebrar en tu casa la Pascua con mis discípulos. Y el os enseñara una sala grande, amueblada; preparad allí las cosas» (Mt 26, 18-19, y Lc 22, 7-13). Los dos discípulos obedecieron y todo sucedió como el Salvador les había dicho; y prepararon lo necesario para la fiesta en casa de aquel hombre afortunado a quien Jesús, con un recado tan amistoso, pidió su casa.

El Salvador llega a Jerusalén para celebrar la Pascua
Después, llego el Señor «con los otros discípulos» a Jerusalén y fue a casa de su amigo, que le estaba esperando. Encontraron todo preparado: el cordero, las lechugas amargas, los panes sin levadura, los bastones y las demás cosas necesarias para celebrar la Pascua. A la hora indicada inicio el Señor la ceremonia; sacrificaron el cordero, rociaron con su sangre el umbral de la casa, y lo asaron al fuego, luego el Señor se calzó, se ciñó el vestido, tomo el bastón y se puso en pie junto a la mesa, y los apóstoles hicieron lo mismo: después comieron el cordero con pan sin levadura y lechuga amarga, de pie y de prisa, como quien esta de paso. Los judíos hacían esto en recuerdo de su liberación de Egipto, y era también como una figura o símbolo de la liberación del pecado que habíamos de conseguir gracias a la sangre derramada por Jesucristo. Nuestro Salvador, en aquel momento, y con una gran entereza, estaba comenzando su Pasión.

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Crecimiento espiritual. Un camino en el cual, cada uno de nosotros va a ir encontrándose, cada vez con más profundidad con Cristo. Encontrarnos con Cristo en el interior, en lo más profundo de nosotros, es lo que acaba dando sentido a todas las cosas: las buenas que hacemos, las malas que hacemos, las buenas que dejamos de hacer y también las malas que dejamos de hacer.

En el fondo, el camino que Dios quiere para nosotros, es un camino de búsqueda de Él, a través de todas las cosas. Esto es lo que el Evangelio nos viene a decir cuando nos habla de las obras de misericordia. Quien da de comer al hambriento, quien da de beber al sediento, en el fondo no simplemente hace algo bueno o se comporta bien con los demás, sino va mucho más allá. Está hablándonos de una búsqueda interior que nosotros tenemos que hacer para encontrarnos a Cristo; una búsqueda que tenemos que tenemos que ir realizando todos los días, para que no se nos escape Cristo en ninguno de los momentos de nuestra existencia.

¿Cómo buscamos a Cristo?¿Cuánto somos capaces de abrir los ojos para ver a Cristo? ¿Hasta que punto nos atrevemos a ir descubriendo, en todo lo que nos pasa, a Cristo? La experiencia cotidiana nos viene a decir que no es así, que muchas veces preferimos cerrar nuestros ojos a Cristo y no encontrarnos con Él.

¿Por qué nos puede costar reconocer a Cristo?¿Qué es lo que han hecho de malo los que no vieron a Cristo en los pobres? ¿Realmente dónde está el mal? Cuando dice Jesús “Estuvieron hambrientos y no les disteis de comer; estuvieron sedientos y no les disteis de beber, ¿qué es lo que han hecho de malo? Lo que han hecho de malo, es el no haber sido capaces de reconocer a Cristo; el no haber abierto los ojos para ver a Cristo en sus hermanos. Ahí está el mal.

Lo que nos viene a decir el Evangelio, el problema fundamental es que nosotros tengamos la valentía, la disponibilidad, la exigencia personal para reconocer a Cristo. No simplemente para hacer el bien, que eso lo podemos hacer todos, sino para reconocer a Dios. Saber poner a Cristo en todas las situaciones, en todos los momentos de nuestra vida.

Esto que nos podría parecer algo muy sencillo, sin embargo es un camino duro y exigente. Un camino en el cual podemos encontrarnos tentaciones. ¿Cuál es la principal tentación? La principal tentación en este camino, del cual nos habla el Evangelio de hoy, es precisamente la tentación de no aceptar, con nuestra libertad, que Cristo puede estar ahí, o sea la tentación del uso de la libertad.

Creo que si hay algo a lo cual nosotros estamos profundamente arraigados, es a nuestra libertad y es lo que buscamos defender en todo momento y conservar por encima de todo. Cristo dice: “¡Cuidado!, no sea que tu libertad vaya a impedirte reconocerme”. ¿Cuántas veces el ayudar a alguien significa tener que dejar de ser uno mismo? ¿Cuántas veces el ayudar a alguien significa tener que renunciar a nosotros mismos? “Tuve hambre y no me diste de comer”. Y tengo que ser yo quien te dé de comer de lo mío, es decir, tengo que renunciar. Tengo que ser capaz de detenerme, de acercarme a ti, de descubrir que tienes hambre y de darte de lo mío.

A veces podríamos pensar que Cristo sólo se refiere al hambre material, pero cuántas veces se acerca a nosotros corazones hambrientos espiritualmente y nosotros preferimos seguir nuestro camino; preferimos no comprometer nuestra vida, pues es más fácil, así no me meto en complicaciones, así me ahorro muchos problemas.

¿Cuántas veces podrían nuestros hermanos, los hombres, haber pasado a nuestro lado, haber tocado nuestra puerta y haber encontrado nuestro corazón, libremente, conscientemente cerrado? diciendo: “yo no me voy a comprometer con los demás, yo no me voy a meter en problemas”. Cuidado, porque esta cerrazón del corazón, puede hacer que alguien muera de hambre; puede ser que alguien muera de sed. No podemos solucionar todos los problemas del mundo; no podemos arreglar todas las dificultades del mundo, pero la pregunta es: ¿cada vez que alguien llega y toca a tu corazón, le abres la puerta? ¿te comprometes cada vez que tocan tu corazón? Este es un camino de Cuaresma, porque es un camino de encuentro con Cristo, con ese Cristo que viene una y otra vez a nuestra alma, que llega una y otra a nuestra existencia.

Todos nosotros somos de una o de otra forma, miembros comprometidos en la Iglesia, miembros que buscan la superación en la vida cristiana, que buscan ser mejores en los sacramentos, ser mejores en las virtudes, encontrarnos más con nuestro Señor. ¿Por qué no empezamos a buscarlos cuando Él llega a nuestra puerta? Cuidad con la principal de las tentaciones, que es tener el corazón cerrado.

A veces nos podría preocupar muchas tentaciones: lo mal que está el mundo de hoy, lo tremendamente horrible que está la sociedad que nos rodea. ¿Y la situación interior? ¿Y la situación de mi corazón cerrado a Cristo? ¿Y la situación de mi corazón que me hace ciego a Cristo, cómo la resuelvo? Las situaciones de la sociedad se pueden ignorar cerrando los ojos, no preocupándome de nada, metiéndome en un mundo más o menos sano. Pero la del corazón, la tentación que te impide reconocer a Cristo en tu corazón, ¿cómo la solucionas? Este es el peor de los problemas, porque de ésta es la que a la hora de la hora te van a preguntar: ¿Qué hiciste? ¿Dónde estabas? ¿Por qué no me abriste si estabas en casa?¿Por qué si yo te estaba buscando a ti, tu no me quisiste abrir la puerta? ¿Por qué si yo quería llegar a tu vida, preferiste quedarte dentro y no salir? ?¿Por qué si yo quería reunirme contigo, solucionar tus problemas, ayudarte a reconocerme, tú preferiste seguir viviendo con los ojos cerrados.

Esto es algo muy fuerte y la Cuaresma tiene que ayudarnos a preguntarnos y a planteárnos la apertura real del corazón y ver porqué nuestro corazón cerrado por nuestra libertad no quiere reconocer a Cristo en los demás. Atrevámonos a ver quiénes somos, cómo estamos viviendo nuestra existencia. Abramos nuestro corazón de par en par. No permitamos que nuestro corazón acabe siendo el sediento y hambriento por cerrado en si mismo. Podemos acabar siendo nosotros, auténticos hambrientos y sedientos, y estar Cristo tocando a nuestras puertas y sin embargo cerramos el corazón.

Hagamos de nuestro camino de cuaresmal, un camino hacia Dios abriendo nuestro corazón. Yo estoy seguro, de que siempre que abramos nuestro corazón vamos a encontrarnos con nuestro Señor, con Cristo que nos dice por dónde tenemos que ir. Así, nuestra alma va a decir: “efectivamente, yo se que tu eres el Señor, te he reconocido y por eso abro mi vida. Te he reconocido y por eso me doy completamente y soy capaz de superar cualquier dificultad. Te he reconocido”. Abramos el corazón, reconozcamos a Cristo, no permitamos que nuestra vida se encierre en sí misma. Tres condiciones para que podamos verdaderamente tener al Señor en nuestra existencia. De otra forma, quién sabe qué imagen tengamos de Dios y no se trata de hacer a Dios a nuestra imagen, sino hacernos a imagen de Dios.

Que el reclamo a la santidad, que es la Cuaresma, sea un reclamo a un corazón tan abierto, tan generoso y tan disponible que no tenga miedo de reconocer a Cristo en todas cada una de la situaciones por las que atraviesa; en todas y cada una de las exigencias, que Cristo, venga a pedir a nuestra vida cotidiana. No se trata simplemente de esperar hasta el día del Juicio Final para que nos digan: “tu a la derecha y tu a la izquierda”; es en el camino cotidiano, donde tenemos que empezar a abrir los ojos y a reconocer a Cristo.

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Sacrificio

Siempre es posible hacer un esfuerzo extra para alcanzar una meta ¿Por qué no hacerlo para servir mejor a los demás?
El valor del sacrificio es aquel esfuerzo extraordinario para alcanzar un beneficio mayor, venciendo los propios gustos, intereses y comodidad.

Debemos tener en mente que el sacrificio –aunque suene drástico el término-, es un valor muy importante para superarnos en nuestra vida por la fuerza que imprime en nuestro carácter. Compromiso, perseverancia, optimismo, superación y servicio, son algunos de los valores que se perfeccionan a un mismo tiempo, por eso, el sacrificio no es un valor que sugiere sufrimiento y castigo, sino una fuente de crecimiento personal.

¿Por qué es tan difícil tener espíritu de sacrificio? Porque estamos acostumbrados a dosificar nuestro esfuerzo, y a pensar que “todo” lo que hacemos es más que suficiente. Dicho de otra forma: debemos luchar contra el egoísmo, la pereza y la comodidad.

Todos somos capaces de realizar un esfuerzo superior dependiendo de nuestros intereses: las dietas rigurosas para tener una mejor figura; trabajar horas extra e incluso fines de semana para consolidar nuestra posición profesional; quitar horas al descanso para estudiar; ahorrar en vez de salir de vacaciones... El problema central, es que no debemos movernos sólo por intereses pasajeros, debemos ser constantes en nuestra actitud.

Es de suponer que el guardar la dieta, hacer ejercicio, pasar las horas con una lectura de particular interés o por nuestra mano dar mantenimiento al automóvil, suponen un esfuerzo personal -y dependiendo de su naturaleza un beneficio propio-, colaboran a vivir el valor del sacrificio, pero también es sacrificio saber dejar a tempo nuestras aficiones, aplazarlas y darles su momento, para servir a los demás y no descuidar nuestras principales obligaciones.

Efectivamente hay personas que cumplen con sus deberes y obligaciones de forma extraordinaria, pero pocas veces llevan ese mismo esfuerzo en todos los aspectos de su vida: Pensemos en quien sólo asiste en casa los fines de semana pero se niega a convivir con la familia, salir de paseo o dedicar un tiempo a los hijos, argumentando cansancio y deseos de liberarse de la presión del trabajo. Pese a la realidad de esta situación, su sacrificio está delimitado por la rutina de la oficina, ¿no es esto algo extraño?. El valor del sacrificio contempla dar ese “extra” también en casa, en ese horario y con esas personas que desean gozar de la compañía generalmente ausente de cualquiera de los miembros.

En muchas ocasiones caemos en actitudes que restan mérito a todo lo bueno que hacemos: expresar constantemente nuestro cansancio o echar en cara lo mucho que hacemos y lo poco que los demás nos comprenden. Esta forma de ser demuestra poco carácter y fortaleza interior, cuando no, un medio para evadir algunas responsabilidades.

Son muchos los ejemplos de sacrificios comunes y corrientes, pero pocas veces se notan cuando no existe la intención de demostrarlo: salir a trabajar habiendo pasado mala noche, o tal vez con ciertos síntomas de enfermedad; sonreír a pesar de nuestro estado de ánimo, sea de enojo o tristeza; colaborar en los cuidados de un enfermo; limpiar el piso de la oficina que se ensució por descuido; no asistir a la reunión semanal para llevar a los hijos a un evento deportivo.

Por otra parte, algunas situaciones son bastante fáciles de prever, como el compañero que siempre hace bromas pesadas; el bebé que una vez más necesita cambio de ropa; el platillo que nos desagrada; hacer fila en el supermercado... Son muchas las cosas que nos desagradan y no podemos esperar que todo sea a nuestro gusto. El verdadero valor del sacrificio consiste en sobrellevarlas, intentando poner buena cara, sin quejas ni remilgos.

Con todos lo ejemplos mencionados, podemos darnos cuenta que la mayoría de nuestros sacrificios están orientados a servir a los demás; tal vez, ni siquiera nos habíamos percatado de la importancia que tienen esos pequeños detalles para formar una personalidad firme y recia.

El espíritu de sacrificio no se logra con las buenas intenciones, se desarrolla haciendo pequeños esfuerzos. Por eso es necesario que tengas en mente:

- Aprende a darle un tiempo prudente a tus aficiones y descansos.

- Procura no hablar de tus esfuerzos, ni poner cara de sufrimiento para que los demás se den cuenta de lo mucho que haces.

- Haz un poco más de lo habitual: juega más con tus hijos; limpia y acomoda algo en casa; recoge la basura de los pasillos; convive con los compañeros de la oficina...

- Controla y modera tu carácter y estados de ánimo.

- Este último punto contempla de alguna manera a todos los anteriores: Haz una lista de las cosas que te desagradan y las que te cuestan más trabajo, elige tres y comienza a luchar en ellas diariamente.

Todo aquello que vale la pena requiere de sacrificio, pues querer encontrar caminos fáciles para todo, sólo existe en la mente de personas con pocas aspiraciones. Quien vive el valor del sacrificio, va por un camino de constante superación, haciendo el bien en todo lugar donde se encuentre.

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Conoce los símbolos de la cuaresma y su significado
Las cenizas

Es el residuo de la combustión por el fuego de las cosas o de las personas. Este símbolo ya se emplea en la primera página de la Biblia cuando se nos cuenta que "Dios formó al hombre con polvo de la tierra" (Gen 2,7). Eso es lo que significa el nombre de "Adán". Y se le recuerda enseguida que ése es precisamente su fin: "hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste hecho" (Gn 3,19).

Por extensión, pues, representa la conciencia de la nada, de la nulidad de la creatura con respecto al Creador, según las palabras de Abrahán: "Aunque soy polvo y ceniza, me atrevo a hablar a mi Señor" (Gn 18,27).

Esto nos lleva a todos a asumir una actitud de humildad ("humildad" viene de humus, "tierra"): "polvo y ceniza son los hombres" (Si 17,32), "todos caminan hacia una misma meta: todos han salido del polvo y todos vuelven al polvo" (Qo 3,20), "todos expiran y al polvo retornan" (Sal 104,29). Por lo tanto, la ceniza significa también el sufrimiento, el luto, el arrepentimiento. En Job (Jb 42,6) es explícítamente signo de dolor y de penitencia. De aquí se desprendió la costumbre, por largo tiempo conservada en los monasterios, de extender a los moribundos en el suelo recubierto con ceniza dispuesta en forma de cruz. La ceniza se mezcla a veces con los alimentos de los ascetas y la ceniza bendita se utiliza en ritos como la consagración de una iglesia, etc.

La costumbre actual de que todos los fieles reciban en su frente o en su cabeza el signo de la ceniza al comienzo de la Cuaresma no es muy antiguo.

En los primeros siglos se expresó con este gesto el camino cuaresmal de los "penitentes", o sea, del grupo de pecadores que querían recibir la reconciliación al final de la Cuaresma, el Jueves Santo, a las puertas de la Pascua. Vestidos con hábito penitencial y con la ceniza que ellos mismos se imponían en la cabeza, se presentaban ante la comunidad y expresaban así su conversión.

En el siglo XI, desaparecida ya la institución de los penitentes como grupo, se vio que el gesto de la ceniza era bueno para todos, y así, al comienzo de este período litúrgico, este rito se empezó a realizar para todos los cristianos, de modo que toda la comunidad se reconocía pecadora, dispuesta a emprender el camino de la conversión cuaresmal.

En la última reforma litúrgica se ha reorganizado el rito de la imposición de la ceniza de un modo más expresivo y pedagógico. Ya no se realiza al principio de la celebración o independientemente de ella, sino después de las lecturas bíblicas y de la homilía. Así la Palabra de Dios, que nos invita ese día a la conversión, es la que da contenido y sentido al gesto.

Además, se puede hacer la imposición de las cenizas fuera de la Eucaristía -en las comunidades que no tienen sacerdote-, pero siempre en el contexto de la escucha de la Palabra.

El desierto

Geográficamente hablando, es un lugar despoblado, árido, solo, inhabitado, caracterizado por la escasez de vegetación y la falta de agua.

Es el lugar donde transcurre el ayuno, considerado como desasimiento y soledad exterior e interior, para llevar, al que en él se interna, a la uníón con Dios.

Los textos bíblicos en que se fundamenta esta afirmación son los cuarenta días de Moisés sin comer ni beber en la montaña del Sinaí para recibir la Ley (Ex 24, 12-18; 34) y los cuarenta días de Elias (1 Re 19,3-8). Elías vive la dureza del desierto reconfortado por la comida y bebida misteriosa, y recorre su camino superando el decaimiento de los israelitas en los cuarenta años de marcha hacia la tierra prometida. Se trata, en todos los casos, de hombres marcados por la visión de Dios al final de dicho camino. Estas narraciones nos ayudan a entender el sentido de los cuarenta días de desierto de Cristo (Primer Domingo de Cuaresma), vivido como experiencia de la tentación y encuentro íntimo con el Padre, pero, también, como preparación a su ministerio público.

Para la Biblia, el desierto es, además, una época de oración intensa. Es el lugar del sufrimiento purificador y de la reflexión, aunque también es una gracia que puede rechazarse.

De hecho, el ayuno de Moisés contrasta con el rechazo de los cuarenta años de desierto por parte del pueblo. Los cuarenta días de Moisés son el rehacer un camino de fidelidad que el pueblo no supo andar, así como los de Cristo lo son para la prueba que el Espíritu Santo permitía al tentador (Mt 4, 1).

El desierto es la geografía concreta, el espacio y el tiempo de la unión con Dios. Por eso Oseas (Os 2, 16-17) lo propone como el lugar propicio para captar su mensaje espiritual, al igual que lo hace la Iglesia con sus hijos en la Cuaresma.

Muchas veces en nuestra vida cotidiana rechazamos esos espacios de silencio y soledad porque tenemos miedo de encontrarnos con nosotros mismos y con Dios y descubrir qué lejos estamos de su proyecto sobre nosotros. Por eso, el "desierto" requiere el coraje de los humildes, de los que no tienen miedo de volver a empezar...

Los cuarenta días

La organización cuaresmal es un tiempo simbólico que hecha sus raíces en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. Los cuarenta días de Moisés y de Elías o los cuarenta años del Pueblo elegido en el desierto no son referencias secundarias. La tradición judeo-cristiana ha visto en este número una determinada significación. Probablemente la idea más antigua sea la referencia a los años de desierto vistos como un tiempo asociado al castigo de Dios (cf. Nm 14,34; Gn 7,4. 12. 17; Ez 4,6; 29, 11-13).

En el Deuteronomio aparece una interpretacíón de los cuarenta años como el tiempo de la prueba a la que Dios somete al pueblo (Dt 2,7; 8,2-4). Son los días del crecimiento de la fe, según el Salmo 94, 10. Para los Hechos de los Apóstoles, el número cuarenta continúa siendo simbólico. Lucas divide la vida de Moisés en tres períodos de cuarenta años (Hch 7,23 y 7,30); hace referencia a los cuarenta años del reinado de Saúl (Hch 13,21); y a los cuarenta días de la Ascensión (Hch 1, 3).

Estos cuarenta días podrían, entonces, considerarse como ese "hoy" del que habla la Carta a los Hebreos al referirse al Sal 94, como ese "tiempo propicio" para escuchar la voz de Dios y no endurecer el corazón.

En efecto, nuestra relación con Dios necesita no sólo de un "espacio" adecuado (el desierto como lugar de silencio), sino también de un "tiempo" oportuno y concreto, "suficiente" para escuchar, a través de nuestra conciencia, su voz de Padre que corrige y consuela a la vez.

El ayuno

Junto con el desierto y la oración, el ayuno parece ser una de las mediaciones privilegiadas de todo tiempo penitencial, de revisión de vida y de búsqueda sincera de Dios. Por eso, como hemos visto al referirnos al desierto, generalmente van unidos. Todos los que se retiran al desierto para encontrarse con Dios, ayunan.

Sin embargo, los profetas Joel e Isaías nos indican el verdadero sentido de esta antigua práctica penitencial:

... Vuelvan a mí de todo corazón, con ayuno, llantos y lamentos. Desgarren su corazón y no sus vestiduras, y vuelvan al Señor, su Dios. (Joel 2, 12-18)

Este es el ayuno que yo amo, oráculo del Señor: soltar las cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad a los oprimidos y romper todos los yugos; compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo; cubrir al que veas desnudo... (Isaías 58, 6-9)

A la luz de sus palabras, comprendemos por qué, con el tiempo, el ayuno como abstención de comida ha cedido lugar al ayuno como símbolo y expresión de una renuncia a todo aquello que nos impide realizar en nosotros el proyecto de Dios, invitándonos a transformarlo en un gesto de solidaridad efectiva con los que pasan hambre (es decir, ayunan forzosamente), trabajando por la eliminación de toda injusticia en la vida personal y social, y por la liberación de toda opresión, explotación y corrupción.

Naturalmente, sería más fácil limitarnos a "cumplir" con el ayuno de alimentos propuesto por la Iglesia. Pero necesitamos descubrir esos "otros" ayunos como medio adecuado para cambiar lo que más nos cuesta. Tal vez se trate de hablar menos, de hacer menos gastos superfluos, de perder menos tiempo frente al televisor para entregarlo a alguien que necesite nuestra asistencia, etc.

Por eso el ayuno tiene que ir unido a la limosna, al gesto caritativo, que es también una acción preferencial de la Cuaresma, según la tradición cristiana. Si ayunáramos sólo para sufrir o demostrar que somos fuertes, estaríamos desvirtuando su verdadera finalidad.

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Hoy, Miércoles de Ceniza, Jesús me está introduciendo a esta cuaresma, del año 2007 y en el Evangelio me está proponiendo el modo de llevar a cabo esas obras de piedad personal que me encaminarán hacia los días santos, hacia la Pascua. Todo “en lo secreto” nos dice el Señor, y me pide así una religiosidad que, naciendo de una vida interior, pueda llevar a cabo acciones envueltas en una total pureza de intención, que se traduce en dirigir todo a Dios. De esta manera, Señor, descubro algo que me está sugiriendo este Evangelio y que es empezar la cuaresma tratando de vivir las virtudes teologales: la fe en que Dios está presente viendo mis actitudes, la esperanza en su recompensa, si aquellas son rectas, y la caridad, que es el amor a Dios que debe conllevar mi limosna, mi ayuno y mi oración.

Al hablarme, Señor, de la oración en este Evangelio, no me puede ya caber ninguna duda de la importancia fundamental que tiene ese medio de santificación, ese compromiso que me parece difícil y que a veces omito: “la meditación”. “Entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre que está allí, en lo secreto” (Mt 6, 6). Son tus palabras, Jesús, que me invitan, me proponen y me aseguran un diálogo que quiere tener conmigo, diariamente, mi Padre Celestial. ¡Cómo no voy a dedicar a ello algún espacio en el día!

Jesucristo, yo deseo con toda el alma acercarme más a Ti en esta cuaresma; me doy cuenta que ello se irá haciendo realidad en la medida en que vaya yo practicando, con voluntad y constancia, la oración.

Es importante reconocer el significado y la importancia del miércoles de Ceniza como el inicio formal de la Cuaresma.

El miércoles de Ceniza es el principio de la Cuaresma; un día especialmente penitencial, en el que manifestamos nuestro deseo personal de conversión a Dios.

Al acercarnos a los templos a que nos impongan la ceniza, expresamos con humildad y sinceridad de corazón, que deseamos convertirnos y creer de verdad en el Evangelio.

El origen de la imposición de la ceniza pertenece a la estructura de la penitencia canónica. Empieza a ser obligatorio para toda la comunidad cristiana a partir del siglo X. La liturgia actual, conserva los elementos tradicionales: imposición de la ceniza y ayuno riguroso.

La bendición e imposición de la ceniza tiene lugar dentro de la Misa, después de la homilía; aunque en circunstancias especiales, se puede hacer dentro de una celebración de la Palabra. Las fórmulas de imposición de la ceniza se inspiran en la Escritura: Génesis, 3, 19 y Marcos 1, 15.

La ceniza procede de los ramos bendecidos el Domingo de la Pasión del Señor, del año anterior, siguiendo una costumbre que se remonta al siglo XII. La fórmula de bendición hace relación a la condición pecadora de quienes la recibirán.

El simbolismo de la ceniza es el siguiente:

a) Condición débil y caduca del hombre, que camina hacia la muerte;

b) Situación pecadora del hombre;

c) Oración y súplica ardiente para que el Señor acuda en su ayuda;

d) Resurrección, ya que el hombre está destinado a participar en el triunfo de Cristo;

La ceniza es el residuo de la combustión por el fuego de las cosas o de las personas. Este símbolo ya se emplea en la primera página de la Biblia cuando se nos cuenta que "Dios formó al hombre con polvo de la tierra" (Gen 2,7). Eso es lo que significa el nombre de "Adán". Y se le recuerda enseguida que ése es precisamente su fin: "hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste hecho" (Gn 3,19).

Por extensión, pues, representa la conciencia de la nada, de la nulidad de la creatura con respecto al Creador, según las palabras de Abrahán: "Aunque soy polvo y ceniza, me atrevo a hablar a mi Señor" (Gn 18,27).

Esto nos lleva a todos a asumir una actitud de humildad ("humildad" viene de humus, "tierra"): "polvo y ceniza son los hombres" (Si 17,32), "todos caminan hacia una misma meta: todos han salido del polvo y todos vuelven al polvo" (Qo 3,20), "todos expiran y al polvo retornan" (Sal 104,29). Por lo tanto, la ceniza significa también el sufrimiento, el luto, el arrepentimiento. En Job (Jb 42,6) es explícítamente signo de dolor y de penitencia. De aquí se desprendió la costumbre, por largo tiempo conservada en los monasterios, de extender a los moribundos en el suelo recubierto con ceniza dispuesta en forma de cruz. La ceniza se mezcla a veces con los alimentos de los ascetas y la ceniza bendita se utiliza en ritos como la consagración de una iglesia, etc.

La costumbre actual de que todos los fieles reciban en su frente o en su cabeza el signo de la ceniza al comienzo de la Cuaresma no es muy antiguo.

En los primeros siglos se expresó con este gesto el camino cuaresmal de los "penitentes", o sea, del grupo de pecadores que querían recibir la reconciliación al final de la Cuaresma, el Jueves Santo, a las puertas de la Pascua. Vestidos con hábito penitencial y con la ceniza que ellos mismos se imponían en la cabeza, se presentaban ante la comunidad y expresaban así su conversión.

En el siglo XI, desaparecida ya la institución de los penitentes como grupo, se vio que el gesto de la ceniza era bueno para todos, y así, al comienzo de este período litúrgico, este rito se empezó a realizar para todos los cristianos, de modo que toda la comunidad se reconocía pecadora, dispuesta a emprender el camino de la conversión cuaresmal.

En la última reforma litúrgica se ha reorganizado el rito de la imposición de la ceniza de un modo más expresivo y pedagógico. Ya no se realiza al principio de la celebración o independientemente de ella, sino después de las lecturas bíblicas y de la homilía. Así la Palabra de Dios, que nos invita ese día a la conversión, es la que da contenido y sentido al gesto.

Además, se puede hacer la imposición de las cenizas fuera de la Eucaristía -en las comunidades que no tienen sacerdote-, pero siempre en el contexto de la escucha de la Palabra.

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Mirarán al que traspasaron

¡Queridos hermanos y hermanas!

Mirarán al que traspasaron» (Jn 19,37). Éste es el tema bíblico que guía este año nuestra reflexión cuaresmal. La Cuaresma es un tiempo propicio para aprender a permanecer con María y Juan, el discípulo predilecto, junto a Aquel que en la Cruz consuma el sacrificio de su vida para toda la humanidad (cf. Jn 19,25). Por tanto, con una atención más viva, dirijamos nuestra mirada, en este tiempo de penitencia y de oración, a Cristo crucificado que, muriendo en el Calvario, nos ha revelado plenamente el amor de Dios. En la Encíclica Deus caritas est he tratado con detenimiento el tema del amor, destacando sus dos formas fundamentales: el agapé y el eros.

El amor de Dios: agapé y eros

El término agapé , que aparece muchas veces en el Nuevo Testamento, indica el amor oblativo de quien busca exclusivamente el bien del otro; la palabra eros denota, en cambio, el amor de quien desea poseer lo que le falta y anhela la unión con el amado. El amor con el que Dios nos envuelve es sin duda agapé . En efecto, ¿acaso puede el hombre dar a Dios algo bueno que Él no posea ya? Todo lo que la criatura humana es y tiene es don divino: por tanto, es la criatura la que tiene necesidad de Dios en todo. Pero el amor de Dios es también eros.

En el Antiguo Testamento el Creador del universo muestra hacia el pueblo que ha elegido una predilección que trasciende toda motivación humana. El profeta Oseas expresa esta pasión divina con imágenes audaces como la del amor de un hombre por una mujer adúltera (cf. 3,1-3); Ezequiel, por su parte, hablando de la relación de Dios con el pueblo de Israel, no tiene miedo de usar un lenguaje ardiente y apasionado (cf. 16,1-22). Estos textos bíblicos indican que el eros forma parte del corazón de Dios: el Todopoderoso espera el «sí» de sus criaturas como un joven esposo el de su esposa. Desgraciadamente, desde sus orígenes la humanidad, seducida por las mentiras del Maligno, se ha cerrado al amor de Dios, con la ilusión de una autosuficiencia que es imposible (cf. Gn 3,1-7). Replegándose en sí mismo, Adán se alejó de la fuente de la vida que es Dios mismo, y se convirtió en el primero de «los que, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud» (Hb 2,15). Dios, sin embargo, no se dio por vencido, es más, el «no» del hombre fue como el empujón decisivo que le indujo a manifestar su amor en toda su fuerza redentora.

La Cruz revela la plenitud del amor de Dios

En el misterio de la Cruz se revela enteramente el poder irrefrenable de la misericordia del Padre celeste. Para reconquistar el amor de su criatura, Él aceptó pagar un precio muy alto: la sangre de su Hijo Unigénito. La muerte, que para el primer Adán era signo extremo de soledad y de impotencia, se transformó de este modo en el acto supremo de amor y de libertad del nuevo Adán. Bien podemos entonces afirmar, con san Máximo el Confesor, que Cristo «murió, si así puede decirse, divinamente, porque murió libremente» (Ambigua, 91, 1956). En la Cruz se manifiesta el eros de Dios por nosotros.

Efectivamente, eros es —como expresa Pseudo-Dionisio Areopagita— esa fuerza «que hace que los amantes no lo sean de sí mismos, sino de aquellos a los que aman» (De divinis nominibus, IV, 13: PG 3, 712). ¿Qué mayor «eros loco» (N. Cabasilas, Vida en Cristo, 648) que el que trajo el Hijo de Dios al unirse a nosotros hasta tal punto que sufrió las consecuencias de nuestros delitos como si fueran propias?

«Al que traspasaron»

Queridos hermanos y hermanas, ¡miremos a Cristo traspasado en la Cruz! Él es la revelación más impresionante del amor de Dios, un amor en el que eros y agapé, lejos de contraponerse, se iluminan mutuamente.

En la Cruz Dios mismo mendiga el amor de su criatura: Él tiene sed del amor de cada uno de nosotros. El apóstol Tomás reconoció a Jesús como «Señor y Dios» cuando puso la mano en la herida de su costado. No es de extrañar que, entre los santos, muchos hayan encontrado en el Corazón de Jesús la expresión más conmovedora de este misterio de amor. Se podría incluso decir que la revelación del eros de Dios hacia el hombre es, en realidad, la expresión suprema de su agapé. En verdad, sólo el amor en el que se unen el don gratuito de uno mismo y el deseo apasionado de reciprocidad infunde un gozo tan intenso que convierte en leves incluso los sacrificios más duros. Jesús dijo: «Yo cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32). La respuesta que el Señor desea ardientemente de nosotros es ante todo que aceptemos su amor y nos dejemos atraer por Él. Aceptar su amor, sin embargo, no es suficiente. Hay que corresponder a ese amor y luego comprometerse a comunicarlo a los demás: Cristo «me atrae hacia sí» para unirse a mí, para que aprenda a amar a los hermanos con su mismo amor.

Sangre y agua

«Mirarán al que traspasaron». ¡Miremos con confianza el costado traspasado de Jesús, del que salió «sangre y agua» (Jn 19,34)! Los Padres de la Iglesia consideraron estos elementos como símbolos de los sacramentos del Bautismo y de la Eucaristía. Con el agua del Bautismo, gracias a la acción del Espíritu Santo, se nos revela la intimidad del amor trinitario. En el camino cuaresmal, haciendo memoria de nuestro Bautismo, se nos exhorta a salir de nosotros mismos para abrirnos, con un confiado abandono, al abrazo misericordioso del Padre (cf. S. Juan Crisóstomo, Catequesis, 3,14 ss.). La sangre, símbolo del amor del Buen Pastor, llega a nosotros especialmente en el misterio eucarístico: «La Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús… nos implicamos en la dinámica de su entrega» (Enc. Deus caritas est, 13). Vivamos, pues, la Cuaresma como un tiempo ‘eucarístico’, en el que, aceptando el amor de Jesús, aprendamos a difundirlo a nuestro alrededor con cada gesto y palabra. De ese modo contemplar «al que traspasaron» nos llevará a abrir el corazón a los demás reconociendo las heridas infligidas a la dignidad del ser humano; nos llevará, particularmente, a luchar contra toda forma de desprecio de la vida y de explotación de la persona y a aliviar los dramas de la soledad y del abandono de muchas personas.

Que la Cuaresma sea para todos los cristianos una experiencia renovada del amor de Dios que se nos ha dado en Cristo, amor que por nuestra parte cada día debemos «volver a dar» al prójimo, especialmente al que sufre y al necesitado. Sólo así podremos participar plenamente de la alegría de la Pascua. Que María, la Madre del Amor Hermoso, nos guíe en este itinerario cuaresmal, camino de auténtica conversión al amor de Cristo. A vosotros, queridos hermanos y hermanas, os deseo un provechoso camino cuaresmal y, con afecto, os envío a todos una especial Bendición Apostólica.

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 Con inusitada frecuencia desfilan hoy día por las pantallas de televisión episodios de dolor, de violencia y de muerte realmente aterradores. ¡Bienvenida sería, también en esto, una discreta censura!

Nunca podré olvidar las escenas que transmitieron en un noticiero de Galavisión hace algunos años. Aquel día los telespectadores presenciamos cómo, en un poblado de la República Mexicana, apresaban, ataban a un árbol, rociaban de combustible y quemaban vivo a un homicida. Creo que no fue suficiente la advertencia de la presentadora para preparar el ánimo y la sensibilidad ante semejante barbaridad.

Así mismo, quedarán para siempre impresas en la memoria de los que lo vieron, las imágenes de la aplicación de la pena de muerte a una mujer en la cámara de gas, televisada al mundo entero, desde los Estados Unidos, no hace mucho tiempo.

Lo más sobrecogedor y terrible, al estar viendo aquello, era saber que no había ningún truco ni montaje. No era cine o película. Era pura y cruda realidad. Y ante ella, cualquier sensibilidad mínimamente despierta, se ve presa de una tremenda sacudida y conmoción.

Al reflexionar en todo esto me ha asaltado el recuerdo otra ejecución. La más importante y trascendente de la historia.

Ocurrió hace ya bastantes siglos, por lo que no disponemos de ninguna filmación. Pero el carecer del video no importa tanto; sabemos que fue tan real como la que más.

Tenemos a mano los documentos donde está recogida la historia de los últimos instantes de ese hombre-Dios ajusticiado en una cruz junto a dos malhechores, en el monte Calvario, a las afueras de Jerusalén.

¡Qué bien nos vendría a todos repasar de vez en cuando esas páginas del Evangelio cargadas de dramático realismo! Y hacerlo no con ojos miopes, corazón tibio o mente superficial; sino abriéndonos a ese misterio con toda nuestra capacidad humana de asombro, de admiración, de sobrecogimiento, de gratitud.

Mucho me temo que algunos de nosotros ya hemos sedado nuestra sensibilidad ante la pasión y muerte de Cristo. ¡Qué lástima que veinte siglos hayan erosionado y desfigurado tanto la imagen de ese cuerpo crucificado!

¡Qué pena que ya no nos conmueva y estremezca! A fuerza de verlo en tantas partes, nos hemos acostumbrado a pasear delante de él con apatía e indiferencia. Ya no nos lacera ese rostro abofeteado y cubierto de salivazos, esa frente bañada en sangre y ceñida de espinas, ese torso sembrado de llagas y hematomas, esas manos y esos pies perforados por los clavos.

Todo eso, junto a otros insondables sufrimientos espirituales y morales, lo padeció Cristo, siendo inocente. Él no había cometido maldad alguna y no hubo nunca en su boca mentira. Él pasó por el mundo haciendo el bien. Y fue apresado como un delincuente, escarnecido como un demente, ajusticiado como un criminal.

Como cordero al degüello era llevado... y tampoco él abrió la boca. ¿Por qué? ¿Por qué ese modo de comportarse tan escandalosamente impropio de alguien que es Hijo de Dios? ¿Por qué su pasión? ¿Por qué su muerte? Y, ¿por qué en la cruz?

La respuesta, en el fondo, es una sola. Porque amaba inmensamente al Padre. Porque amaba locamente a los hombres. Porque amaba y ama a cada uno de nosotros; y con un amor llevado hasta el extremo, hasta dar su vida colgado de un madero.

¿Quién no se conmociona al descubrir detrás de ese crucificado el amor infinito y personal de todo un Dios hecho hombre por nosotros y por nuestra salvación?

Dejemos que la contemplación del amor de Cristo, manifestado en su pasión y muerte, toque nuestro corazón en esta Cuaresma y haga brotar en él la decisión de corresponder con un amor al menos semejante.

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Benedicto XVI regala a los jóvenes de Italia una oración a María

CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 16 febrero 2007
Benedicto XVI ha regalado una oración dirigida a la Virgen María a los jóvenes de Italia para que les ayude en su meditación.

El pontífice recitó su composición poética este miércoles al encontrarse en la Basílica de San Pedro del Vaticano con obispos de la Conferencia Episcopal de Las Marcas con motivo de su visita «ad limina apostolorum».

Los prelado estaban acompañados por peregrinos de esas diócesis de Italia, muchos de ellos jóvenes, que al aplaudir arrancaron de los labios del Papa esta expresión: «¡Se ve que la Iglesia esta viva y es joven!».

A continuación, el obispo de Roma dio cita a los chicos y chicas en Loreto, donde se encuentra el santuario nacional mariano de Italia, en la costa del Mar Adriático, para que participen en el encuentro de los jóvenes italianos que se celebrará del 1 al 2 de septiembre.

«Nos vemos en Las Marcas, en Loreto», se despidió el Papa.

Esta es la oración que él compuso ha compuesto y que leyó en esa ocasión.

María, Madre del «sí», tú has escuchado a Jesús
y conoces el timbre de su voz y los latidos de su corazón.
Estrella de la mañana, háblanos de Él
y cuéntanos cómo es tu camino para seguirle por la senda de la fe.

María, que en Nazaret viviste con Jesús,
imprime en nuestra vida tus sentimientos,
tu docilidad, tu silencio que escucha
y haz florecer la Palabra en opciones de auténtica libertad.

María, háblanos de Jesús, para que la frescura de nuestra fe
brille en nuestros ojos y caliente el corazón de quien se encuentra con nosotros, como lo hiciste al visitar a Isabel,
que en la ancianidad se alegró contigo por el don de la vida.

María, Virgen del «Magnificat»,
ayúdanos a llevar la alegría al mundo y, como en Caná,
lleva a todo joven, comprometido en el servicio a los hermanos,
a hacer sólo lo que Jesús diga.

María, dirige tu mirada al Ágora de los jóvenes,
para que sea terreno fecundo de la Iglesia italiana.
Reza para que Jesús, muerto y resucitado, renazca en nosotros
y nos transforme en una noche llena de luz, llena de Él.

María, Virgen de Loreto, puerta del cielo,
ayúdanos a elevar la mirada.
Queremos ver a Jesús. Hablar con Él
y anunciar a todos su amor.

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Vamos a comenzar a decir la causa de ese título de "Discípulo Amado".
Cuando una Mamá tiene varios hijos y tiene un "Preferido" eso no significa que no quiera a los demás de la misma manera. Lo que sucede es que de alguna manera se da cuenta que ese hijo necesita mas atención que los demás. Ese era Juan, tenía 14 o 15 años cuando Jesús lo llamó para que lo siga. Definitivamente era el más jóven de los apóstoles, el más puro, el más inocente y puede ser que halla sido el que tenía mas detalles y delicadezas de amistad con Jesús. Por lo tanto lo quería igual que a los demás, pero lo trataba como al mas necesitado de atención.

San Juan tuvo un secreto, después de que se dio cuenta de que Jesús al pie de la Cruz le aconsejó que dejara entrar a María en su casa, es decir, en su corazón, es decir en su vida , él lo hizo.

Tengo una teoría: Si quieres ser otro discípulo amado, deja entrar a María en tu vida!

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